sábado, 9 de marzo de 2013

El caso Némirovksy


Los géneros van, en ocasiones, más allá de las formas conocidas, de los términos impuestos por los catalogadores, o los clichés reconocidos por los críticos. Los géneros, la verdad, no existen sino como conjuntos de obras con características en común. Cuando, en ocasiones, he hablado a conocidos sobre la ficción de espionaje, suelen estos pensar, casi de manera refleja, en las aventuras de los agentes que saltan en paracaídas, capaces de resolver una crisis internacional disparando una ametralladora. Los más populares escritores del género, por el contrario, son autores de historias donde el suspenso aumenta lentamente, las largas discusiones ―o interrogatorios, en el caso de le Carré― ocupan en lugar de los tiroteos, y el eje de la historia se centra en el “secreto”, el dato oculto, la identidad del topo, y demás.

Una novela de espías, tal vez no considerada como tal por la mayoría de sus lectores, El caso Kurilov, de la ucraniana francesa Irène Némirovsky, me ha permitido ver el alcance de la ficción de espionaje: el relato se centra en Léon M., ex miembro del gobierno soviético, quien había trabajado al servicio de los revolucionarios, así como lo habían hecho sus padres. En 1903 se le encomienda una misión: asesinar al ministro de Instrucción Pública Valerian Kurilov, encargado de la represión al interior de la Rusia zarista. Tras haber pasado toda su vida en Suiza, M. se hace pasar por médico bajo el nombre de Michel Legrand, y pronto entra al servicio del odiado Kurilov. Pese a las múltiples oportunidades que, como su médico, tendría para matarlo, el asunto se dilata, en parte porque el ministro sufre de un cáncer de hígado, y en parte porque los revolucionarios esperan la oportunidad exacta para hacer del asunto un hecho que consiga impactar al Estado.

En esta novela el asunto de la doble vida del infiltrado tiene mucho menos peso que la relación construida entre Legrand y Kurilov. Sin llegar a ser amigos ―M. no deja de sentir por su objetivo un gran desprecio así como el ministro no siente afinidad por nadie―, M. desarrolla cierta comprensión por el hombre y sus dificultades. Así, el mayor logro de esta novela no está en plantearnos las tensiones inherentes a una conspiración, sino en crear a este personaje, Kurilov: hombre de talla grande, pesado, representativo del Estado opresor zarista o de cualquier otro; enfermo, ve su vida desde el ángulo religioso, hallando cierto alivio al comparar su vida con la de un santo, dedicada a la defensa de un sistema y una jerarquía, aunque esta, en su cumbre, esté ocupada por una patética aristocracia a la cual desprecia. Kurilov es el burócrata comprometido: todas sus acciones ―desde la violenta represión sobre los estudiantes, hasta sus intentos de casar a su hija― se justifican con el argumento de ser él el único hombre en el imperio capaz de defender este de la amenaza comunista.

La novela pretende acercarse más a ese gobierno zarista derribado por la Revolución de 1917, en el cual Kurilov representa la peor parte: la represión del gobierno hacia los movimientos sociales. Ni siquiera, explica Léon M. en un capítulo, la represión es capaz de detener a las verdaderas amenazas contra el régimen: él mismo, un asesino infiltrado capaz de acabar con la vida del ministro en tanto reciba la orden, se encuentra totalmente protegido, mientras la guardia del Zar, y la policía secreta, siguen enviando a Siberia a simples maestros, a sus alumnos, por motivos absurdos.  

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