sábado, 31 de marzo de 2012

Una historia sencilla


La guerra contra las drogas es una batalla perdida. Una tarea inútil. Se han gastado millones de dólares, que en otras circunstancias se habrían empleado mejor ―o al menos no se habrían quemado―, en perseguir botes, detener mulas, quemar laboratorios, procesar capos, y mulas, amén de todo el resto de la comparsa del narcotráfico. Y siguen, como las cabezas de la hidra ―y esta habrá sido una analogía recurrente― surgiendo quien siembre, procese, exporte, venda y compre el producto. La marihuana, satanizada por Herst para evitar la ruina de su inversión en el tabaco, la heroína, desarrollada para el tratamiento del dolor, y aterrorizando a la población con sus nefastas consecuencias, así como otros estimulantes y calmantes ahora de consumo limitado o ilegal, y, por supuesto, la coca.

Al ilegalizar la cocaína los países se ganaron una guerra que no necesitaban, y que, por una parte, ha hecho ricos a sus fabricantes, ha generado ganancias a la industria militar, y ha arruinado las vidas de millones de no consumidores, cuyos efectos en la economía, en la política y en la seguridad tienen que sufrir todos los días. Esta guerra, además, no es llevad a cabo desde los países que siembran o producen las drogas, sino ordenado y coordinado desde las potencias encargadas de dirimir los conflictos de pensamiento; esto es, decir qué es bueno qué es malo. Washington toma las medidas correspondientes a resolver un problema que se gesta en las particularidades de la situación colombiana, en el caso de la cocaína, y de Afganistán, en el caso de la heroína, por solo citar dos casos.

Como la ficción no parece dejar tema fuera de su vasto alcance, las novelas introdujeron el tema de las drogas y su lucha para servir de marco a los viejos mecanismos narrativos de aventuras. James Bond, ícono de la Guerra Fría, detuvo en Live and Let Die a una red que comerciaba con drogas en el Bronx. Mientras que Tom Clancy, quien sintetizó de manera idealista la lucha secreta entre las potencias rusa y americana, se detuvo en al final de los años ochenta para que sus personajes más clásicos, John “Jack” Ryan y John Clark, se enfrentaran a los mafiosos colombianos. La novela y su adaptación en la pantalla grande fueron exitosos, justo en un momento en que el mayor némesis estadounidense colapsaba. A los conservadores en la Casa Blanca nunca les ha gustado estar sin aferrar una espada, es decir, sin una lucha pendiente con algún enemigo no declarado. Sin Unión Soviética hacían falta territorios de despliegue para las fuerzas especiales, blancos para la moderna tecnología ―las computadoras y “armas inteligentes” iban en alza―, o gobiernos a los cuales presionar. La War on Drugs les permitiría hacer un buen gasto del presupuesto militar.

Clear and Present Danger presenta, como la mayoría de novelas de Clancy, un gran nivel de detalle técnico, imaginación para las operaciones especiales, y, por desgracia, un lento desarrollo hasta el punto de clímax. Para aquel entonces el público quería saber de primera mano ―ya fuera a través de 60 Minutes, Reader Digest o una novela de aeropuerto― lo que estaba ocurriendo en la lucha contra los narcotraficantes. Clancy entonces provee a esos lectores de un escenario de guerra a muerte contra el cartel de Ernesto Escobedo, y un ligero cuestionamiento ético sobre el empleo de la fuerza y las operaciones encubiertas. No obstante, cuando la leí habían ya pasado varios años de publicada y sentí que mucha de su trama se sustentaba en una confiada simplificación del tema.

Algo similar me ocurrió hace un tiempo tras leer, de un solo golpe, Cobra (Plaza & Janes, 2011) la última novela de Frederick Forsyth. Una historia sencilla bajo la temática de la guerra contra las drogas. De nuevo, solo que muchos años después de que el tema realmente encendiera la imaginación de los devoradores de superventas, y hoy solo genere debates, donde, por lo general, suele ganar fuerza la idea de la legalización.

Forsyth rescata del pasado a dos personajes de Avenger (2003): Paul Devereaux y Calvin Dexter, ambos llevando a cabo la pequeña tarea de acabar por los medios que sean necesarios con la industria de la cocaína colombiana. Lamentablemente Forsyth cada vez siente menos necesidad de ensamblar personajes creíbles, o siquiera con un toque humano: su estilo periodístico apenas da un nombre y algunos datos, por lo que la historia no despierta ninguna empatía. Y mientras que en todas sus demás novelas, desde The Day of the Jackal hasta The Afghan, creaban una eficiente estructura de suspenso, en la que el reto de la misión, y su aparente imposibilidad de logro, conseguían mantener al lector atrapado, The Cobra se limita a ser una simple y fantasiosa hipótesis de cómo destruir un cartel de drogas colombiano.

Cobra, además, se acerca en algunos puntos a Clear and Present Danger: esta empieza narrando una acción de piratería en aguas norteamericanas relacionada con drogas, hecho que despierta la ira del Poder Ejecutivo y la declaración de guerra a muerte contra el cartel de Escobedo. En Cobra el Presidente ―Obama, por lo que dejan ver las pistas, aunque su nombre jamás se emplea― pide a la CIA destruir la industria de la cocaína tras enterarse de la muerte por sobredosis del nieto de una de las cocineras de la Casa Blanca. La misión, en ambas novelas, involucra el empleo de agentes de campo, tropas de fuerzas especiales, y solo se diferencian en la conclusión y las estrategias empleadas. Forsyth no es tonto y está al corriente; sabe que el ataque directo sobre campamentos, cultivos y laboratorios de procesamiento solo ha conseguido que los narcos se hagan más astutos; así, su personaje Paul Devereaux intenta una nueva estrategia: limitarse a destruir las vías de envío de la cocaína de Colombia a Europa y Estados Unidos.

Creo que, a partir de la mitad de la novela, la seguí leyendo solo porque no podía creer que Forsyth, maestro en los giros argumentales sorpresivos, se limitase a describir el proceso de sabotaje a la industria del narcotráfico, paso a paso, como en un sumario judicial; sin riesgos, sin errores. Cada paso del elaborado plan de Devereaux y Dexter se ejecuta al pie de la letra y consigue su efecto, dejando una final con muy poco sabor sorpresivo.

Para mí es lamentable que, a diferencia de su más directo rival, John le Carré, Forsyth haya perdido la fuerza para apropiarse de los conflictos contemporáneos y crear buenas novelas a partir de ellos. Encuentro difícil de creer que la figura del héroe, de la misión y el buen suspenso hayan muerto con las guerras y escándalos de los últimos años. Es cierto que ya es imposible ver a los Estados Unidos y a Inglaterra como potencias neocoloniales con hombres capaces, resueltos e incorruptibles en sus filas. Tras enterarnos de las prisiones secretas, el waterboarding y las mentiras presidenciales, ya no es posible asociar la CIA con “los buenos”, ni siquiera con una agencia que conserve, entre decenas de operarios corruptos y ladinos, a un agente honorable. Inglaterra, antaño hogar de Bond, de Smiley y de Mike Martin (protagonista de The Afghan y The Fist of God) ahora solo mueve fichas en el mapa internacional a través de sus cuotas en Naciones Unidas, y las visitas del primer ministro Cameron a Washington.

Podría uno pensar que el fin de la literatura de espionaje llegaría con el fin de los conflictos internacionales, o las tensiones domésticas con afilados ángulos; sin embargo, este desmoronamiento del género parece más relacionado en la fe desvanecida de los lectores en los viejos mitos relacionados con el héroe: honor, justicia, fortaleza.

sábado, 17 de marzo de 2012

Cómo no escribir una historia


Advertencia: spoilers

El caso que voy a presentar no se encuentra entre las páginas de una novela, o un cuento, sino en una serie de televisión. Hace poco vi el capítulo piloto de Missing, protagonizada por Ashley Judd, una brevísima aparición de Sean Bean, y Cliff Curtis. En esta, Rebecca Winstone (Judd), la clásica soccer-mom de algún poblado en mitad de los Estados Unidos, pierde a su esposo Paul (Bean) en lo que parece un ataque terrorista, quedando así al cuidado de su único hijo, Michael. Pasan diez años, y Michael viaja a Italia para estudiar arquitectura. Es secuestrado, y Rebecca, quien resulta ser ex agente de la CIA, se dirige a Roma para encontrar a su hijo perdido.

Evidentemente es una copia de Taken, filme del año 2008, protagonizado por Liam Neeson, y dirigido por Pierre Morel sobre un guión de Luc Besson. Esta película, que no gustó a la crítica, se destaca por su violencia, sí, pero también por el cuidado de sus creadores en los detalles, llevando al espectador, paso a paso, en el proceso de rastreo y recuperación de una muchacha desparecida. Neeson, en su rol de ex agente secreto, ahora guardaespaldas, consigue ser creíble: hombre maduro, experimentado, robusto, inteligente, y sin compasión, listo para actuar sin prejuicio para alcanzar su objetivo. Missing pretende seguir este mismo patrón narrativo, pero, por cuestión de presupuesto, o simple falta de pericia de sus guionistas, cae en una pálida imitación:

Primero, si una historia ya sido contada no debe tratar de repetirse; desde este punto todo marcha mal. Esa es una de las razones por las cuales se debe conocer del género en el que se escribe.

Segundo: la premisa de la muerte de Paul Winstone al comienzo del capítulo no se vuelve a mencionar durante el episodio, por lo que se convierte en una situación desconectada del argumento principal. Es claro que, si se ha puesto ahí tendrá alguna utilidad más adelante en la serie, pero, aunque podría servir como cliffhanger del capítulo, se optó por dejar a la heroína, herida, flotando en el río Sena, aunque evidentemente, si la serie quiere seguir adelante, ella saldrá viva de ahí.

Tercero: el personaje Rebecca Winstone es completamente superficial: ni su condición de viuda, ni su soltería, ni su situación laboral ―de la cual apenas obtenemos un fragmento― son tenidos en cuenta para dar al televidente pistas de quién es esta mujer. No es más que una señora del montón, una de esas madres y aún jóvenes y bellas que destacan en las juntas de padres de la escuela, quien, debido a unas terribles circunstancias, se convierte en experta en combate cuerpo a cuerpo, manejo de armas, políglota y hábil para escape y evasión. El cliché del agente secreto como un hombre, o mujer, dotado de inteligencia asombrosa, capaz de hablar diversos idiomas, letal con sus puños y pies, que no duda en disparar un arma en plena calle, y con “pasaportes en todas partes del mundo” se repite en esta serie, para espantar a los fans del mundo del espionaje. Es como si la sombra de James Bond no terminara de borrarse en la mente de los guionistas.

Cuarto: toda el capítulo es un absurdo detrás de otro. Tras la muerte de su esposo, y diez años, Rebecca sigue siendo exactamente la misma mujer, salvo por un corte conservador de pelo. Bien, esto podría ser aceptable. Su hijo parte a estudiar a Europa y su sobreprotectora madre lo llama constantemente; hasta aquí todo va bien. Cuando el muchacho no se reporta, y Rebecca se entera de que ha faltado a la universidad durante dos semanas, parte de inmediato a Roma. Hoy día, la mayor parte de los jóvenes del mundo están vinculados a redes sociales, y allí suelen reportar sus andanzas; así, una ausencia de quince días sería notada por sus compañeros o amigos. Mas sigamos adelante, suponiendo que la desaparición de un estudiante extranjero no llamara la atención de nadie. Rebecca no acude a la policía ―ni siquiera para oír al típico policía decir “señora, será muy difícil hallar al muchacho”―, ni a la embajada estadounidense en Roma; solo decide desde el principio tomar todo el asunto en sus manos, segura ya de que se trata de un secuestro y que ella es la única persona en el mundo capaz de resolver el entuerto.

Al entrar al apartamento donde vive su hijo ―sí, un enorme apartamento, no una residencia estudiantil compartida―, encuentra la puerta abierta y todo dispuesto como si el muchacho estuviese apenas momentáneamente ausente. Y, caramba, no ha terminado ella de revisar el aposento cuando entra un matón, armado con pistola y silenciador, con quien Rebecca se bate a golpes, liquidando a su adversario en una lucha que recuerda mucho The Bourne Identity. De hecho, de este punto en adelante, todo parece un remedo de la trilogía Bourne: la agente renegada, y muy astuta, llevando a cabo una misión personal; el agente de caso de la CIA que está obligado a atraparla, y a quien vemos bebiendo café y exigiendo resultados a sus peones de la Compañía. Mientras que la trilogía Bourne consiguió su popularidad mediante las salidas inteligentes, las tácticas rápidas, y un deshumanizado, pero aún simpático héroe, Missing intenta en vano divertir con secuencias de acción en las que uno no espera nada distinto a que la heroína derrote a los anónimos villanos que la persiguen.

Hay que haber visto pocas, y muy malas películas de espionaje, para creer que, si esta situación se presentara ―la desaparición del hijo de una ex agente― estos serían los resultados. Hay que pretender que todas las mujeres que trabajan para la CIA son supersoldados que van por la vida estrangulando desconocidos, y manejando motocicleta, para haber escrito algo como esto. Otras series, como Homeland han tomado el camino discreto para retratar el mundo de la inteligencia hoy día, sin tener que llevar la trama a exóticos parajes ―en Homeland solo un par de escenas, bien reconstruidas, del centro de Bagdad―, sino limitándose al simple suspenso.

Ya alguna vez en este blog hablé de las fallas presentes en películas como Salt, con sus superagentes infalibles y sexis. Nada parecen haber aprendido estos directores y guionistas de filmes como Fair Game, en los que fue posible contar historias de espías sin necesidad de persecuciones tiroteos y combates de artes marciales. No es que me haya yo tornado un moralista y reniegue de un poco de acción, pero si esta no es justificada, y se emplea como argamasa para sostener una historieta superficial, realmente no vale la pena verla, ni siquiera en un día de extremo aburrimiento.

Admito que es sumamente complejo llevar historias de espionaje hoy día a la pantalla chica. Ya una serie, popular en su momento, como Alias debía resolver problemas tales como escenarios en diversos países del mundo, explosiones, y nuevas aventuras semana a semana, y aún así, de algún modo, lo consiguieron; el mecanismo básico narrativo de esta serie fue el modelo de muñeca rusa: un misterio dentro de otro misterio. Cada semana, la agente Sydney Bristow descubría algo nuevo sobre su vida, su pasado, su padre, su madre, o del científico renacentista Milo Rambaldi.


En los años 90 una serie de espionaje, canadiense, y con muy bajo presupuesto, logró atraer mi atención. La Femme Nikita, adaptación del clásico francés del mismo nombre, trataba sobre las aventuras (o desventuras) de la miserable y acuerpada Nikita, atrapada en el mundo del espionaje, sirviendo a una desalmada agencia controlada por personajes más grises que los protagonistas de una novela de Le Carré. Pese al, como ya he dicho, bajo presupuesto, la serie se concentraba en el drama personal de sus personajes, en una atmósfera claustrofóbica, y consiguió así mantenerse durante cinco largas temporadas.

Missing intenta con este primer capítulo atrapar a los televidentes con las dimensiones y trama de un filme de gran presupuesto. El argumento de un hijo perdido parece hoy más atrayente que la guerra contra el terrorismo, o el mercado de armas, o una conspiración global. Aunque presiento que, eventualmente, esta historia de secuestro se dirigirá a alguno de aquellos temas, y con ello cabe la posibilidad de que la serie mejore, mas habrá que esperar para ver.