lunes, 24 de octubre de 2011

Sobre superhéroes y narrativa


No esperaba que lo hicieran, pero se tomaron el tiempo y consiguieron llevarlo a la pantalla. Capitán América, uno de los íconos del poderío estadounidense durante la Segunda Guerra, y a lo largo de cincuenta años de posguerra, luego tornado una caricatura de una potencia cuya imagen va en franco deterioro, llegó a las salas de cine este verano, recibido por una crítica tolerante. Joe Johnston (Hidalgo, Jurasic Park III) ha llevado a la pantalla el guión Christopher Markus y Stephen McFeely, basado en la historieta de Joe Simon y Jack Kirby. La historia original ha sido respetada: Steve Rogers, un pálido y debilucho, pero muy patriota, chico de Manhattan, desea integrarse al ejército para servir a su país en la terrible guerra contra la Alemania nazi. Rechazado varias veces por su estado físico, es finalmente aceptado por el científico Abraham Erskine quien dirige un proyecto secreto para crear súper soldados. El científico triunfa y Rogers se transforma en una máquina humana capaz de ir y hacer cuanto desee, con un físico envidiable.


Sin embargo, al morir el doctor Erskine, el proyecto se cancela; Rogers simplemente ha quedado como un prototipo de súper hombre, pero no irá al frente. Esto, para el senador Brandt, no implica que no pueda ser útil a la causa. Así, el Capitán América se convierte en una figura de musical y propaganda para elevar la moral de las tropas, limitado a los escenarios con bailarinas y películas. Esto cambia con la desaparición de su mejor amigo, James Buchanan, capturado en el norte de Italia por miembros de la organización Hydra. Así, Rogers entra en acción, pasando a ser el arma secreta de los americanos… y el resto es prosa.da Guerra, y a lo largo de cincuenta años de posguerra, luego tornado una caricatura de una potencia cuya imagen va en franco deterioro, llegó a las salas de cine este verano, recibido por una crítica tolerante. Joe Johnston (Hidalgo, Jurasic Park III) ha llevado a la pantalla el guión Christopher Markus y Stephen McFeely, basado en la historieta de Joe Simon y Jack Kirby. La historia original ha sido respetada: Steve Rogers, un pálido y debilucho, pero muy patriota, chico de Manhattan, desea integrarse al ejército para servir a su país en la terrible guerra contra la Alemania nazi. Rechazado varias veces por su estado físico, es finalmente aceptado por el científico Abraham Erskine quien dirige un proyecto secreto para crear súper soldados. El científico triunfa y Rogers se transforma en una máquina humana capaz de ir y hacer cuanto desee, con un físico envidiable.

Como hoy día ya nada debe invertirse por simple aprecio a la estética del arte, Captain America: the first avenger está, desde sus primeros minutos, planeada para la venta como franquicia: la historia arranca en el hielo de alguna región ártica, donde un grupo de exploradores ha encontrado un enorme objeto desconocido; dos investigadores entran en el aparato ―una aeronave― y encuentran al Capitán América congelado, con lo cual se nos asegura que el superhéroe ya no estará limitado al tiempo de la guerra, sino que estará en nuestro presente combatiendo el mal.

Negocios aparte, ver Capitán América me sirvió para reencontrarme con un tipo de narrativa a la que, como escritor, le he hecho el quite, quizá más por prejuicio que por otra cosa: la narrativa de superhéroes.

Los superhéroes son ―qué evidente es, mas es preciso decirlo― la versión moderna de los héroes clásicos: hombres o mujeres dotados de fuerzas más allá de lo común, al servicio de valores trascendentales: honor, patria, el bien, amor, etcétera. Son seres extrahumanos: pueden tener alteregos que vivan en un piso, coman pizza y beban café vestidos de traje en una oficina, entre teléfonos y la angustia existencial de sus mortales compañeros, pero siempre están ahí cuando se les necesita, harán el bien y nunca tendrán dudas éticas. Esto ha cambiado, claro, en los últimos veinte años: el caso más relevante es el de Batman, cuya complejidad sicológica se ha vuelto un tema recurrente

en los artistas que han trabajado la franquicia durante los últimos años. Pero, de una forma generalizada, los superhéroes representan la fantasía personal de hacer lo correcto salvando todos los obstáculos: salvar la chica y salvar el mundo, todo en una misma noche.

Capitán América cuenta con un reparto que hace el trabajo, pero no va más lejos de ahí: Chris Evans posee el físico, Hugo Weaving siempre es un encantador villano, y Tommy Lee Jones es, una vez más, el tipo duro de la vieja escuela cuando los hombres eran hombres de verdad. Es de agradecer que el humor infantil está totalmente por fuera ―así como la sangre derramada―, pero, para cualquiera que sepa algo del funcionamiento del ejército estadounidense durante aquella época, quizá sorprenda ver negros y asiáticos peleando junto a anglosajones protestantes blancos. La pequeña banda que acompaña al Capitán América es un cóctel de orígenes étnicos, una forma de decir “todos contra los nazis”, o algo así. Salvo estos guiños a la corrección política, y el, ya casi aceptable, excesivo uso de gráficos de computadora, la película es tolerable, sin llegar a aportar nada nuevo: el héroe es pura bondad, Estados Unidos una nación multiétnica, los nazis… siendo un tema tan complejo, y no queriendo ya mostrar alemanes ametrallados o portándose como completos estúpidos ―muchas lunas han pasado desde los días de Hogan’s Heroes―, los realizadores le han dado a la organización Hydra ―un apéndice secreto del sistema científico alemán―, comandada por el temible Red Skull, la calidad de un paraestado comprometido con la dominación mundial.

¿Por qué se sigue narrando con esta simplicidad de argumentos? Mucha de la mediocridad del cine de acción y aventuras de verano tiene como origen la levedad de sus contenidos. Al cinéfilo “culto” le quema la vista todo lo que sea provisto por los grandes estudios de Hollywood; si hay efectos especiales, siente mareo; si el presupuesto es muy elevado, sufre de urticaria, y si está basado en un cómic, o la película es “apta para todo público”, vomitará. No estoy aquí para robarles el corazón; nunca he creído que las grandes producciones del verano sean obras de excelsa calidad cinematográfica, aunque tampoco las rechazo de plano como subproductos concebidos por codiciosos peces gordos de los estudios. El cine empezó siendo un entretenimiento masivo, las primeras películas eran de ciencia ficción y vaqueros, ¿por qué, entonces, decir ahora que el “verdadero cine” trata solo sobre conflictos domésticos, llanto y escenas post-coito? Si el cine divierte, camaradas lectores, entonces está cumpliendo una de sus funciones; tiene otras, no obstante; muchas, de hecho.

Capitán América como Linterna Verde, como las demás películas de superhéroes que se han hecho últimamente ―con excepción de la trilogía Batman de Chris Nolan― suelen sufrir por falta de complejidad temática; los productores presionan o permiten que sus escritores construyan tramas a partir de estructuras ya probadas en el mercado, efectivas, y simples. No hay, dirán, necesidad de romperse el coco inventándole un gran conflicto de intereses, o una crisis de fe al héroe enmascarado; que del existencialismo se ocupe la literatura francesa. Tampoco, imagino, pensarán aguarle el fin de semana a los buenos ciudadanos, poniendo en la pantalla temas como la seguridad internacional, el rol de los Estados en y contra el terrorismo, las hegemonías de poder y el neocolonialismo. Nada de eso: el bueno, el malo y la chica sexy; una hora y cuarenta y cinco minutos, y final feliz con una ligera coletilla que nos permita trabajar en una secuela, o al menos venderla a otros.

¿Son los espectadores masivos unos idiotas? O prefieren las narrativas peso pluma, digeribles con soda de dieta y rosetas de maíz. Un poco de ambas cosas, creo yo. Mi teoría es que el miedo principal de los productores y los espectadores es a fallar a un test de análisis. Nadie, creo, querría salir de una sala de cine con la pesada sensación de no haber comprendido el filme, en especial cuando es una película de superhéroes. Mas no hay necesidad de considerar que el reto irá tan lejos; toda narrativa puede ser apreciada a distintos niveles, y debe poseer la flexibilidad para que cada punto de vista haga una lectura de esta. Solo así el contenido puede separarse de la forma, y seguiremos pensando en la obra incluso ya abandonada la sala, o trascurridos los días desde que fuimos al cine. De otra forma, ¿para qué pagamos cinco dólares por algo que no podemos llevarnos a casa y no tiene otro destino que caer en el olvido?

lunes, 3 de octubre de 2011

¿Quién es el enemigo?


Le escuché alguna vez a un veterano policía, tras algunos años de servicio en lo que llamamos “zona roja”: “El problema es que uno no sabe de dónde le va a venir el primer tiro”, decía, en una entrevista, ya vista hace una decena de años, con respecto a los peligros representados por los guerrilleros ocultos entre civiles. La importancia de saber dónde está ―y quién es― el enemigo es vital: hacer guardia de manera permanente es tedioso, pero es mejor que ser degollado en la noche por nuestra sombra.

A ese recuerdo llegué debido a una columna que leí hace unos minutos, donde su autora lanza otras cuantas saetas más contra los pedantes, los esnobistas y demás escritores con pretensiones de grandeza. Bueno, el texto apunta más a darle publicidad a una revista donde la columnista publica; esto, imagino, no es un crimen, sino apenas un acto de poco decoro, como vender obleas en una iglesia, cosa nada reprochable en nuestros días de desplomes bursátiles.

Pero al llegar a las últimas palabras, indignado contra aquellos odiosos seres señalados por la columnista, me detuve a imaginarlos, a fijarlos en algún lugar del panorama literario nacional y latinoamericano, y, damas y caballeros, crean ustedes si les digo que no pude ubicarlos, o dibujarme siquiera una caricatura generalizada de esos oprobiosos entes. Nada, no sé quiénes son.

La columnista no es la única que se ha despachado contra los pedantes literarios; el odio que existe contra estos parece ser universal. Nada peor que estos mortales que se creen mejor que los demás, sí, ¿pero quiénes son? ¡Quiero verlos para arrojarles un zapatazo! Pero parece que solo existen en la mente de estos escritores; parece que son fantasmas que los persiguen durante el sueño y a quienes les pueden achacar todos sus fracasos o sus éxitos a medias. Más de una vez me he topado con algún compañero de letras ―aprendiz de escritor si lo desean― quien me repite que, lo único que nos impide alcanzar la fama literaria, publicar por decenas de miles de ejemplares, y ver los títulos de nuestras obras, en idiomas diferentes al español, son una turba de agentes malignos que se reparten contratos, cierran puertas a otros que no sean sus amigos, arreglan concursos literarios, o desechan propuestas que nos les convengan.

Y yo, mis amados lectores, he sido también uno de estos aprendices avinagrados por el recelo…

Mas nunca conseguimos saber quiénes son, dónde están sentados, a quién responden, y qué motivos los impulsan cada mañana a obstruir el camino que conduce a los nuevos autores, o a los viejos provistos de talento, del reconocimiento mundial. ¿Quién es el enemigo? No afirmo ―como una mala lectura podría sugerir― que tales personajillos no existan: sino que invito a que, quien en un cóctel con personalidades del mundillo literario, lanzamiento de libros, presentaciones en ferias o grandes eventos culturales en Cartagena, se encuentre a estos pedantes literarios, no se limite, por favor, a darles la mano, besarles el anillo, preguntarles “Tenemos un tintico pendiente, ¿no?” y tomarse una foto con ellos, sino use su columna para denunciarlos. Y griten “¡Fulanito es un asno! ¡Rechazó mi novela sobre malos polvos!” o bien “Perengano ¿por qué Sutanita ganó el concurso aquel de poesía y yo no!”.

PD: Desde hace algún tiempo he venido recibiendo los correos incendiarios de Harold Alvarado Tenorio. Pensé en borrarlos, como suelo hacer con el spam; no obstante, valoro que al menos este sujeto, quien ya no tiene nada qué perder, no tiemble en darle nombres propios a quienes critica, y sí señalarnos la “gravedad” de sus pecados.