lunes, 3 de octubre de 2011

¿Quién es el enemigo?


Le escuché alguna vez a un veterano policía, tras algunos años de servicio en lo que llamamos “zona roja”: “El problema es que uno no sabe de dónde le va a venir el primer tiro”, decía, en una entrevista, ya vista hace una decena de años, con respecto a los peligros representados por los guerrilleros ocultos entre civiles. La importancia de saber dónde está ―y quién es― el enemigo es vital: hacer guardia de manera permanente es tedioso, pero es mejor que ser degollado en la noche por nuestra sombra.

A ese recuerdo llegué debido a una columna que leí hace unos minutos, donde su autora lanza otras cuantas saetas más contra los pedantes, los esnobistas y demás escritores con pretensiones de grandeza. Bueno, el texto apunta más a darle publicidad a una revista donde la columnista publica; esto, imagino, no es un crimen, sino apenas un acto de poco decoro, como vender obleas en una iglesia, cosa nada reprochable en nuestros días de desplomes bursátiles.

Pero al llegar a las últimas palabras, indignado contra aquellos odiosos seres señalados por la columnista, me detuve a imaginarlos, a fijarlos en algún lugar del panorama literario nacional y latinoamericano, y, damas y caballeros, crean ustedes si les digo que no pude ubicarlos, o dibujarme siquiera una caricatura generalizada de esos oprobiosos entes. Nada, no sé quiénes son.

La columnista no es la única que se ha despachado contra los pedantes literarios; el odio que existe contra estos parece ser universal. Nada peor que estos mortales que se creen mejor que los demás, sí, ¿pero quiénes son? ¡Quiero verlos para arrojarles un zapatazo! Pero parece que solo existen en la mente de estos escritores; parece que son fantasmas que los persiguen durante el sueño y a quienes les pueden achacar todos sus fracasos o sus éxitos a medias. Más de una vez me he topado con algún compañero de letras ―aprendiz de escritor si lo desean― quien me repite que, lo único que nos impide alcanzar la fama literaria, publicar por decenas de miles de ejemplares, y ver los títulos de nuestras obras, en idiomas diferentes al español, son una turba de agentes malignos que se reparten contratos, cierran puertas a otros que no sean sus amigos, arreglan concursos literarios, o desechan propuestas que nos les convengan.

Y yo, mis amados lectores, he sido también uno de estos aprendices avinagrados por el recelo…

Mas nunca conseguimos saber quiénes son, dónde están sentados, a quién responden, y qué motivos los impulsan cada mañana a obstruir el camino que conduce a los nuevos autores, o a los viejos provistos de talento, del reconocimiento mundial. ¿Quién es el enemigo? No afirmo ―como una mala lectura podría sugerir― que tales personajillos no existan: sino que invito a que, quien en un cóctel con personalidades del mundillo literario, lanzamiento de libros, presentaciones en ferias o grandes eventos culturales en Cartagena, se encuentre a estos pedantes literarios, no se limite, por favor, a darles la mano, besarles el anillo, preguntarles “Tenemos un tintico pendiente, ¿no?” y tomarse una foto con ellos, sino use su columna para denunciarlos. Y griten “¡Fulanito es un asno! ¡Rechazó mi novela sobre malos polvos!” o bien “Perengano ¿por qué Sutanita ganó el concurso aquel de poesía y yo no!”.

PD: Desde hace algún tiempo he venido recibiendo los correos incendiarios de Harold Alvarado Tenorio. Pensé en borrarlos, como suelo hacer con el spam; no obstante, valoro que al menos este sujeto, quien ya no tiene nada qué perder, no tiemble en darle nombres propios a quienes critica, y sí señalarnos la “gravedad” de sus pecados.

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