martes, 8 de noviembre de 2011

Laura fragmentada



En una tarde, hace un par de días, bajo la lluvia, con varios expresos, y sin dejar el café donde me refugiaba, leí por entero El original de Laura, la última novela ―ensayo de novela sería mejor decir― del genial monstruo lepidepterólogo Vladimir Nabokov. Y lamento tener que decir que, salvo el aspecto de valor literario como fragmentos recuperados, disponibles a las necesidades de investigadores y lectores fanáticos del buen Vlad, no hay en The Original of Laura valor alguno.

Nabokov escribía en pequeñas tarjetas, empleaba lápiz, escribía de pie ―durante una parte de su día; al pasar las horas tomaba asiento― y sostenía estas tarjetas en un atril. Una forma tan, al parecer, excéntrica de escribir, le permitió a la humanidad tener joyas literarias como Lolita, Pálido fuego o Ada o el ardor; así que, ¿podría haberse convertido Laura en otro triunfo para el genial escritor ruso-americano?

Vladimir le pidió a su esposa Vera alimentar el fuego con aquellas tarjetas que componían Laura si él no llegaba a sobrevivir a los males que lo afligían en lo físico desde que sufrió un accidente en las montañas suizas en 1975. N. fallece en 1977, pero Vera no se atreve a quemar aquellos despuntes de novela; tampoco así Dmitri, su hijo, quien conservó las fichas. Esta condición de maleficio y voluntad dejó marcado el dilema que, en 2009 se hizo tema de debate entre la comunidad literaria y académica, especialmente la americana: ¿hacía bien o mal Dmitri? Si era la voluntad de su padre destruir esos retazos de libro era el deber de su familia cumplir con la orden; a menos, a menos que lo que hubiera en aquellas fichas fuera la obra cumbre del autor, e incinerarlas ganarse un lugar en la historia como los asesinos de una nueva maravilla del arte escrito. Pienso, ahora que reviso viejas notas de prensa sobre el particular, que, a muchos críticos, estudiosos, o simples lectores que criticaron la decisión de poner las fichas de Laura al alcance de los lectores, estaba el deseo de convertir esta novela inacabada en el cofre dorado de un bello misterio. Ver, en eso que nunca alcanzó la imprenta, el posible mejor trabajo de un reconocido prosista; algo que superara en fama a Lolita o en dimensión y calidad a Ada.

De seguro mejor la ilusión de lo pudo ser al impacto de lo que es. Laura no es una obra de arte; es un feto abortado. O bien Nabokov tenía un complejo sistema de composición, donde arrojaba situaciones al azar en las pequeñas tarjetas, o bien su aptitud disminuía poco a poco, agotando los cuartos por donde era conocido. En la novela hay de nuevo una chica muy blanca, bella ―“Los pechos menudos de aquella impaciente beldad de veinticuatro años parecían una decena de años más jóvenes que ella, con aquellos pezones pálidos y estrábicos y aquella forma firme”― , terrible ―como Adelaida o Dolores― de cabello oscuro y gran agudeza.

Debido a la complejidad de determinar un argumento para este rompecabezas que es Laura reproduzco aquí, con mi pobre traducción, una sinopsis de The Times:

Philp Wild, un investigador de enorme corpulencia, casado con una estilizada, ligera y salvajemente promiscua mujer llamada Flora. Al inicio Flora actúa salvajemente a causa de otra mujer con quien su esposo estuvo enamorado, Aurora Lee. La muerte y lo que hay más allá, un tema que fascinó a Nabokov desde una temprana edad, es un asunto central. El libro empieza en una fiesta donde se siguen diversas escenas, tras lo cual la novela se torna más fragmentada. No es claro qué edad tiene Wild, pero está preocupado por su muerte y planea desaparecerse por completo a través de meditación, una forma de deliberada autoeliminación.

Al dar por terminada la lectura, y recorrer el camino a casa, entre la ciudad húmeda, con el libro bajo el brazo, mi principal preguntar era por el destino final de Laura; si mi maestro Nabokov hubiera vivido otra década más de saludable existencia, habría sin duda terminado esta última novela; pero, ¿habría sido tan larga como Ada? ¿Tan corta como El hechicero? Tal vez algo en medio de las dos: la muerte, el paraíso perdido de la juventud o la infancia, bellas y terribles mujeres jóvenes, ciencias naturales y escenarios norteamericanos que recuerdan las bellezas pastorales del Viejo Mundo, son esos salones que Nabokov presenta en sus obras, entre párrafos de sonido perfecto; sus juegos con el lenguaje ―que en Ada o el ardor alcanzan su grado más alto― no se dejan ver en Laura ―salvo un par de guiños―, ni tampoco ese ritmo cauteloso, donde mezcla algo de humor ácido con ornamentos poéticos modernos.

No están estos valores del todo ausentes, tampoco, pero es evidente que son los primeros ensayos de formulas más avanzadas:

Ésta era un viejo chalet con un fondo de altos árboles. Entre las sombras de un callejón lateral, un joven con un impermeable encima de su pijama blanco se retorcía las manos. Las farolas se iban apagando una a una, de forma alterna, las impares antes. En la acera de enfrente de la casa, su obeso marido, con un traje negro arrugado y botines de tartán con hebillas, paseaba a un gato a rayas sujeto por una traílla desmesuradamente larga. Ella se dirigió hacia la puerta principal.

De esta manera traduce Jesús Zulaika las fichas de Nabokov en la edición de Anagrama de 2010. Y de aquí puedo partir hacia otro tema: si es realmente una novela un borrador y si es solamente el autor quien puede decir en qué momento su obra está terminada. Es cierto que Laura decepciona un poco, tanto como un bebé recién nacido a quien no encontramos tan saludable ni rosado como esos que no enseña la televisión; o tanto como ver a tu pareja tras una noche terrible de cólicos menstruales, pálida y con ojeras. Mas, si es así, es porque muy poco se obtiene de un trabajo con escasas semanas de gestación; muy bien, tal vez fueron más que unas semanas escasas, pero Nabokov no era uno de nuestros modernos novelistas, o algún autor de libros de autoayuda disfrazados de novela, sino un consumado estilista, así que, Laura en su versión final, de seguro habría sido más compleja, y mejor trazada, que estos fragmentos ahora a disposición del público.

En estas fichas no había nada; de seguro sí el principio, las semillas, de muchas cosas; pequeñas larvas con grandes potenciales. Pero la vida, incluso para un inmortal como es el Nabokov autor, termina en su etapa física, y con ello todas las posibilidades de haber perfeccionado lo que eran apenas algunos esbozos muy primitivos de una historia. Casos como el de Franz Kafka han sido relacionados con el de Nabokov; pero la modestia de K. ―aun cuando fuera aparente―, no, me parece, guarda relación con el temor comprensible de imaginar, algún día, reproducidos por imprentas los garabatos inmaduros, tal vez experimentales, de una obra digna de ser trabajada con tiempo y esmero.