lunes, 7 de mayo de 2012

La realidad inventada



Comprar libros es cuestión de fe. No de otra manera nos acercamos a la librería y adquirimos un volumen; este puede proporcionarnos un placer enorme o una serie concatenada de bostezos. Aunque, antes de hacer la compra, hayamos leído media docena de reseñas, el libro, en su portada, cargue una de esas bandas rojas donde publicaciones y críticos, en breves citas, nos exhortan a la lectura, siempre vamos un poco a ciegas; incluso cuando el autor a quien leeremos no sea para nosotros un desconocido.

¿Son todos los libros adquiridos una fuente de deliciosa lectura? Uno o más habrán que cada cierto tiempo terminemos abandonando, rendidos ante la prosa descorazonadora, o los cuales, al final, nos dejan un vacío solo comparable al dinero de menos en nuestra billetera. En el resto de ocasiones, no solo apreciamos nuestro buen juicio al haber escogido ese libro, sino que terminamos recomendándolo a nuestros conocidos.

En estos días leí Club de la pelea de Chuck Palahniuk, publicada originalmente en 1996. Me entregué a leer durante el fin de semana, con el cuidado y el temor que produce llevarse una decepción; sobre todo en este caso: soy un gran admirador de la película del mismo nombre, dirigida por David Fincher, y un clásico entre el cine de finales del siglo pasado. Al terminar la lectura pensé en escribir una breve comparación entre el original y su adaptación; un sinsentido, ambas obras, si bien una es derivada de la otra, son únicas y geniales en sus campos. Aunque, si bien el filme protagonizado por Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter esta embadurnado con una buena dosis de humor negro, el texto de Palahniuk formó sobre mi consciencia nubes de pesimismo.

La historia es bien conocida: el narrador anónimo (“Jack” para la mayoría) cuya vida no tiene sentido conoce al astuto y encantador Tyler tras hacer de la visita a reuniones de sobrevivientes a enfermedades un pasatiempo. Conoce también a Marla, una de esas chicas que solo parecen caer en picado a través de un acantilado sin fondo. Lo que maravilló tanto en la película como en la novela no es la historia del club de lucha, allí donde los empleados bancarios, valets de estacionamiento, meseros y conductores de autobús se muelen a golpes; lo que atrapa es el reflejo de la condición masculina en el fin del milenio. Los hombres criados por una generación de madres abandonadas, inseguros o decepcionados del matrimonio, quienes alcanzan la treintena viviendo en sus apartamentos de soltero, sobreviviendo a la economía moderna en empleos que detestan, comprando a crédito tonterías de infomerciales y catálogos IKEA. El síndrome crónico de cubículo, reflejado en la cultura pop por películas como Space Office y caricaturas como Dilbert tiene aquí uno de sus antecesores. Y sin embargo, no es el único tema que abarca.

Palahniuk en Stranger tan Fiction (en español publicada como Error humano [De Bolsillo, 2007]) nos enseña sus dotes como cronista: hace reportajes a celebridades, escribe sobre combates de máquinas de cosecha, sobre cómo es pasar un día disfrazado de perro, y algunas otras anécdotas personales, que se mezclan con historias de individuos sencillos quienes, un día, deciden hacer algo fuera de lo ordinario. Stranger tan Fiction se lee como un libro de cuentos, y poco importaría que su origen fuera, o no, la realidad. Salvo que sí son reales. En el prólogo a este libro Palahniuk afirma: “El periodista investiga una historia, el escritor se la imagina. Lo gracioso es que se sorprendería la cantidad de tiempo que el novelista tiene que pasar con gente a fin de crear esa voz individual y solitaria” (op. cit, 11) Así, la investigación no es algo extraño a este autor estadounidense; y Fight Club es una buena muestra de ello:

“Mezcla la nitroglicerina con serrín y obtendrás un bonito explosivo plástico. Mucha gente mezcla la nitroglicerina con algodón y añade sales Epsom como sulfato. Así también funciona”; “Hay tres formas de obtener napalm: la primera es mezclando a partes iguales gasolina y concentrado de zumo de naranja congelado”; “Dado que la mayor parte de la película se enrolla en la bobina receptora, ésta gira cada vez con mayor lentitud lo cual obliga a la bobina de alimentación a girar más rápido”; “Los mozos de equipaje puede desentenderse de las maletas que hagan tictac. El tipo del cuerpo de seguridad llama “lanzadores” a los mozos del equipaje. Las bombas modernas no hacen tictac (…)”.

La novela está llena de instrucciones para preparar explosivos, o volar cosas como esos viejos monitores de computadora. Además de sabotear el servicio de comida en los restaurantes, preparación de jabón a partir de grasa humana, y otros tantos datos de interés, tal vez extraídos de la vida diaria del autor, de las conversaciones con personas del montón ―policías y encargados de equipaje―, o simple búsqueda de libros y archivos. El auténtico realismo sucio americano, con los microcosmos de las grandes ciudades, y sus personajes anónimos, opuestos a los héroes de las praderas, o a los intelectuales meditabundos.

En cuanto a forma, su mejor rasgo es el ritmo quebrado de su prosa: salvo en algunos momentos de análisis sobre la sociedad de consumo y el vacío de la existencia en la postmodernidad, los párrafos son cortos, aparentemente desconectados, muy claros y directos: “Mi jefe me manda a casa porque tengo los pantalones llenos de sangre seca, y eso me llena de alegría”; “Tal vez estuviera cargada, tal vez no. Tal vez no nos quedara otro remedio que asumir lo peor”; “Un día Tyler me da quinientos dólares y me dice que los lleve a todas horas en el zapato. Es el dinero de mi entierro. Es otra costumbre de los antiguos monasterios budistas”; “Por fin me escuchaste y olvidaste la mezquina tragedia que gestabas en tu cabeza”; “¿Estoy durmiendo? ¿He dormido algo? Así es el insomnio”; “Solo los muertos tenemos nuestros propios nombres; porque solo muertos dejamos de formar parte de la lucha. Con la muerte nos convertimos en héroes”.

La novela, también, contiene su porción de anarcoprimitivismo, solo que no se convierte en un panfleto a favor de la vida sencilla y contra las grandes corporaciones, sino que se deja ver como la respuesta iracunda e instintiva del individuo ante la sociedad, para la cual, como persona, no tiene ningún valor, fuera de las posesiones acumuladas, el empleo que tenga, o el dinero en la billetera.  

Dieciséis años de publicada esta novela, y unos pocos menos de aparecer en la gran pantalla su adaptación; mas no le pasa el tiempo, como sí le ha ocurrido a otros tantos autores, de diversos orígenes, al querer reflejar el zeitgeist y las referencias culturales de su tiempo, en novelas ahora obsoletas. Ese era mi temor al momento de empezar a leer Fight Club encontrar como palabras clave nombres de marcas entonces en boga, celebridades ahora ya olvidadas, eventos o temas políticos, muy comentados entonces, y ahora solo rastreables tras una consulta a la Wikipedia. Entregarse a la lectura es una cuestión de fe; y mientras se sigan imprimiendo novelas como esta, seguirá habiendo la esperanza de encontrar títulos similares en las librerías. 

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