sábado, 6 de abril de 2013

El factor Coelho


Sé por qué escribo: es placentero. No es, debo aclarar, la clase de placer emocional o físico provisto por la interacción humana, alimentos o bebidas. El deleite de escribir parte de la satisfacción de expresarme libremente, a través de una historia, o de un simple ensayo para este blog. Sé también por qué leo: me divierte.  No recuerdo otra razón por la cual me haya entregado a leer algunas de las novelas de Jules Verne, Las minas del rey Salomón de H. Rider Haggard, así como cualquiera de la treintena de novelas de espías que he leído. Siendo esta mi formación, entenderá el lector por qué el acto de leer es, para mí, algo directamente vinculado con un deleite, un gozo intelectual, y una acción asociada con el tiempo libre. No debo olvidar ―si es que el lector está pensando en recordármelo― la asociación entre lectura y conocimiento, formación, así como información. Leer es una de las formas más sencillas de acceder a sistemas completos de ideas y datos. Desde el aprendizaje de una receta de cocina, hasta la adopción de una religión, la lectura nos conecta con conceptos individuales y generales. Tan amplio arco de posibilidades da la lectura, que no comprendo por qué, algunos, desean ver limitada su utilidad.

Tal vez para los fanáticos religiosos, leer sea algo que deba limitarse a los textos sacros. Sea la Biblia o el Corán. Y, aunque parecen lejanos los tiempos flaubertianos en que la lectura de novelas era vista como oficio de señoritas desocupadas, aún persiste, en algunas mentes estrechas, un matrimonio conceptual entre lectura y aprendizaje de conocimientos útiles, o, lo que es lo mismo, la lectura como un aprovechamiento del tiempo, y no un simple pasatiempo. Esto, mucho me temo, es la causa tras la deserción de lectores; esas personas con quienes nos topamos por ahí, que aseguran no tener tiempo para leer más que material afín a su oficio. Y esto cuando la excusa para evitar los libros no es el agotamiento físico, asociado libremente a un cansancio intelectual. Se trabaja ocho horas al día en un empleo mecánico, y cuando se llega a casa, piensan que la cabeza solo soportará las simplificadas proposiciones de la televisión.

Se insta a los niños a leer; se gastan los gobiernos ―juiciosamente; no diré lo contrario― millones en programas de lectura; incluyendo publicidad en televisión, invitando a apagar el aparato y abrir un libro. Por supuesto, a los niños no se les dificultará acercarse a la lectura cuando ven a sus mayores haciendo lo mismo, y, por tanto, no le será fácil a un padre o madre forzar a sus vástagos a leer en silencio en su cuarto cuando ellos mismos pasan varias horas al día con los ojos clavados en la pantalla.

Leer, por suerte, se sigue vendiendo a los pequeños como un placer y una fuente de entretenimiento. Las puertas a un mundo de aventuras o conocimientos. Por qué entonces, pregunto yo y he venido preguntándome desde hace un par de años, ¿por qué esa condición del texto como algo más que una fuente de erudición se va perdiendo con la edad? Me planteé por un tiempo la siguiente hipótesis: si de niños ver televisión equivalía a divertirnos con dibujos animados, películas infantiles, juegos y programas concurso, así como algunos seriados de misterio y acción, y, en la edad adulta, o el proceso llamado por algunos “maduración” ―y las comillas son del todo intencionales― ver televisión implicaba atender noticieros, doctas discusiones, debates, documentales y programas de índole ilustrativa, nada raro tendría si, por sencilla lógica, las personas al “madurar” decidieran que el leer deba ser algo cada vez más serio, o en otras palabras, menos entretenido. Leer las historias de piratas de Emilio Salgari  estaría bien, y sería además recompensado con halagos del tipo “qué niño tan juicioso”, para alguien menor de catorce años, pero nunca mayor de dieciséis. Para esa edad, y al alcanzar la joven adultez, serían de esperar en un lector digno, obras de política, historia, pensamiento en general, y por qué no, temas religiosos, morales, o espirituales. ¡Ajá! Aquí es, queridos lectores, cuando nos topamos con aquello que he decidido llamar el “factor Coelho”.

Todos conocemos bien a don Paulo Coelho: multimillonario autor de unos veinticinco títulos, cada uno un súper ventas. Adorado por sus seguidores, respetado por los editores, poco apreciado por la crítica y detestado por intelectuales y “lectores serios” en general. Su popularidad es casi signo de su estatus: siguiendo la convención aquella de que tantos millones de lectores no pueden estar equivocados, y que, para vender tanto, algo bueno y nutritivo debe residir en el corazón de sus relatos, sus seguidores, tanto los más como los menos apasionados, defienden un catálogo de obras tipificada por algunos como literatura barata, o la más punitiva etiqueta de “libros de autoayuda”.

Coelho no me interesa por la forma de sus libros; menos si estos son grandes narraciones o apenas cuentos de prosa fácil almibarada con frases positivas tomadas por algunos como sabiduría. Lo importante, para el caso paso a tratar, es la importancia dada por los lectores a ese valor agregado en los relatos del autor brasilero. Resulta innegable el sesgo seudofilosófico en la obra de Coelho, razón misma no solo para atraer a tantos millones de lectores sino para venderle, a la mayoría de estos, la idea de un conocimiento superior, o un aprendizaje moral y espiritual, a partir de la lectura de El Alquimista o el Peregrino de Compostela o cualquier otra de sus novelas.

Las críticas hacia el autor de Verónika decide morir son múltiples; desde consumidores ocasionales de literatura para quienes Coelho es solo una máquina de hacer billetes, hasta escritores como Héctor Abad con su famoso texto “Por qué es tan malo Paulo Coelho” en el cual Abad describe con algunos ejemplos la mediocridad narrativa ―o la simplicidad mecánica― de Coelho, y ejemplifica sus pretensiones de enseñanza espiritual:
 

El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro. Les copio algunos ejemplos: “Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla”; “La vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal”; “Todo es una sola cosa”; “Existe un lenguaje que va más allá de las palabras”; “Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir: sólo hay que leer lo que Él escribió para ti”; “Cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas”.


Mas, para efectos de este ensayo, me interesa menos las apreciaciones, bastante acertadas, del autor antioqueño, que las réplicas a su artículo en la misma revista El Malpensante. Algunos respaldan la postura de Abad, mientras otros ―quienes se ponen en evidencia como fanáticos del brasilero― se mostraron ofendidos: “Creo que el que hizo este artículo es imbécil” dice “efe pe” ―o así firma, al menos―; otra, esta sí con nombre ―Jessica González― replicó: "Buena Critica Hector. Pero sabe? También sus palabras pueden enredar a mucha gente! Ignorante como ud la llama. Yo simplemente creo que la literatura como muchas cosas se basa en gustos propios. (...) No tengo ni idea de quien es ud, jamás lo había oído y si, conozco las obras de Coelho y su estilo literario, sé de que habla y estoy informada sobre la vida de este excelente autor. Ud destruye pero no critica, tenga cuidado, no se vuelva ignorante como el resto de la masa".”. El resto de comentarios en contra se pueden sintetizar en el muy mentado principio de que cualquier lectura popular es mejor a la ausencia total de lecturas.

Si tanta gente parece atraída el componente mágico o espiritual, o como quieran llamarlo, pasando por encima las tramas ―simples al parecer― de Coelho, asumiría yo que hay un interés de los lectores por adquirir un conocimiento de tipo más trascendental en sus vidas que el pasar un rato agradable entretenidos con los giros de un relato. Nunca, hasta ahora, me he topado con reseñas o análisis alabando el estilo o técnicas narrativas de este autor. A la mayoría de sus lectores, según parece, les basta con el aparente misticismo alrededor del millonario escritor. Tal vez, por eso mismo, sus libros se alineen en las cajas de las grandes superficies, junto a los éxitos de venta de estrategias corporativas, libros de cocina saludable, y Padre rico, padre pobre de Robert Kiyosaki.

De nuevo, repito, este ensayo no apunta a criticar al escritor Paulo Coelho; muchos otros autores pretenden vestir el manto de “escritores serios” cuando sus novelas persiguen, sin alcanzarlo, la senda marcada por el autor de El Zahir. Mi preocupación viene a enfocarse en este valor espiritualista anexado a la narrativa, como atractivo principal para asegurar la venta, por millones, de uno o varios títulos.  

Ahora debo pasar a un asunto mucho más personal, aunque no distanciado, del tema presente. Tiempo atrás, empecé la preparación de una novela como proyecto de grado. Uno de los profesores encargados de evaluar mi trabajo me preguntó cuál era el propósito de mi novela. Entretener, dije, con la inmediatez propia de quien habla de calmar su sed cuando se le ha preguntado la razón para beberse una soda fría. El profesor guardó silencio unos segundos y replicó “Ese no puede ser el propósito de una novela seria”. Aquello no se quedó ahí; pronto escaló hasta convertirse en un tema de debate entre los evaluadores de mi proyecto y yo: partir, según ellos, del simple ―simplista― propósito de divertir a un lector con un texto, era cosa propia de las novelas de género, de la literatura barata, del súper ventas. Al parecer, la “gran literatura” debe apuntar a algo más; estoy, parcialmente, de acuerdo.

Paso, primero a explicar mi acuerdo:

Ningún escritor está desconectado del mundo real. La imagen postal del autor encerrado entre corcho, lejos del mundo, en la “torre de marfil” ―grotesca sentencia escuchada tantas veces­―, es tan falsa como el Divino Niño. Sí, el escritor prefiere el silencio y la soledad para trabajar; tanto, es obvio, como el científico, el traductor, el arquitecto o el artesano. En silencio, o apenas algo de música, eso sí, sin interrupciones; cualquier oficio individual, más cuando se quiere hacer a cabalidad, requiere concentración, y esta es difícil de conseguir entre el tumulto. No por ello debemos ignorar en algunos casos la preferencia de algunos escritores por trabajar en sitios públicos: Joanne Rowling escribiendo en un café de Edimburgo los primeros borradores de la saga Harry Potter, o Cortázar ―descrito por G. G. Márquez― entrando y saliendo cada tarde de un café de París con sus cuadernos de estudiante y su pluma fuente. Pero sea en una plaza abierta, o en la soledad del encierro, si de algo no está desconectado el artista de las palabras, es del mundo donde tuvo la suerte o desgracia de nacer. Incontables novelistas, cuentistas y poetas, han compartido su labor creadora con la participación en el debate público, la política, o la lucha contra el despotismo. Quedan en la minoría, para mí, los autores borgianos: los escritores alimentados por sus bibliotecas, quienes consideraron innecesario ver el mundo tras su puerta para contar sus historias. Una minoría. Para escribir, además, un autor, cualquiera, se alimenta, tanto de las obras clásicas, y contemporáneas, como de la información circulando a su alrededor diariamente: el texto científico, el tabloide amarillista, la entrevista al político de turno y los seriados televisivos; el Zeitgeist enriquece su percepción de mundo, y esto termina por verse en los textos. Cuando pasan los años, y la práctica de la escritura pasa a ser una labor constante, el narrador y el poeta ―más el primero que el segundo en mi opinión― van encontrando un tema o temas centrales, a los cuales sus relatos servirán de metáfora. Ahí podemos ver una forma de literatura comprometida: el escritor expresando la síntesis de todas las voces una vez ha pasado la agitación emocional del hecho.

Sin embargo, asumir que las producciones literarias no tienen otro objeto sino el conseguir alguna forma de comunicar una enseñanza, moral, ideológica o fáctica, es algo con lo cual no puedo estar de acuerdo. Afirmar lo opuesto, negar el contenido discursivo presente en la narrativa, es, también, un total absurdo. Como en muchos otros campos de las ciencias humanas, en el arte es mejor creer en la variabilidad subjetiva que en la consciencia colectiva unificada hacia un propósito. Cuánto y qué se quiere o se necesita expresar depende de la cosmovisión del autor, nunca en el cumplimiento de un patrón o una tendencia generalizada. ¿Y si no quiere decir nada? El silencio del autor tras las letras es tan válido como un mensaje explícito.

Esa falta de un trasfondo más complejo que el conjunto de situaciones expuestas en un texto es evidente en obras de venta masiva como son las novelas románticas, las sagas de aventuras, historietas de vampiros o incluso los pesados tomos escritos por Dan Brown ―si alguien lo recuerda―. La distinción está clara desde hace muchos años, entre una literatura “barata”, ficción de género, y una literatura “seria”, todo lo demás. Tal identificación no es así de simple; funciona, sí, como una pista para entender el intrincado asunto de la narrativa de calidad en oposición a una narrativa fácil. Se desprende de este argumento el plantearse que tales novelas genéricas están compuestas a partir de esquemas preconcebidos, héroes de cartón perfilados según el ideal de la época, personajes de soporte y finales predecibles. Por desgracia los ataques hacia estas narrativas suelen venir, en su mayoría, por lectores para los cuales, dedicar algún tiempo a lee esta literatura barata, sería un desperdicio. En otras palabras, la mayoría de críticos no leen los materiales a los cuales demuestran su repudio. Es normal; en una sociedad cada vez más competitiva, para estar acorde al movimiento de la cultura queda poco tiempo para los productos de segunda línea, siendo impostergable el acceso a materiales mejor calificados.

Según lo anterior, así como, de una manera fácil, distinguimos dos tipos de lectura, distingamos también dos tipos de lector. Suena redundante, pero es importante: las narrativas, seria (A) y barata (B), serían puestas en el mercado para lectores A o B. Esto podría ser así para un comercializador de libros en, por ejemplo, un gran mercado como los Estados Unidos. Los estadounidenses siempre han tenido un alto consumo de material escrito ―aunque es evidente que sus índices son inferiores a los europeos―: novelas pulp de crímenes, en revistas y libros, más tarde ficción de género, en cuyos estantes el lector inagotable escogerá a un autor favorito, y finalmente los textos de ficción coyuntural o autores de moda. Independientes a estos aparecen los lectores de traducciones, los conocedores de premios Nobel, premios Man Booker Prize, Goncourt, Cervantes y demás galardones trasformados en etiquetas platinadas en las portadas. Aparece, sin embargo, un tercer género (C) de lectores de clásicos, bien sean estos otrora ficción deleznable a la crítica de ceja alzada, o novelas inmortales con algunos siglos en la espalda.

Un librero ―lector, ahora no es momento de acordarte del desplome de la venta de impresos en EUA―, tiene sus estantes dispuestos para A, B, C de la siguiente manera: A, ocupa la parte trasera y su cantidad de material en bodega es de 50 ejemplares por libro en el estante. B, está en la parte delantera, ocupa la mayor parte de la mesa de “Novedades” y algunos de sus títulos están acompañados por grandes reproducciones de sus portadas impresas en cartón; tal vez incluso haya formada toda una pila de unidades de un mismo título, y la cantidad de material en bodega superará las 150 copias por volumen exhibido. C, queda en el medio, repartido por países o épocas; hay no más de 30 unidades por producto en el estante. Estas cantidades variarán, y hay, quién lo niega, libros, y lectores, fuera de esta clasificación; mas asumo que no estoy tan errado con las proporciones expresadas.

Lo anterior es posible únicamente cuando se tiene un número considerable de lectores; no porque sean muchos, sino porque regresan. Ir a la librería no es asunto que queda en el recuerdo porque solo se hizo un par de veces, durante el colegio o la universidad, o tal vez esa tarde en que tu amiga cumplía años, y sabiéndola lectora ocasional decidiste que no hay mejor regalo que un bono para libros. Los lectores compulsivos, por otra parte, componen una población educada y con disponibilidad de recursos económicos, no solo para adquirir títulos cada que agotan los ya comprados, sino para arriesgarse por títulos y autores desconocidos. Ahora, identifiquemos como D una parte de la población compradora está dispuesta a pagar por un autor cuyo nombre no ha escuchado, y un título del que no tiene la menor referencia, pero de interesante sinopsis.

Aquí le pido al lector un poco de paciencia ante mi deber de abrir otro paréntesis y explicar algo: cuando no se tiene ese número apreciable de lectores, y la compra de libros se convierte en un hecho muy casual, la mayoría de la población lectora pasa a ocupar una quinta categoría: E. Su interés por un libro depende, siempre, de la necesidad que tengan de este. No obstante, para el librero o editor, esta categoría tiene un gran problema: no es visible. La razón por la cual el lector E se acerca al libro puede ser el mismo propósito de A, B, C o D y confundirse con estos. Para marcarlo de alguna manera, lo identificaremos como Ae, Be, Ce, De. En un mercado como el colombiano E sería mayoría, y solo dependiendo de incontables factores, ser un Ea, Eb, Ec o Ed.

Y, por qué, si comencé hablando de las razones para escribir, ¿le doy tanta importancia a este tema de los mercados?: la compra de libros ―y esto será evidente incluso para el menos entendido― se desprende del interés despertado por estos; o, en otros términos, en su utilidad. Aquí nos topamos con una palabra clave. ¿Qué “servicio” nos presta ese libro? Roberto Bolaño, en entrevista con Cristián Warnken, decía comprar libros, ya menos por el deseo de leerlos ―razonable acción posterior a la adquisición― sino por el capricho de tenerlos; argumento básico de los coleccionistas de cualquier índole. Fuera de esta minoría, interesada más en abarrotar sus bibliotecas con cuanto caiga en sus manos, la relación entre lector y libro está en el propósito, y esto se encuentra entre las páginas.

Volvamos a nuestros cuatro tipos de lector y sus lecturas: los libros de A son producto de los autores reconocidos por el establecimiento, los que viajan a los festivales importantes, los reseñados por la prensa especializad en literatura y cuyas reseñas van más allá de un argumento con tres etapas, a tratar diversos temas de la condición humana ―o al menos eso pretenden algunos―. Para sus lectores, es cuestión del tratamiento más refinado de la narrativa. En el tipo B es asuntos es puramente entretenimiento; ningún complejo análisis resistirán esas historias, así que sus lectores no las intentarán. Una novela, o una serie de estas ―salvo algunos casos, los últimos grandes hitos de la narrativa de súper ventas vienen en varios tomos― alcanza los titulares, la lista de los mejor vendidos, y algunos atrapan el anzuelo; pueden verse decepcionados, o encontrar un nuevo objeto de adoración; en cualquier caso, habrán comprado el libro. Los libros C se adquieren por el estatus alcanzado durante décadas, o siglos; leerlos implica, para algunos, una forma de “culturización”, de acceder a un valor universal. Los lectores D pueden caer en cualquiera de las anteriores por una razón u otra, ya que su elección es casi cuestión de azar. De manera opuesta, el público E se aproxima al libro por una necesidad variable en cada caso. Por ello, eliminemos los tipos D y E.

Entonces, los lectores A, B, C tienen una visión de la lectura por entretenimiento o erudición. Esta división entraña a su vez otras necesidades. El placer de entretenerse con una lectura, bien trate esta de los salones proustianos franceses, o de las calles suecas descritas por Larsson, es, en mi opinión, el valor principal de la narrativa. Ninguna novela es buena si carece de una historia interesante, bien estructurada, coherente y capaz de mantener la atención del lector. Esto no implica, como piensan algunos, un sacrificio del fondo en virtud de una forma. Un buen escritor, simplemente, será capaz de balancear ambos requerimientos. Personalmente, he pasado horas muy gratas con Salgari, Nabokov, Stieg Larsson, Frederick Forsyth, Proust, Capote, Cortazar y cientos otros de novelistas y cuentistas, sin diferenciar entre la “ficción barata” y la de “calidad”. Como escritor, lo admito, buena parte de las lecturas que he consumido durante los últimos diez años, han sido elegidas en virtud de mi necesidad de aprender a escribir. Otra parte, también, resultó de las exigencias de la academia. Con todo, los libros presentes ahora mismo a mi lado, ocupando mi biblioteca personal, fueron adquiridos sin otro ánimo que el placer de tener largos periodos de esparcimiento.

¿Qué ocurre cuando la gente no busca esto, el deleite y goce de las buenas historias, sino algo más? Oh, lector; he ahí el factor Coelho.

El mundo, en los últimos ciento veinte años, ha inventado otras formas de entretenimiento distintas a la lectura, de acceso fácil y enorme popularidad: primero el cine, luego la radio, la televisión más tarde ―los cómics en un punto intermedio entre los dos― y ahora la internet, donde puede verse televisión, escuchar radio, ver películas y acceder a videojuegos. Se considera, más entre mentes conservadoras, que el entretenimiento, si bien no es del todo malo, sí llega a tener una connotación dañina cuando entra en detrimento del aprendizaje, el trabajo o la práctica religiosa. En nuestras sociedades modernas occidentales, los pasatiempos y formas de ocio son, tanto un premio a los periodos de esfuerzo, como un bien que puede ser alimenticio si, por supuesto, contiene algún valor nutricional. El entretenimiento puro está descartado; si eso que te divierte no te hace más fuerte, más sano, más sabio o menos gordo o menos tonto, debe ser, de seguro, pornografía; algo inmoral. Tu tiempo es limitado en este mundo, nos han dicho y nos repiten; no se debe desperdiciar leyendo necedades, sino a los grandes autores, estos hombres y mujeres de amplias miras, prosa efectiva y profundas enseñanzas.

Los lectores A son los más predispuestos para caer en esta perspectiva literaria. Su afán por un mayor entendimiento del mundo los hace creer que ciertos libros son portales a perspectivas novedosas sobre la realidad. Es la visión premoderna de la literatura: el relato como contenedor de moralejas; contar una historia como forma de educar, señalar el camino correcto, adoctrinar. La lectura como sistema de adquisición de conocimientos, aplicables en un potencial escenario a futuro. De algo, se dicen estos lectores, ha de servir pasar tantas horas leyendo a Rabelais, a Cervantes o a Dante. Cuestión de culturizarse, de aprender mejor el idioma, adquirir mayores competencias lectoras o cualquier otra excusa sirve; cualquiera, sí, menos “divertirse”.

Paulo Coelho, como ya lo mencioné atrás, ha ganado un reconocimiento mundial por proveer una serie de relatos, de estilo sencillo, salpimentados de lugares comunes y frases hechas, de esas fabricadas para levantar el ánimo pero las cuales rara vez, si alguna, se aplican por sus lectores a la realidad. Es evidente, sin embargo, que nadie compra uno de sus libros para encontrar la verdadera receta de la felicidad, ni solucionar con sus relatos un matrimonio en pleno declive, o salvar su negocio próximo a la quiebra. El factor de autoayuda en las novelas breves de Coelho es muy sutil; se basa en el principio del viaje personal, el autodescubrimiento, y el encuentro con las fortalezas, supuestamente ocultas, que posee el individuo para alcanzar sus metas. Cierto o no, es en busca de eso aprendizajes que los millones de fanáticos del autor brasilero adquieren sus libros, hacen interminables filas para conseguir un autógrafo, o le escriben contándole de sus problemas, como magníficamente describió Dana Goodyear, en un perfil publicado por la revista El Malpensante.

Ese factor no es propiedad única de Coelho. Él ha sabido explotarlo, con mayor o menor consciencia; incluso, me atrevo a decir, se trataría de un caso de pura serendipia: al aplicar una base mística a sus libros, Coelho habría dado con el gancho buscado por muchos lectores para justificar la lectura.

En Colombia, al menos en Bogotá, la gente no suele leer en los buses; en parte, por la extraña, y poco estudiada hipótesis, del posible desprendimiento de retina resultado de leer en un vehículo en movimiento, y en parte por la simple pereza que despierta a la mayoría enfrentarse a un libro. A veces, sí, encuentro lectores, y suelen ser de tres clases: a) lectores de la Biblia, b) lectores de autoayuda, c) cualquier otro lector. Priman los devotos religiosos. La razón, las posibles enseñanzas del libro sagrado de los cristianos, o, tal vez, suponen que, leer y repetir salmos, atraerá la atención y los favores divinos. Supongo que esto evidencia el problema de la perspectiva del mortal promedio hacia la literatura: si leer no te aporta algo no pierdas el tiempo leyendo. Los clásicos te aportarán “cultura”, y los demás autores, se espera, inocularán entre su prosa algún valor metafísico, filosófico, moral, educativo, etc.

Escribo porque lo disfruto; crear una historia, concebirla hasta sus mínimos detalles, y poder trasmitírsela a un lector. Mi único deseo con esos textos es entretener al lector; ocupar su mente y con el relato. Que pase las páginas interesado en saber cómo culminará la historia, no porque espere descifrar el misterio del Universo. Hay algunos temas sobre los cuales apunto mi atención y los cuales trabajo a lo largo de mis relatos; si el texto funciona bien el lector hará un par de reflexiones al respecto; o tal vez no. Ningún profundo conocimiento puede ser extraído de mis novelas y cuentos, y tontos aquellos que pretendan buscarlos. Lectores, las librerías y bibliotecas están a reventar de volúmenes dedicados a la historia, la filosofía, el derecho, la medicina, la economía y otras tantas valiosas ciencias. Grandes investigadores en campos científicos y sociales publican trabajos explicando, en términos claros, algunos de los problemas o fenómenos de nuestro mundo. ¿Por qué no leerlos? La no ficción, ese género tan descuidado por lectores y autores por igual, contiene grandes historias, mucho más increíbles, que tantos otros miles de libros basados en las premisas simples de los cuentos de hadas, con algo de argamasa espiritual.
 
El factor Coelho no puede ser la razón para adquirir un libro de ficción. Si lees a Tomás González que sea por el encanto generado por su hábil manejo de la palabra, no porque creas ver en sus narraciones un paralelo a tu propia vida, ni pienses tampoco encontrar ahí una solución teórica a tu situación. Las novelas, así sus autores sean Tolstoy o Pinchon, provienen de la tradición del contar, de explorar los conflictos y exponer las debilidades; no se trata de trasmitir sabiduría, ni claves para sortear los escollos de la vida. Para eso no hay otra cosa que la experiencia y el uso constante del cerebro. Si necesitas de una novela para volverte un mejor ser humano, tal vez es hora de salir de la caverna y tratar con personas reales. Han pasado siglos desde que la literatura se despegó de la religión y la moralidad de la fábula, por eso es necesario abandonar la búsqueda de ese factor Coelho en los libros que vas a comprar. Pasar las páginas esperando esas sentencias dulces, poniendo en segundo plano el argumento, es igual a matar a una gallina esperando encontrar entre sus entrañas el motor mágico que produce los huevos.

 

El texto de Héctor Abad Faciolince aquí:

El perfil de Paulo Coelho por Dana Goodyear aquí:

 

 

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