miércoles, 24 de abril de 2013

John le Carré no se ha suavizado con la edad


Por Dwight Garner
(Este artículo fue originalmente publicado en el New York Times, el 18 de abril de 2013)
 
 
En una reciente mañana de sábado en febrero, unas dos docenas de perros rastreadores corrían a través de las calles de Saint Buryan, una pequeña aldea en Cornwall, Inglaterra. Tras ellos avanzaban en relativo orden hombres y mujeres sobre caballos de buena crianza, calzando botas, pantalones de montar y abrigos de caza. Mientras la cacería del zorro cabalgaba a través del pueblo, John le Carré, el más prominente escritor de espionaje del siglo XX, sorbía ponche de whiskey de una taza de papel ofrecida por un pub de lugar a jinetes y espectadores.

A sus ochenta y un años, continúa siendo un envidiable ejemplo de humanidad: alto, patricio, bien proporcionado, de complexión rubicunda. Su cabello gris es blando y bien cortado, tanto así que el actor Ralph Fiennes, quien protagonizó en 2005 la adaptación de la novela de le Carré El jardinero fiel, insistió en que le dijera el nombre de su peluquero.

Le Carré no es cazador, pero saludó a quienes conocía y apoyó una defensa de la cacería de zorros, como si fuese un comentarista deportivo ante el hoyo 18 del torneo Masters. Es una antigua faceta de la cultura rural, ha dicho. Es igualitaria en esta área (unas trescientas millas al este sudeste de Londres), no un pasatiempo de las clases altas. Es también bastante inútil: un verdadero zorro rara vez es acorralado. Cuando es así, un búho de presa entrenado se trae para matarlo.

Al pasar el último caballo, le Carré pasa los restos de su ponche y aplasta su taza. Sus cejas, tan erizadas y animadas que parecen listas saltar de su frente para mordisquear los arbustos, se alzan en cuanto voltea hacia mí, con los ojos de un azul encendido, y felizmente declara “Al menos no están cazando al pobre animal con drones”.

Es difícil culpar a le Carré por estar de buen humor. Al entrar en su novena década, se encuentra en medio de lo que difícilmente sería un esplendor final de su carrera, gracias en no poca medida al éxito en la crítica y taquilla del filme de 2011 Tinker Tailor Soldier Spy, basado en su novela de espionaje de la guerra fría del mismo título publicada en 1974. Sutil, sombría e intelectualmente diestra, la película, presentando a Gary Oldman como el venerable jefe de espías del MI6 creado por le Carré, George Smiley, fue nominada para tres premios de la Academia, incluyendo mejor actor para Oldman.

La película consiguió disparar las reediciones. Tinker Tailor Soldier Spy solamente, vendió más de un millón de copias en rústica y ediciones electrónicas el año anterior ―cerca de quinientas mil en el Reino Unido, trescientas cincuenta mil en Norte América y ciento cincuenta mil en Alemania y Francia―. Y reavivó el interés de Hollywood. Philip Seymour Hoffman y Rachel McAdams recientemente terminar de filmar A Most Wanted Man, basada en el thriller de le Carré de 2008 basado en la guerra contra el terror, y que está lista para ser lanzada el año próximo. Ewan McGregor protagonizará la adaptación de la novela de le Carré de 2010, Our Kind of Traitor, acerca de una pareja británica en sus vacaciones, quienes se involucran con un desertor ruso. Y lo que es más, Oldman podría retomar su papel como Smiley cuando la adaptación de Smiley's People, secuela de Tinker Tailor…, se haga.

A le Carré le gusta visitar los sets de filmación ―dos de sus cuatro hijos adultos, Simon y Stephen, son los productores tras varias de sus adaptaciones― pero solo últimamente, y solo para dar ánimos y salpicar un poco lo que él llama "dar su toque de magia". Tras esto deja a los cineastas solos, diciéndoles que lo llamen si es necesario.

En un momento en que una nueva generación está cayendo atraída en su obra, le Carré aún escribe casi en la cúspide de su oficio. Su vigésimo tercera novela, A Delicate Truth, acerca de una supuesta operación contraterrorista en el territorio británico de Gibraltar que empieza a ir bastante mal, estará lista el próximo mes. El libro es una elegante y amarga acusación sobre la "rendición extraordinaria", los excesos de los evangelistas americanos de extrema derecha y la mercantilización de la guerra. Tiene una suave historia de amor diseminada y un final estridente. Le Carré no ha perdido su habilidad de bosquejar, en un renglón o dos, todo un personaje.

Los lectores como yo, generalmente alérgicos a las historias de espías y literatura de género, hemos sido atraídos al material de le Carré debido al ingenio y agudeza con la que consigue insertar su dolorosa comprensión. Sus primeros libros retrataron, como alguna vez dijo sobre sus novelas sobre Smiley, “una suerte de ‘Comédie humaine’ de la Guerra Fría, narrada en términos de espionaje mutuo”.

En algunos pocos de sus libros, la prosa de le Carré se debilita peligrosamente, pero en sus mejores, está entre los grandes escritores actuales. Hay una razón por la cual Philip Roth ha considerado A Perfect Spy, la novela autoficción de le Carré de 1968, “la mejor novela inglesa desde la Guerra”. El Times de Londres lo ubicó en el puesto 22 en una lista con los 50 grandes escritores desde 1945. Sus libros son menos sobre el espionaje que acerca de la fragilidad humana y el deseo; son acerca de cómo, todos nosotros, somos espías de alguna clase.

Sus lectores son numerosos, e influyentes. Cuando le Carré recibió un título honorífico de Oxford el verano pasado, el ícono de la democracia birmana Aung San Suu Kyi estaba ahí para recibir su título también. En su discurso declaró: “Cuando estaba bajo arresto domiciliario, fueron también de ayuda los libros de John le Carré... Estos eran un viaje a un mundo más amplio. No el mundo amplio de otros países, sino el de las ideas y pensamientos”.

El famoso editor Robert Gottlieb, quien trabajó en muchas novelas de le Carré en Alfred A. Knopf durante los 70's y 80's, se rió cuando sostuve que muchos aún lo consideraban un escritor de género. “Es un escritor brillante para quien los espías son un simple tema” dijo Gottlieb. “Llamarlo escritor de espionaje es como llamar a Joseph Conrad un escritor sobre el mar, o a Jane Austen una escritora de comedias familiares”.

“¿Quiénes son esos idiotas que piensan lo contrario?” agregó Gottlieb.

Una de las mejores cosas acerca de las novelas de le Carré es que, desde el principio, están impregnadas del sabor y el lenguaje recóndito del espionaje, un área que tiene su propia jerga como ningún otra. En muchos casos, le Carré mismo ha inventado esa jerga. Términos de sus novelas ―“honey trap” (trampa de miel) por ejemplo, para indicar el uso de sexo para comprometer a un objetivo― han sido adoptados por profesionales. Posiblemente él pueda reclamar “topo” también. Los editores del Oxford English Dictionary, dice, le escribieron una vez, preguntándole si él había inventado la idea emplear esa palabra como sinónimo para un agente enemigo que ha penetrado durante mucho tiempo. Le Carré no estaba seguro. Pero el único uso histórico del término ha resultado bastante ambiguo: aparece en volumen poco conocido de Francis Bacon acerca del rey Enrique VII.

Y sin embargo, la mayor creación de John le Carré es él mismo. Nacido en Poole, un desbaratado pueblo de la costa de Dorset, en 1931, fue el producto de una infancia tan inusual como envidiable ―cuando se es un escritor―. Infancia que lo hizo sospechar de los encantos de cualquier clase, y le dio una ilimitada fascinación con los seres humanos y sus secretos.

Le Carré, como saben la mayoría de sus seguidores, es el hijo de un elegante y famoso estafador inglés. Su padre, Ronnie Cornwell, nacido en la mundana clase media, se convirtió por su propio esfuerzo en un divertido y agraciado hombre capaz de hablarle a cualquiera sobre cualquier tema, y eso hizo. Fue amigo de los gemelos Kray, los notorios y fotogénicos gánsteres londinenses. Fue a prisión por fraude de aseguradora. Siempre, dijo le Carré, tenía una estafa o dos en obras.

“En su tiempo, tuvo un caballo de carreras en Maisons-Lafitte en las afueras de París, y bailarinas, y fue zumbando a Monte Carlo con el ex alcalde de Londres a pasarlo bien en el Hotel de París” dijo le Carré. “Su ascenso social fue extraordinario”. Cuando las cosas fueron mal, recuerda le Carré, “no solo lo buscaba la policía, sino también los chicos malos. Tuvimos que poner los autos tras la casa, mantener las luces apagadas y cosas así”.

A le Carré le gusta citar un pasaje de la autobiografía de de Colin Clark, el hijo del coleccionista de arte Lord Clark, quien escribió cómo era ser tratado por el padre de le Carré: “Era nuestro tío favorito, nuestro doctor de cabecera, Bob Boothby y Papá Noel en uno solo”. Podía, escribió Clark, “arreglar cualquier cosa”, y lo hizo. “Ronnie me invitó a Royal Ascot y me dio algunas buenas cenas. Entonces me mostró un pedazo de propiedad abandonada, la cual no le pertenecía, prometiéndome el doble de mi dinero en tres meses y tomó el lote”.

Más de una vez Le Carré y su hermano se vieron forzados a coger sus cosas y marcharse sin advertencia. Hubo repetidas bancarrotas. En las raras ocasiones cuando su padre estaba presente, exigía total atención. “Cualquiera leyendo un libro, no estaba siendo leal” dijo le Carré.

Cuando tenía cinco años su madre se marchó, y él fue enviado a un internado, permaneciendo entre una institución y otra hasta cuando tuvo 16. (Su padre pagaba por sus estudios, la mayor parte; cuando no podía enviaba bienes del mercado negro, como frutos secos). Le Carré tiene pocos recuerdos de su madre. “Si hubo épocas en las que fui despiadado, y la mayoría de nosotros lo ha sido,” sugirió, pudo ser en parte debido a “ese pedazo de mi vida faltante, el cual fue el amor de mi madre”.

Antes de entrar a Oxford en 1952, pasó muchos años aprendiendo lenguas extranjeras y trabajando en Austria con la sección de inteligencia del ejército británico, interrogando a desertores del bloque oriental. En Oxford, siguió una carrera con honores en lenguas modernas y trabajó en cubierto para el MI5, probando la presencia de agentes soviéticos en grupos de extrema izquierda.

Poco después de unirse de tiempo completo al MI5, le Carré comenzó a escribir a mano su primera novela, Call for the Dead, en cuadernos rojos. Amaba el MI5. “Era como trabajar en un gran periódico. Era gente realmente divertida, no institucionalizada, no demasiado corporativa en sus mentes y muy brillante en sus particulares intereses”.

Para 1960, aún trabajando en su novela, fue transferido hacia el servicio de inteligencia exterior, MI6, para trabajar en Bonn y Hamburgo, y quizá ―él no entra en detalles― pinchando teléfonos, conduciendo agentes, dirigiendo interrogatorios y ejecutando intrusiones autorizadas. MI6 no le hubiera permitido publicar Call for the Dead bajo su propio nombre, David Cornwell. Le preguntó entonces a su primer editor, Victor Gollancz, qué clase de seudónimo podría elegir. “Él recomendó dos monosílabos anglosajones ―algo como Chunk Smith o Hank Brown―” ha escrito le Carré. “Elegí le Carré. Solo Dios sabe por qué o de dónde lo saqué”.

La casa de le Carré, donde ha vivido durante más de 40 años con su segunda esposa, Jane, está en la cima de una colina cerca a Penzance, la cual ofrece la envolvente vista inglesa del Canal. Hay una soledad recorrida por el viento la cual él valora.

La presencia de le Carré ha sido una de “estar y no estar” en el panorama literario británico. No asiste a galas literarias; no compite, ni acepta premios. Cuando estuvo nominado en 2011 al codiciado Premio Man Booker International, entregado a toda una vida de trabajo, solicitó sacar su nombre de la lista. No le gustan las giras de promoción ni las entrevistas ―las cuales considera “hacer ruido de pájaros”―.

Su tercera novela, The Spy Who Came In From the Cold pudo haberle dado el gusto por el retiro. Fue la sensación cuando se publicó en 1963 ―su sencilla y lapidaria brillantez fue un antídoto al caos físico y moral de las novelas de James Bond de Ian Fleming―. El interés por su autor llevó a revelar su nombre un año más tarde, y entonces se vio forzado a abandonar el servicio. Así se encontró luchando con la nueva fama conseguida. “Hice un terrible desastre con mi primer matrimonio”, dijo sobre su primera esposa, Ann, con la que tiene tres hijos. “Era difícil vivir conmigo siendo como soy”. Su enorme éxito también le dificultó conseguir amigos en su nueva profesión. “Era tan anormal. Quiero decir, la mayoría de escritores se esfuerzan. No me he esforzado. No podía ir de repente al PEN Club y comportarme como un ser humano normal, porque muchos de aquellos tipos estaban esforzándose por hacer un par de miles de libras al año”.

Poco después de su divorcio, se casó con Valerie Jane Eustace, una editora de Hodder & Stoughton. (Tienen un hijo, Nicholas, un novelista que escribe bajo el nombre de Nick Harkaway). Tras una temporada empezaron a pasar mucho tiempo en Cornwall.

Su casa y anexos exteriores son imponentes, nada pretenciosos, con un fermentado sentido natural del drama. Es un buen lugar para un ex espía; la clase de lugar donde Harrison Ford, interpretando a un retirado y bondadoso oficial de la CIA, podría establecerse con su familia al inicio de una película de 1990, justo antes de que hombres rana rusos comiencen a emerger del mar. Ciertamente, le Carré ha escrito que un primer borrador de Tinker Tailor Soldier Spy comenzó con esta imagen mental: “un hombre solitario y amargado viviendo un acantilado de Cornish, mirando a un automóvil negro mientras este se desliza por la colina en dirección a él”.

Le Carré continúa obsesionado con su tierra. Es más ágil que otros hombres con veinte años menos, en gran medida porque, cuando termina sus mañanas dedicadas a la escritura, se prepara para realizar arduas marchas. Solo hasta hace poco su esposa le ha hecho acortar estas aventuras. “Ahora camino por el interior en vez de ir correteando a lo largo de los acantilados, ya que ella teme que me caiga” dijo. “La recepción de teléfono móvil es casi inexistente aquí. Si no muero inmediatamente, estaría atrapado por un largo tiempo”.

Cuando llegué a la propiedad de le Carré, tras un viaje tortuoso de diez millas desde Penzance a lo largo de estrechos caminos bordeados por setos, lo primero que hizo fue hacerme un brioso recorrido por el lugar. Su ritmo me dejó deseando haber tenido más entrenamiento en hacer recorridos por el campo.

Más tarde nos sentamos frente al fuego crepitante, cerca a una mesa con copias aún frescas de los matutinos londinenses y la edición más reciente del New York Times Review of Books. Le Carré es un hombre divertido, generoso, obstinado y extraño imitador (hace una excelente personificación de Margaret Thatcher) quien solo raras veces parece fuera de su tiempo. No se siente aún cómodo con las computadoras, pero es hábil con Google. Admite que prácticamente se perdió los años sesenta y que no sabe nada de música rock, aunque disfrutó un poco, entre sus dos matrimonios, con vivo entusiasmo. “¿Ha probado la cocaína?” me preguntó en cierto momento. Cuando asentí, dijo que él había probado, una vez, y esperaba que no me hubiera dado, como le dio a él, una problemática y prolongada erección. Evita casi por completo la televisión, salvo por las noticias y el rugby, aunque ocasionalmente sintoniza “The Daily Show con Jon Stewart”, un programa recomendado por sus hijos adultos. Stewart, observa le Carré”, despliega “un notable nivel de ingenio” y posee una mente que es “elegante, no abusiva”.

Le duele que haya comenzando a perder la audición, así que la televisión y los diálogos en las películas se han vuelto difíciles de comprender. El cine, especialmente, es lo que teme perder. No estaba seguro, al principio, de que Oldman fuera la persona correcta para interpretar a George Smiley, un personaje tan identificado por el público con Alec Guinness, quien interpretó al enigmático espía en dos populares e inolvidables miniseries de la BBC, Tinker Tailor Soldier Spy en 1979, y Smiley People en 1982. Guinness atrapó la constitución corta de Smiley, la cual le Carré describe en Call for the Dead (1961) de esta forma: “Corto, obeso y de apariencia silenciosa, parecía gastar un montón de dinero en pésima ropa, la cual colgaba de su rechoncha figura como la piel de un sapo encogido”.

Cuando se le propuso a le Carré que permitiera filmar de nuevo Tinker Tailor…, se resistió. “No estaba seguro de la necesidad de hacer una película, y pensar en ello me hizo sentir algo desleal hacia Alec”, quien había sido su amigo. Pronto llegó a ver la brillante actuación de Oldman. “Mientras que Alec no tenía una sexualidad identificable del todo ―las pocas veces que debió inclinarse a besar a alguien en la pantalla uno miraba a otra parte― Oldman tiene esta clara sexualidad y autoridad” dijo. “Interpretó su papel como un resorte, esperando a liberarse, a explotar realmente”.

A le Carré le gusta desmenuzar a los actores y sus actuaciones. El viejo espía en él aún busca sacudir a la gente, probar sus fortalezas y vulnerabilidades. Alaba la “inteligencia artística sobre su propio cuerpo” de Philip Seymour Hoffman. Recuerda que se opuso, por razones morales, en darle a Jeremy Irons el papel principal del filme basado en su novela “The Russia House” de 1990 ―el papel fue para Sean Connery―, debido a un incidente en un parque de Londres. “Los agresivos perros de Irons,” dijo le Carré “atacaron a mis perros más pequeños. Él nunca se detuvo a disculparse”. (Irons dice que pudo haber un altercado pero que no recuerda que ningún perro haya sido lastimado).

Antes de la caída del Muro de Berlín, el interés de le Carré por la Guerra Fría casi había terminado. Siguió adelante con novelas como The Little Drummer Girl (1983), situada en Medio Oriente, y The Tailor of Panama (1996), con diferentes temáticas y lugares.

“Tras Tinker Tailor… pensé, debía levantarme de mi silla y ver el mundo” dijo, levantándose para arrojar otro leño al fuego. “Intenté ponerme en riesgo y a sufrir un poco de incomodidad y a tener miedo, lo cual conseguí muy pronto, no soy ningún héroe”. Vio suficientes disparos y otras variedades de peligro como para sentir respeto por los corresponsales de guerra y los periodistas investigativos. “En el siglo XVII, podrían haberlo llamado mística sangrienta”.

Este viejo espía se ha mantenido actualizado de los cambios en el mundo del espionaje. “Es un mundo distinto, multiétnico y asombroso: rostros mestizos, rostros negros, caras blancas, sin apariencia de pertenecer a alguna clase social”. Le Carré, quien enseñó brevemente en Eton, ha sido por mucho tiempo crítico del sistema de clases británico. Desearía reducir el tamaño de la monarquía, o como él dice, ponerla "en una bicicleta". Desearía también abolir el sistema de las escuelas de élite británicas para permitir que los mejores recursos de enseñanza estén abiertos a todos. (Ha hablado de manera elocuente sobre sus experiencias como estudiante en una de estas instituciones, Sherborne: “Chicos que golpean a otros chicos, jefes de casa golpeaban chicos, e incluso los directores descargaban su mano para golpear a los chicos cuando el crimen era considerado como lo suficientemente atroz”.) “Me parece que nuestra obsesión por la clase social es absurda”, me dice ahora, y agrega, sonriendo, “Tengo cierto derecho a esos sentimientos, ya que durante mucho tiempo pretendí ser un caballero”.

Algunos espías retirados aún se le acercan, como discípulos hacia un maestro, para conseguir algo de información. “Me han contado las cosas más extraordinarias bajo la suposición de que aún me dedico a informar” dijo. “Pero desde que dejé el servicio, no he trabajado en ninguna medida en inteligencia”.

Ha emergido, sin embargo, como un abierto crítico de la política exterior estadounidense y británica tras el 11 de Septiembre. Cuando aparece el tema, él suspira y se aferra duramente a los antebrazos de su silla. Le Carré tiene la distinción de estar entre los 43 antagonistas más tempranos de Bush. En enero de 2003, cuando la mayor parte de los periodistas importantes y escritores estaban de acuerdo con la decisión de derrocar a Saddam Hussein, le Carré publicó una crítica en el Times de Londres con el título “Estados Unidos ha enloquecido”.

“Cómo Bush y su junta han triunfado en dirigir la ira de Estados Unidos de bin Laden a Saddam Hussein,” escribió “es una de las grandes conjuras de relaciones públicas de la historia”. Con su familia salió a las calles a protestar. Una década después del “choque y la indignación” aún se frota la frene mientras habla de ello, como si fuera la desagradable muerte de algún familiar. En un estante de su baño, le Carré conserva una figura de cartón de Bush, así puede mirarlo mientras está orinando. (Barack Obama lo ha decepcionado, por, entre otras cosas, no haber cerrado la prisión de Guantánamo).

Cuando le pregunté acerca del más reciente blanco del oprobio liberal, la película Zero Dark Thirty de Kathryn Bigelow estrenada en 2012, acerca de la captura de Osama bin Laden, le Carré se detuvo por un momento, sonrió, hizo otra pausa y dijo “Déjeme intentar organizar mi rabia”. Poco después de su lanzamiento, la película atrajo ataques por parte de comentaristas tanto americanos como británicos, por presentar la tortura como un mal necesario. Las escenas de tortura enfurecieron a le Carré, y él culpa a Bigelow por no describir con precisión suficiente los múltiples tipos de mecanismos de inteligencia tras bambalinas empleados para capturar a bin Laden. “Si el filme es fiel, es una muestra de tal incompetencia que se queda uno sin aire”.

Dos de las tres últimas novelas de le Carré, A Most Wanted Man y su última, A Delicated Truth, han tratado con la guerra global contra el terrorismo, probando los tipos de matices que Bigelow ignoró. Acerca del Islam y Occidente, dijo: “Si hubiéramos gastado una fracción del tiempo que perdimos en la guerra, en tratar de corregir los malentendidos con estas personas, habríamos hecho un mejor trabajo”. En A Delicated Truth, dirige su atención hacia los peligros de asignar labores militares a mercenarios. “Esto sonará como si hablara con ligereza”, me contó le Carré “pero Mussolini decía que la definición de fascismo es cuando no se podía poner siquiera un cigarrillo entre el poder corporativo y el poder político. He visto ha miembros veteranos de nuestro sistema de inteligencia ir fácilmente hacia estas compañías privadas de defensa”. Mantener un ejército correctamente, según él, es una tarea difícil mental, física y moralmente. “Es mucho más fácil si yo llego a usted y le digo, ‘Aquí esta su contrato, quiero que libere Sierra Leona, no me importa a quien lleve con usted y trate de mantener discretamente la matanza’”.

Se ha oscurecido afuera, y le Carré ha tenido suficiente por un día. “¿Le gustaría un poco de champaña?”, me pregunta, saltando de su silla. Ha reducido su vida últimamente a cuatro placeres, los cuales no hace mucho resumía de esta manera: “Escribo, camino, nado y bebo”.

Últimamente, le Carré ha empezado a poner sus asuntos en orden. Ha permitido a Adam Sisman, el autor de la reconocida biografía del historiador Hugh Trevor-Roper, un acceso abierto a sus documentos. Sisman me dijo que ambos, él y le Carré, están dispuestos a que este sea un retrato con todo y defectos. “Él es personalmente tan encantador”, me dijo Sisman, “que me estoy esforzando por conservar esa astilla de hielo en el corazón que Graham Green creía que todo escritor debe tener”.

Cualquier espina de hielo que pueda quedar en el corazón de le Carré parece estarse derritiendo. Él y su viejo enemigo, Salman Rushdie, sellaron el año pasado una brecha de quince años, la cual se abrió en 1997 con la novela de Rushdie Los versos satánicos. Le Carré se opuso a la publicación en rústica del libro, afirmando que estaba “más preocupado por la chica de Penguin Books que podría perder las manos en una explosión abriendo el correo que por las regalías de Rushdie”.

Incluso hizo un pacto con su familia. “Tienen orden estricta de decirme si no creen que estoy escribiendo bien, ya que en este punto podría escribir todo un directorio telefónico y conseguir dinero por ello”.

La mañana siguiente, dijo, estará de vuelta a su escritorio, donde trabaja siete días a la semana. Comenzará otra novela, aunque todo lo que puede decir sobre ella es que estará vagamente basada en un relato de Joseph Conrad, uno al que quisiera pasar a los términos del espionaje. Me ha contado que sigue el mensaje que sus hijos han puesto en un poste que cuelga de su oficina: "Keep Calm and le Carré On" (Mantén la calma y sigue a lo le Carré".

 
El artículo original, disponible en la web del New York Times, aquí.
 

 

sábado, 13 de abril de 2013

Cosmópolis

Una de las estructuras más usadas dentro de la ficción para contar una historia es el viaje del héroe. Es un tema eterno: el recorrido y el enfrentamiento, y, con ello, el autodescubrimiento. Esta estructura reencarna en toda clase de géneros, y en diversas formas de narrativa: desde los cuentos tradicionales, hasta los últimos filmes de ciencia ficción, así como la novela contemporánea. Don Delillo (Nueva York, 1936) plantea de nuevo a este héroe, no como el individuo enfrentado al reto decisivo de su vida, sino el que ha perdido la necesidad de vivir, y la busca durante un recorrido a través de Manhattan.

Eric Packer es un multimillonario atractivo e increíblemente joven. No ha cumplido los treinta años y su fortuna puede pagarle cualquier cosa que desee. Una mañana Eric decide hacerse un corte de pelo; pese a las miles de peluquerías en la ciudad, Eric solo desea ir a una, donde el encargado es un viejo amigo de de su padre. No será fácil atravesar Manhattan en una limosina, menos cuando el presidente de la nación está de visita en la ciudad. El viaje se extiende durante todo el día hasta tarde en la noche. Eric es visitado en su vehículo por su jefe de seguridad informática, su médico, su esposa y otros de sus empleados.

Delillo no pretende contar una historia ordinaria como lo haría un periodista: el viaje atravesando Manhattan solo sirve como excusa a la observación filosófica de diversos fenómenos cosmológicos: la muerte, el sexo, el dinero ―la realidad economía trasformada en un ser vivo―, el espacio-tiempo. Resulta fascinante la contemporaneidad de esta novela, publicada en 2003, y cuyos hechos se desarrollan un día de abril del 2000. En la ciudad más avanzada de los Estados Unidos, sin, aún, la presencia ominosa de los ataques terroristas ―ni la guerra contra el terror posterior, fantasma de la novela norteamericana tras el 11 de Septiembre―, todo parece haberse estar hecho; estamos en el punto más alto de nuestra civilización. La falta de un motor o una necesidad para seguir adelante con la vida es el tema principal de esta novela; Eric no solo ha alcanzado el “sueño americano”, sino que lo ha rebasado; aún joven, es dueño de un edificio propio y una empresa cuyos negocios se extienden por todo el planeta. Está casado con la mujer que deseó pero a quien ya no desea ―y cuyo matrimonio cuya connotación de interés comercial es bien clara y aceptada―, y que se desahoga físicamente con el sexo que no se le dificulta en conseguir. El viaje le da espacio para reflexionar, y un narrador en tercera persona nos entrega estos enrevesados pensamientos:

Miró más allá de Chin, hacia el fluir de números que corría(sic) en direcciones opuestas. Entendió cuánto significaba para él todo ese desglose pasajero de datos en una pantalla. Estudió los diagramas y figuras que ponían en juego patrones orgánicos, alas de ave, la cámara en un abanico de concha de molusco. Era un pensamiento superficial sostener que los números y los gráficos equivalían a la fría comprensión de las energías humanas levantísticas, toda clase de ansia y de sudor nocturno reducido a lúcidas unidades en los mercados financieros. (p. 38)

Este es el ritmo impreso en toda la superficie de la novela: la hipersensibilidad de Eric en el espacio que lo rodea. Otras novelas con un tema similar asumen la visión trascendental como parte de un trip de ácidos o una revisión del mundo tras el trauma de la muerte o la revolución interna. Delillo plantea a un personaje más interesante: Eric puede verse como el hombre común del mundo de Wall Street; el homo financierus alcanzando una mañana el estado de nirvana. Su propósito en la vida está completo, y solo le queda caminar hacia su muerte.

En 2012 David Cronemberg llevó al cine ―una apuesta arriesgada― esta novela. Los diálogos con los personajes que visitan el palanquín moderno de este emperador contemporáneo consiguen recuperar parte del sabor de la obra escrita; sin embargo, la elección de Robert Pattison como protagonista le resta credibilidad a la historia. El héroe de las sagas Crepúsculo tiene tanta expresividad como un maniquí de Saks. Además de la dificultad que entraña poner en cinemática una novela tan espiritual, capaz de rebasar los lugares comunes del viaje interior, para conectarlos a las preocupaciones de los mortales de hoy día.

Cosmópolis, Seix Barral 2003, traducción de Miguel Martínez-Lage

jueves, 11 de abril de 2013

Sobre filósofos contemporáneos


No sé si así fue en tiempos de Platón o Séneca, pero hoy día resulta complejo ver el papel de la filosofía; al menos fuera del aula de clases. Los egresados de este campo afrontan el riesgo de agregarse a la población cesante si no encuentran plaza en la academia. Y, quienes esto consiguen, terminarán formando a otros filósofos, en un loop sin fin.

La antigua filosofía se fue desarmando en las actuales ciencias, y, en el presente, encuentra pocos temas no tratados aún por otras ramas de las humanidades o las artes. El filósofo, entonces, suele ser alguien entendido en la historia de la filosofía, y las menos veces un intelectual dispuesto a aportar un análisis profundo de las problemáticas y fenómenos del presente.

Pero, por fortuna, los hay. Tal vez hoy día ―puedo estarme equivocando― uno de los principales, si no el principal, exponente de lo que me permitiré llamar “la nueva filosofía” es Slavoj Žižek, el filósofo marxista esloveno, mayormente conocido como crítico cultural. Desde su perspectiva neomarxista, Žižek estudia, y explica, diversos asuntos socioculturales, en términos, lo suficientemente claros, como para llegar a la mayoría de una población desinteresada en el discurso en extremo abstracto y sin objeto, propio de la mayoría de autores de filosofía, desde el siglo XIX. Esta nueva filosofía, más dada a explicar los hechos y percepciones en la realidad cotidiana, conectando materias usualmente desconectadas, ofrece un discurso más interesante y directo, que el nudo de cables ofrecido por pensadores sobrevalorados como Martin Heidegger o Jacques Derrida.

No es el único, claro; sin embargo, ocurre que, filósofos así ―en este mundo donde la celebridad venida a más del reality show ocupa las primeras páginas y titulares más comentados de las páginas web― son motivo de interés de aquellos incapaces de limitarse al ver correr la realidad con la indiferencia del guardia ante el monitor de vigilancia cuya cámara apunta a un estacionamiento vacío. Otro pensador dispuesto a aportar una mirada crítica sobre el mundo actual es Michel Onfray.

Onfray es otro de esos autores en filosofía quienes han dejado el encierro cómodo del campus académico para ejercer su función de pensador social en dirección a las masas. Debates, entrevistas, documentales, y la que es, en mi opinión, una de sus obras más valiosas, la Universidad Popular de Caen; una institución gratuita y abierta la cual no recibe dineros del gobierno y cuyo objetivo es la enseñanza de la filosofía. En Francia no es, a diferencia de lo que enfrentamos aquí en el Nuevo Mundo, una rareza la enseñanza abierta; no obstante, nunca sobra. Es este interés en dirigir el discurso y el conocimiento filosófico a las masas, en mi opinión, el verdadero ethos de la filosofía: generar pensamiento, abrir las mentes al debate y el razonamiento crítico de los hechos y conjuntos abstractos a los cuales nos vemos sometidos.

Tuve el placer de leer por estos días La filosofía feroz; conjunto de textos anarquistas de Onfray publicados en 2004. Aunque en algunos de sus escritos aquí presentes cae en simplificaciones cuestionables, resulta refrescante el estilo directo, sin rodeos ni neologismos sociológicos, con el cual Onfray ataca a sus enemigos convencionales: la religión, el liberalismo (económico), la política exterior de los Estados Unidos y la derecha francesa. Estos artículos no escapan al espíritu de la época: el post 9-11 que disparó todas las doctrinas del miedo y ensanchó el sisma Oriente-Occidente por medio de la lectura simplificadora de los medios. No se olvida tampoco de recordarnos que la base de la caridad religiosa basada en el monoteísmo depende más del miedo a un ser superior y sus castigos en el más allá que la verdadera compasión; la pena de muerte, los programas sociales del gobierno, y más temas.

El producto del saber y del análisis de la filosofía no puede limitarse a formar ensayos académicos dirigidos a las revistas indexadas; tarea actual de muchos graduados en filosofía, profesores de universidad y colegio, sin otro deseo que añadir publicaciones a su currículo a fin de aumentar su salario. No pretendo que la producción escrita filosófica se derrumbe hacia el panfleto politizado, plagado de generalizaciones y sentencias desgastadas, mas el otro extremo, el artículo enrevesado por los neologismos y los extranjerismos, las citas de autores clásicos y contemporáneos que no aportan nada, y los temas rebuscados, consiguen espantar al lector promedio, para quien la filosofía contemporánea no parece distinta a un conjunto de fórmulas presentadas por el físico o el químico para sustentar su descubrimiento.

Aunque este es tema de un escrito más extenso, considero que uno de los peores errores de las ciencias humanas hoy día es intentar ―infructuosamente, para decirlo de una vez― ganarse el respeto de las masas y la academia imitando la complejidad inherente a las ciencias exactas. Esto es imposible.

De acuerdo o en desacuerdo, Onfray me parece un buen ejemplo a seguir.  

lunes, 8 de abril de 2013

Memorias de un periodista


Soy, lo saben, poco amigo, si acaso no reacio, hacia la autoficción; mi interés en las biografías es poco, y casi nulo en las autobiografías. No obstante, las memorias pueden ser un material grato de lectura, amén de un depósito de observaciones interesantes. Distinto al ejercicio histórico, archivístico, de las biografías, apilando hechos sobre hechos, entre fechas y datos, las memorias buscan los picos relevantes del pasado, y pasan el análisis del autor con el criterio formado tras el paso del tiempo.

Como muchos, conocí a Christopher Hitchens por sus numerosos debates disponibles en YouTube. La mayor parte de estos dedicado a la defensa del ateísmo. A diferencia de otro ateo famoso, Richard Dawkins, Hitchens no era un científico, sino un periodista. Esto, tal vez, fue la causa por la cual Hitchens fue un polemista tan feroz. En la portada de su libro de memorias Hitch 22 ―Debate, 2011―, es visible la cita de Dawkins: “Si te invitan a un debate con Christopher Hitchens, no vayas”.

Hitch, como lo llamaban sus amigos ―detestaba ser llamado “Chris”―, nació en 1949 en Inglaterra, hijo de un oficial de la Armada. Su vida terminaría como nacionalizado estadounidense en 2011, tras ganar fama como enemigo de las religiones monoteístas, de la derecha ultraconservadora, de la “extrema izquierda”, del ex presidente Clinton ―y esposa―, así como de los cómicos y petulantes creacionistas.

Su ateísmo comprometido no se refleja en sus memorias; brilla lejano como una ciudad vecina, pero poco interesante, y deja ver su verdadera pasión: los viajes, el periodismo, y el trabajo intelectual. Con Orwell, Jefferson y Thomas Paine como santos patrones, Hitchens estudió filosofía y ciencias políticas en Cambridge y Oxford. Se enganchó en la causa socialista y participó en manifestaciones y protestas, recibiendo macanazos y prisión. Viajó por Cuba y Europa del Este, desencantándose en cada parada del discurso comunista, en vez de caer, como algunos pelmazos, en el lado opuesto de los ideales. Por el contrario, Hitchens desarrolló una mentalidad crítica, virtud de un auténtico intelectual, con la que consiguió ver errores y logros, sin dejarse enceguecer por banderas y eslóganes.

En Hitch 22 no solo hace cuenta de sus viajes; abre un capítulo especial para su amigos más cercanos: el poeta y crítico James Fenton ―a quien le dedica el libro―, Martin Amis, Salman Rushdie y, a pesar de las discusiones y diferencias, Edward Said. Hitchens ocupa otro capítulo a analizar el conflicto palestino israelí, no solo desde la perspectiva del periodista informado del asunto sino del intelectual de ancestros judíos, opuesto al sionismo, y con amigos en ambos lados del conflicto.

Hitchens, a diferencia de algunos otros pensadores, no pasó sus días encerrado entre bibliotecas o pontificando desde el atrio de una gran universidad. Recorrió el mundo y estrechó manos, amigas y enemigas, desde el dictador Videla hasta Chavez, líderes de la derecha estadounidense, comandantes de la resistencia kurda en Irak, autores de la talla de Noam Chomsky y Susan Sontag ―amigos cercanos―, Ian McEwan, Saul Bellow, Borges ­―cuya enorme admiración deja ver en algunos párrafos.  

Estas memorias no deberían ser solo un buen ejemplo a seguir para los que se plantean el reto de dedicarse al trabajo intelectual, sino también a los periodistas: en esta era, en que las facultades producen “comunicadores”, sin más capacidad en su oficio que para copiar y pegar los reportes de las agencias de noticias, bien valdría la pena ver el trabajo de este autor, capaz de separar sus ideas políticas del estricto trabajo periodístico, siempre consciente de la importancia de este. Para Hitchens ―y así lo señala en sus memorias― el periodismo no es una carrera, sino una pasión; un oficio que demanda tiempo, olfato e interés por rastrear hasta los mínimos detalles de una historia.

Si resulta algo incómoda es su defensa de la guerra de Irak y de la camarilla neoconservadora tras la absurda invasión. Pese a su enorme desprecio por Reagan ―cuyo gobierno contó con el mismo equipo de neoconservadores que George W. Bush: Paul Wolfowitz,  Donald Rumsfeld, William Kristol―, Hitchens se convirtió en el único intelectual de la izquierda para quien la invasión de Irak estaba completamente justificada. Incluso un hecho como la inexistencia de las armas de destrucción masiva es apenas un hecho paralelo a la importante tarea que, para Hitch, era acabar con Sadam Hussein.
 
Tengo una imagen de Christopher Hitchens en mi mente: la de sus mejores debates, corpulento, sonrosado y corpulento, dispuesto a liquidar a cualquiera que se mostrara demasiado atrevido en su contra durante un debate. Su estado fue degenerando rápidamente a causa del tratamiento contra el cáncer. Este hombre tenía más de sesenta años, y su carrera de trotamundos se desarrolló durante cuatro décadas, cubriendo aquella parte del historia en que el mundo pareció correr más rápido. Una clase de periodista que hoy día parece, salvo por algunos casos contados, haber desaparecido.

sábado, 6 de abril de 2013

El factor Coelho


Sé por qué escribo: es placentero. No es, debo aclarar, la clase de placer emocional o físico provisto por la interacción humana, alimentos o bebidas. El deleite de escribir parte de la satisfacción de expresarme libremente, a través de una historia, o de un simple ensayo para este blog. Sé también por qué leo: me divierte.  No recuerdo otra razón por la cual me haya entregado a leer algunas de las novelas de Jules Verne, Las minas del rey Salomón de H. Rider Haggard, así como cualquiera de la treintena de novelas de espías que he leído. Siendo esta mi formación, entenderá el lector por qué el acto de leer es, para mí, algo directamente vinculado con un deleite, un gozo intelectual, y una acción asociada con el tiempo libre. No debo olvidar ―si es que el lector está pensando en recordármelo― la asociación entre lectura y conocimiento, formación, así como información. Leer es una de las formas más sencillas de acceder a sistemas completos de ideas y datos. Desde el aprendizaje de una receta de cocina, hasta la adopción de una religión, la lectura nos conecta con conceptos individuales y generales. Tan amplio arco de posibilidades da la lectura, que no comprendo por qué, algunos, desean ver limitada su utilidad.

Tal vez para los fanáticos religiosos, leer sea algo que deba limitarse a los textos sacros. Sea la Biblia o el Corán. Y, aunque parecen lejanos los tiempos flaubertianos en que la lectura de novelas era vista como oficio de señoritas desocupadas, aún persiste, en algunas mentes estrechas, un matrimonio conceptual entre lectura y aprendizaje de conocimientos útiles, o, lo que es lo mismo, la lectura como un aprovechamiento del tiempo, y no un simple pasatiempo. Esto, mucho me temo, es la causa tras la deserción de lectores; esas personas con quienes nos topamos por ahí, que aseguran no tener tiempo para leer más que material afín a su oficio. Y esto cuando la excusa para evitar los libros no es el agotamiento físico, asociado libremente a un cansancio intelectual. Se trabaja ocho horas al día en un empleo mecánico, y cuando se llega a casa, piensan que la cabeza solo soportará las simplificadas proposiciones de la televisión.

Se insta a los niños a leer; se gastan los gobiernos ―juiciosamente; no diré lo contrario― millones en programas de lectura; incluyendo publicidad en televisión, invitando a apagar el aparato y abrir un libro. Por supuesto, a los niños no se les dificultará acercarse a la lectura cuando ven a sus mayores haciendo lo mismo, y, por tanto, no le será fácil a un padre o madre forzar a sus vástagos a leer en silencio en su cuarto cuando ellos mismos pasan varias horas al día con los ojos clavados en la pantalla.

Leer, por suerte, se sigue vendiendo a los pequeños como un placer y una fuente de entretenimiento. Las puertas a un mundo de aventuras o conocimientos. Por qué entonces, pregunto yo y he venido preguntándome desde hace un par de años, ¿por qué esa condición del texto como algo más que una fuente de erudición se va perdiendo con la edad? Me planteé por un tiempo la siguiente hipótesis: si de niños ver televisión equivalía a divertirnos con dibujos animados, películas infantiles, juegos y programas concurso, así como algunos seriados de misterio y acción, y, en la edad adulta, o el proceso llamado por algunos “maduración” ―y las comillas son del todo intencionales― ver televisión implicaba atender noticieros, doctas discusiones, debates, documentales y programas de índole ilustrativa, nada raro tendría si, por sencilla lógica, las personas al “madurar” decidieran que el leer deba ser algo cada vez más serio, o en otras palabras, menos entretenido. Leer las historias de piratas de Emilio Salgari  estaría bien, y sería además recompensado con halagos del tipo “qué niño tan juicioso”, para alguien menor de catorce años, pero nunca mayor de dieciséis. Para esa edad, y al alcanzar la joven adultez, serían de esperar en un lector digno, obras de política, historia, pensamiento en general, y por qué no, temas religiosos, morales, o espirituales. ¡Ajá! Aquí es, queridos lectores, cuando nos topamos con aquello que he decidido llamar el “factor Coelho”.

Todos conocemos bien a don Paulo Coelho: multimillonario autor de unos veinticinco títulos, cada uno un súper ventas. Adorado por sus seguidores, respetado por los editores, poco apreciado por la crítica y detestado por intelectuales y “lectores serios” en general. Su popularidad es casi signo de su estatus: siguiendo la convención aquella de que tantos millones de lectores no pueden estar equivocados, y que, para vender tanto, algo bueno y nutritivo debe residir en el corazón de sus relatos, sus seguidores, tanto los más como los menos apasionados, defienden un catálogo de obras tipificada por algunos como literatura barata, o la más punitiva etiqueta de “libros de autoayuda”.

Coelho no me interesa por la forma de sus libros; menos si estos son grandes narraciones o apenas cuentos de prosa fácil almibarada con frases positivas tomadas por algunos como sabiduría. Lo importante, para el caso paso a tratar, es la importancia dada por los lectores a ese valor agregado en los relatos del autor brasilero. Resulta innegable el sesgo seudofilosófico en la obra de Coelho, razón misma no solo para atraer a tantos millones de lectores sino para venderle, a la mayoría de estos, la idea de un conocimiento superior, o un aprendizaje moral y espiritual, a partir de la lectura de El Alquimista o el Peregrino de Compostela o cualquier otra de sus novelas.

Las críticas hacia el autor de Verónika decide morir son múltiples; desde consumidores ocasionales de literatura para quienes Coelho es solo una máquina de hacer billetes, hasta escritores como Héctor Abad con su famoso texto “Por qué es tan malo Paulo Coelho” en el cual Abad describe con algunos ejemplos la mediocridad narrativa ―o la simplicidad mecánica― de Coelho, y ejemplifica sus pretensiones de enseñanza espiritual:
 

El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro. Les copio algunos ejemplos: “Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla”; “La vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal”; “Todo es una sola cosa”; “Existe un lenguaje que va más allá de las palabras”; “Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir: sólo hay que leer lo que Él escribió para ti”; “Cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas”.


Mas, para efectos de este ensayo, me interesa menos las apreciaciones, bastante acertadas, del autor antioqueño, que las réplicas a su artículo en la misma revista El Malpensante. Algunos respaldan la postura de Abad, mientras otros ―quienes se ponen en evidencia como fanáticos del brasilero― se mostraron ofendidos: “Creo que el que hizo este artículo es imbécil” dice “efe pe” ―o así firma, al menos―; otra, esta sí con nombre ―Jessica González― replicó: "Buena Critica Hector. Pero sabe? También sus palabras pueden enredar a mucha gente! Ignorante como ud la llama. Yo simplemente creo que la literatura como muchas cosas se basa en gustos propios. (...) No tengo ni idea de quien es ud, jamás lo había oído y si, conozco las obras de Coelho y su estilo literario, sé de que habla y estoy informada sobre la vida de este excelente autor. Ud destruye pero no critica, tenga cuidado, no se vuelva ignorante como el resto de la masa".”. El resto de comentarios en contra se pueden sintetizar en el muy mentado principio de que cualquier lectura popular es mejor a la ausencia total de lecturas.

Si tanta gente parece atraída el componente mágico o espiritual, o como quieran llamarlo, pasando por encima las tramas ―simples al parecer― de Coelho, asumiría yo que hay un interés de los lectores por adquirir un conocimiento de tipo más trascendental en sus vidas que el pasar un rato agradable entretenidos con los giros de un relato. Nunca, hasta ahora, me he topado con reseñas o análisis alabando el estilo o técnicas narrativas de este autor. A la mayoría de sus lectores, según parece, les basta con el aparente misticismo alrededor del millonario escritor. Tal vez, por eso mismo, sus libros se alineen en las cajas de las grandes superficies, junto a los éxitos de venta de estrategias corporativas, libros de cocina saludable, y Padre rico, padre pobre de Robert Kiyosaki.

De nuevo, repito, este ensayo no apunta a criticar al escritor Paulo Coelho; muchos otros autores pretenden vestir el manto de “escritores serios” cuando sus novelas persiguen, sin alcanzarlo, la senda marcada por el autor de El Zahir. Mi preocupación viene a enfocarse en este valor espiritualista anexado a la narrativa, como atractivo principal para asegurar la venta, por millones, de uno o varios títulos.  

Ahora debo pasar a un asunto mucho más personal, aunque no distanciado, del tema presente. Tiempo atrás, empecé la preparación de una novela como proyecto de grado. Uno de los profesores encargados de evaluar mi trabajo me preguntó cuál era el propósito de mi novela. Entretener, dije, con la inmediatez propia de quien habla de calmar su sed cuando se le ha preguntado la razón para beberse una soda fría. El profesor guardó silencio unos segundos y replicó “Ese no puede ser el propósito de una novela seria”. Aquello no se quedó ahí; pronto escaló hasta convertirse en un tema de debate entre los evaluadores de mi proyecto y yo: partir, según ellos, del simple ―simplista― propósito de divertir a un lector con un texto, era cosa propia de las novelas de género, de la literatura barata, del súper ventas. Al parecer, la “gran literatura” debe apuntar a algo más; estoy, parcialmente, de acuerdo.

Paso, primero a explicar mi acuerdo:

Ningún escritor está desconectado del mundo real. La imagen postal del autor encerrado entre corcho, lejos del mundo, en la “torre de marfil” ―grotesca sentencia escuchada tantas veces­―, es tan falsa como el Divino Niño. Sí, el escritor prefiere el silencio y la soledad para trabajar; tanto, es obvio, como el científico, el traductor, el arquitecto o el artesano. En silencio, o apenas algo de música, eso sí, sin interrupciones; cualquier oficio individual, más cuando se quiere hacer a cabalidad, requiere concentración, y esta es difícil de conseguir entre el tumulto. No por ello debemos ignorar en algunos casos la preferencia de algunos escritores por trabajar en sitios públicos: Joanne Rowling escribiendo en un café de Edimburgo los primeros borradores de la saga Harry Potter, o Cortázar ―descrito por G. G. Márquez― entrando y saliendo cada tarde de un café de París con sus cuadernos de estudiante y su pluma fuente. Pero sea en una plaza abierta, o en la soledad del encierro, si de algo no está desconectado el artista de las palabras, es del mundo donde tuvo la suerte o desgracia de nacer. Incontables novelistas, cuentistas y poetas, han compartido su labor creadora con la participación en el debate público, la política, o la lucha contra el despotismo. Quedan en la minoría, para mí, los autores borgianos: los escritores alimentados por sus bibliotecas, quienes consideraron innecesario ver el mundo tras su puerta para contar sus historias. Una minoría. Para escribir, además, un autor, cualquiera, se alimenta, tanto de las obras clásicas, y contemporáneas, como de la información circulando a su alrededor diariamente: el texto científico, el tabloide amarillista, la entrevista al político de turno y los seriados televisivos; el Zeitgeist enriquece su percepción de mundo, y esto termina por verse en los textos. Cuando pasan los años, y la práctica de la escritura pasa a ser una labor constante, el narrador y el poeta ―más el primero que el segundo en mi opinión― van encontrando un tema o temas centrales, a los cuales sus relatos servirán de metáfora. Ahí podemos ver una forma de literatura comprometida: el escritor expresando la síntesis de todas las voces una vez ha pasado la agitación emocional del hecho.

Sin embargo, asumir que las producciones literarias no tienen otro objeto sino el conseguir alguna forma de comunicar una enseñanza, moral, ideológica o fáctica, es algo con lo cual no puedo estar de acuerdo. Afirmar lo opuesto, negar el contenido discursivo presente en la narrativa, es, también, un total absurdo. Como en muchos otros campos de las ciencias humanas, en el arte es mejor creer en la variabilidad subjetiva que en la consciencia colectiva unificada hacia un propósito. Cuánto y qué se quiere o se necesita expresar depende de la cosmovisión del autor, nunca en el cumplimiento de un patrón o una tendencia generalizada. ¿Y si no quiere decir nada? El silencio del autor tras las letras es tan válido como un mensaje explícito.

Esa falta de un trasfondo más complejo que el conjunto de situaciones expuestas en un texto es evidente en obras de venta masiva como son las novelas románticas, las sagas de aventuras, historietas de vampiros o incluso los pesados tomos escritos por Dan Brown ―si alguien lo recuerda―. La distinción está clara desde hace muchos años, entre una literatura “barata”, ficción de género, y una literatura “seria”, todo lo demás. Tal identificación no es así de simple; funciona, sí, como una pista para entender el intrincado asunto de la narrativa de calidad en oposición a una narrativa fácil. Se desprende de este argumento el plantearse que tales novelas genéricas están compuestas a partir de esquemas preconcebidos, héroes de cartón perfilados según el ideal de la época, personajes de soporte y finales predecibles. Por desgracia los ataques hacia estas narrativas suelen venir, en su mayoría, por lectores para los cuales, dedicar algún tiempo a lee esta literatura barata, sería un desperdicio. En otras palabras, la mayoría de críticos no leen los materiales a los cuales demuestran su repudio. Es normal; en una sociedad cada vez más competitiva, para estar acorde al movimiento de la cultura queda poco tiempo para los productos de segunda línea, siendo impostergable el acceso a materiales mejor calificados.

Según lo anterior, así como, de una manera fácil, distinguimos dos tipos de lectura, distingamos también dos tipos de lector. Suena redundante, pero es importante: las narrativas, seria (A) y barata (B), serían puestas en el mercado para lectores A o B. Esto podría ser así para un comercializador de libros en, por ejemplo, un gran mercado como los Estados Unidos. Los estadounidenses siempre han tenido un alto consumo de material escrito ―aunque es evidente que sus índices son inferiores a los europeos―: novelas pulp de crímenes, en revistas y libros, más tarde ficción de género, en cuyos estantes el lector inagotable escogerá a un autor favorito, y finalmente los textos de ficción coyuntural o autores de moda. Independientes a estos aparecen los lectores de traducciones, los conocedores de premios Nobel, premios Man Booker Prize, Goncourt, Cervantes y demás galardones trasformados en etiquetas platinadas en las portadas. Aparece, sin embargo, un tercer género (C) de lectores de clásicos, bien sean estos otrora ficción deleznable a la crítica de ceja alzada, o novelas inmortales con algunos siglos en la espalda.

Un librero ―lector, ahora no es momento de acordarte del desplome de la venta de impresos en EUA―, tiene sus estantes dispuestos para A, B, C de la siguiente manera: A, ocupa la parte trasera y su cantidad de material en bodega es de 50 ejemplares por libro en el estante. B, está en la parte delantera, ocupa la mayor parte de la mesa de “Novedades” y algunos de sus títulos están acompañados por grandes reproducciones de sus portadas impresas en cartón; tal vez incluso haya formada toda una pila de unidades de un mismo título, y la cantidad de material en bodega superará las 150 copias por volumen exhibido. C, queda en el medio, repartido por países o épocas; hay no más de 30 unidades por producto en el estante. Estas cantidades variarán, y hay, quién lo niega, libros, y lectores, fuera de esta clasificación; mas asumo que no estoy tan errado con las proporciones expresadas.

Lo anterior es posible únicamente cuando se tiene un número considerable de lectores; no porque sean muchos, sino porque regresan. Ir a la librería no es asunto que queda en el recuerdo porque solo se hizo un par de veces, durante el colegio o la universidad, o tal vez esa tarde en que tu amiga cumplía años, y sabiéndola lectora ocasional decidiste que no hay mejor regalo que un bono para libros. Los lectores compulsivos, por otra parte, componen una población educada y con disponibilidad de recursos económicos, no solo para adquirir títulos cada que agotan los ya comprados, sino para arriesgarse por títulos y autores desconocidos. Ahora, identifiquemos como D una parte de la población compradora está dispuesta a pagar por un autor cuyo nombre no ha escuchado, y un título del que no tiene la menor referencia, pero de interesante sinopsis.

Aquí le pido al lector un poco de paciencia ante mi deber de abrir otro paréntesis y explicar algo: cuando no se tiene ese número apreciable de lectores, y la compra de libros se convierte en un hecho muy casual, la mayoría de la población lectora pasa a ocupar una quinta categoría: E. Su interés por un libro depende, siempre, de la necesidad que tengan de este. No obstante, para el librero o editor, esta categoría tiene un gran problema: no es visible. La razón por la cual el lector E se acerca al libro puede ser el mismo propósito de A, B, C o D y confundirse con estos. Para marcarlo de alguna manera, lo identificaremos como Ae, Be, Ce, De. En un mercado como el colombiano E sería mayoría, y solo dependiendo de incontables factores, ser un Ea, Eb, Ec o Ed.

Y, por qué, si comencé hablando de las razones para escribir, ¿le doy tanta importancia a este tema de los mercados?: la compra de libros ―y esto será evidente incluso para el menos entendido― se desprende del interés despertado por estos; o, en otros términos, en su utilidad. Aquí nos topamos con una palabra clave. ¿Qué “servicio” nos presta ese libro? Roberto Bolaño, en entrevista con Cristián Warnken, decía comprar libros, ya menos por el deseo de leerlos ―razonable acción posterior a la adquisición― sino por el capricho de tenerlos; argumento básico de los coleccionistas de cualquier índole. Fuera de esta minoría, interesada más en abarrotar sus bibliotecas con cuanto caiga en sus manos, la relación entre lector y libro está en el propósito, y esto se encuentra entre las páginas.

Volvamos a nuestros cuatro tipos de lector y sus lecturas: los libros de A son producto de los autores reconocidos por el establecimiento, los que viajan a los festivales importantes, los reseñados por la prensa especializad en literatura y cuyas reseñas van más allá de un argumento con tres etapas, a tratar diversos temas de la condición humana ―o al menos eso pretenden algunos―. Para sus lectores, es cuestión del tratamiento más refinado de la narrativa. En el tipo B es asuntos es puramente entretenimiento; ningún complejo análisis resistirán esas historias, así que sus lectores no las intentarán. Una novela, o una serie de estas ―salvo algunos casos, los últimos grandes hitos de la narrativa de súper ventas vienen en varios tomos― alcanza los titulares, la lista de los mejor vendidos, y algunos atrapan el anzuelo; pueden verse decepcionados, o encontrar un nuevo objeto de adoración; en cualquier caso, habrán comprado el libro. Los libros C se adquieren por el estatus alcanzado durante décadas, o siglos; leerlos implica, para algunos, una forma de “culturización”, de acceder a un valor universal. Los lectores D pueden caer en cualquiera de las anteriores por una razón u otra, ya que su elección es casi cuestión de azar. De manera opuesta, el público E se aproxima al libro por una necesidad variable en cada caso. Por ello, eliminemos los tipos D y E.

Entonces, los lectores A, B, C tienen una visión de la lectura por entretenimiento o erudición. Esta división entraña a su vez otras necesidades. El placer de entretenerse con una lectura, bien trate esta de los salones proustianos franceses, o de las calles suecas descritas por Larsson, es, en mi opinión, el valor principal de la narrativa. Ninguna novela es buena si carece de una historia interesante, bien estructurada, coherente y capaz de mantener la atención del lector. Esto no implica, como piensan algunos, un sacrificio del fondo en virtud de una forma. Un buen escritor, simplemente, será capaz de balancear ambos requerimientos. Personalmente, he pasado horas muy gratas con Salgari, Nabokov, Stieg Larsson, Frederick Forsyth, Proust, Capote, Cortazar y cientos otros de novelistas y cuentistas, sin diferenciar entre la “ficción barata” y la de “calidad”. Como escritor, lo admito, buena parte de las lecturas que he consumido durante los últimos diez años, han sido elegidas en virtud de mi necesidad de aprender a escribir. Otra parte, también, resultó de las exigencias de la academia. Con todo, los libros presentes ahora mismo a mi lado, ocupando mi biblioteca personal, fueron adquiridos sin otro ánimo que el placer de tener largos periodos de esparcimiento.

¿Qué ocurre cuando la gente no busca esto, el deleite y goce de las buenas historias, sino algo más? Oh, lector; he ahí el factor Coelho.

El mundo, en los últimos ciento veinte años, ha inventado otras formas de entretenimiento distintas a la lectura, de acceso fácil y enorme popularidad: primero el cine, luego la radio, la televisión más tarde ―los cómics en un punto intermedio entre los dos― y ahora la internet, donde puede verse televisión, escuchar radio, ver películas y acceder a videojuegos. Se considera, más entre mentes conservadoras, que el entretenimiento, si bien no es del todo malo, sí llega a tener una connotación dañina cuando entra en detrimento del aprendizaje, el trabajo o la práctica religiosa. En nuestras sociedades modernas occidentales, los pasatiempos y formas de ocio son, tanto un premio a los periodos de esfuerzo, como un bien que puede ser alimenticio si, por supuesto, contiene algún valor nutricional. El entretenimiento puro está descartado; si eso que te divierte no te hace más fuerte, más sano, más sabio o menos gordo o menos tonto, debe ser, de seguro, pornografía; algo inmoral. Tu tiempo es limitado en este mundo, nos han dicho y nos repiten; no se debe desperdiciar leyendo necedades, sino a los grandes autores, estos hombres y mujeres de amplias miras, prosa efectiva y profundas enseñanzas.

Los lectores A son los más predispuestos para caer en esta perspectiva literaria. Su afán por un mayor entendimiento del mundo los hace creer que ciertos libros son portales a perspectivas novedosas sobre la realidad. Es la visión premoderna de la literatura: el relato como contenedor de moralejas; contar una historia como forma de educar, señalar el camino correcto, adoctrinar. La lectura como sistema de adquisición de conocimientos, aplicables en un potencial escenario a futuro. De algo, se dicen estos lectores, ha de servir pasar tantas horas leyendo a Rabelais, a Cervantes o a Dante. Cuestión de culturizarse, de aprender mejor el idioma, adquirir mayores competencias lectoras o cualquier otra excusa sirve; cualquiera, sí, menos “divertirse”.

Paulo Coelho, como ya lo mencioné atrás, ha ganado un reconocimiento mundial por proveer una serie de relatos, de estilo sencillo, salpimentados de lugares comunes y frases hechas, de esas fabricadas para levantar el ánimo pero las cuales rara vez, si alguna, se aplican por sus lectores a la realidad. Es evidente, sin embargo, que nadie compra uno de sus libros para encontrar la verdadera receta de la felicidad, ni solucionar con sus relatos un matrimonio en pleno declive, o salvar su negocio próximo a la quiebra. El factor de autoayuda en las novelas breves de Coelho es muy sutil; se basa en el principio del viaje personal, el autodescubrimiento, y el encuentro con las fortalezas, supuestamente ocultas, que posee el individuo para alcanzar sus metas. Cierto o no, es en busca de eso aprendizajes que los millones de fanáticos del autor brasilero adquieren sus libros, hacen interminables filas para conseguir un autógrafo, o le escriben contándole de sus problemas, como magníficamente describió Dana Goodyear, en un perfil publicado por la revista El Malpensante.

Ese factor no es propiedad única de Coelho. Él ha sabido explotarlo, con mayor o menor consciencia; incluso, me atrevo a decir, se trataría de un caso de pura serendipia: al aplicar una base mística a sus libros, Coelho habría dado con el gancho buscado por muchos lectores para justificar la lectura.

En Colombia, al menos en Bogotá, la gente no suele leer en los buses; en parte, por la extraña, y poco estudiada hipótesis, del posible desprendimiento de retina resultado de leer en un vehículo en movimiento, y en parte por la simple pereza que despierta a la mayoría enfrentarse a un libro. A veces, sí, encuentro lectores, y suelen ser de tres clases: a) lectores de la Biblia, b) lectores de autoayuda, c) cualquier otro lector. Priman los devotos religiosos. La razón, las posibles enseñanzas del libro sagrado de los cristianos, o, tal vez, suponen que, leer y repetir salmos, atraerá la atención y los favores divinos. Supongo que esto evidencia el problema de la perspectiva del mortal promedio hacia la literatura: si leer no te aporta algo no pierdas el tiempo leyendo. Los clásicos te aportarán “cultura”, y los demás autores, se espera, inocularán entre su prosa algún valor metafísico, filosófico, moral, educativo, etc.

Escribo porque lo disfruto; crear una historia, concebirla hasta sus mínimos detalles, y poder trasmitírsela a un lector. Mi único deseo con esos textos es entretener al lector; ocupar su mente y con el relato. Que pase las páginas interesado en saber cómo culminará la historia, no porque espere descifrar el misterio del Universo. Hay algunos temas sobre los cuales apunto mi atención y los cuales trabajo a lo largo de mis relatos; si el texto funciona bien el lector hará un par de reflexiones al respecto; o tal vez no. Ningún profundo conocimiento puede ser extraído de mis novelas y cuentos, y tontos aquellos que pretendan buscarlos. Lectores, las librerías y bibliotecas están a reventar de volúmenes dedicados a la historia, la filosofía, el derecho, la medicina, la economía y otras tantas valiosas ciencias. Grandes investigadores en campos científicos y sociales publican trabajos explicando, en términos claros, algunos de los problemas o fenómenos de nuestro mundo. ¿Por qué no leerlos? La no ficción, ese género tan descuidado por lectores y autores por igual, contiene grandes historias, mucho más increíbles, que tantos otros miles de libros basados en las premisas simples de los cuentos de hadas, con algo de argamasa espiritual.
 
El factor Coelho no puede ser la razón para adquirir un libro de ficción. Si lees a Tomás González que sea por el encanto generado por su hábil manejo de la palabra, no porque creas ver en sus narraciones un paralelo a tu propia vida, ni pienses tampoco encontrar ahí una solución teórica a tu situación. Las novelas, así sus autores sean Tolstoy o Pinchon, provienen de la tradición del contar, de explorar los conflictos y exponer las debilidades; no se trata de trasmitir sabiduría, ni claves para sortear los escollos de la vida. Para eso no hay otra cosa que la experiencia y el uso constante del cerebro. Si necesitas de una novela para volverte un mejor ser humano, tal vez es hora de salir de la caverna y tratar con personas reales. Han pasado siglos desde que la literatura se despegó de la religión y la moralidad de la fábula, por eso es necesario abandonar la búsqueda de ese factor Coelho en los libros que vas a comprar. Pasar las páginas esperando esas sentencias dulces, poniendo en segundo plano el argumento, es igual a matar a una gallina esperando encontrar entre sus entrañas el motor mágico que produce los huevos.

 

El texto de Héctor Abad Faciolince aquí:

El perfil de Paulo Coelho por Dana Goodyear aquí: