sábado, 17 de marzo de 2012

Cómo no escribir una historia


Advertencia: spoilers

El caso que voy a presentar no se encuentra entre las páginas de una novela, o un cuento, sino en una serie de televisión. Hace poco vi el capítulo piloto de Missing, protagonizada por Ashley Judd, una brevísima aparición de Sean Bean, y Cliff Curtis. En esta, Rebecca Winstone (Judd), la clásica soccer-mom de algún poblado en mitad de los Estados Unidos, pierde a su esposo Paul (Bean) en lo que parece un ataque terrorista, quedando así al cuidado de su único hijo, Michael. Pasan diez años, y Michael viaja a Italia para estudiar arquitectura. Es secuestrado, y Rebecca, quien resulta ser ex agente de la CIA, se dirige a Roma para encontrar a su hijo perdido.

Evidentemente es una copia de Taken, filme del año 2008, protagonizado por Liam Neeson, y dirigido por Pierre Morel sobre un guión de Luc Besson. Esta película, que no gustó a la crítica, se destaca por su violencia, sí, pero también por el cuidado de sus creadores en los detalles, llevando al espectador, paso a paso, en el proceso de rastreo y recuperación de una muchacha desparecida. Neeson, en su rol de ex agente secreto, ahora guardaespaldas, consigue ser creíble: hombre maduro, experimentado, robusto, inteligente, y sin compasión, listo para actuar sin prejuicio para alcanzar su objetivo. Missing pretende seguir este mismo patrón narrativo, pero, por cuestión de presupuesto, o simple falta de pericia de sus guionistas, cae en una pálida imitación:

Primero, si una historia ya sido contada no debe tratar de repetirse; desde este punto todo marcha mal. Esa es una de las razones por las cuales se debe conocer del género en el que se escribe.

Segundo: la premisa de la muerte de Paul Winstone al comienzo del capítulo no se vuelve a mencionar durante el episodio, por lo que se convierte en una situación desconectada del argumento principal. Es claro que, si se ha puesto ahí tendrá alguna utilidad más adelante en la serie, pero, aunque podría servir como cliffhanger del capítulo, se optó por dejar a la heroína, herida, flotando en el río Sena, aunque evidentemente, si la serie quiere seguir adelante, ella saldrá viva de ahí.

Tercero: el personaje Rebecca Winstone es completamente superficial: ni su condición de viuda, ni su soltería, ni su situación laboral ―de la cual apenas obtenemos un fragmento― son tenidos en cuenta para dar al televidente pistas de quién es esta mujer. No es más que una señora del montón, una de esas madres y aún jóvenes y bellas que destacan en las juntas de padres de la escuela, quien, debido a unas terribles circunstancias, se convierte en experta en combate cuerpo a cuerpo, manejo de armas, políglota y hábil para escape y evasión. El cliché del agente secreto como un hombre, o mujer, dotado de inteligencia asombrosa, capaz de hablar diversos idiomas, letal con sus puños y pies, que no duda en disparar un arma en plena calle, y con “pasaportes en todas partes del mundo” se repite en esta serie, para espantar a los fans del mundo del espionaje. Es como si la sombra de James Bond no terminara de borrarse en la mente de los guionistas.

Cuarto: toda el capítulo es un absurdo detrás de otro. Tras la muerte de su esposo, y diez años, Rebecca sigue siendo exactamente la misma mujer, salvo por un corte conservador de pelo. Bien, esto podría ser aceptable. Su hijo parte a estudiar a Europa y su sobreprotectora madre lo llama constantemente; hasta aquí todo va bien. Cuando el muchacho no se reporta, y Rebecca se entera de que ha faltado a la universidad durante dos semanas, parte de inmediato a Roma. Hoy día, la mayor parte de los jóvenes del mundo están vinculados a redes sociales, y allí suelen reportar sus andanzas; así, una ausencia de quince días sería notada por sus compañeros o amigos. Mas sigamos adelante, suponiendo que la desaparición de un estudiante extranjero no llamara la atención de nadie. Rebecca no acude a la policía ―ni siquiera para oír al típico policía decir “señora, será muy difícil hallar al muchacho”―, ni a la embajada estadounidense en Roma; solo decide desde el principio tomar todo el asunto en sus manos, segura ya de que se trata de un secuestro y que ella es la única persona en el mundo capaz de resolver el entuerto.

Al entrar al apartamento donde vive su hijo ―sí, un enorme apartamento, no una residencia estudiantil compartida―, encuentra la puerta abierta y todo dispuesto como si el muchacho estuviese apenas momentáneamente ausente. Y, caramba, no ha terminado ella de revisar el aposento cuando entra un matón, armado con pistola y silenciador, con quien Rebecca se bate a golpes, liquidando a su adversario en una lucha que recuerda mucho The Bourne Identity. De hecho, de este punto en adelante, todo parece un remedo de la trilogía Bourne: la agente renegada, y muy astuta, llevando a cabo una misión personal; el agente de caso de la CIA que está obligado a atraparla, y a quien vemos bebiendo café y exigiendo resultados a sus peones de la Compañía. Mientras que la trilogía Bourne consiguió su popularidad mediante las salidas inteligentes, las tácticas rápidas, y un deshumanizado, pero aún simpático héroe, Missing intenta en vano divertir con secuencias de acción en las que uno no espera nada distinto a que la heroína derrote a los anónimos villanos que la persiguen.

Hay que haber visto pocas, y muy malas películas de espionaje, para creer que, si esta situación se presentara ―la desaparición del hijo de una ex agente― estos serían los resultados. Hay que pretender que todas las mujeres que trabajan para la CIA son supersoldados que van por la vida estrangulando desconocidos, y manejando motocicleta, para haber escrito algo como esto. Otras series, como Homeland han tomado el camino discreto para retratar el mundo de la inteligencia hoy día, sin tener que llevar la trama a exóticos parajes ―en Homeland solo un par de escenas, bien reconstruidas, del centro de Bagdad―, sino limitándose al simple suspenso.

Ya alguna vez en este blog hablé de las fallas presentes en películas como Salt, con sus superagentes infalibles y sexis. Nada parecen haber aprendido estos directores y guionistas de filmes como Fair Game, en los que fue posible contar historias de espías sin necesidad de persecuciones tiroteos y combates de artes marciales. No es que me haya yo tornado un moralista y reniegue de un poco de acción, pero si esta no es justificada, y se emplea como argamasa para sostener una historieta superficial, realmente no vale la pena verla, ni siquiera en un día de extremo aburrimiento.

Admito que es sumamente complejo llevar historias de espionaje hoy día a la pantalla chica. Ya una serie, popular en su momento, como Alias debía resolver problemas tales como escenarios en diversos países del mundo, explosiones, y nuevas aventuras semana a semana, y aún así, de algún modo, lo consiguieron; el mecanismo básico narrativo de esta serie fue el modelo de muñeca rusa: un misterio dentro de otro misterio. Cada semana, la agente Sydney Bristow descubría algo nuevo sobre su vida, su pasado, su padre, su madre, o del científico renacentista Milo Rambaldi.


En los años 90 una serie de espionaje, canadiense, y con muy bajo presupuesto, logró atraer mi atención. La Femme Nikita, adaptación del clásico francés del mismo nombre, trataba sobre las aventuras (o desventuras) de la miserable y acuerpada Nikita, atrapada en el mundo del espionaje, sirviendo a una desalmada agencia controlada por personajes más grises que los protagonistas de una novela de Le Carré. Pese al, como ya he dicho, bajo presupuesto, la serie se concentraba en el drama personal de sus personajes, en una atmósfera claustrofóbica, y consiguió así mantenerse durante cinco largas temporadas.

Missing intenta con este primer capítulo atrapar a los televidentes con las dimensiones y trama de un filme de gran presupuesto. El argumento de un hijo perdido parece hoy más atrayente que la guerra contra el terrorismo, o el mercado de armas, o una conspiración global. Aunque presiento que, eventualmente, esta historia de secuestro se dirigirá a alguno de aquellos temas, y con ello cabe la posibilidad de que la serie mejore, mas habrá que esperar para ver.

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