jueves, 28 de febrero de 2013

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Los primeros segundos de Zero Dark Thirty (ZDT) sirven para dejar sentada una idea que deberemos recordar durante el resto de sus dos horas y media de duración: Osama bin Laden fue la mente tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001; su captura, o muerte, significarían el fin de uno de los mayores grupos terroristas de la historia. Así, torturas, prisiones secretas, o ejecuciones, serán el daño colateral, o necesario, para detener una amenaza que, para cuando el mundo se dio cuenta de su presencia, había costado ya la vida de miles de personas. En fondo negro se oyen grabaciones, reales asumo, captadas en la línea de emergencia durante el día de los ataques. Voces agitadas, demandas de auxilio, y un terrible silencio al otro lado de una línea la cual, el fuego, ha debido cortar ya. Pasamos al primero de los capítulos que compondrán la película de Kathryn Bigelow: en una locación secreta de la CIA, dos agentes, Dan y Maya (Jason Clarke y Jessica Chastain) interrogan a un prisionero: hay golpes, amenazas, waterboarding ―arrojar agua directamente sobre una persona cubierta, preferiblemente con una toalla, para generar la sensación de ahogo―, y al final, se revela un nombre, el cual dará la pista para seguir un largo camino hasta el líder de Al Queda.

Pasaron diez años, entre los ataques del 11-S y la muerte de bin Laden, el 1 de mayo de 2011; hubo un cambio de administración en la Casa Blanca, y muchos afirmaban que Osama, o bien estaba muerto, o bien su poder y alcance había sido diezmado, reduciendo así la amenaza terrorista. La crisis económica de 2008, por demás, alimentaba ahora las prensas y la internet, y el desempleo y falta de dinero se convirtieron en los temas principales de la agenda durante las elecciones presidenciales de ese año. Una vez eliminado, el mundo empezó a hacer preguntas, y la misión pareció no tener el impacto alcanzado si la misma hubiese tenido lugar meses, o un par de años tras los ataques a las Torres Gemelas. La atmósfera de patriotismo, las banderas colgadas en cada casa, las películas y libros dedicadas al valor de los rescatistas, la amenaza de un posible siguiente ataque, el conjunto completo de fenómenos involucrados en el zeitgeist del primer periodo de la administración Bush estaban ahora en un pasado vergonzoso del cual pocos querían hacerse cargo. Ahora se duda sobre los verdaderos autores de lo ocurrido en Manhattan, pocos creen que verdaderamente un avión haya colisionado contra la fachada oeste del Pentágono; las prisiones secretas, los horrores de Guantánamo y Abu Grahib, el grotesco y costoso episodio de la Invasión de Irak, y los estadounidenses que se preguntaban, mientras aún humeaba el World Trade Center, “¿por qué nos odian?” obtuvieron su respuesta.

Poco después de su llegada al poder, Obama se dirigió al personal de la CIA en un discurso dado en el corredor principal. En resumen, pedía “juego limpio”, no violar la ley, o por lo menos respetar la Constitución de los Estados Unidos. No más cárceles secretas, no más palizas a prisioneros sin derecho a abogado, no más mentiras. Una petición apenas distinguible de la que hizo Bill Clinton en su momento, de no hacer más tratos con déspotas, ni acuerdos bajo la mesa con terroristas, jefes militares implicados en crímenes o vendedores de armas. Hubo muchas críticas, por parte de los republicanos a lo que se vio como un “debilitamiento de la inteligencia americana”. Al estrellarse los aviones aquella mañana de septiembre, se responsabilizó a la CIA de la falta de vigilancia, a los demócratas, por convertir en su gobierno a una poderosa agencia de inteligencia, en una simple recaudadora de información de segunda clase. La respuesta unánime, esa noche, fue la de aumentar el presupuesto de defensa, iniciar una política exterior más agresiva, olvidarse de los acuerdos de caballeros, y hacer lo necesario por vencer al terrorismo.

Muy pocos, desgraciadamente, sabían realmente contra qué estaban tan patrióticamente desenvainando sus sables. Poco sabía la gente acerca de bin Laden, o Al Qaeda. El terrorismo, a ojos de una generación todavía muy dependiente de la información impresa y la televisión, era, no un fenómeno tan antiguo como la guerra misma, sino un enemigo tangible, identificado y único: un grupo de “árabes”, barbudos y envueltos en harapos, viviendo en la Edad de Piedra pero, aun así, con la capacidad de causar mucho daño en pleno suelo estadounidense ―y más adelante la Europa continental―. Terrorismo, o Al Qaeda, sinónimos, era, como Donald Rumsfeld lo explicó en un diagrama ilustrado, vivía establecido en las profundas cavernas de las montañas de Afganistán; allí tenían de todo, como en una ciudadela futurista establecida tras una guerra nuclear; computadoras, ascensores, radios, archivos, alimento y camas. Y eran decenas de estas bases, e, imagino yo, en alguna de esas, también ricamente ilustrada para comprensión del televidente promedio ―no solo los “estúpidos gringos”, sino los estúpidos del resto del mundo que repetían lo visto en el noticiero―, debía vivir Osama, con un gran despacho lleno de mapas digitales, banderas, y receptores de televisión donde él, con una risotada y frotándose las manos, vería al mundo occidental caer vencido por los fieles soldados del Islam. En otras palabras, Comandante Cobra.

ZDT, en sus últimos veinte minutos, destruye la leyenda, si alguien todavía la creía: no, bin Laden no habitaba un complejo ultra seguro y moderno, rodeado por una guardia incorruptible de barbudos y corpulentos guardias armados hasta los dientes. Oh no: una casa de tres pisos, lujosa para los estándares de los extramuros de Abbottabad, pero bastante pobre en comparación a las residencias del resto del clan bin Laden. En el lugar vivía Abu Ahmed al-Kuwaiti, su hombre de confianza quien le servía de contacto con el mundo exterior, Abrar, el hermano de este, y las familias de los tres hombres. Las escenas de la operación son tensas; la falta de luna esa noche dificultaba la navegación, y, pese a los sistemas de evasión de los helicópteros, es un procedimiento estándar volar tan bajo como sea posible para evadir cualquier detección; esto, en tierras tan montañosas como la frontera entre Afganistán y Pakistán, implica que las aeronaves deben seguir un trayecto de montaña rusa, dependiendo de la pericia de los pilotos. Llegados al complejo, los Seals, separados en dos grupos irrumpen en la casa por cuanta puerta encuentran disponible. Cada explosión parece echar a perder un sigilo buscado con tanto esmero y tan necesario para evitar poner en peligro al equipo. Adentro, civiles. A los fanáticos de aquellos filmes de acción de los años 80 y 90 debió lastimarles un poco la poca acción de los momentos finales del líder terrorista. Para quienes compraron y tragaron hasta el tuétano las historias donde se mostraba a bin Laden como el jefe de un enorme ejército de fieles, listos a morir por su jefe, y quienes imaginaban al saudí como uno de esos villanos de las cintas de James Bond, tan hábiles con la palabra como diestros en el manejo de armas, ver al odiado Osama morir intentando esconderse en su cuarto, sin su arma, sin gritos de odio, o disparando su Ak-47, debió hacerles romper los tiquetes de entrada al cine y marcharse ofendidos a casa.

Tras mucho leer y escribir sobre operaciones de inteligencia, uno desarrolla cierto espíritu cínico en relación a la falta de glamur y emoción de estas operaciones; sabe que, pese a la labor de algunos grandes narradores en enriquecer el legendario mundo del espionaje con explosiones de coches, tiroteos, equipo de inverosímil tecnología, saltos en paracaídas, máscaras de látex, y códigos secretos, pese a todas esas bellas historias de valentía y heroísmo, tras el espionaje solo existe esa seca materia, muy codiciada, que determina el curso de la acción política, y cuya adquisición, las más de las veces, llega tras un lento trabajo de investigación. Uno de los valores principales en ZDT es haberse concentrado en la poco emocionante tarea del rastreo de uno de los hombres más esquivos del mundo. No me es difícil imaginar que, otro director, tan deseoso de llevar la increíble historia de la mano de una emocionante producción, habría optado por enfocarse en la historia del equipo que llevó a cabo el operativo. Ya saben, habría sido una de esas aventuras, de ribetes épicos subrayados por escenas en cámara lenta y música de Hans Zimmer: de seguro la película habría contado con Ryan Reinolds, Ryan Gosling o cualquier otro guapo reconocido por su sonrisa y pectorales perfectos. Esta película iniciaría en medio de una misión desastrosa, durante la cual el mejor amigo del héroe fallece con el clásico “dile a mi esposa… etc.”. Pasamos al instante al entierro de los caídos en acción y el héroe discute con su superior por los errores del operativo, para venir a enterarse que, la culpa de todo, es de la inescrupulosa y mal administrada CIA. El héroe se retira del equipo y va pasar un tiempo con su esposa e hijo hasta que sus superiores aparecen de nuevo y le dicen que han encontrado a bin Laden. Pero, siguiendo los parámetros de Joseph Campbell, nuestro héroe se niega en regresar a su unidad o participar en una operación para la Compañía. Pasan algunas escenas que recrean los atentados de Madrid y Londres, y vemos al héroe que visita a su padre, otro veterano de guerra, y este le sale con algún discurso con el cual el actor asignado espera ganarse un Oscar, aunque su diálogo esté compuesto por lugares comunes. Digamos que el papel lo hace Kevin Costner. Luego el protagonista visita a la viuda de su mejor amigo ―adivinaste lector, su amigo era un simpático afroamericano o latino, o incluso árabe―, y tras la tensa escena, decide aceptar la misión, encarar al verdugo de su amigo, y restaurar el honor americano. Un par de escenas más en una sala de planificación, donde el nerd-analista de la CIA ―pongamos aquí a Jonah Hill― explica los enormes riesgos de atacar el cuartel general de Osama, y la altísima tasa de riesgo de ser atrapados y ejecutados. Esta hipotética cinta terminará, claro, con la muerte de bin Laden, pero, para añadir dramatismo, contará con esas secuencias que tanto gustan a los directores de acción, en la que el héroe saca del helicóptero abatido a uno de sus compañeros, y ambos saltan segundos antes de que estalle. Osama no es encontrado en su habitación, sino que se finge muerto tras una explosión, y luego dispara por la espalda a uno de los comandos antes que el héroe acabe con él, pero también es posible que el asunto se defina tras un intercambio de disparos, tras el cual, sangrando en exceso, Osama diga “nunca me atraparán con vida” y fallezca dejando caer su cabeza a un lado.

ZDT no intenta hacer amigos; es un relato desprovisto del cándido dramatismo americano, ese que pretende recordarnos a ese hombre y mujer de familia y sentimientos oculto tras el uniforme camuflado. Mucho se discutió y se debate aún sobre la introducción de escenas de tortura y la, según se dice falsa, aserción de haber sido este el método para adquirir la pieza clave del rompecabezas. Es posible que Mark Boal solo haya pretendido usar el espacio para recrear las temibles prisiones secretas y sus reprochables métodos de interrogación. Si es así debió pensar en otra aproximación al tema. Mucho más acertado resultó guiar la narración a partir del personaje de Maya. Jessica Chastain interpreta a esta analista sin otro propósito en la vida que atrapar a bin Laden. No sabemos nada de ella; de hecho, la escena final parece revelarnos el vacio en el cual queda Maya una vez ha cumplido su misión en la vida. Acepto la posibilidad de la existencia de esta mujer, quien sola, haya seguido adelante hacia su objetivo, pese a los impedimentos y las muertes a su alrededor. No obstante, me resulta difícil creer que alguien, reclutado con apenas estudios secundarios, haya ascendido en la escala de servicio sin haberse involucrado en otras operaciones. Dudas aparte, Maya se convierte en nuestra guía en el mundo de la lucha contraterrorista; desde el interrogatorio en la sucia prisión secreta hasta la sala de juntas donde se presenta el proyecto al director de la CIA ―James Gandolfini interpretando a un obeso Leon Panetta―, y el puesto de mando, donde se observa el desarrollo de la misión.

Pese a su escueta narrativa, ZDT consigue contar ―de nuevo, sin el encaje del drama familiar, personal, emocional―, la historia de una de las operaciones más complejas en la historia de la Compañía. Bigelow consiguió presentar una historia interesante, y los actores añadieron el realismo gracias a personajes bien construidos. Esto no fue suficiente para ganar el Oscar, y, dado que Argo, otra película sobre los vericuetos del espionaje, consiguió el galardón, tal vez deba decir unas palabras acerca de esta producción:

La historia, ahora, es bien conocida: durante la revolución iraní, un grupo de estudiantes ―o así fueron denominados― saltó la barda de la embajada estadounidense en Teherán y tomó como rehenes al personal diplomático y de seguridad, a quienes mantuvo recluidos, en condiciones relativamente aceptables, durante más de cuatrocientos días. Un grupo, no obstante, consiguió salir del complejo y encontró refugio en la embajada canadiense; allí se mantuvo oculto por meses, hasta que, con el apoyo de Canadá, y la CIA, consiguieron regresar a casa.

El asunto no era tan conocido hasta 1997, cuando, bajo la administración Clinton, la operación fue desclasificada. Entonces se supo el nombre del agente encargado de extraer a salvo a los seis estadounidenses ocultos en la embajada canadiense: Tony Mendez.

Antonio Joseph Mendez, originario de Nevada, se dedicó al arte hasta 1965 cuando se involucró con la Compañía en la División de Servicios Técnicos ―cigarros explosivos, gatos con micrófonos y esas cosas―, y más tarde trabajó como oficial en Asia y el Medio Oriente, ocupándose de documentos, disfraces, y en algunos casos, extracciones; fue enviado a Irán, y allí se encargó de llevar a cabo la operación descrita en Argo. Mendez es interpretado por Ben Affleck; un detalle al parecer ofensivo para algunos, quienes esperaban ver a un actor “latino” interpretando al agente de la Compañía. Lo acompañan en esta producción Bryan Cranston, como Jack O’Donnell, el jefe de operaciones, John Goodman como John Chambers, el artista de efectos especiales ganador del Oscar por Planet of the Apes amén de colaborar en algunas ocasiones con la CIA; y finalmente Alan Arkin como Lester Siegel, un recorrido y ya agotado productor de cine.

La acción comienza con una reconstrucción total ―soportada por breves tomas reales― de la toma de la embajada estadounidense por parte de un grupo de manifestantes. Los seis miembros de la embajada, Robert Anders, Mark Lijek y su esposa Cora, Henry Schatz, Joseph D. Stafford y su esposa Kathleen, escapan mientras la embajada es capturada y se esconden en la casa del embajador del Canadá. Han pasado varios meses y el Departamento de Estado juega con varios posibles, y absurdos planes para sacar a estos seis nacionales. Mendez y O’Donnell están presentes durante la discusión; representan a la CIA simplemente como “asesores”, pero, al escuchar las irreales estratagemas del Departamento para extraer a los diplomáticos, Mendez se decide a plantear un mejor plan. Mientras observa una retransmisión de Planet of the Apes, viene a su mente una idea: disfrazar a los diplomáticos como un equipo de filmación en busca de escenarios para un proyecto de ciencia ficción llamado “Argo”. Tras superar algunos inconvenientes menores, Mendez viaja a Irán y se reúne con los estadounidenses ocultos. Estos están atemorizados, no confían en Mendez y tampoco parecen tener las suficientes agallas para pasar por el aeropuerto, ante la Guardia Revolucionaria, fingiendo ser gente del mundo del cine. Por otra parte, la inteligencia del nuevo régimen se dedica a reconstruir toda la información sobre el personal de la embajada, por lo que pronto podrían descubrir que seis de sus miembros han escapado y se encuentran en alguna parte de Teherán.

Mientras ZDT promete ofrecer un recuento, paso a paso, y preciso, de cuanto involucró la cacería de Osama bin Laden, Argo apenas toma los elementos primarios de la operación y los mezcla con mecanismos de suspenso, centrando la trama en el agente Mendez, y el tema de la relación Hollywood – CIA. Mientras la agente Maya se presenta como un misterio para el espectador, en términos de su vida fuera de la misión a la cual se ha avocado, Mendez se nos presenta como un hombre de familia, separado de su hijo, pero aún así un buen padre.

Tenemos entonces dos historias sobre operaciones de la Compañía; en tanto una solo pretende ser una reconstrucción, y para ello prefiere establecer una distancia entre el espectador y los personajes ―ni Maya ni sus compañeros tienen que gustarnos, solo debemos aceptar que, hombres y mujeres así llevaron a cabo la misión―, la otra nos pone en contacto con las emociones directas de sus protagonistas, ya que, aunque quienes van a la sala de cine saben perfectamente que los seis diplomáticos salieron con vida, el interés se mantendrá siempre y cuando podamos sentir cierta empatía por ellos. Affleck se toma, además, otras libertades creativas con su historia: en los minutos más tensos del final, mientras Mendez y los diplomáticos llevan a cabo el tedioso proceso de pasar los controles, y ser llevados al avión, los miembros de inteligencia de la Guarida Revolucionaria han descubierto ya que el supuesto equipo de filmación canadiense son en  realidad estadounidenses, que se han ocultado en la casa del embajador, y que están por abordar un vuelo para salir del país. Esto se desarrolla en una magnífica secuencia, de esas que consigue mantener la tensión hasta que el avión despega a segundos de ser alcanzado.

En la última entrega de los premios Oscar, Argo ganó en tres categorías: mejor edición, mejor guión adaptado y mejor película. ZDT no consiguió, pese a sus muchas nominaciones, ninguna estatuilla. Tal vez debido al debate abierto sobre si la cinta justificaba o no las torturas realizadas en las prisiones secretas de la CIA, o de si era un filme de tipo propagandístico, basado en información confidencial suministrada por la CIA en plena época de elecciones. Que, además, fuera la primera dama, Michelle Obama, la encargada de anunciar al ganador, habría encendido más aún el asunto. Argo, por supuesto, reavivó los viejos pero inapagables odios del gobierno de Irán hacia los Estado Unidos, mas lo que esa dictadura pueda pensar es totalmente irrelevante.