domingo, 27 de mayo de 2012

Educación y literatura


Durante años en los colegios se enseña literatura de forma paralela al español. Supongo, también, que el modelo está presente en todos, o al menos la mayoría de países: idioma (reglas gramáticas y ortográficas) más literatura (obras en prosa o verso, reconocidas por su valor artístico). El valor educativo de este modelo parece bastante obvio: dichas obras consagradas representan el grado excelso del empleo correcto del idioma, amén de ser joyas culturales que el habitante de un país o una región debe conocer. Sin embargo este método se ha ido extirpando de los currículos, y la causa parece ser, tanto la poca capacidad de los alumnos hoy día para leer textos largos ―antologías de cuento, novelas―, como para encontrar el lenguaje actual en la narrativa nacional, más aún cuando se emplean en las clases de Español y Literatura, obras como El cantar de Mio Cid, o, por estos lados María. El lenguaje, al parecer, está en la red, en los anuncios televisivos, en los diarios y revistas; no en la poesía modernista de Silva, ni en los cuentos costumbristas de Tomás Carrasquilla.

Ante esto no es fácil oponerse: el discurso literario tiende a alejarse del habla y la expresión común. Las fórmulas retóricas que emplea, heredadas de una larga tradición poética, exigen, o bien un conocimiento cultural amplio, o una pausa reflexiva, razón por la cual la literatura de alto consumo ―i. e. novelas de género, superventas― funcionan en un modo totalmente descriptivo y accesible. ¿No contienen acaso los reportajes del periódico, o las crónicas de la revista un lenguaje claro, conciso, y de fácil comprensión? Siendo así por qué no buscar en estos textos los modelos de expresión hablada y escrita citables en una clase de Español.

Queda por resolver la faceta cultural del asunto: somos parte de un sistema social con características de cosmovisión independientes a otros; tenemos nuestra lengua, nuestra forma de emplear esta, música, artes visuales, política, derecho y demás. Para conservar ciertos valores, e integrar a las nuevas generaciones en la sociedad, la educación cultural es importante: se enseñan las obras y logros de ciertos artistas y se le pide al estudiante que los asimile como propios. Así, en Colombia se espera que la población conozca la obra de Gabriel García Márquez; no solo por su condición de grande en la literatura universal, sino porque sus obras son eminentemente “colombianas”: los conflictos y los personajes en sus cuentos y novelas exponen las costumbres y necesidades de las poblaciones del país. Sin embargo el proceso de globalización amenaza con esta certidumbre sobre la propiedad del individuo sobre la cultura que lo rodea: crecemos escuchando música nacional y extranjera, viendo cine mayoritariamente estadounidense, en menor medida europeo, muy poco contenido latinoamericano, y acaso una o dos películas colombianas. Televisión de diversos orígenes, y, por supuesto, literatura extranjera mezclada con algunos títulos nacionales relevantes. Este país no escapó a fenómenos editoriales tales como las obras de Joan Rowling o Dan Brown; se lee, igualmente, a Haruki Murakami y a Alessandro Baricco; cuando un autor como Fernando Vallejo lanza un nuevo libro pronto está en la lista nacional de los más vendidos. Si la producción de literatura para jóvenes y niños tiene potencias como Inglaterra o los Estados Unidos, ¿cabría emplear esta narrativa como parte de los programas de español? En principio, no: aquí se están leyendo traducciones; ¿tienen por eso menos valor? Algunos autores en su idioma emplean giros lingüísticos de gran complejidad que escapan a las habilidades del mejor de los traductores; esto no implica que los textos traducidos sean malos ejemplos del lenguaje. No dudo, además, que en algunos colegios se leen obras traducidas a la par de extranjeras.

Si, entonces, la presencia de la literatura no corresponde a un método irremplazable de enseñanza del idioma, en su parte formal, ni de formación cultural, ¿qué hace la literatura en la escuela? Antes de responder a esto debo recordarle al lector la carga de lectura que, por sí misma, arrastra la escuela: todas las materias exigen su cuota de textos, de mayor o menor complejidad, cuya comprensión determinará la absorción por parte del alumno de la materia enseñada. Comprender el proceso de independencia, una revolución, el movimiento del átomo, la fotosíntesis, etcétera, exige leer, tanto el libro de texto como diccionarios, enciclopedias y obras relacionadas. El internet ha simplificado la tarea de búsqueda, no la suma de tiempo que demanda la comprensión de estos temas. ¿Es necesario añadir más lecturas?

Queda un valor en la literatura, defendido por los más conservadores en el campo, y es la capacidad de esta de exponer temáticas universales, y, a través de estas, generar una reflexión en el lector; proceso este capaz de, tal vez, hacerlo una mejor persona. Personalmente nunca he aceptado esta hipótesis: podría empezar por decir que la literatura no es creada por dioses; la concepción y desarrollo de cada obra está en manos de un autor, y este siempre tendrá incontables limitaciones, por muy viejo y sabio que sea. Entonces aceptemos que son solo visiones subjetivas del mundo; podemos estar más o menos en acuerdo con estas, pero nunca se aceptarán como verdades absolutas. Son, la mayoría, metáforas del mundo, y su presencia entre el canon, o entre nuestras bibliotecas, con el rótulo de “clásico”, depende de qué tanto sirvan estos textos para reflejar nuestro mundo actual, o el futuro. Una buena metáfora de la condición humana podría, sí, mejorar nuestra comprensión del mundo; solo se nos exige que entendamos dicha analogía, cosa que no siempre es posible. De igual manera, algunos lectores podrían no estar de acuerdo con esta visión, y descartarían la obra junto con la visión del autor, olvidando, en el proceso, las cualidades estéticas y narrativas del texto. En suma, ver la literatura como un conjunto de buenas parábolas para hacernos mejores personas, es reducir un arte a lo puramente mecánico.

Siendo así, no habría razón para defender la presencia de la narrativa en prosa dentro del sistema escolar. Mas, antes de su completa expulsión, arriesgaré un valor de la lectura dentro del aula: generar un placer por la lectura. Leer es difícil, al menos cuando se pretende hacer de una forma sostenida durante un largo periodo de tiempo: las instrucciones para preparar una sopa instantánea no nos exigen una gran imaginación o un nutrido lenguaje. Un cuento de Edgar Allan Poe demanda más atención, y una novela de Rabelais una lectura cuidadosa. Esta escala también es aplicable a las ciencias y a la información: nuestro breve texto sobre la rotación terrestre se presenta más simple que el largo documento donde la física explica las razones por las cuales la Tierra simplemente no se detiene un día. Informar, por otra parte, que ha sido derrocado un presidente asiático tomará menos palabras que explicar cómo afectará esto las Bolsa de Tokio y cuál será su impacto en los mercados del Pacífico.

El aprendizaje de la lectura es un proceso gradual, y este no termina con la capacidad de entender un alfabeto y los signos de puntuación.  Exige capacidad de análisis, memoria, relacionar el contenido leído con otros… Cuanto más nos exponemos a la lectura nos hacemos a nuevas herramientas para la práctica misma de comprensión de textos. Debido a que los materiales escritos que estamos obligados a leer en nuestro proceso de formación no siempre son de nuestro interés, es difícil enfrentar un texto largo si no hemos habituado la mente a realizar este ejercicio. Es necesario entrenar la vista, forjar la concentración, aumentar la capacidad de la memoria, y agilizar la comprensión de las oraciones complejas; y solo la lectura de ficción puede generar este hábito, incluso, hasta convertirlo en un placer.

No obstante, para ello también es necesario que la lectura siga siendo una fuente de entretenimiento, no un podio para el discurso político disfrazado de retórica poética, así como tampoco un diván de psicoanálisis, en el que los autores saquen del pasado los temores de su niñez. La lectura permite el acceso a mundos inexistentes, a realidades posibles e imposibles, aceptadas como verosímiles cuando han sido puestas llevadas al papel por un autor con talento. No se debe olvidar el origen de la literatura misma, el cual se puede rastrear hasta el instinto mismo de los seres humanos por crear historias, y emplear estas con múltiples propósitos. La literatura, en principio oral, permitía atraer y mantener unida a las comunidades en torno a sus intereses y valores, los cuales tomaban forma de historias, largas o cortas. Entre los mecanismos principales de los autores de estos relatos estaba la capacidad de asombrar y emocionar; valores aún presentes hoy día, tanto en algunas producciones literarias, como en otros formatos narrativos: cine, comics, etc.

La necesidad de leer es indiscutible; tanto, como la necesidad física de practicar una actividad que demande un esfuerzo al cuerpo, de tal forma que nuestros músculos no se atrofien, y nuestros órganos no acumulen demasiada grasa. La lectura constante reporta beneficios a quien la practica; y, no obstante, vivimos en una sociedad donde se lee poco, y es un lugar común ya citar los índices de lectura, siempre vergonzosos. No habrá otra oportunidad de formar lectores que en la escuela. Este hecho es indiscutible. Después el tiempo se hará más corto, la atención se limitará a ciertos deberes, el silencio alrededor del lector será más difícil de conseguir.

lunes, 7 de mayo de 2012

La realidad inventada



Comprar libros es cuestión de fe. No de otra manera nos acercamos a la librería y adquirimos un volumen; este puede proporcionarnos un placer enorme o una serie concatenada de bostezos. Aunque, antes de hacer la compra, hayamos leído media docena de reseñas, el libro, en su portada, cargue una de esas bandas rojas donde publicaciones y críticos, en breves citas, nos exhortan a la lectura, siempre vamos un poco a ciegas; incluso cuando el autor a quien leeremos no sea para nosotros un desconocido.

¿Son todos los libros adquiridos una fuente de deliciosa lectura? Uno o más habrán que cada cierto tiempo terminemos abandonando, rendidos ante la prosa descorazonadora, o los cuales, al final, nos dejan un vacío solo comparable al dinero de menos en nuestra billetera. En el resto de ocasiones, no solo apreciamos nuestro buen juicio al haber escogido ese libro, sino que terminamos recomendándolo a nuestros conocidos.

En estos días leí Club de la pelea de Chuck Palahniuk, publicada originalmente en 1996. Me entregué a leer durante el fin de semana, con el cuidado y el temor que produce llevarse una decepción; sobre todo en este caso: soy un gran admirador de la película del mismo nombre, dirigida por David Fincher, y un clásico entre el cine de finales del siglo pasado. Al terminar la lectura pensé en escribir una breve comparación entre el original y su adaptación; un sinsentido, ambas obras, si bien una es derivada de la otra, son únicas y geniales en sus campos. Aunque, si bien el filme protagonizado por Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter esta embadurnado con una buena dosis de humor negro, el texto de Palahniuk formó sobre mi consciencia nubes de pesimismo.

La historia es bien conocida: el narrador anónimo (“Jack” para la mayoría) cuya vida no tiene sentido conoce al astuto y encantador Tyler tras hacer de la visita a reuniones de sobrevivientes a enfermedades un pasatiempo. Conoce también a Marla, una de esas chicas que solo parecen caer en picado a través de un acantilado sin fondo. Lo que maravilló tanto en la película como en la novela no es la historia del club de lucha, allí donde los empleados bancarios, valets de estacionamiento, meseros y conductores de autobús se muelen a golpes; lo que atrapa es el reflejo de la condición masculina en el fin del milenio. Los hombres criados por una generación de madres abandonadas, inseguros o decepcionados del matrimonio, quienes alcanzan la treintena viviendo en sus apartamentos de soltero, sobreviviendo a la economía moderna en empleos que detestan, comprando a crédito tonterías de infomerciales y catálogos IKEA. El síndrome crónico de cubículo, reflejado en la cultura pop por películas como Space Office y caricaturas como Dilbert tiene aquí uno de sus antecesores. Y sin embargo, no es el único tema que abarca.

Palahniuk en Stranger tan Fiction (en español publicada como Error humano [De Bolsillo, 2007]) nos enseña sus dotes como cronista: hace reportajes a celebridades, escribe sobre combates de máquinas de cosecha, sobre cómo es pasar un día disfrazado de perro, y algunas otras anécdotas personales, que se mezclan con historias de individuos sencillos quienes, un día, deciden hacer algo fuera de lo ordinario. Stranger tan Fiction se lee como un libro de cuentos, y poco importaría que su origen fuera, o no, la realidad. Salvo que sí son reales. En el prólogo a este libro Palahniuk afirma: “El periodista investiga una historia, el escritor se la imagina. Lo gracioso es que se sorprendería la cantidad de tiempo que el novelista tiene que pasar con gente a fin de crear esa voz individual y solitaria” (op. cit, 11) Así, la investigación no es algo extraño a este autor estadounidense; y Fight Club es una buena muestra de ello:

“Mezcla la nitroglicerina con serrín y obtendrás un bonito explosivo plástico. Mucha gente mezcla la nitroglicerina con algodón y añade sales Epsom como sulfato. Así también funciona”; “Hay tres formas de obtener napalm: la primera es mezclando a partes iguales gasolina y concentrado de zumo de naranja congelado”; “Dado que la mayor parte de la película se enrolla en la bobina receptora, ésta gira cada vez con mayor lentitud lo cual obliga a la bobina de alimentación a girar más rápido”; “Los mozos de equipaje puede desentenderse de las maletas que hagan tictac. El tipo del cuerpo de seguridad llama “lanzadores” a los mozos del equipaje. Las bombas modernas no hacen tictac (…)”.

La novela está llena de instrucciones para preparar explosivos, o volar cosas como esos viejos monitores de computadora. Además de sabotear el servicio de comida en los restaurantes, preparación de jabón a partir de grasa humana, y otros tantos datos de interés, tal vez extraídos de la vida diaria del autor, de las conversaciones con personas del montón ―policías y encargados de equipaje―, o simple búsqueda de libros y archivos. El auténtico realismo sucio americano, con los microcosmos de las grandes ciudades, y sus personajes anónimos, opuestos a los héroes de las praderas, o a los intelectuales meditabundos.

En cuanto a forma, su mejor rasgo es el ritmo quebrado de su prosa: salvo en algunos momentos de análisis sobre la sociedad de consumo y el vacío de la existencia en la postmodernidad, los párrafos son cortos, aparentemente desconectados, muy claros y directos: “Mi jefe me manda a casa porque tengo los pantalones llenos de sangre seca, y eso me llena de alegría”; “Tal vez estuviera cargada, tal vez no. Tal vez no nos quedara otro remedio que asumir lo peor”; “Un día Tyler me da quinientos dólares y me dice que los lleve a todas horas en el zapato. Es el dinero de mi entierro. Es otra costumbre de los antiguos monasterios budistas”; “Por fin me escuchaste y olvidaste la mezquina tragedia que gestabas en tu cabeza”; “¿Estoy durmiendo? ¿He dormido algo? Así es el insomnio”; “Solo los muertos tenemos nuestros propios nombres; porque solo muertos dejamos de formar parte de la lucha. Con la muerte nos convertimos en héroes”.

La novela, también, contiene su porción de anarcoprimitivismo, solo que no se convierte en un panfleto a favor de la vida sencilla y contra las grandes corporaciones, sino que se deja ver como la respuesta iracunda e instintiva del individuo ante la sociedad, para la cual, como persona, no tiene ningún valor, fuera de las posesiones acumuladas, el empleo que tenga, o el dinero en la billetera.  

Dieciséis años de publicada esta novela, y unos pocos menos de aparecer en la gran pantalla su adaptación; mas no le pasa el tiempo, como sí le ha ocurrido a otros tantos autores, de diversos orígenes, al querer reflejar el zeitgeist y las referencias culturales de su tiempo, en novelas ahora obsoletas. Ese era mi temor al momento de empezar a leer Fight Club encontrar como palabras clave nombres de marcas entonces en boga, celebridades ahora ya olvidadas, eventos o temas políticos, muy comentados entonces, y ahora solo rastreables tras una consulta a la Wikipedia. Entregarse a la lectura es una cuestión de fe; y mientras se sigan imprimiendo novelas como esta, seguirá habiendo la esperanza de encontrar títulos similares en las librerías.