sábado, 24 de diciembre de 2011

El escritor debe



Como regalo de Navidad, aquí va mi propia compilación de reglas para escritores, tras leer los decálogos consignados en la última edición de El Malpensante. Feliz año 2012.

El escritor debe escribir, todos los días.
El escritor debe corregir lo que ha escrito.
El escritor debe, al terminar, pensar en lo que escribirá luego.
El escritor debe saber que su mejor libro será el siguiente.
El escritor debe conocer su oficio, la técnica, las herramientas, etc.
El escritor debe imaginar, y mucho.
El escritor debe reflexionar una idea cuarenta y tres veces antes de traducirla en prosa.
El escritor debe ser claro.
El escritor debe contar, narrar.
El escritor debe inventar.
El escritor debe basarse en la realidad hasta donde esta le permita contar lo que quiere.
El escritor debe creer en sí mismo, o sino dedicarse a otra cosa.
El escritor debe escribir aun cuando no está escribiendo.
El escritor debe olvidarse de la gloria y seguir adelante.
El escritor debe conocer centímetro a centímetro la historia que cuenta.
El escritor debe amar su idioma como el sabor de su plato favorito.
El escritor debe soportar largos periodos de soledad.
El escritor debe poder ver a la humanidad desde lo alto.
El escritor debe poder ver a la humanidad desde lo bajo.
El escritor debe poder reírse de sí mismo, y de lo que ha escrito.
El escritor debe divertirse escribiendo.
El escritor debe pensar todos los días en la condición de su oficio.
El escritor debe saber cuándo miente un personaje, y cuándo dice la verdad.
El escritor debe ignorar los halagos.
El escritor debe escuchar con disimulo las críticas.
El escritor debe aceptar las correcciones que provienen de manos expertas.
El escritor debe oír miles de discos.
El escritor debe ver miles de películas.
El escritor debe visitar museos, bibliotecas y asistir a conciertos.
El escritor debe tener una docena de diccionarios.
El escritor debe escribir con la misma energía de quien escribe su testamento.
El escritor debe ponérsela difícil: límites, restricciones, retos.
El escritor debe tener paciencia.
El escritor debe poder detenerse y continuar al día siguiente.
El escritor debe saber a qué huele un color, a qué sabe un olor, qué tonalidad tiene una palabra.
El escritor debe ser original.
El escritor debe llevar, de nuevo, la roca de Sísifo a la cima de la montaña.
El escritor debe tener autores favoritos.
El escritor debe cambiar cada cierto tiempo de autores favoritos.
El escritor debe aprender idiomas distintos al suyo.
El escritor debe saber que hace parte de una tradición; que tiene ancestros y tendrá descendientes.
El escritor debe escribir decálogos para recordar qué es lo que tiene que hacer… si quiere.
El escritor debe saber cuándo ignorar leyes y consejos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Sobre la Educación Superior


¿Qué tan importante es leer y escribir correctamente? He pasado por esta vida topándome con gente incapaz de hacer lo uno, lo otro o ambas cosas; sobreviven, sin embargo; llevan cada día a su casa el pan y son, al menos en apariencia, felices. En nada se amargan si no pueden disfrutar de la lectura de una buena novela o del humor fino de un columnista inteligente. Tampoco necesitan comunicarse por escrito; menos todavía redactar largos párrafos expositivos o narrativos. No tienen un blog, no son novelistas, en su trabajo no se les exige presentar informes, o leerlos; nadie, tampoco, los obliga a tener leídas las noticias más importantes de los periódicos nacionales, resumir algún nuevo libro, o dar su opinión sobre los escritos de otros. Son productivos analfabetos. Pero hay que ver de lo que se pierden, hay que pensar solo un minuto o dos para enumerar la cantidad de diversas cosas que no pueden hacer, y hay que decir, por encima de todo lo anterior, que estas personas tienen cerradas las puertas de la educación superior.

Ya están limpias de nuevo las calles y fachadas que recibieron los golpes de pintura provenientes de los desordenados que se mezclaron con las marchas estudiantiles. Esas marchas, que por primera vez en mucho tiempo, consiguieron algo realmente significativo; detuvieron una ley que nada o muy poco le ayudaba a la educación superior, abriendo además la ventana para que se colasen en ella toda clase de negativos factores, intereses, y peligros. Y en el ánimo de las marchas, algo más se exigía: educación gratuita y de calidad; algo difícil para un país tan rico, población tan pobre y un gobierno abrumado por el bandidaje y la corrupción. Difícil, pero no imposible. Estuve a favor de la idea durante varios días, pensando en que el Estado debía arriesgarse con programas gratuitos de pregrado; ampliar, por qué no triplicar, la cuota de estudiantes en formación universitaria, hasta que, ay, unos días atrás, la carta del profesor Camilo Jiménez, publicada originalmente en su blog, apagó mi entusiasmo.

El profesor exigió a sus alumnos el resumen de una obra escrita, con extensión no mayor a un párrafo. El resultado fue desastroso; en una clase de ―calcula él― treinta estudiantes, veinticinco fallaron la prueba, cometiendo, en algunos casos, errores ortográficos incluso en el título.

La carta de renuncia no era una queja lacrimosa, sino el triste enarbolar de una bandera blanca: “Debe ser que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se volvió más cool que Patti Smith” dice el profesor Jiménez, y sintiendo un peso en el corazón entiendo bien a lo que se refiere. Cada día parecen ser menos los jóvenes devoradores de libros, melómanos capaces de atiborrar sus cuartos con discos o cinéfilos empedernidos con la piel vampirizada de tanto permanecer en teatros a oscuras. Los hay, claro; no quiero que te ofendas, querido lector que duermes entre pilas de libros, que diriges o asistes al cineclub, y cuya colección de discos, incluso en la memoria de tu computadora, es asombrosa; sin embargo, somos una especie en extinción; tengo veintiocho años, he dejado para el sistema de ser joven. Represento otra época, otros medios, otra formación. No es que yo sea un fanático de Patti Smith, y tengo claro que la industria de la música siempre ha estado cohabitada por genios y bufones; hoy día hay un Justin Bieber, en los noventa tuvimos a un Jordy; el problema es que el crecimiento desmedido de fuentes de información obliga, dada la competencia, a reducir la calidad de sus contenidos. Ahora la gente se informa mediante los ciento cuarenta caracteres del Twitter, y rara vez dan clic para seguir el enlace a la noticia completa, la cual fácilmente no rebasa los dos párrafos.

Al pensar en estos asuntos llego a creer que la culpa no es del consumo masivo de internet, sino del mal uso de este, y la mala preparación que se da al respecto en la formación básica. Internet, damas y caballeros, es un hermoso acantilado al que te puedes lanzar en clavado y gozar de sus aguas azules; si caes mal, te advierto, te romperás el cuello y pasarás el resto de tu vida paralizado. Hay ―presten atención, profesores― un gran riesgo en los medios modernos; y no hablo de pedófilos o pornografía, que cada quien se librará de aquellos o de esta como pueda, sino en la dispersión: abres un enlace, abres otro, cargas un vídeo, descargas una canción; un titular te lleva a un lado, tu curiosidad te arrastra por otro, y así, al final te das cuenta que, tras horas seguidas tras la pantalla, sabes muy, pero muy poco de miles de cosas.

Algunos creen que adquirir conocimiento de un libro es exactamente igual a conseguirlo de la red. Sí, por supuesto: cuando se busca una respuesta exacta, como el peso atómico del oro o la definición de la palabra “dislexia”; los diccionarios y enciclopedias llegarán, impresos o en línea, a respuestas similares. Por desgracia, o por fortuna, no todos los conceptos son tan simples. Las ideas complejas demandan largos tratados, ensayos cuya extensión sobrepasa los volúmenes. La reseña en Wikipedia del contenido de Guerra y Paz no refleja el universo de particularidades de esta obra, o de ninguna otra. En consecuencia, el mundo del conocimiento está compuesto tanto a partir de cortas sentencias como de vastas galaxias de ideas entrelazadas. En general leo cuanto puedo encontrar impreso y lo que consigo en línea es aquello que no está a mi alcance; como la revista New Yorker o el Le Monde.

El error sería inclinarse hacia un solo lado: solo internet, o solo biblioteca. Y es aquello lo que parece estar sucediendo hoy día, y esto, más allá de abrir debates sobre si lo que escribió Jiménez es justificado o no, debería alarmar a todos. Lectores, Colombia nunca tuvo una época dorada; hubo sí un tiempo, hace ya mucho, donde los hijos de las grandes familias hablaban con fluidez el latín, comprendían el griego, y redactaban cartas en francés. Tuvimos grandes gramáticos, se interpretaba a los grandes compositores en piano o violín, y nuestras publicaciones exponían grabados exquisitos. Y ellos, esos gramáticos, escritores, pintores, profesores de filosofía que hablaban más de cinco idiomas, ellos todos no eran sino una minoría, y hoy día los futuros profesionales son incapaces de comprender un texto, ni qué decir sintetizar un argumento complejo. No tuvimos, repito, una época de esplendor, así que no tenemos derecho a entrar en esta decadencia.

Prueba de lo anterior es la respuesta a la carta de Jiménez, escrita por una alumna, Victoria Tobar, también en su blog, y fue reproducida por el periódico El Tiempo. Acusa al profesor de clasista, tomando fuera de contexto la condición social de sus estudiantes, hijos de familias con recursos, lo cual, por principio, debía haberles asegurado una educación de mayor calidad que aquellos provenientes de las clases bajas. Tobar considera incorrecto que el profesor exija algo a sus estudiantes, en vez de darlo todo porque estos consigan lo que él espera de ellos, aunque no creo que ni Jiménez, ni profesor alguno dotado de un número corriente de células cerebrales espere tener una clase llena de “genios”. La alumna simplifica la crítica de Jiménez con el tema del párrafo de resumen; aunque lo que creí entender es que esta asignación fue simplemente, como se suele decir, “la gota que colmó el vaso”. Añade, además, afirmaciones que no contiene la carta original, como que “el único conocimiento válido es el que reside en los libros”, o que el profesor sea enemigo de los blogs y Twitter, cuando Jiménez publicó su opinión precisamente en aquel medio, y tiene una cuenta en este otro.

En resumen, Tobar descarga toda la culpabilidad del fracaso del profesor en el profesional mismo. Nunca he sido amigo de los profesores, ya que en el colegio estos siempre fueron gente desprovista de todo ingenio o inteligencia, y ahora, en la universidad, salvo un par de casos de apasionados educadores, suelen ser aceptables encargados de transmitir conocimientos. Pero tendría que tener los ojos cerrados y los oídos tapados para creer que en el profesor residen todas las respuestas, que es el dueño absoluto del conocimiento, y que es él o ella los responsables absolutos de la formación de un profesional. Llegué a la universidad con mi carga de conocimientos, y he ampliado esta, más que todo, por mi propio esfuerzo, ya que entiendo bien que no estoy en una fábrica de profesionales en serie, sino en un espacio para adquirir nuevos saberes, o compartir los que poseo. Tal vez a profesores de primaria se les podría acusar de no ser capaces de formar lectores y redactores aceptables, pero es inadmisible que alguien, sin importar su edad o su origen socioeconómico llegue a una institución de educación superior sin poder redactar de manera correcta un párrafo, menos aún si pretende ser periodista.

Y añado otra crítica más al actual sistema universitario: creo que ha llegado la hora de exigir más a los alumnos nuevos que ingresan a las universidades. Hoy día parece ser que el único requisito es un cheque que costee la matrícula y el primer semestre, más unos puntos aceptables de Icfes. Nadie puede llegar con la mente en blanco a la Universidad Javeriana, los Andes o la Pedagógica, creyendo que el único requisito para ser comunicador social son las ganas, y el resto ―es decir, todo el enorme conjunto de herramientas intelectuales que demanda una profesión tan delicada como el periodismo― se lo debe dar el profesor, y todo porque se le está pagando.

Guardo una pequeña esperanza en los cientos de profesionales que, al graduarse, año tras año, se han formado por sí mismos, investigando a partir de su voluntad, mejorando sus capacidades intelectuales, no porque teman al látigo del maestro, sino porque ansían llegar cada día más lejos en lo suyo. Tuve el placer, mediante algunas muchachas que conocí en la Universidad Javeriana, de saber que algunos llegan a esta institución con su carga de lecturas en la espalda, sus cientos de escritos, resúmenes, reseñas, síntesis, exposiciones y análisis, hechos, no para impresionar a un profesor exigente, sino por el deseo de comunicar a otros, o a sí mismos, lo que les impresionó, les gustó o les desagradó de otros textos. La llama de la esperanza, entonces, brilla aún, y mi angustia es que cada vez su luz es más escasa.

No sé si Camilo Jiménez es un gran profesor, o siquiera un profesor aceptable, pero sí sé que su renuncia es un signo de alarma; su texto es la radiografía de una sociedad que cae, donde una peligrosa mayoría se arroja a la mediocridad, acusando al sistema de no haberlos motivado lo suficiente, de no haberlos azotado lo bastante fuerte, de no haberlos seducido lo necesario.

La carta de Camilo Jiménez aquí: http://elojoenlapaja.blogspot.com/

La respuesta de Victoria Tobar aquí: http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/educacion/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-10913410.html

(Para los que no tienen ni idea de quién era Jordy: http://youtu.be/7IiLZ0dvDWU

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sobre la “literatura seria”


El arte de ser insultado, caballeros… Hace un par de semanas, tal vez más, no sé, presenté mi proyecto de trabajo de grado en la Universidad. Dadas las opciones de graduación, opté por la forma más fácil, al menos para mí: escribir una novela. ¿La razón? No veo por qué malgastar decenas de meses, tal vez dos o tres años, investigando y leyendo exhaustivamente a cierto autor, para compilar al final una tesis sobre este, la cual, tras la firma del exigente jurado de la Facultad, será enviada al fondo de un archivo donde verá la luz tal vez el mismo día en que la CIA nos diga quién asesinó a JFK. Al menos puedo añadir esta novela a mi historial y entregarla para que mis amigos se rían un poco de mí, o posiblemente a un editor desalmado que la venda y solo reporte unos miserables beneficios; en cualquier caso, una novela es para mí algo mucho más valioso que cientos de páginas de inútil tesis.

Presenté un argumento, unos detalles técnicos, la razón, además, por la que escribía sobre este tema, y por qué aquella historia en particular, y al final la entregué a los encargados de su revisión final. El resultado: no fue aprobada; la razón: al presentar una novela de espías yo aspiraba a escribir una novela de un “género menor”.

Nadie nunca me habló de los géneros mayores, medios y menores; ¿los habrá, acaso, como existen los versos de arte mayor y menor? Es posible, pero, tras seis semestres de carrera en Estudios Literarios, ¿cómo nunca nadie me habló de ello?

Respuesta, no hay escalas de géneros; de hecho, no hay géneros, como no existe el tiempo sino dentro de la razón humana. Hay novelas, y estas presentan ciertas particularidades que permiten clasificarlas con otras similares. Pero si estas características se presentan entre dos novelas, una concebida y escrita por un maestro de la narrativa, un gran prosista y genial retratista de las grandezas y miserias humanas, y otra fuera lanzada al público por un mediocre redactor a sueldo, de banales visiones sobre la especie, vocabulario de niño abandonado y argumentista del montón, yo pregunto, ¿qué culpa le cabe al “género”?

Puesta así la interrogante hasta el más incapacitado intelectualmente de los mortales afirmaría que no es, claro, cuestión del “genero”, sino de lo que puede o no hacerse con él. Hay clásicos de la aventura policiaca y dramas familiares cuya tirada nunca superó el medio centenar de ejemplares. Hay conocidas y mil veces replicadas historias eróticas y relatos de meditación y búsqueda espiritual que disparan la risa o el tedio de los lectores más tolerantes. Esa es la diferencia entre el arte y la industria; dos ejemplares del mismo mal producto serán tan inservibles el uno como el otro; dos historias semejantes, tratadas por artistas diferentes pueden tener una réplica disímil en el largo río de la historia literaria. ¿O acaso usted lector leyó alguna vez la versión original de Romeo y Julieta escrita por Matteo Bandello?

¿Por qué le estoy diciendo esto a usted, lector, y no a mis profesores y jueces de proyecto? Porque a estos no les importa lo que un estudiante tenga por decir; para ellos, todo está en las letras muertas de los teóricos rusos, y en las ideas generales que para sí se han forjado: hay novelas “serias”, grandes y “cultas”, y lo demás es “literatura barata”, entretenimiento vulgar. Y escribir novelas de espías es producir ese entretenimiento masivo que resulta irrespetuoso, sobre todo cuando el autor ha pasado por una universidad; se espera de mí, no una novela donde yo pueda aplicar todos mis conocimientos de escritor, todo mi amor por el oficio, y meditar a través de esta algunos aspectos complejos de las relaciones humanas, sino, por el contrario, se espera que escriba sobre la “realidad nacional”, invente “personajes serios”, como contraproducentes versiones modificadas de todos aquellos a quienes conozco, padres, hermanos, amigos; que escriba una de esas novelas en primera persona que comienzan con un patético “Hoy tengo ganas… de llorar”. Ya saben, recuerdos de infancia atascados en la garganta, memoria de conflictos entre cuartos cerrados y clósets, impresiones de fincas de “tierra caliente” donde papi se porta muy amable con cierta mujer sin nombre que no es mami, o esas historietas de instituto expuestas a través de diarios o cartas; o, ¡ya lo tengo!, la siempre efectiva crónica literaria con “conciencia social”; algo que empiece así… “Fue uno de aquellos días de mayo en que las araucamas del patio de mi tía Alonza despertaban al influjo de las primeras lluvias cuando encontré el cadáver de ‘Goliat’, aquel fantástico equino pinto ganado por mi padre a don Sultiano, en una pelea de gallos donde dice mi madre terció el diablo”. Y así por trescientas y punta de páginas con desplazados, militares corruptos, jefes guerrilleros, paramilitares monstruosos, campesinos muy temerosos de dios y de su propia sombra, bellas mujeres nativas y ensoñaciones con estas dignas del porno suave de la televisión por cable. Qué porquería. No me extraña que la nación, en términos literarios, esté tan empobrecida: porque o se elige para editar novelas “de denuncia” ―caso Sin tetas no hay paraíso―, o porque los editores mandan a las imprentas las memorias novelizadas de sus viejos y amargos amigos ―no cito a nadie aquí porque estoy hastiado de las amenazas―.

Qué es entonces “literatura seria” son aquellos productos tan malos como la “mala literatura”; es lo que todos esperan: duras largas y muy punteadas oraciones, palabras que demandan una visita al diccionario, personajes que se pregunten por el sentido de la existencia, argumentos que cifren una realidad social no explotada ya por periodistas, sexo en hoteles campestres británicos, y catedráticos universitarios quienes, tras un polvo bestial con alguna alumna mestiza llegada del Tercer Mundo se pregunten, “¿yo soy yo o soy lo que los demás ven en mí?”, y luego manden a volar a la alumna mestiza porque se dan cuenta que la única felicidad de este mundo está con su avinagrada esposa en una casita en Yorkshire o cualquier otra hectárea de campiña inglesa. Las novelas “serias”, ganadoras del Alfaguara o el Man Booker Prize, están plagadas de tantos lugares comunes como las novelas de “géneros menores”: protagonistas inestables, que despiertan admiración en críticos y reseñistas; suelen tener bellas mujeres, fantasías de autor, las cuales alcanzan altura cuando se suicidan románticamente; los personajes circundantes al protagonista son ogros o ángeles, y esto, claro, no es una falta de imaginación o de profundidad en el autor ya que, para el purista son clarísimas metáforas o analogías a la bondad de los simples y la maldad de los ricos y los políticos; por último, rara vez tienen finales definidos; al amante de la “literatura seria” le fascinan los finales abiertos, aún cuando estos son resultado de la evidente pereza del autor por atar los cabos que frántica y ambiciosamente abrió al principio. Oh… escribir sobre un latinoamericano en una maloliente habitación en París, rascándose la barriga, fumando Gauloises, al lado de una muy puta, pero muy angelical, francesa, mientras medita si responder o no a la carta de su padre, un oligarca colombiano o guatemalteco que oprime a sus siervos en plantaciones de café, tabaco o sorgo. Y así y así.

Pregunta, ¿cometo o no un error de juicio al desoír las advertencias de mis mayores y no escribir “novelas serias”? Siempre creí que el arte partía de la individualidad, no de las órdenes disparadas por el poder reinante; ¿me equivoco o estoy en lo correcto? Creo señores que mis alcances registrados en la Wikipedia lo dirán.