martes, 13 de septiembre de 2011

Cállate, memoria


¿Qué es la vida? Memoria. El cerebro nunca atrapa el presente, siempre está un momento después. Por eso, parece ser, la mayoría de las novelas y cuentos se escriben en tiempo pasado; algo ocurrió y alguien, ahora, lo cuenta. Pero qué nos cuenta; ¿qué hay en ese pasado digno, no solo de ser recordado, sino citado, descrito hasta detalles mínimos, reproducido en miles de copias y distribuido a todos? La existencia del grueso de la humanidad suele permanecer entre las brumas grises del término medio: naces, creces, un día te reproduces y no llegas a enterarte de tu propia muerte; triste, pero, en uno de los miles de casos, tal vez de los millones de casos alguien, en un punto de su tránsito por el mundo, vive algo que la mayoría no llegará a vivir jamás. Ahí surge la literatura.

Pero esto no es del todo correcto, apreciado lector; cada día, bajo el rótulo de “literatura” salen al mercado toda serie de cuentos y novelas donde no pasa nada, sus protagonistas son tan corrientes como el vendedor de cigarrillos que vez cada día de camino al trabajo, y al final del relato, no hay una gran sorpresa, sino que, parece ser, el narrador, con los dedos adoloridos, deja ya de contarte los eventos prosaicos de la vida del protagonista.

¿Por qué, me preguntaba yo hace un rato, leyendo las primeras páginas de una nueva novela de un celebrado escritor, algunas personas creen que su existencia y miserias son material literario? Con algo de paciencia, llego a comprender que todos somos los protagonistas de nuestra vida; salvo, sí, esos fanáticos de las celebridades, que no dejan de curiosear sobre las vidas de estos; o los amantes obsesivos, que siguen los movimientos del vestido de su pareja, desde el otro lado de la calle, ayudados por prismáticos. Yo, yo, yo y luego yo, dice el solipsista. “Nadie ha amado como yo, nadie ha perdido como yo, y nadie sufre, cada día, como yo; si me muero se acaba el mundo, si para mí brilla el sol es que dios sonríe”. Acuso a la lectura compulsiva de libros de autoayuda esta perspectiva pseudofilosófica. No le importas a nadie, ni tu mujer no es la más bella, ni tu hijo el más brillante, todos hemos perdido a alguien, o lo perderemos, sabemos lo que es llorar, y sonreír cual idiotas en pleno trance amoroso. ¿Vas a enseñarnos a vivir?

En algunas ocasiones, sin embargo, las dramáticas situaciones en las que caen algunos seres humanos, al ser vistas por la literatura, componen una imagen donde se recrea el mundo, y todos quedamos reflejados.

Debí añadir que esto ocurre en raras ocasiones.

Muchas novelas aparecidas en Colombia durante los últimos cincuenta años tienen la triste deficiencia de no ser más que el grito de un autor tratando de encontrar brazos y curvadas expresiones faciales que se apiadan de él. O ella. Enmascaran pudorosamente sus vidas aplicándole seudónimos a sus familiares y aclarando en las primeras páginas que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, frase que hoy día, por principio, debería estar solo permitida a los programas humorísticos.

No censuro la actividad de la escritura como un ejercicio personal, cuyo objetivo pueda ser el exorcismo, o el registro de una memoria personal, familiar, o local. Más personas deberían escribir a diario, y muchas menos deberían publicar. ¿Qué pasará, oh musas, cuando cualquier hijo de vecino escriba una novela sobre su vida privada, la muerte de sus hijos, la traición de su esposa, el cáncer de su marido, la deuda con el tendero de la esquina, ese empleo que no tuvo, esa mujer que vio atropellada en la calle, el perro caliente medio podrido que se comió a la salida del estadio? Con lo del libro electrónico, y el auge de páginas personales, como esta que usted, lector, tiene ante los ojos, será posible.

Lo peor, me temo, de estos autores, es que ni siquiera tratan de darle algún eje a su historia. Arrójenme piedras, si gustan, pero yo soy de la vieja escuela donde se nos enseñaba a darle un conflicto a las historias. Si, por suerte ―porque eres parte de una minoría―, has tenido siempre empleo, nunca tuviste que arrastrarte en una trinchera, te enamoraste y te casaste con tu primera novia y aún es tu esposa, si tuviste una infancia dorada y el presente es, comparado a millones de desdichados de este planeta, una existencia feliz, ¡pues ve a buscar historias que contar a algún lado! Pero no nos cuentes de tus paseos a caballo, tu apartamento en Manhattan, tus fines de semana en esa isla idílica con casitas pintadas de azul, o tus noches de copas, vestido de blanco, en las que flirteaste con alguien de la nobleza, menos aún si no te llevaste a esa princesa a la cama. Y, si te atreves a poner en la librería doscientas páginas de tu vida de infancia, me harías el pequeñísimo favor de enriquecer tu vocabulario, esforzarte en los ornamentos de la prosa, darle algo de profundidad meditativa ―filosófica si quieres―, a esos pasajes de tu vida pasada, a fin de, por lo menos, hacer más tragable esas doscientas páginas por las que pagaremos tanto, y recibiremos, al final, tan poco.

Añado a esta entrada la exquisita escena de Adaptation donde el guionista Charlie Kaufman recibe una violenta reprimenda por parte de Robert McKee, al plantear una película sin conflicto, donde no pase nada, “más cercana al mundo real”.


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