domingo, 18 de diciembre de 2011

Sobre la Educación Superior


¿Qué tan importante es leer y escribir correctamente? He pasado por esta vida topándome con gente incapaz de hacer lo uno, lo otro o ambas cosas; sobreviven, sin embargo; llevan cada día a su casa el pan y son, al menos en apariencia, felices. En nada se amargan si no pueden disfrutar de la lectura de una buena novela o del humor fino de un columnista inteligente. Tampoco necesitan comunicarse por escrito; menos todavía redactar largos párrafos expositivos o narrativos. No tienen un blog, no son novelistas, en su trabajo no se les exige presentar informes, o leerlos; nadie, tampoco, los obliga a tener leídas las noticias más importantes de los periódicos nacionales, resumir algún nuevo libro, o dar su opinión sobre los escritos de otros. Son productivos analfabetos. Pero hay que ver de lo que se pierden, hay que pensar solo un minuto o dos para enumerar la cantidad de diversas cosas que no pueden hacer, y hay que decir, por encima de todo lo anterior, que estas personas tienen cerradas las puertas de la educación superior.

Ya están limpias de nuevo las calles y fachadas que recibieron los golpes de pintura provenientes de los desordenados que se mezclaron con las marchas estudiantiles. Esas marchas, que por primera vez en mucho tiempo, consiguieron algo realmente significativo; detuvieron una ley que nada o muy poco le ayudaba a la educación superior, abriendo además la ventana para que se colasen en ella toda clase de negativos factores, intereses, y peligros. Y en el ánimo de las marchas, algo más se exigía: educación gratuita y de calidad; algo difícil para un país tan rico, población tan pobre y un gobierno abrumado por el bandidaje y la corrupción. Difícil, pero no imposible. Estuve a favor de la idea durante varios días, pensando en que el Estado debía arriesgarse con programas gratuitos de pregrado; ampliar, por qué no triplicar, la cuota de estudiantes en formación universitaria, hasta que, ay, unos días atrás, la carta del profesor Camilo Jiménez, publicada originalmente en su blog, apagó mi entusiasmo.

El profesor exigió a sus alumnos el resumen de una obra escrita, con extensión no mayor a un párrafo. El resultado fue desastroso; en una clase de ―calcula él― treinta estudiantes, veinticinco fallaron la prueba, cometiendo, en algunos casos, errores ortográficos incluso en el título.

La carta de renuncia no era una queja lacrimosa, sino el triste enarbolar de una bandera blanca: “Debe ser que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se volvió más cool que Patti Smith” dice el profesor Jiménez, y sintiendo un peso en el corazón entiendo bien a lo que se refiere. Cada día parecen ser menos los jóvenes devoradores de libros, melómanos capaces de atiborrar sus cuartos con discos o cinéfilos empedernidos con la piel vampirizada de tanto permanecer en teatros a oscuras. Los hay, claro; no quiero que te ofendas, querido lector que duermes entre pilas de libros, que diriges o asistes al cineclub, y cuya colección de discos, incluso en la memoria de tu computadora, es asombrosa; sin embargo, somos una especie en extinción; tengo veintiocho años, he dejado para el sistema de ser joven. Represento otra época, otros medios, otra formación. No es que yo sea un fanático de Patti Smith, y tengo claro que la industria de la música siempre ha estado cohabitada por genios y bufones; hoy día hay un Justin Bieber, en los noventa tuvimos a un Jordy; el problema es que el crecimiento desmedido de fuentes de información obliga, dada la competencia, a reducir la calidad de sus contenidos. Ahora la gente se informa mediante los ciento cuarenta caracteres del Twitter, y rara vez dan clic para seguir el enlace a la noticia completa, la cual fácilmente no rebasa los dos párrafos.

Al pensar en estos asuntos llego a creer que la culpa no es del consumo masivo de internet, sino del mal uso de este, y la mala preparación que se da al respecto en la formación básica. Internet, damas y caballeros, es un hermoso acantilado al que te puedes lanzar en clavado y gozar de sus aguas azules; si caes mal, te advierto, te romperás el cuello y pasarás el resto de tu vida paralizado. Hay ―presten atención, profesores― un gran riesgo en los medios modernos; y no hablo de pedófilos o pornografía, que cada quien se librará de aquellos o de esta como pueda, sino en la dispersión: abres un enlace, abres otro, cargas un vídeo, descargas una canción; un titular te lleva a un lado, tu curiosidad te arrastra por otro, y así, al final te das cuenta que, tras horas seguidas tras la pantalla, sabes muy, pero muy poco de miles de cosas.

Algunos creen que adquirir conocimiento de un libro es exactamente igual a conseguirlo de la red. Sí, por supuesto: cuando se busca una respuesta exacta, como el peso atómico del oro o la definición de la palabra “dislexia”; los diccionarios y enciclopedias llegarán, impresos o en línea, a respuestas similares. Por desgracia, o por fortuna, no todos los conceptos son tan simples. Las ideas complejas demandan largos tratados, ensayos cuya extensión sobrepasa los volúmenes. La reseña en Wikipedia del contenido de Guerra y Paz no refleja el universo de particularidades de esta obra, o de ninguna otra. En consecuencia, el mundo del conocimiento está compuesto tanto a partir de cortas sentencias como de vastas galaxias de ideas entrelazadas. En general leo cuanto puedo encontrar impreso y lo que consigo en línea es aquello que no está a mi alcance; como la revista New Yorker o el Le Monde.

El error sería inclinarse hacia un solo lado: solo internet, o solo biblioteca. Y es aquello lo que parece estar sucediendo hoy día, y esto, más allá de abrir debates sobre si lo que escribió Jiménez es justificado o no, debería alarmar a todos. Lectores, Colombia nunca tuvo una época dorada; hubo sí un tiempo, hace ya mucho, donde los hijos de las grandes familias hablaban con fluidez el latín, comprendían el griego, y redactaban cartas en francés. Tuvimos grandes gramáticos, se interpretaba a los grandes compositores en piano o violín, y nuestras publicaciones exponían grabados exquisitos. Y ellos, esos gramáticos, escritores, pintores, profesores de filosofía que hablaban más de cinco idiomas, ellos todos no eran sino una minoría, y hoy día los futuros profesionales son incapaces de comprender un texto, ni qué decir sintetizar un argumento complejo. No tuvimos, repito, una época de esplendor, así que no tenemos derecho a entrar en esta decadencia.

Prueba de lo anterior es la respuesta a la carta de Jiménez, escrita por una alumna, Victoria Tobar, también en su blog, y fue reproducida por el periódico El Tiempo. Acusa al profesor de clasista, tomando fuera de contexto la condición social de sus estudiantes, hijos de familias con recursos, lo cual, por principio, debía haberles asegurado una educación de mayor calidad que aquellos provenientes de las clases bajas. Tobar considera incorrecto que el profesor exija algo a sus estudiantes, en vez de darlo todo porque estos consigan lo que él espera de ellos, aunque no creo que ni Jiménez, ni profesor alguno dotado de un número corriente de células cerebrales espere tener una clase llena de “genios”. La alumna simplifica la crítica de Jiménez con el tema del párrafo de resumen; aunque lo que creí entender es que esta asignación fue simplemente, como se suele decir, “la gota que colmó el vaso”. Añade, además, afirmaciones que no contiene la carta original, como que “el único conocimiento válido es el que reside en los libros”, o que el profesor sea enemigo de los blogs y Twitter, cuando Jiménez publicó su opinión precisamente en aquel medio, y tiene una cuenta en este otro.

En resumen, Tobar descarga toda la culpabilidad del fracaso del profesor en el profesional mismo. Nunca he sido amigo de los profesores, ya que en el colegio estos siempre fueron gente desprovista de todo ingenio o inteligencia, y ahora, en la universidad, salvo un par de casos de apasionados educadores, suelen ser aceptables encargados de transmitir conocimientos. Pero tendría que tener los ojos cerrados y los oídos tapados para creer que en el profesor residen todas las respuestas, que es el dueño absoluto del conocimiento, y que es él o ella los responsables absolutos de la formación de un profesional. Llegué a la universidad con mi carga de conocimientos, y he ampliado esta, más que todo, por mi propio esfuerzo, ya que entiendo bien que no estoy en una fábrica de profesionales en serie, sino en un espacio para adquirir nuevos saberes, o compartir los que poseo. Tal vez a profesores de primaria se les podría acusar de no ser capaces de formar lectores y redactores aceptables, pero es inadmisible que alguien, sin importar su edad o su origen socioeconómico llegue a una institución de educación superior sin poder redactar de manera correcta un párrafo, menos aún si pretende ser periodista.

Y añado otra crítica más al actual sistema universitario: creo que ha llegado la hora de exigir más a los alumnos nuevos que ingresan a las universidades. Hoy día parece ser que el único requisito es un cheque que costee la matrícula y el primer semestre, más unos puntos aceptables de Icfes. Nadie puede llegar con la mente en blanco a la Universidad Javeriana, los Andes o la Pedagógica, creyendo que el único requisito para ser comunicador social son las ganas, y el resto ―es decir, todo el enorme conjunto de herramientas intelectuales que demanda una profesión tan delicada como el periodismo― se lo debe dar el profesor, y todo porque se le está pagando.

Guardo una pequeña esperanza en los cientos de profesionales que, al graduarse, año tras año, se han formado por sí mismos, investigando a partir de su voluntad, mejorando sus capacidades intelectuales, no porque teman al látigo del maestro, sino porque ansían llegar cada día más lejos en lo suyo. Tuve el placer, mediante algunas muchachas que conocí en la Universidad Javeriana, de saber que algunos llegan a esta institución con su carga de lecturas en la espalda, sus cientos de escritos, resúmenes, reseñas, síntesis, exposiciones y análisis, hechos, no para impresionar a un profesor exigente, sino por el deseo de comunicar a otros, o a sí mismos, lo que les impresionó, les gustó o les desagradó de otros textos. La llama de la esperanza, entonces, brilla aún, y mi angustia es que cada vez su luz es más escasa.

No sé si Camilo Jiménez es un gran profesor, o siquiera un profesor aceptable, pero sí sé que su renuncia es un signo de alarma; su texto es la radiografía de una sociedad que cae, donde una peligrosa mayoría se arroja a la mediocridad, acusando al sistema de no haberlos motivado lo suficiente, de no haberlos azotado lo bastante fuerte, de no haberlos seducido lo necesario.

La carta de Camilo Jiménez aquí: http://elojoenlapaja.blogspot.com/

La respuesta de Victoria Tobar aquí: http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/educacion/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-10913410.html

(Para los que no tienen ni idea de quién era Jordy: http://youtu.be/7IiLZ0dvDWU

1 comentario:

Fernanda González Robledo dijo...

Me gustó tu entrada, en Argentina sucede lo mismo...es triste, alarmante y hay que hacer al respecto. Tengo 22 años y soy de los "en extinción", saludos !