sábado, 23 de marzo de 2013

Sobre autoficción y cosas innombrables


Nueva novela de Piedad Bonnett. Lo que no tiene nombre. Lector, no reseñaré este nuevo producto ya disponible en el mercado porque no lo he consumido ni pienso hacerlo. Mas encuentro óptimo el momento para hablar, de nuevo, sobre la literatura personal, también llamada autoficción, posiblemente un género tan bueno, cuando se hace bien, como cualquier otro, o el peor, cuando se hace mal. Sin poder presentar cuentas exactas, tengo la impresión de que estos libros están en auge, especialmente en Colombia, donde, al parecer, la imaginación ha muerto, o, al menos, no está ya recibiendo la atención o venia de los editores.

¿Qué hay de malo en estos productos, donde se mezclan una medida de ficción por noventa de realidad? Donde la invención apenas sirve para tapar los puntos ciegos de la memoria. Bien, todo depende de lo que aceptemos como buena literatura. En mi opinión, narrar es lo principal, y cuando este ejercicio se mezcla con el arte, esto es, la expresión de ideas subjetivas sobre realidades objetivas, el narrar tiene una condición de discurso, de vehículo de proposiciones sobre la incontable suma de problemas humanos. De ahí que la literatura ligera sea aquella circunscrita a situaciones de conflicto entre un personaje y su mundo ―ya sea el detective de abrigo y sombrero incapaz de arrestar a la mujer que ama, o el alter ego condenado a la impotencia sexual―, sin dar más luces sobre esos conflictos, impidiendo así que el lector haga otra cosa con el texto, tras leerlo, que enviarlo al estante donde se cubrirá de polvo. No toda novela debe ser un envase de profundas ideas morales capaces de hacer despertar al lector hacia una nueva consciencia espiritual como creen algunos cretinos.

Cuando llega a mí información referente a algún autor entregándose en una novela a contar dolorosos episodios de su vida personal, sé que en el mercado habrá otro libro con relatos intimistas, lágrimas y algún premio literario para un escritor cuya mente se ha quedado corta de nuevas ideas. Cuando del saco gastado de la imaginación no sale ya más material es hora de saquear el fondo siempre bien provisto del recuerdo. En algunos casos, esto termina en relatos de memorias, o en la horrible autoficción. Ambos estilos comparten un ideal: la vida, o pasajes de la vida del escritor, tienen tanta relevancia para la humanidad como cualquier historia clásica. Oh sí: esa tarde inolvidable, cuando ‘Sparky’ ―o como se llamara tu mascota favorita― fue arrollada por un Cadillac fantasma; o ese desafortunado baile de graduación, cuando derramaron sobre ti sangre de cerdo; la primera ruptura con tu novio, tu primer trabajo, la muerte de tu hermana, tu miserable empleo, oh sí, yo, yo, yo, y nosotros, el gran público, harto de zombis y vampiros, tiene toda su atención lista para esas astillas de memoria que no dejan de hacerte cosquillas en tu cerebro.

En Lo que no tiene nombre, Bonnett escribe sobre la vida de su hijo, quien, aquejado de esquizofrenia, se suicida. Uno supondría, como supondrá esta escritora, que todas las historias son dignas de ser contadas si hay alguien dotado de talento para darlas a conocer. Por ende, Bonnett está, no solo en condiciones de contar su propia tragedia familiar, sino de hacerlo, de tal manera, que la historia sea relevante para cualquier posible lector. Bueno, encuentro eso difícil de creer:

Cuando el cuerpo o la mente se ven afectados a nuestra consciencia llega el dolor. Cuando este ha atravesado el umbral de lo insoportable, gritamos; hacer saber a otros de nuestra dolencia es una forma de buscar compasión, y tal vez auxilio. Sin embargo, aunque el doliente busque comprensión, sabe ―o debería saber― que nunca encontrará una empatía total sobre lo que está sintiendo. Nada más estúpido, en este planeta atestado de imbéciles, que la clásica pregunta del periodista aficionado de pie ante la desgracia ajena: “Y cuando su casa se derrumbó bajo la tempestad, ¿usted qué sintió?”, “¿Y qué pensó cuando mataron a su hijo?”; ¿nos importa? Sí, dirán algunos. Cuando la nota haya sido ya presentada, y den cambio a los deportes, las opiniones del agitado futbolista tras el match ocuparán nuestra mente, y el horror vivido por la mujer cuyo marido fue machetado hasta la muerte por paramilitares será parte de un seco recuerdo, no muy distinto al que se tiene un viejo calendario. Bonnett lleva muchos años dedicada al oficio de escribir; esto, aun cuando no se es el mejor, o el más disciplinado, o el más talentoso, deja ciertas enseñanzas valiosas, como el saber contar una historia. Por tanto, Lo que no tiene nombre es, de seguro, un relato comestible, digerible, soportable. Pero sin valor alimenticio.

No es posible asistir a nuestro propio funeral, y opinar con objetividad del cuerpo frío descendiendo al sepulcro. Tampoco es posible un juicio así de un ser querido, de alguien muy cercano, cuya muerte hizo trizas nuestro corazón. Durante la presentación del libro, hace unos días, en el Gimnasio Moderno, junto al también escritor Héctor Abad, Bonnett, mientras hablaba de su libro, tuvo, en un par de ocasiones, que detenerse, golpeada por el llanto. El público debió arrobarse de piedad ante este shock de emoción. El fallecimiento del muchacho ocurrió, según entiendo, en 2011; para cualquiera un golpe así siempre permanecerá fresco sobre el tejido del alma. Y alguien así, ¿podrá construir un buen texto literario? O se entregará a hilar recuerdos con oraciones de hedor poético, algunas citas de filósofos y otros escritores, un par de anotaciones sobre las enfermedades mentales, y varios, innecesarios, epígrafes al principio, los cuales, como todos los epígrafes, no pretenden añadir nada al texto, sino apenas probarnos cuán erudito es el autor. Un ejercicio de mirarse al espejo y hablar de sí, de eso se trata esta clase de textos.

Un buen periodista no debería hacer de su propia vida una noticia. Así mismo, un escritor no debería tratar de convertir en prosa su pasado o presente. Las viejas verdades del corazón ―como decía Faulkner― quedarán empañadas por sus lágrimas, o ridiculizadas por sus risas. Un escritor, cualquiera, debe ser lo suficientemente profesional como escribir sobre aquello a lo cual pueda mirar, no con el horror de una víctima, sino con la frialdad de un juez; de un dios.

Todo el mundo tiene su propia historia, su recuento de cruces cargadas en la espalda, y más de uno, tal vez varios miles, andan por ahí esperando ver su relato publicado. Pero no todos tienen entre sus amistades al director de una gran editorial, así como a media población del mundillo literario nacional. Piedad Bonnett, es cierto, se ha ganado su prestigio ―y la confianza de sus editores― con años de trabajo premiado. Mas, también es cierto, Alfaguara le publicará cualquier cosa que escriba, buena regular o mala.


sábado, 9 de marzo de 2013

El caso Némirovksy


Los géneros van, en ocasiones, más allá de las formas conocidas, de los términos impuestos por los catalogadores, o los clichés reconocidos por los críticos. Los géneros, la verdad, no existen sino como conjuntos de obras con características en común. Cuando, en ocasiones, he hablado a conocidos sobre la ficción de espionaje, suelen estos pensar, casi de manera refleja, en las aventuras de los agentes que saltan en paracaídas, capaces de resolver una crisis internacional disparando una ametralladora. Los más populares escritores del género, por el contrario, son autores de historias donde el suspenso aumenta lentamente, las largas discusiones ―o interrogatorios, en el caso de le Carré― ocupan en lugar de los tiroteos, y el eje de la historia se centra en el “secreto”, el dato oculto, la identidad del topo, y demás.

Una novela de espías, tal vez no considerada como tal por la mayoría de sus lectores, El caso Kurilov, de la ucraniana francesa Irène Némirovsky, me ha permitido ver el alcance de la ficción de espionaje: el relato se centra en Léon M., ex miembro del gobierno soviético, quien había trabajado al servicio de los revolucionarios, así como lo habían hecho sus padres. En 1903 se le encomienda una misión: asesinar al ministro de Instrucción Pública Valerian Kurilov, encargado de la represión al interior de la Rusia zarista. Tras haber pasado toda su vida en Suiza, M. se hace pasar por médico bajo el nombre de Michel Legrand, y pronto entra al servicio del odiado Kurilov. Pese a las múltiples oportunidades que, como su médico, tendría para matarlo, el asunto se dilata, en parte porque el ministro sufre de un cáncer de hígado, y en parte porque los revolucionarios esperan la oportunidad exacta para hacer del asunto un hecho que consiga impactar al Estado.

En esta novela el asunto de la doble vida del infiltrado tiene mucho menos peso que la relación construida entre Legrand y Kurilov. Sin llegar a ser amigos ―M. no deja de sentir por su objetivo un gran desprecio así como el ministro no siente afinidad por nadie―, M. desarrolla cierta comprensión por el hombre y sus dificultades. Así, el mayor logro de esta novela no está en plantearnos las tensiones inherentes a una conspiración, sino en crear a este personaje, Kurilov: hombre de talla grande, pesado, representativo del Estado opresor zarista o de cualquier otro; enfermo, ve su vida desde el ángulo religioso, hallando cierto alivio al comparar su vida con la de un santo, dedicada a la defensa de un sistema y una jerarquía, aunque esta, en su cumbre, esté ocupada por una patética aristocracia a la cual desprecia. Kurilov es el burócrata comprometido: todas sus acciones ―desde la violenta represión sobre los estudiantes, hasta sus intentos de casar a su hija― se justifican con el argumento de ser él el único hombre en el imperio capaz de defender este de la amenaza comunista.

La novela pretende acercarse más a ese gobierno zarista derribado por la Revolución de 1917, en el cual Kurilov representa la peor parte: la represión del gobierno hacia los movimientos sociales. Ni siquiera, explica Léon M. en un capítulo, la represión es capaz de detener a las verdaderas amenazas contra el régimen: él mismo, un asesino infiltrado capaz de acabar con la vida del ministro en tanto reciba la orden, se encuentra totalmente protegido, mientras la guardia del Zar, y la policía secreta, siguen enviando a Siberia a simples maestros, a sus alumnos, por motivos absurdos.