miércoles, 12 de diciembre de 2012

¿Qué es escribir bien?


Hace un rato leí un cuento, publicado en línea, de la escritora argentina Samanta Schweblin, titulado Un hombre sin suerte. El texto ganó el premio Juan Rulfo entre otros treinta y tres cuentos finalistas. El relato, narrado con agilidad, no pasa de ser, en mi opinión, una anécdota curiosa, en ocasiones divertida, dueña de ciertos elementos de suspenso, y con un final plano, real, como suelen acabar todas las situaciones de nuestra vida, salvo esa que nos conduce a la muerte. No dudo de las capacidades como escritora de Schweblin, autora de más de un libro de cuentos, y reconocimiento bien ganado. El relato, sin embargo, no termina de convencerme, al menos como debió convencer al nada despreciable jurado compuesto por Alan Pauls, Grecia Cáceres, Julio Villanueva Chang, Eduardo Ramos Izquierdo, Aline Schulman y Elmer Mendoza. Algo falta; tal vez la dimensión superior que hace de una serie de situaciones contadas algo más que recuerdos memorables.

 

Pero esta insatisfacción me condujo a meditar sobre los alcances o metas de los autores y lectores. ¿Qué es escribir bien? No hablo de saber emplear las palabras adecuadas y la gramática correcta; eso se llama redactar y muchas personas ―lamentablemente cada vez menos― saben hacerlo sin ser escritores de oficio o por pasión. Escribir no es, ya deberían saberlo, simplemente poner una palabra delante de otra; hay uno o más mensajes cifrados en la extensión del discurso. Sin embargo, esta podría ser solo una visión personal, y que, para otros, un buen cuento ―o una buena novela, poema, etc.― sea simplemente una cuestión de tener entre las manos algo “simpático”.

 

Un escritor, cualquiera, ahora, antes, siempre, podrá hacerse ―y tal vez debería― esa pregunta, y en encontrar la respuesta correcta, y actuar en consecuencia, está cifrado su futuro: bien el fracaso mediante el abandono, bien el olvido que se traga a la mayoría, o bien la inmortalidad, o al menos una recepción aceptable. Capote hablaba alguna vez de ese momento, casi místico, cuando descubrió la diferencia entre escribir bien y escribir mal, y entre escribir bien y el arte verdadero, y como, desde ese momento, la búsqueda de ese nivel de calidad artística no dejó de atormentarlo siempre. Muchas veces he sentido la necesidad de comparar a los escritores con aquellos que persiguen en vano el pie del arcoíris, esperando encontrar en este el oro enterrado por algún duende. Nunca lo atraparán, y los mejores textos literarios que tenemos en nuestras librerías son esfuerzos, más o menos conseguidos, de alcanzar ese tesoro esquivo.

 

A los concursos de cuento se presentan, cuando menos, unas cien propuestas, o hasta mil quinientas, cuando la cuantía del premio, o la facilidad para postularse, hacen del asunto interés de muchos. ¿Qué ven o vieron en el ganador esos jurados? ¿Les hizo sonreír, o les recordó, acaso, algo escrito por ellos mismos? ¿Es posible que ese cuento, novela, poema, antología o compilación haya tenido en cuenta ciertas reglas anotadas por esos jurados como indispensables para el buen oficio de la literatura? Cuando ocho atletas se lanzan a correr en los cien metros planos, solo el más rápido ganará y es imposible que alguien menos veloz llegue primero. Físicamente imposible. ¿Pero ocurre lo mismo con los premios literarios? De hecho, ¿ocurre así con las lecturas? Oímos constantemente como los libros más vendidos son novelones ligeros, títulos mal acabados llenos de lugares comunes, clichés y fórmulas comerciales, mientras la que “literatura seria” estaría relegada siempre a venderse menos, porque esta, al parecer, solo puede ser gozada por paladares desarrollados. Tiendo a inclinarme por una posición en el medio: no avalo todos los superventas, mas admito que estos, finalmente, llegan al público, y la gente los goza y los consume en cantidad. Las obras de los autores de culto, o alabados por la crítica, parecen ser incapaces de despertar las mismas oleadas de lectores, y, al leerlos, siento que la dificultad no estriba en el lenguaje, o se encuentra en lo profundo del tema, sino en lo poco interesados que parecen algunos escritores en contar buenas historias, interesantes, o al menos diferentes. Muchos ―y de esto creo haber hablado hasta la saciedad antes― cayeron en la novela histórica para ser respetados por la academia; se dejaron arrastrar por la autoficcionalización, convencidos de la honestidad inherente a este sistema; o bien, prefirieron, en vez de pensar una trama atrevida e emocionante, caer en el hiperrealismo, en el “esta historia no se trata de nada y su protagonista es cualquiera”. El resultado, alimento para las trituradoras de papel reciclado.

 

Por otra parte, la teoría literaria debería habernos dado las herramientas para clasificar y separar los granos verdes de los rojos. Mas no fue así. Los teóricos se dedicaron a buscar la cuadratura del círculo, esas piezas y engranajes universales a todos los textos; o pretendieron encontrar la fórmula del libro perfecto, y expusieron sus absurdas hipótesis en ensayos incomprensibles, los cuales son ahora el arma favorita de los estudiosos sin ideas propias, deseosos de ganar el respeto de sus pares a partir de una supuesta erudición. Que no tienen.

 

Yo tengo clara mi perspectiva sobre la literatura buena y mala; de los textos que disfruto y de los que paso sin masticar, como las horrendas medicinas caseras. La literatura es un arte, y esto implica belleza: oraciones armoniosas, musicalidad; las palabras precisas, la dimensión correcta en el texto. Buenas historias, bien contadas, y todo como una gran metáfora de aquellos aspectos generales de la vida encapsulados en situaciones, a veces tan prosaicas, a veces tan únicas. Un chiste puede hacerme reír, hasta las lágrimas; pero al oírlo, una segunda vez, apenas mostraré una sonrisa, y a la tercera, tal vez pida a quien lo cuente que cierre el pico. Un aforismo, por el contrario, no despierta mis carcajadas, pero puede dejarme reflexionando por horas, y las ideas que esa frase pueda despertar podrán proveerme de un placer intelectual superior a la risa. Eso es todo.

 

¿Qué es escribir bien? Tal vez todo se trate de forjar la llave adecuada para una determinada cerradura; el texto indicado para el lector elegido.

 

Aquí el vínculo para quienes quieran leer el cuento de Samanta Schweblin; divertido por demás: http://fundaciontem.org/un-hombre-sin-suerte/

domingo, 2 de diciembre de 2012

Sobre compromisos


Sobre compromisos

Parece que nadie cree ya en la literatura comprometida; al menos dentro del campo latinoamericano. Este mundo ha cambiado bastante desde los tiempos del Boom; o tal vez sigue siendo el mismo, pero, durante estos años, sospecho, los niveles de educación han mejorado, al menos lo suficiente como para que una legión de periodistas e investigadores sociales hayan empezado a expresarse de una manera más abierta, a exigir mejores gobiernos, o a señalar, a través de diarios o revistas especializadas, las fallas de nuestros regentes. Otrora entonces, la labor del novelista como un observador cuidadoso de su realidad ha entrado, no diré a competir, pero si a compartir su espacio con los científicos sociales, u otras formas de intelectuales. Seguimos acosados por los malos regímenes, la corrupción, la derecha, las formas de autoritarismo y, sobretodo, por la certeza de estar en el Tercer Mundo. Sin embargo, nadie espera ya algún juicio del tema ―un juicio estudiado y profundo― por parte de novelistas, cuentistas, ni mucho menos poetas. Sin molinos contra qué lanzarse, ¿cuál puede ser el compromiso del escritor?

Me pregunto si los cientos o miles de jóvenes que se forman en las escuelas de escritura creativa ―desde maestrías universitarias hasta talleres virtuales― se hacen esa pregunta. Y si, más aun, se preguntan por cuál será su compromiso con la literatura, o con el arte en general. No es una simple interrogante para ponderar un domingo en la mañana durante el desayuno; hablamos de una elección de vida tan grande, casi, como la elección de una carrera. De una decisión, o una elección clara de ruta, dependerá el puesto que habrá de ocupar en el mundo de la literatura. Hay, ha habido y habrán muchos que escriban por el simple goce intelectual de crear algo como respuesta a esas lecturas disfrutadas. Este material irá a parar al olvido de un cajón o a una carpeta cualquiera dentro de la memoria del ordenador. Otros aspiran a la gloria, a la inmortalidad, o al menos a la fama ―y los privilegios económicos de la misma―, sin importar mucho el tema o calidad de lo que terminen escribiendo.

Siempre he sido de aquellos que siguen el lema del compromiso con el arte mismo; con la literatura. Crear algo nuevo, aportar obras cuyo valor no se deprecie desde su salida al mercado hasta cuando el último ejemplar es recogido de la mesa de saldos para ser triturado. Es un riesgo, siempre. Nadie puede asegurar, al menos cuando su carrera empieza a agitar las alas con la pretensión de elevarse, en cuál será el destino final de sus obras: si las muchas reediciones, o el olvido absoluto. En cualquier caso, determinar unos objetivos en la propuesta literaria es algo necesario; lo otro equivale a disparar al bosque distante con la esperanza de acertar en la diana oculta entre los árboles.

Considero que una obra bien constituida demanda coherencia temática. Un novelista puede dejar tras su muerte, o retiro, apenas tres novelas, o una, o medio centenar de cuentos, así como también una vasta colección de títulos en diferentes campos. La extensión no es realmente importante; no damos más importancia a quienes más libros han enviado a la imprenta, y aquello de “prolífico escritor”, solo es una faceta que se señala en las reseñas biográficas. Lo importante es la unidad de criterio. Como el estilo, la coherencia temática exige dos cosas: primero, una elección de mecanismos narrativos, y segunda, un deseo de agotar el tema por completo. La sola elección de un tema exige algo más que conocimiento de la misma: una conexión tan profunda como la que puede haber con un lugar que se odia, una persona que se ama, o un pasatiempo capaz de consumir la mayoría de tiempo de nuestra existencia.
En alguna novela leída hace mucho tiempo ya, encontré esta frase “si se estudia un mapa lo suficiente se llegan a ver las ratoneras”, con esto el personaje quería decir que el estudio a profundidad de un asunto termina por revelar aspectos ignorados por la mayoría.

El tema no debe considerarse una bandera de lucha, o una representación de ideales. Si alguien, sabemos ya, desea dedicarse a la justicia social, bien puede elegir el camino de la política, y aunque en el camino puede corromperse, si llega a obtener algún día un buen puesto, tal vez quedé en su mente rescoldos de los ideales pasados, y con estos, hacer un cambio mucho más tangible que los deseados por esos escritores “comprometidos”. Lo diré así, un párroco con limosnas tiene más capacidad de acción que un premio Nobel.

El tema es ese campo magnético y complejo de la vida humana al cual el escritor se aproxima con interés científico, y explota con pasión artística. Delimitarlo es casi imposible, y el mejor tratamiento que puede hacer es exponerlo usando como ejemplo los argumentos de sus cuentos o novelas. Antes de empezar la redacción, el autor debe preguntarse si aquella historia podrá aportar una mirada nueva y trascendente al tema que le ocupa; de no ser así lo mejor sería abandonarla.

En oposición a lo anteriormente expuesto, muchos lectores podrán decirme que los escritores no tratan un solo tema, sino que estos se van surgiendo a lo largo de la obra, y que, incluso, asoman sus cabezas, combinados, en cada novela o cuento. Debo aclarar la diferencia entre tema e idea: las ideas, esos campos semánticos amplios y abstractos ―vida, muerte, odio, amor―, siempre estarán en la expresión humana, incluso en aquellas formas consideradas ligeras; un romance de telenovela es una perspectiva del amor, y la validez como proposición artística está en la originalidad de esa mirada.