jueves, 8 de diciembre de 2011

Sobre la “literatura seria”


El arte de ser insultado, caballeros… Hace un par de semanas, tal vez más, no sé, presenté mi proyecto de trabajo de grado en la Universidad. Dadas las opciones de graduación, opté por la forma más fácil, al menos para mí: escribir una novela. ¿La razón? No veo por qué malgastar decenas de meses, tal vez dos o tres años, investigando y leyendo exhaustivamente a cierto autor, para compilar al final una tesis sobre este, la cual, tras la firma del exigente jurado de la Facultad, será enviada al fondo de un archivo donde verá la luz tal vez el mismo día en que la CIA nos diga quién asesinó a JFK. Al menos puedo añadir esta novela a mi historial y entregarla para que mis amigos se rían un poco de mí, o posiblemente a un editor desalmado que la venda y solo reporte unos miserables beneficios; en cualquier caso, una novela es para mí algo mucho más valioso que cientos de páginas de inútil tesis.

Presenté un argumento, unos detalles técnicos, la razón, además, por la que escribía sobre este tema, y por qué aquella historia en particular, y al final la entregué a los encargados de su revisión final. El resultado: no fue aprobada; la razón: al presentar una novela de espías yo aspiraba a escribir una novela de un “género menor”.

Nadie nunca me habló de los géneros mayores, medios y menores; ¿los habrá, acaso, como existen los versos de arte mayor y menor? Es posible, pero, tras seis semestres de carrera en Estudios Literarios, ¿cómo nunca nadie me habló de ello?

Respuesta, no hay escalas de géneros; de hecho, no hay géneros, como no existe el tiempo sino dentro de la razón humana. Hay novelas, y estas presentan ciertas particularidades que permiten clasificarlas con otras similares. Pero si estas características se presentan entre dos novelas, una concebida y escrita por un maestro de la narrativa, un gran prosista y genial retratista de las grandezas y miserias humanas, y otra fuera lanzada al público por un mediocre redactor a sueldo, de banales visiones sobre la especie, vocabulario de niño abandonado y argumentista del montón, yo pregunto, ¿qué culpa le cabe al “género”?

Puesta así la interrogante hasta el más incapacitado intelectualmente de los mortales afirmaría que no es, claro, cuestión del “genero”, sino de lo que puede o no hacerse con él. Hay clásicos de la aventura policiaca y dramas familiares cuya tirada nunca superó el medio centenar de ejemplares. Hay conocidas y mil veces replicadas historias eróticas y relatos de meditación y búsqueda espiritual que disparan la risa o el tedio de los lectores más tolerantes. Esa es la diferencia entre el arte y la industria; dos ejemplares del mismo mal producto serán tan inservibles el uno como el otro; dos historias semejantes, tratadas por artistas diferentes pueden tener una réplica disímil en el largo río de la historia literaria. ¿O acaso usted lector leyó alguna vez la versión original de Romeo y Julieta escrita por Matteo Bandello?

¿Por qué le estoy diciendo esto a usted, lector, y no a mis profesores y jueces de proyecto? Porque a estos no les importa lo que un estudiante tenga por decir; para ellos, todo está en las letras muertas de los teóricos rusos, y en las ideas generales que para sí se han forjado: hay novelas “serias”, grandes y “cultas”, y lo demás es “literatura barata”, entretenimiento vulgar. Y escribir novelas de espías es producir ese entretenimiento masivo que resulta irrespetuoso, sobre todo cuando el autor ha pasado por una universidad; se espera de mí, no una novela donde yo pueda aplicar todos mis conocimientos de escritor, todo mi amor por el oficio, y meditar a través de esta algunos aspectos complejos de las relaciones humanas, sino, por el contrario, se espera que escriba sobre la “realidad nacional”, invente “personajes serios”, como contraproducentes versiones modificadas de todos aquellos a quienes conozco, padres, hermanos, amigos; que escriba una de esas novelas en primera persona que comienzan con un patético “Hoy tengo ganas… de llorar”. Ya saben, recuerdos de infancia atascados en la garganta, memoria de conflictos entre cuartos cerrados y clósets, impresiones de fincas de “tierra caliente” donde papi se porta muy amable con cierta mujer sin nombre que no es mami, o esas historietas de instituto expuestas a través de diarios o cartas; o, ¡ya lo tengo!, la siempre efectiva crónica literaria con “conciencia social”; algo que empiece así… “Fue uno de aquellos días de mayo en que las araucamas del patio de mi tía Alonza despertaban al influjo de las primeras lluvias cuando encontré el cadáver de ‘Goliat’, aquel fantástico equino pinto ganado por mi padre a don Sultiano, en una pelea de gallos donde dice mi madre terció el diablo”. Y así por trescientas y punta de páginas con desplazados, militares corruptos, jefes guerrilleros, paramilitares monstruosos, campesinos muy temerosos de dios y de su propia sombra, bellas mujeres nativas y ensoñaciones con estas dignas del porno suave de la televisión por cable. Qué porquería. No me extraña que la nación, en términos literarios, esté tan empobrecida: porque o se elige para editar novelas “de denuncia” ―caso Sin tetas no hay paraíso―, o porque los editores mandan a las imprentas las memorias novelizadas de sus viejos y amargos amigos ―no cito a nadie aquí porque estoy hastiado de las amenazas―.

Qué es entonces “literatura seria” son aquellos productos tan malos como la “mala literatura”; es lo que todos esperan: duras largas y muy punteadas oraciones, palabras que demandan una visita al diccionario, personajes que se pregunten por el sentido de la existencia, argumentos que cifren una realidad social no explotada ya por periodistas, sexo en hoteles campestres británicos, y catedráticos universitarios quienes, tras un polvo bestial con alguna alumna mestiza llegada del Tercer Mundo se pregunten, “¿yo soy yo o soy lo que los demás ven en mí?”, y luego manden a volar a la alumna mestiza porque se dan cuenta que la única felicidad de este mundo está con su avinagrada esposa en una casita en Yorkshire o cualquier otra hectárea de campiña inglesa. Las novelas “serias”, ganadoras del Alfaguara o el Man Booker Prize, están plagadas de tantos lugares comunes como las novelas de “géneros menores”: protagonistas inestables, que despiertan admiración en críticos y reseñistas; suelen tener bellas mujeres, fantasías de autor, las cuales alcanzan altura cuando se suicidan románticamente; los personajes circundantes al protagonista son ogros o ángeles, y esto, claro, no es una falta de imaginación o de profundidad en el autor ya que, para el purista son clarísimas metáforas o analogías a la bondad de los simples y la maldad de los ricos y los políticos; por último, rara vez tienen finales definidos; al amante de la “literatura seria” le fascinan los finales abiertos, aún cuando estos son resultado de la evidente pereza del autor por atar los cabos que frántica y ambiciosamente abrió al principio. Oh… escribir sobre un latinoamericano en una maloliente habitación en París, rascándose la barriga, fumando Gauloises, al lado de una muy puta, pero muy angelical, francesa, mientras medita si responder o no a la carta de su padre, un oligarca colombiano o guatemalteco que oprime a sus siervos en plantaciones de café, tabaco o sorgo. Y así y así.

Pregunta, ¿cometo o no un error de juicio al desoír las advertencias de mis mayores y no escribir “novelas serias”? Siempre creí que el arte partía de la individualidad, no de las órdenes disparadas por el poder reinante; ¿me equivoco o estoy en lo correcto? Creo señores que mis alcances registrados en la Wikipedia lo dirán.

1 comentario:

Liàre.J.A. dijo...

Aplausos, quién sea que seas. No estudio letras ni nada relacionado con eso, pero amo escribir y leer.
Y no hay otra forma más clara de decir, o al menos no se me ocurre, lo que acabas de decir.
Algunos profesores tienen mentes sumamente cerradas, solo pretenden escupir los que les escupieron a ellos. Prefieren a admirar lo clásico que discutirlo. Una lástima que solo les importe la abundante e infinita crítica social de la que se escribe en latinoamérica, una lástima.
En fin, al leer esto, sentí que debía comentar, un impulso que raramente tengo. xD