jueves, 5 de enero de 2012

Acerca de Misión Imposible 4

Durante años escuché aquello de “segundas partes no son buenas”, salvo, añadía quien afirmaba esto, algunas excepciones. Con el paso de los años me he dado cuenta que, descontando ciertos casos, las excepciones ni mejoran ni empeoran una historia; todo depende de lo buena, o mala, que la historia original sea. Las sagas del Señor de los Anillos, Harry Potter, la Guerra de las Galaxias, Matrix y otras demuestran que, en algunos casos una historia no se puede contar en un solo capítulo. En otros casos, el afán de lucro lleva a los productores a reciclar personajes; es así como John J. Rambo, el soldado traumatizado creado por David Morell se convirtió en el héroe de toda una generación, y un ícono de la lucha estadounidense contra todo el mundo. Y en un tercer caso los productores de una película de éxito deciden vender los derechos sobre el nombre de esta para que compañías con menor presupuesto, escritores de menor talento y directores menos diestros se encarguen de hacer vergonzosas secuelas, las cuales emplearán el arrastre de las originales.

La saga de películas Misión: Imposible comenzó en 1996, tras varios intentos de la Paramount por llevar a la gran pantalla una versión moderna de la serie de Bruce Geller. Tom Cruise y Paula

Wagner contrataron al director Brian de Palma y a los escritores Steve Zaillian, David Koepp y, más tarde a Robert Towne; la idea, una trama sorpresiva con final inesperado; y de seguro lo más inesperado fue la muerte de todo el equipo antes de los primeros treinta minutos del filme. Esto atrajo muchas críticas, entre ellas las de Peter Graves (Jim Phelps en la serie original) y Greg Morris (Barney Collier, el experto en electrónica), quienes lamentaban, no solo que nadie de la serie original hubiera sido incluido en la producción, sino que el personaje de Phelps se tornara en villano. La trama no convenció a muchos, aunque en mi opinión sigue siendo la mejor de toda la saga, evitando el exceso de tecnología y sustentando la trama en secretos y trampas, al mejor estilo de la serie. el afán de lucro lleva a los productores a reciclar personajes; es así como John J. Rambo, el soldado traumatizado creado por David Morell se convirtió en el héroe de toda una generación, y un ícono de la lucha estadounidense contra todo el mundo. Y en un tercer caso los productores de una película de éxito deciden vender los derechos sobre el nombre de esta para que compañías con menor presupuesto, escritores de menor talento y directores menos diestros se encarguen de hacer vergonzosas secuelas, las cuales emplearán el arrastre de las originales.

En el año 2000 apareció una nueva película sobre el agente secreto Ethan Hunt titulada Mission: Impossible II. En esta, sin duda la peor de las películas relacionadas con la franquicia, el director John Woo ―autor de decenas de filmes de acción y violencia en Hong Kong― convierte al agente

del FMI en un James Bond americano, siguiendo todos los clichés relacionados al 007: es un galán seductor, nunca se equivoca, consigue sin dificultad a la chica ―una súper ladrona interpretada por Thandie Newton―, maneja todas las armas, es cinturón negro en artes marciales y, por supuesto, no hay dato que se le escape: sabe todo acerca de todo el mundo. Mientras el valor, por regla general, de las historias de espionaje es el misterio, el espectador de M:I 2 sabe bien que el agente Hunt, quien no tiene puntos débiles, acabará al temible villano.

El valor en la cinta podrían ser las escenas de acción, pero estas se apilan en el climax final, por lo que el resto de la historia queda en el olvido, así como las actuaciones de Ving Rhames ―como el tecnogenio Luther Stickell― y el casi invisible John Polson ―en el papel de piloto y brevemente como bufón del filme―.

Con esto parecía ya enterrada esta franquicia, que había pasado de una película, si bien no excelente, al menos no mal contada, a un terrible intento de competir con el inmortal James Bond, cosa que Hollywood, los franceses, y de seguro Bollywood, ha estado intentando hacer por décadas.

No obstante en 2006, contrario a cualquier mal augurio, Cruise y Wagner regresaron para una nueva versión, la cual ignora por completo la segunda parte, y buscó recuperar el estilo de la serie original. Se hicieron con el director J. J. Abrams ―muy recordado por los fanáticos de la ficción de espionaje por ser el creador y director de la serie Alias― y los escritores Alex

Kurtzman y Roberto Orci ―en su momento productores de Alias―, acompañados por el propio Abrams en la creación del guión. Desde los primeros minutos de la película le queda claro al espectador que esta nueva entrega no será igual a su vergonzosa predecesora: Ethan Hunt se encuentra encadenado y el villano tiene a su esposa, a la que, al final de la secuencia, le propina un disparo a la cabeza. Ahora el equipo completo juega en cada misión, aunque Hunt sigue siendo la figura distinguida en cada secuencia. Sin embargo, se aprecian mejor estos planes complejos e inteligentes, que no abusan de la tecnología y se sostienen mediante hábiles engaños; es así como en plena Ciudad del Vaticano el equipo secuestra al traficante de armas Owen Davian ―magníficamente interpretado por el siempre impactante Philip Seymour Hoffman―, reemplazándolo con el viejo truco de la máscara látex. Este impecable secuestro, así mismo, contrasta bien en lo narrativo con el violento y burdo, y sin embargo eficiente, rescate de Davian por sus hombres, en pleno puente vehicular, llenando la película de alguna de sus escenas más icónicas. Al final la trama se resuelve con un clásico enfrentamiento héroe-villano, sometido esta vez a las presiones del tiempo, lo cual lo hace un poco más interesante que el duelo de habilidades en artes marciales desplegado en la segunda parte.

Para este punto el héroe ya parece haber alcanzado su cima como agente del gobierno y empezar su retirada: al comienzo del filme se dedica ya no a las operaciones de campo sino al entrenamiento de nuevos agentes, tiene una casa en Virginia y va a casarse con una bella enfermera interpretada por Michelle Monaghan. Dicho esto, una vez supe acerca de la preproducción de Mission: Impossible 4 Ghost Protocol no pude sino esperar lo peor; entre una parte y otra Cruise protagonizó la repudiable película Knight & Day, que no funciona ni siquiera como comedia.

Los avances no me decían nada bueno: viajes alrededor del planeta, una chica sexy como parte del equipo, Simon Pegg cumpliendo su cuota de chistes, un stunt con cable incluido ―que se repite en todas las películas―, y grandes efectos de choques y explosiones generadas por computadora. Con todo, asistí al teatro en cuanto pude.

M:I 4, mejor decirlo de una vez, pese a los comentarios a favor, no es la mejor de la saga, y ni siquiera supera a su antecesora, aunque su director Brad Bird, procuró alejarse de esta tanto como pudo. La historia empieza en Rusia; Ethan Hunt se encuentra detenido en una prisión. Los agentes Carter (Paula Patton) y Dunn (Pegg) lo ayudan a escapar, junto a un contacto llamado Bogdan, con lo cual se desata la primera secuencia de acción del filme. Al instante, como suele sucederle a los superagentes de la ficción, se les presenta otra misión: extraer un archivo del Kremlin, en una misión que no debería ser demasiado compleja hasta que, bang, aparece el giro inesperado: el Kremlin vuela en pedazos y se acusa al equipo de Hunt de ser los artífices del golpe. Aquí caemos en el clásico escenario del protagonista “huyendo por un crimen que no cometió”; para probar su inocencia, el equipo deberá atrapar a los verdaderos culpables del ataque, y además detenerlos antes que, como se explica más adelante, lancen un ataque nuclear contra los Estados Unidos, para así desatar una guerra atómica a gran escala.

Las escenas de acción, las persecuciones y las luchas cuerpo a cuerpo resultan bastante eficientes, incluso para una película que, con el interés de respetar a los ultraconservadores miembros del comité de censura estadounidense, han limitado la sangre al mínimo. Los villanos tienen, no una muerte exagerada con un grito al final que resuena en lo profundo, sino una muerte sencilla y bastante aceptable, dejando a Hunt en una situación de aparente regularidad, listo a la siguiente misión.

Así que resulta entretenida, salvo cuando uno conoce los piñones y axones de la narrativa de acción. En M:I 4 el suspenso está por completo descartado: se sabe desde el comienzo que hay un bueno y un villano, que este tiene un plan para destruir el mundo, y que debe ser detenido, así que, ni siquiera los supuestos secretos del agente Brandt (Jeremy Renner) generan demasiadas incógnitas. Aunque tanto los posters como los avances sugieren que esta vez “no hay apoyo, no hay plan”, el equipo no se encuentra en una situación estilo Jason Bourne, haciendo lo mejor posible por seguir adelante a partir de soluciones ingeniosas. Hunt, Carter, Dunn y Renner tienen en todos sus despliegues equipo de tecnología aún inexistente para llevar a cabo sus estrategias. Resulta también algo contraproducente que se emplee en dos oportunidades consecutivas el mismo objetivo en las operaciones: acceder a una red protegida, lo que lleva a Hunt, y luego a Renner a efectuar complicadas infiltraciones. El resto queda resuelto por un macguffin simple ―una valija con el sistema para detener un arma nuclear― y un quibble a mitad de la película que es demasiado evidente, aunque al final no se emplea. También se replican algunos clichés mientras se pretende destruir otros: los rusos siguen siendo tontos, especialmente el agente de contraterrorismo Sidorov (Vladimir Mashkov) quien termina asemejándose a una moderna versión del detective Fix que persigue a Phileas Fogg en Le Tour du monde en quatre-vingts jours de Jules Verne. La agente del equipo y la asesina profesional son, como cabe esperar en este tipo de películas, mujeres increíblemente hermosas; así que la producción no le importa un comino alejarse de la verosimilitud, ya que si alguien ha entrado a ver esto en una sala de cine, es porque está dispuesto a aceptar lo que la historia le cuente.

Los guionistas se aplicaron a introducir unas gotas, bastante contadas, del factor humano que siempre entorpece las misiones, y que suele ser ignorado por los narradores, a menos que sirva como punto de giro en la historia. De esta forma vemos gadgets que no funcionan del todo bien, errores por parte de Dunn, falta de cálculo que conlleva a la pérdida de valiosos segundos, y demás.

El último y negativo punto de la película es ver a Hunt al final del filme recibiendo una nueva asignación para otra peligrosa y compleja operación en alguna parte del mundo, con lo que ya puede uno esperar una próxima entrada en escena de los agentes del IMF, en algún punto borroso del futuro.



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