sábado, 13 de abril de 2013

Cosmópolis

Una de las estructuras más usadas dentro de la ficción para contar una historia es el viaje del héroe. Es un tema eterno: el recorrido y el enfrentamiento, y, con ello, el autodescubrimiento. Esta estructura reencarna en toda clase de géneros, y en diversas formas de narrativa: desde los cuentos tradicionales, hasta los últimos filmes de ciencia ficción, así como la novela contemporánea. Don Delillo (Nueva York, 1936) plantea de nuevo a este héroe, no como el individuo enfrentado al reto decisivo de su vida, sino el que ha perdido la necesidad de vivir, y la busca durante un recorrido a través de Manhattan.

Eric Packer es un multimillonario atractivo e increíblemente joven. No ha cumplido los treinta años y su fortuna puede pagarle cualquier cosa que desee. Una mañana Eric decide hacerse un corte de pelo; pese a las miles de peluquerías en la ciudad, Eric solo desea ir a una, donde el encargado es un viejo amigo de de su padre. No será fácil atravesar Manhattan en una limosina, menos cuando el presidente de la nación está de visita en la ciudad. El viaje se extiende durante todo el día hasta tarde en la noche. Eric es visitado en su vehículo por su jefe de seguridad informática, su médico, su esposa y otros de sus empleados.

Delillo no pretende contar una historia ordinaria como lo haría un periodista: el viaje atravesando Manhattan solo sirve como excusa a la observación filosófica de diversos fenómenos cosmológicos: la muerte, el sexo, el dinero ―la realidad economía trasformada en un ser vivo―, el espacio-tiempo. Resulta fascinante la contemporaneidad de esta novela, publicada en 2003, y cuyos hechos se desarrollan un día de abril del 2000. En la ciudad más avanzada de los Estados Unidos, sin, aún, la presencia ominosa de los ataques terroristas ―ni la guerra contra el terror posterior, fantasma de la novela norteamericana tras el 11 de Septiembre―, todo parece haberse estar hecho; estamos en el punto más alto de nuestra civilización. La falta de un motor o una necesidad para seguir adelante con la vida es el tema principal de esta novela; Eric no solo ha alcanzado el “sueño americano”, sino que lo ha rebasado; aún joven, es dueño de un edificio propio y una empresa cuyos negocios se extienden por todo el planeta. Está casado con la mujer que deseó pero a quien ya no desea ―y cuyo matrimonio cuya connotación de interés comercial es bien clara y aceptada―, y que se desahoga físicamente con el sexo que no se le dificulta en conseguir. El viaje le da espacio para reflexionar, y un narrador en tercera persona nos entrega estos enrevesados pensamientos:

Miró más allá de Chin, hacia el fluir de números que corría(sic) en direcciones opuestas. Entendió cuánto significaba para él todo ese desglose pasajero de datos en una pantalla. Estudió los diagramas y figuras que ponían en juego patrones orgánicos, alas de ave, la cámara en un abanico de concha de molusco. Era un pensamiento superficial sostener que los números y los gráficos equivalían a la fría comprensión de las energías humanas levantísticas, toda clase de ansia y de sudor nocturno reducido a lúcidas unidades en los mercados financieros. (p. 38)

Este es el ritmo impreso en toda la superficie de la novela: la hipersensibilidad de Eric en el espacio que lo rodea. Otras novelas con un tema similar asumen la visión trascendental como parte de un trip de ácidos o una revisión del mundo tras el trauma de la muerte o la revolución interna. Delillo plantea a un personaje más interesante: Eric puede verse como el hombre común del mundo de Wall Street; el homo financierus alcanzando una mañana el estado de nirvana. Su propósito en la vida está completo, y solo le queda caminar hacia su muerte.

En 2012 David Cronemberg llevó al cine ―una apuesta arriesgada― esta novela. Los diálogos con los personajes que visitan el palanquín moderno de este emperador contemporáneo consiguen recuperar parte del sabor de la obra escrita; sin embargo, la elección de Robert Pattison como protagonista le resta credibilidad a la historia. El héroe de las sagas Crepúsculo tiene tanta expresividad como un maniquí de Saks. Además de la dificultad que entraña poner en cinemática una novela tan espiritual, capaz de rebasar los lugares comunes del viaje interior, para conectarlos a las preocupaciones de los mortales de hoy día.

Cosmópolis, Seix Barral 2003, traducción de Miguel Martínez-Lage

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