lunes, 5 de noviembre de 2012

Skyfall




Tras una larga espera, y mucho drama de por medio, llegó a las salas de cine Skyfall, tercera parte de las aventuras de James Bond interpretadas por Daniel Craig. El nuevo giro aplicado a la franquicia desde Casino Royale se mantiene: menos gadgets, menos esmoquin, menos chistes flojos y villanos megalomaniacos dispuestos a apoderarse del mundo. Menos de todas esas características folclóricas que ganó la serie durante cuarenta años, y que terminaron estallando en el delirio camp de la reprobable Die Another Day (2002) de Lee Tamahori.
            Desde Casino Royale se estableció un nivel de calidad cinematográfica que los productores, Michael Wilson y Barbara Broccoli, han conseguido defender con una buena elección de directores, guionistas y actores. Particularmente difícil ha sido la construcción de nuevas, y buenas, historias. Casino, como adaptación de la novela de Fleming, solo tuvo que actualizar el argumento central e insertar las necesarias escenas de acción. Quantum of Solace es, esencialmente, una continuación de la historia abierta por su predecesora: Bond, tras perder a su amada Vesper, decide perseguir hasta el final a la poderosa y malvada organización Quantum. Si bien al final consigue detener los planes de estos, en Skyfall esta historia anterior es completamente olvidada. No se menciona a Vesper, o a Quantum, ni al misterioso Mr. White. A diferencia de lo que fue SPECTRE, en From Russia with Love, Thunderball, You Only Live Twice, On Her Majesty Secret Service y Diamonds are Forever, Quantum no consiguió ser aquella entidad rival del MI6, y aunque narrativamente podría extrañarse, el ritmo de los actuales tiempos parece no necesitar de grandes y oscuras organizaciones dedicadas al crimen.
            Skyfall empieza en Estambul: el disco duro de una computadora del MI6 ha sido robado, y Bond se lanza en persecución del elemento hurtado; falla y se le presume muerto tras luchar contra un matón llamado Patrice. Pasa algún tiempo y el Servicio Secreto empieza a sufrir ataques: cinco agentes de la Otan son expuestos en YouTube y eventualmente ejecutados; hay una explosión demoledora en los cuarteles generales, y el Primer Ministro empieza a exigir la cabeza de M. En este estado de crisis Bond reaparece. M se encarga de ponerlo de nuevo en su puesto y lo envía a Shanghái; allí Bond recupera el rastro de Patrice y, tras una lucha en lo alto de un edificio, Patrice muere, pero deja una pista: la ficha de un casino en Macao, en la cual Bond conoce a Sévérine (Bérénice Lim Marlohe), la bella amante del hombre que contrató a Patrice para robar el disco duro. Bond promete proteger a la chica si esta lo lleva hasta aquel peligroso hombre, y ambos viajan en yate hasta la isla abandonada que sirve de refugio a Raoul Silva (Javier Bardem), el terrorista tras los ataques al MI6. Pese a estar rodeado de sus secuaces, Bond consigue eliminarlos y atraparlo.  Silva es trasladado a Londres, y puesto en una celda de vidrio en el nuevo cuartel general del MI6; una antigua estación de metro subterránea.
            Naturalmente, la historia está lejos de concluir. El sistema de seguridad electrónica del MI6 es hackeado, Silva consigue escapar e intenta asesinar a M, mientras esta se encarga de testificar ante un comité de inteligencia. Y aunque Bond consigue salvarla, queda sobre la directora del Servicio una amenaza contra la cual no puede defenderla nadie.
            Al llegar a este punto de la película empecé a bostezar: era increíble que, tras dos excelentes producciones como fueron Casino y Quantum, un director de prestigio como Sam Mendes, y los guionistas John Logan, Neal Purvis y Robert Wade, decidieran construir una historia a base de tantos tópicos y giros ya empleados por otras películas. Empecé a encontrar muy incómoda la silla donde me encontraba: Skyfall comienza con un mcguffin simple y ya gastado: una lista de agentes secretos robada ―véase Mission: Impossible (1996)―; le sigue una excelente y emocionante persecución en moto a través de los tejados de Estambul, la cual termina con la desaparición de Bond. El 007, ya ha jugado la carta de la muerte ―You Only Live Twice―, o del retiro forzoso ―Licence to Kill, Die Another Day y Quantum of Solace―. También en Casino Royale y On Her Majesty Secret Service se plantea la salida Bond, aunque las circunstancias, siempre, consiguen devolverlo al servicio. Tras emerger de la muerte, Bond localiza al ladrón del disco duro, y mediante este ubica a Silva, el villano. Tenemos la aparición de la chica bond ―Sévérine. De nuevo los nombres exóticos―, la infaltable escena en el casino, la presentación formal ―“Bond, James Bond”― y el viaje hacia el vientre de la bestia: en este caso una isla abandonada por una supuesta contaminación radioactiva. Entra el villano, extravagante y feo. Bond se encarga de él, y este escapa revelando la vieja táctica de “dejarse atrapar” para así acceder a su objetivo principal: M.
            Desde este punto solo se podrían esperar más clichés: otra persecución, más combates, y, finalmente la llegada de Bond a la base secreta del temible terrorista, situada en alguna otra isla, donde, corriendo contra el reloj, el 007 salva al mundo del colapso. No obstante, el ingenio de los guionistas lleva la historia por otro camino:
            Bond toma a M y escapa con ella de Londres y sus amenazas. Su plan involucra una retirada estratégica, y, sobre todo, deshacerse de toda la tecnología que lo rodea. Cambia el auto del MI6 por su clásico Aston Martin gris plata, y viaja a Escocia, de regreso a la casa donde pasó su infancia; un caserón de comienzos del siglo XX, lóbrego y un tanto abandonado. De esta manera se altera el orden establecido desde los comienzos de la franquicia: no es Bond quien penetra y destruye la base del enemigo, sino es su “hogar” el lugar que será atacado. Es evidente para cualquier fanático del agente secreto que Bond no tiene una relación sostenida con nadie, ni mucho menos con algún lugar específico. A parte de Dr. No no tenemos imágenes de su apartamento, y, en Skyfall, M le dice a Bond que este y sus demás pertenencias han sido vendidas; algo que no parece le demasiado grave al 007. Sin embargo, al mostrarnos, en las últimas escenas de la película, las tumbas de Andrew Bond y Monique Delacroix, padres del agente, sabemos que es este lugar la única prueba de la condición verdaderamente humana de Bond. Este no es solo un agente, una máquina de destrucción al servicio de un gobierno, capaz de matar y de seducir mujeres sin establecer compromisos; aquí vemos que Bond tiene un pasado.
            La lucha final se da en esta casona antigua establecida entre los páramos de Escocia. Sin muchas armas, aparte de dos rifles de caza, su arma de dotación, un cuchillo y casquillos de perdigones, Bond, M y Kincade, el encargado de la propiedad, se ven obligados a usar la astucia para salvar la vida. Ese es uno de los escenarios que revela el tema central de Skyfall: ya no es la simple lucha entre el agente secreto y el poderoso ciberterrorista, sino la tecnología en el mundo de la inteligencia actual. En la época de la Guerra Fría, cuando tanto el personaje literario de Bond, como su versión cinematográfica hicieron su aparición, la tecnología estaba limitada a grandes ingenios y aplicaciones gubernamentales: para los años cincuenta, un equipo de radio empleado por un espía en territorio enemigo aún era un trasmisor del tamaño de un libro, dotado de un hilo de cobre el cual debía enrollarse alrededor de una tubería de plomo para enviar señales en código morse. Hoy día un teléfono celular contiene muchas de las aplicaciones de una computadora y su precio es relativamente cómodo. Los hackers, además, consiguen dar golpes cada vez mayores, y si bien está lejos el día en que alguno consiga ser una verdadera amenaza para un gobierno, en la era de Wikileaks es clara la amenaza que pueden llegar a ser para algunas instituciones. Por lo mismo, muchos ponen en duda la necesidad de agentes y operaciones de campo. En Skyfall este debate es sostenido entre M y una ministra del gobierno, y las preguntas van más allá de temas de presupuesto: ¿son realmente necesarios tales gastos en inteligencia en un mundo dominado por computadoras? ¿Es el MI6 una institución anacrónica? Si Inglaterra ya no es el Imperio Británico, ¿vale la tener tantos agentes alrededor del mundo? La película no pretende responder estos interrogantes pero sí dejarlos en el ambiente. Cuando se presentó Die Another Day las críticas apuntaban al excesivo peso de la tecnología en la trama. Skyfall es la respuesta irónica: Q (Ben Whishaw) no un maletín lleno de trucos y un coche erizado de armamento, sino una pistola y un localizador de radio, y, aparte de un pequeño servicio que prestan estos durante la trama, no son determinantes en la misma.
            Se destaca también que, tanto en esta, como en las dos cintas anteriores de la franquicia Bond, el objetivo de los villanos no es el control del mundo, o su destrucción. En Casino, le Chiffre era un inversionista arriesgado, capaz de jugar en la bolsa y en los casinos con las inversiones de sus socios terroristas. Quantum y Dominic Greene buscan hacerse al control de los recursos hídricos de Bolivia. Y en Skyfall, Silva está impulsado por la venganza contra una sola persona.
            Con esta película se celebran los cincuenta años de James Bond en el cine. Fue en 1962 cuando se estrenó Dr. No, y desde entonces, entre aciertos y errores, se han hecho veintitrés filmes con el 007 como protagonista. Mendes no cometió el error de Tamahori de introducir cada dos por tres alguna referencia de los títulos anteriores; solo tenemos aquí el coche clásico de Bond, el Aston Martin DB5 empleado en Goldfinger aún dotado de ametralladoras delanteras y un botón de expulsión en la palanca de cambios. Más interesante aún resultan las escenas finales, cuando Bond pasa a reportarse a la oficina del nuevo jefe del MI6; este despacho es, al menos en cuanto a estética, idéntico a aquel donde trabajó el primer M (Bernard Lee).
            Ya aparecen anunciadas nuevas entregas de James Bond interpretado por Daniel Craig y, esperemos, la misma dinámica y calidad de las tres partes ya presentadas. Bond 24 y 25 se estrenarían en 2014 y, posiblemente, 2016. A cada entrega parecen haber más exigencias y retos; mientras esté en los productores el deseo de realizar películas de alta calidad, respetando tanto al personaje de Bond como a sus fanáticos ―los de siempre, y los que vendrán―, seguiremos recibiendo un excelente producto de entretenimiento.
       

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