domingo, 2 de diciembre de 2012

Sobre compromisos


Sobre compromisos

Parece que nadie cree ya en la literatura comprometida; al menos dentro del campo latinoamericano. Este mundo ha cambiado bastante desde los tiempos del Boom; o tal vez sigue siendo el mismo, pero, durante estos años, sospecho, los niveles de educación han mejorado, al menos lo suficiente como para que una legión de periodistas e investigadores sociales hayan empezado a expresarse de una manera más abierta, a exigir mejores gobiernos, o a señalar, a través de diarios o revistas especializadas, las fallas de nuestros regentes. Otrora entonces, la labor del novelista como un observador cuidadoso de su realidad ha entrado, no diré a competir, pero si a compartir su espacio con los científicos sociales, u otras formas de intelectuales. Seguimos acosados por los malos regímenes, la corrupción, la derecha, las formas de autoritarismo y, sobretodo, por la certeza de estar en el Tercer Mundo. Sin embargo, nadie espera ya algún juicio del tema ―un juicio estudiado y profundo― por parte de novelistas, cuentistas, ni mucho menos poetas. Sin molinos contra qué lanzarse, ¿cuál puede ser el compromiso del escritor?

Me pregunto si los cientos o miles de jóvenes que se forman en las escuelas de escritura creativa ―desde maestrías universitarias hasta talleres virtuales― se hacen esa pregunta. Y si, más aun, se preguntan por cuál será su compromiso con la literatura, o con el arte en general. No es una simple interrogante para ponderar un domingo en la mañana durante el desayuno; hablamos de una elección de vida tan grande, casi, como la elección de una carrera. De una decisión, o una elección clara de ruta, dependerá el puesto que habrá de ocupar en el mundo de la literatura. Hay, ha habido y habrán muchos que escriban por el simple goce intelectual de crear algo como respuesta a esas lecturas disfrutadas. Este material irá a parar al olvido de un cajón o a una carpeta cualquiera dentro de la memoria del ordenador. Otros aspiran a la gloria, a la inmortalidad, o al menos a la fama ―y los privilegios económicos de la misma―, sin importar mucho el tema o calidad de lo que terminen escribiendo.

Siempre he sido de aquellos que siguen el lema del compromiso con el arte mismo; con la literatura. Crear algo nuevo, aportar obras cuyo valor no se deprecie desde su salida al mercado hasta cuando el último ejemplar es recogido de la mesa de saldos para ser triturado. Es un riesgo, siempre. Nadie puede asegurar, al menos cuando su carrera empieza a agitar las alas con la pretensión de elevarse, en cuál será el destino final de sus obras: si las muchas reediciones, o el olvido absoluto. En cualquier caso, determinar unos objetivos en la propuesta literaria es algo necesario; lo otro equivale a disparar al bosque distante con la esperanza de acertar en la diana oculta entre los árboles.

Considero que una obra bien constituida demanda coherencia temática. Un novelista puede dejar tras su muerte, o retiro, apenas tres novelas, o una, o medio centenar de cuentos, así como también una vasta colección de títulos en diferentes campos. La extensión no es realmente importante; no damos más importancia a quienes más libros han enviado a la imprenta, y aquello de “prolífico escritor”, solo es una faceta que se señala en las reseñas biográficas. Lo importante es la unidad de criterio. Como el estilo, la coherencia temática exige dos cosas: primero, una elección de mecanismos narrativos, y segunda, un deseo de agotar el tema por completo. La sola elección de un tema exige algo más que conocimiento de la misma: una conexión tan profunda como la que puede haber con un lugar que se odia, una persona que se ama, o un pasatiempo capaz de consumir la mayoría de tiempo de nuestra existencia.
En alguna novela leída hace mucho tiempo ya, encontré esta frase “si se estudia un mapa lo suficiente se llegan a ver las ratoneras”, con esto el personaje quería decir que el estudio a profundidad de un asunto termina por revelar aspectos ignorados por la mayoría.

El tema no debe considerarse una bandera de lucha, o una representación de ideales. Si alguien, sabemos ya, desea dedicarse a la justicia social, bien puede elegir el camino de la política, y aunque en el camino puede corromperse, si llega a obtener algún día un buen puesto, tal vez quedé en su mente rescoldos de los ideales pasados, y con estos, hacer un cambio mucho más tangible que los deseados por esos escritores “comprometidos”. Lo diré así, un párroco con limosnas tiene más capacidad de acción que un premio Nobel.

El tema es ese campo magnético y complejo de la vida humana al cual el escritor se aproxima con interés científico, y explota con pasión artística. Delimitarlo es casi imposible, y el mejor tratamiento que puede hacer es exponerlo usando como ejemplo los argumentos de sus cuentos o novelas. Antes de empezar la redacción, el autor debe preguntarse si aquella historia podrá aportar una mirada nueva y trascendente al tema que le ocupa; de no ser así lo mejor sería abandonarla.

En oposición a lo anteriormente expuesto, muchos lectores podrán decirme que los escritores no tratan un solo tema, sino que estos se van surgiendo a lo largo de la obra, y que, incluso, asoman sus cabezas, combinados, en cada novela o cuento. Debo aclarar la diferencia entre tema e idea: las ideas, esos campos semánticos amplios y abstractos ―vida, muerte, odio, amor―, siempre estarán en la expresión humana, incluso en aquellas formas consideradas ligeras; un romance de telenovela es una perspectiva del amor, y la validez como proposición artística está en la originalidad de esa mirada. 

No hay comentarios: