miércoles, 24 de abril de 2013

John le Carré no se ha suavizado con la edad


Por Dwight Garner
(Este artículo fue originalmente publicado en el New York Times, el 18 de abril de 2013)
 
 
En una reciente mañana de sábado en febrero, unas dos docenas de perros rastreadores corrían a través de las calles de Saint Buryan, una pequeña aldea en Cornwall, Inglaterra. Tras ellos avanzaban en relativo orden hombres y mujeres sobre caballos de buena crianza, calzando botas, pantalones de montar y abrigos de caza. Mientras la cacería del zorro cabalgaba a través del pueblo, John le Carré, el más prominente escritor de espionaje del siglo XX, sorbía ponche de whiskey de una taza de papel ofrecida por un pub de lugar a jinetes y espectadores.

A sus ochenta y un años, continúa siendo un envidiable ejemplo de humanidad: alto, patricio, bien proporcionado, de complexión rubicunda. Su cabello gris es blando y bien cortado, tanto así que el actor Ralph Fiennes, quien protagonizó en 2005 la adaptación de la novela de le Carré El jardinero fiel, insistió en que le dijera el nombre de su peluquero.

Le Carré no es cazador, pero saludó a quienes conocía y apoyó una defensa de la cacería de zorros, como si fuese un comentarista deportivo ante el hoyo 18 del torneo Masters. Es una antigua faceta de la cultura rural, ha dicho. Es igualitaria en esta área (unas trescientas millas al este sudeste de Londres), no un pasatiempo de las clases altas. Es también bastante inútil: un verdadero zorro rara vez es acorralado. Cuando es así, un búho de presa entrenado se trae para matarlo.

Al pasar el último caballo, le Carré pasa los restos de su ponche y aplasta su taza. Sus cejas, tan erizadas y animadas que parecen listas saltar de su frente para mordisquear los arbustos, se alzan en cuanto voltea hacia mí, con los ojos de un azul encendido, y felizmente declara “Al menos no están cazando al pobre animal con drones”.

Es difícil culpar a le Carré por estar de buen humor. Al entrar en su novena década, se encuentra en medio de lo que difícilmente sería un esplendor final de su carrera, gracias en no poca medida al éxito en la crítica y taquilla del filme de 2011 Tinker Tailor Soldier Spy, basado en su novela de espionaje de la guerra fría del mismo título publicada en 1974. Sutil, sombría e intelectualmente diestra, la película, presentando a Gary Oldman como el venerable jefe de espías del MI6 creado por le Carré, George Smiley, fue nominada para tres premios de la Academia, incluyendo mejor actor para Oldman.

La película consiguió disparar las reediciones. Tinker Tailor Soldier Spy solamente, vendió más de un millón de copias en rústica y ediciones electrónicas el año anterior ―cerca de quinientas mil en el Reino Unido, trescientas cincuenta mil en Norte América y ciento cincuenta mil en Alemania y Francia―. Y reavivó el interés de Hollywood. Philip Seymour Hoffman y Rachel McAdams recientemente terminar de filmar A Most Wanted Man, basada en el thriller de le Carré de 2008 basado en la guerra contra el terror, y que está lista para ser lanzada el año próximo. Ewan McGregor protagonizará la adaptación de la novela de le Carré de 2010, Our Kind of Traitor, acerca de una pareja británica en sus vacaciones, quienes se involucran con un desertor ruso. Y lo que es más, Oldman podría retomar su papel como Smiley cuando la adaptación de Smiley's People, secuela de Tinker Tailor…, se haga.

A le Carré le gusta visitar los sets de filmación ―dos de sus cuatro hijos adultos, Simon y Stephen, son los productores tras varias de sus adaptaciones― pero solo últimamente, y solo para dar ánimos y salpicar un poco lo que él llama "dar su toque de magia". Tras esto deja a los cineastas solos, diciéndoles que lo llamen si es necesario.

En un momento en que una nueva generación está cayendo atraída en su obra, le Carré aún escribe casi en la cúspide de su oficio. Su vigésimo tercera novela, A Delicate Truth, acerca de una supuesta operación contraterrorista en el territorio británico de Gibraltar que empieza a ir bastante mal, estará lista el próximo mes. El libro es una elegante y amarga acusación sobre la "rendición extraordinaria", los excesos de los evangelistas americanos de extrema derecha y la mercantilización de la guerra. Tiene una suave historia de amor diseminada y un final estridente. Le Carré no ha perdido su habilidad de bosquejar, en un renglón o dos, todo un personaje.

Los lectores como yo, generalmente alérgicos a las historias de espías y literatura de género, hemos sido atraídos al material de le Carré debido al ingenio y agudeza con la que consigue insertar su dolorosa comprensión. Sus primeros libros retrataron, como alguna vez dijo sobre sus novelas sobre Smiley, “una suerte de ‘Comédie humaine’ de la Guerra Fría, narrada en términos de espionaje mutuo”.

En algunos pocos de sus libros, la prosa de le Carré se debilita peligrosamente, pero en sus mejores, está entre los grandes escritores actuales. Hay una razón por la cual Philip Roth ha considerado A Perfect Spy, la novela autoficción de le Carré de 1968, “la mejor novela inglesa desde la Guerra”. El Times de Londres lo ubicó en el puesto 22 en una lista con los 50 grandes escritores desde 1945. Sus libros son menos sobre el espionaje que acerca de la fragilidad humana y el deseo; son acerca de cómo, todos nosotros, somos espías de alguna clase.

Sus lectores son numerosos, e influyentes. Cuando le Carré recibió un título honorífico de Oxford el verano pasado, el ícono de la democracia birmana Aung San Suu Kyi estaba ahí para recibir su título también. En su discurso declaró: “Cuando estaba bajo arresto domiciliario, fueron también de ayuda los libros de John le Carré... Estos eran un viaje a un mundo más amplio. No el mundo amplio de otros países, sino el de las ideas y pensamientos”.

El famoso editor Robert Gottlieb, quien trabajó en muchas novelas de le Carré en Alfred A. Knopf durante los 70's y 80's, se rió cuando sostuve que muchos aún lo consideraban un escritor de género. “Es un escritor brillante para quien los espías son un simple tema” dijo Gottlieb. “Llamarlo escritor de espionaje es como llamar a Joseph Conrad un escritor sobre el mar, o a Jane Austen una escritora de comedias familiares”.

“¿Quiénes son esos idiotas que piensan lo contrario?” agregó Gottlieb.

Una de las mejores cosas acerca de las novelas de le Carré es que, desde el principio, están impregnadas del sabor y el lenguaje recóndito del espionaje, un área que tiene su propia jerga como ningún otra. En muchos casos, le Carré mismo ha inventado esa jerga. Términos de sus novelas ―“honey trap” (trampa de miel) por ejemplo, para indicar el uso de sexo para comprometer a un objetivo― han sido adoptados por profesionales. Posiblemente él pueda reclamar “topo” también. Los editores del Oxford English Dictionary, dice, le escribieron una vez, preguntándole si él había inventado la idea emplear esa palabra como sinónimo para un agente enemigo que ha penetrado durante mucho tiempo. Le Carré no estaba seguro. Pero el único uso histórico del término ha resultado bastante ambiguo: aparece en volumen poco conocido de Francis Bacon acerca del rey Enrique VII.

Y sin embargo, la mayor creación de John le Carré es él mismo. Nacido en Poole, un desbaratado pueblo de la costa de Dorset, en 1931, fue el producto de una infancia tan inusual como envidiable ―cuando se es un escritor―. Infancia que lo hizo sospechar de los encantos de cualquier clase, y le dio una ilimitada fascinación con los seres humanos y sus secretos.

Le Carré, como saben la mayoría de sus seguidores, es el hijo de un elegante y famoso estafador inglés. Su padre, Ronnie Cornwell, nacido en la mundana clase media, se convirtió por su propio esfuerzo en un divertido y agraciado hombre capaz de hablarle a cualquiera sobre cualquier tema, y eso hizo. Fue amigo de los gemelos Kray, los notorios y fotogénicos gánsteres londinenses. Fue a prisión por fraude de aseguradora. Siempre, dijo le Carré, tenía una estafa o dos en obras.

“En su tiempo, tuvo un caballo de carreras en Maisons-Lafitte en las afueras de París, y bailarinas, y fue zumbando a Monte Carlo con el ex alcalde de Londres a pasarlo bien en el Hotel de París” dijo le Carré. “Su ascenso social fue extraordinario”. Cuando las cosas fueron mal, recuerda le Carré, “no solo lo buscaba la policía, sino también los chicos malos. Tuvimos que poner los autos tras la casa, mantener las luces apagadas y cosas así”.

A le Carré le gusta citar un pasaje de la autobiografía de de Colin Clark, el hijo del coleccionista de arte Lord Clark, quien escribió cómo era ser tratado por el padre de le Carré: “Era nuestro tío favorito, nuestro doctor de cabecera, Bob Boothby y Papá Noel en uno solo”. Podía, escribió Clark, “arreglar cualquier cosa”, y lo hizo. “Ronnie me invitó a Royal Ascot y me dio algunas buenas cenas. Entonces me mostró un pedazo de propiedad abandonada, la cual no le pertenecía, prometiéndome el doble de mi dinero en tres meses y tomó el lote”.

Más de una vez Le Carré y su hermano se vieron forzados a coger sus cosas y marcharse sin advertencia. Hubo repetidas bancarrotas. En las raras ocasiones cuando su padre estaba presente, exigía total atención. “Cualquiera leyendo un libro, no estaba siendo leal” dijo le Carré.

Cuando tenía cinco años su madre se marchó, y él fue enviado a un internado, permaneciendo entre una institución y otra hasta cuando tuvo 16. (Su padre pagaba por sus estudios, la mayor parte; cuando no podía enviaba bienes del mercado negro, como frutos secos). Le Carré tiene pocos recuerdos de su madre. “Si hubo épocas en las que fui despiadado, y la mayoría de nosotros lo ha sido,” sugirió, pudo ser en parte debido a “ese pedazo de mi vida faltante, el cual fue el amor de mi madre”.

Antes de entrar a Oxford en 1952, pasó muchos años aprendiendo lenguas extranjeras y trabajando en Austria con la sección de inteligencia del ejército británico, interrogando a desertores del bloque oriental. En Oxford, siguió una carrera con honores en lenguas modernas y trabajó en cubierto para el MI5, probando la presencia de agentes soviéticos en grupos de extrema izquierda.

Poco después de unirse de tiempo completo al MI5, le Carré comenzó a escribir a mano su primera novela, Call for the Dead, en cuadernos rojos. Amaba el MI5. “Era como trabajar en un gran periódico. Era gente realmente divertida, no institucionalizada, no demasiado corporativa en sus mentes y muy brillante en sus particulares intereses”.

Para 1960, aún trabajando en su novela, fue transferido hacia el servicio de inteligencia exterior, MI6, para trabajar en Bonn y Hamburgo, y quizá ―él no entra en detalles― pinchando teléfonos, conduciendo agentes, dirigiendo interrogatorios y ejecutando intrusiones autorizadas. MI6 no le hubiera permitido publicar Call for the Dead bajo su propio nombre, David Cornwell. Le preguntó entonces a su primer editor, Victor Gollancz, qué clase de seudónimo podría elegir. “Él recomendó dos monosílabos anglosajones ―algo como Chunk Smith o Hank Brown―” ha escrito le Carré. “Elegí le Carré. Solo Dios sabe por qué o de dónde lo saqué”.

La casa de le Carré, donde ha vivido durante más de 40 años con su segunda esposa, Jane, está en la cima de una colina cerca a Penzance, la cual ofrece la envolvente vista inglesa del Canal. Hay una soledad recorrida por el viento la cual él valora.

La presencia de le Carré ha sido una de “estar y no estar” en el panorama literario británico. No asiste a galas literarias; no compite, ni acepta premios. Cuando estuvo nominado en 2011 al codiciado Premio Man Booker International, entregado a toda una vida de trabajo, solicitó sacar su nombre de la lista. No le gustan las giras de promoción ni las entrevistas ―las cuales considera “hacer ruido de pájaros”―.

Su tercera novela, The Spy Who Came In From the Cold pudo haberle dado el gusto por el retiro. Fue la sensación cuando se publicó en 1963 ―su sencilla y lapidaria brillantez fue un antídoto al caos físico y moral de las novelas de James Bond de Ian Fleming―. El interés por su autor llevó a revelar su nombre un año más tarde, y entonces se vio forzado a abandonar el servicio. Así se encontró luchando con la nueva fama conseguida. “Hice un terrible desastre con mi primer matrimonio”, dijo sobre su primera esposa, Ann, con la que tiene tres hijos. “Era difícil vivir conmigo siendo como soy”. Su enorme éxito también le dificultó conseguir amigos en su nueva profesión. “Era tan anormal. Quiero decir, la mayoría de escritores se esfuerzan. No me he esforzado. No podía ir de repente al PEN Club y comportarme como un ser humano normal, porque muchos de aquellos tipos estaban esforzándose por hacer un par de miles de libras al año”.

Poco después de su divorcio, se casó con Valerie Jane Eustace, una editora de Hodder & Stoughton. (Tienen un hijo, Nicholas, un novelista que escribe bajo el nombre de Nick Harkaway). Tras una temporada empezaron a pasar mucho tiempo en Cornwall.

Su casa y anexos exteriores son imponentes, nada pretenciosos, con un fermentado sentido natural del drama. Es un buen lugar para un ex espía; la clase de lugar donde Harrison Ford, interpretando a un retirado y bondadoso oficial de la CIA, podría establecerse con su familia al inicio de una película de 1990, justo antes de que hombres rana rusos comiencen a emerger del mar. Ciertamente, le Carré ha escrito que un primer borrador de Tinker Tailor Soldier Spy comenzó con esta imagen mental: “un hombre solitario y amargado viviendo un acantilado de Cornish, mirando a un automóvil negro mientras este se desliza por la colina en dirección a él”.

Le Carré continúa obsesionado con su tierra. Es más ágil que otros hombres con veinte años menos, en gran medida porque, cuando termina sus mañanas dedicadas a la escritura, se prepara para realizar arduas marchas. Solo hasta hace poco su esposa le ha hecho acortar estas aventuras. “Ahora camino por el interior en vez de ir correteando a lo largo de los acantilados, ya que ella teme que me caiga” dijo. “La recepción de teléfono móvil es casi inexistente aquí. Si no muero inmediatamente, estaría atrapado por un largo tiempo”.

Cuando llegué a la propiedad de le Carré, tras un viaje tortuoso de diez millas desde Penzance a lo largo de estrechos caminos bordeados por setos, lo primero que hizo fue hacerme un brioso recorrido por el lugar. Su ritmo me dejó deseando haber tenido más entrenamiento en hacer recorridos por el campo.

Más tarde nos sentamos frente al fuego crepitante, cerca a una mesa con copias aún frescas de los matutinos londinenses y la edición más reciente del New York Times Review of Books. Le Carré es un hombre divertido, generoso, obstinado y extraño imitador (hace una excelente personificación de Margaret Thatcher) quien solo raras veces parece fuera de su tiempo. No se siente aún cómodo con las computadoras, pero es hábil con Google. Admite que prácticamente se perdió los años sesenta y que no sabe nada de música rock, aunque disfrutó un poco, entre sus dos matrimonios, con vivo entusiasmo. “¿Ha probado la cocaína?” me preguntó en cierto momento. Cuando asentí, dijo que él había probado, una vez, y esperaba que no me hubiera dado, como le dio a él, una problemática y prolongada erección. Evita casi por completo la televisión, salvo por las noticias y el rugby, aunque ocasionalmente sintoniza “The Daily Show con Jon Stewart”, un programa recomendado por sus hijos adultos. Stewart, observa le Carré”, despliega “un notable nivel de ingenio” y posee una mente que es “elegante, no abusiva”.

Le duele que haya comenzando a perder la audición, así que la televisión y los diálogos en las películas se han vuelto difíciles de comprender. El cine, especialmente, es lo que teme perder. No estaba seguro, al principio, de que Oldman fuera la persona correcta para interpretar a George Smiley, un personaje tan identificado por el público con Alec Guinness, quien interpretó al enigmático espía en dos populares e inolvidables miniseries de la BBC, Tinker Tailor Soldier Spy en 1979, y Smiley People en 1982. Guinness atrapó la constitución corta de Smiley, la cual le Carré describe en Call for the Dead (1961) de esta forma: “Corto, obeso y de apariencia silenciosa, parecía gastar un montón de dinero en pésima ropa, la cual colgaba de su rechoncha figura como la piel de un sapo encogido”.

Cuando se le propuso a le Carré que permitiera filmar de nuevo Tinker Tailor…, se resistió. “No estaba seguro de la necesidad de hacer una película, y pensar en ello me hizo sentir algo desleal hacia Alec”, quien había sido su amigo. Pronto llegó a ver la brillante actuación de Oldman. “Mientras que Alec no tenía una sexualidad identificable del todo ―las pocas veces que debió inclinarse a besar a alguien en la pantalla uno miraba a otra parte― Oldman tiene esta clara sexualidad y autoridad” dijo. “Interpretó su papel como un resorte, esperando a liberarse, a explotar realmente”.

A le Carré le gusta desmenuzar a los actores y sus actuaciones. El viejo espía en él aún busca sacudir a la gente, probar sus fortalezas y vulnerabilidades. Alaba la “inteligencia artística sobre su propio cuerpo” de Philip Seymour Hoffman. Recuerda que se opuso, por razones morales, en darle a Jeremy Irons el papel principal del filme basado en su novela “The Russia House” de 1990 ―el papel fue para Sean Connery―, debido a un incidente en un parque de Londres. “Los agresivos perros de Irons,” dijo le Carré “atacaron a mis perros más pequeños. Él nunca se detuvo a disculparse”. (Irons dice que pudo haber un altercado pero que no recuerda que ningún perro haya sido lastimado).

Antes de la caída del Muro de Berlín, el interés de le Carré por la Guerra Fría casi había terminado. Siguió adelante con novelas como The Little Drummer Girl (1983), situada en Medio Oriente, y The Tailor of Panama (1996), con diferentes temáticas y lugares.

“Tras Tinker Tailor… pensé, debía levantarme de mi silla y ver el mundo” dijo, levantándose para arrojar otro leño al fuego. “Intenté ponerme en riesgo y a sufrir un poco de incomodidad y a tener miedo, lo cual conseguí muy pronto, no soy ningún héroe”. Vio suficientes disparos y otras variedades de peligro como para sentir respeto por los corresponsales de guerra y los periodistas investigativos. “En el siglo XVII, podrían haberlo llamado mística sangrienta”.

Este viejo espía se ha mantenido actualizado de los cambios en el mundo del espionaje. “Es un mundo distinto, multiétnico y asombroso: rostros mestizos, rostros negros, caras blancas, sin apariencia de pertenecer a alguna clase social”. Le Carré, quien enseñó brevemente en Eton, ha sido por mucho tiempo crítico del sistema de clases británico. Desearía reducir el tamaño de la monarquía, o como él dice, ponerla "en una bicicleta". Desearía también abolir el sistema de las escuelas de élite británicas para permitir que los mejores recursos de enseñanza estén abiertos a todos. (Ha hablado de manera elocuente sobre sus experiencias como estudiante en una de estas instituciones, Sherborne: “Chicos que golpean a otros chicos, jefes de casa golpeaban chicos, e incluso los directores descargaban su mano para golpear a los chicos cuando el crimen era considerado como lo suficientemente atroz”.) “Me parece que nuestra obsesión por la clase social es absurda”, me dice ahora, y agrega, sonriendo, “Tengo cierto derecho a esos sentimientos, ya que durante mucho tiempo pretendí ser un caballero”.

Algunos espías retirados aún se le acercan, como discípulos hacia un maestro, para conseguir algo de información. “Me han contado las cosas más extraordinarias bajo la suposición de que aún me dedico a informar” dijo. “Pero desde que dejé el servicio, no he trabajado en ninguna medida en inteligencia”.

Ha emergido, sin embargo, como un abierto crítico de la política exterior estadounidense y británica tras el 11 de Septiembre. Cuando aparece el tema, él suspira y se aferra duramente a los antebrazos de su silla. Le Carré tiene la distinción de estar entre los 43 antagonistas más tempranos de Bush. En enero de 2003, cuando la mayor parte de los periodistas importantes y escritores estaban de acuerdo con la decisión de derrocar a Saddam Hussein, le Carré publicó una crítica en el Times de Londres con el título “Estados Unidos ha enloquecido”.

“Cómo Bush y su junta han triunfado en dirigir la ira de Estados Unidos de bin Laden a Saddam Hussein,” escribió “es una de las grandes conjuras de relaciones públicas de la historia”. Con su familia salió a las calles a protestar. Una década después del “choque y la indignación” aún se frota la frene mientras habla de ello, como si fuera la desagradable muerte de algún familiar. En un estante de su baño, le Carré conserva una figura de cartón de Bush, así puede mirarlo mientras está orinando. (Barack Obama lo ha decepcionado, por, entre otras cosas, no haber cerrado la prisión de Guantánamo).

Cuando le pregunté acerca del más reciente blanco del oprobio liberal, la película Zero Dark Thirty de Kathryn Bigelow estrenada en 2012, acerca de la captura de Osama bin Laden, le Carré se detuvo por un momento, sonrió, hizo otra pausa y dijo “Déjeme intentar organizar mi rabia”. Poco después de su lanzamiento, la película atrajo ataques por parte de comentaristas tanto americanos como británicos, por presentar la tortura como un mal necesario. Las escenas de tortura enfurecieron a le Carré, y él culpa a Bigelow por no describir con precisión suficiente los múltiples tipos de mecanismos de inteligencia tras bambalinas empleados para capturar a bin Laden. “Si el filme es fiel, es una muestra de tal incompetencia que se queda uno sin aire”.

Dos de las tres últimas novelas de le Carré, A Most Wanted Man y su última, A Delicated Truth, han tratado con la guerra global contra el terrorismo, probando los tipos de matices que Bigelow ignoró. Acerca del Islam y Occidente, dijo: “Si hubiéramos gastado una fracción del tiempo que perdimos en la guerra, en tratar de corregir los malentendidos con estas personas, habríamos hecho un mejor trabajo”. En A Delicated Truth, dirige su atención hacia los peligros de asignar labores militares a mercenarios. “Esto sonará como si hablara con ligereza”, me contó le Carré “pero Mussolini decía que la definición de fascismo es cuando no se podía poner siquiera un cigarrillo entre el poder corporativo y el poder político. He visto ha miembros veteranos de nuestro sistema de inteligencia ir fácilmente hacia estas compañías privadas de defensa”. Mantener un ejército correctamente, según él, es una tarea difícil mental, física y moralmente. “Es mucho más fácil si yo llego a usted y le digo, ‘Aquí esta su contrato, quiero que libere Sierra Leona, no me importa a quien lleve con usted y trate de mantener discretamente la matanza’”.

Se ha oscurecido afuera, y le Carré ha tenido suficiente por un día. “¿Le gustaría un poco de champaña?”, me pregunta, saltando de su silla. Ha reducido su vida últimamente a cuatro placeres, los cuales no hace mucho resumía de esta manera: “Escribo, camino, nado y bebo”.

Últimamente, le Carré ha empezado a poner sus asuntos en orden. Ha permitido a Adam Sisman, el autor de la reconocida biografía del historiador Hugh Trevor-Roper, un acceso abierto a sus documentos. Sisman me dijo que ambos, él y le Carré, están dispuestos a que este sea un retrato con todo y defectos. “Él es personalmente tan encantador”, me dijo Sisman, “que me estoy esforzando por conservar esa astilla de hielo en el corazón que Graham Green creía que todo escritor debe tener”.

Cualquier espina de hielo que pueda quedar en el corazón de le Carré parece estarse derritiendo. Él y su viejo enemigo, Salman Rushdie, sellaron el año pasado una brecha de quince años, la cual se abrió en 1997 con la novela de Rushdie Los versos satánicos. Le Carré se opuso a la publicación en rústica del libro, afirmando que estaba “más preocupado por la chica de Penguin Books que podría perder las manos en una explosión abriendo el correo que por las regalías de Rushdie”.

Incluso hizo un pacto con su familia. “Tienen orden estricta de decirme si no creen que estoy escribiendo bien, ya que en este punto podría escribir todo un directorio telefónico y conseguir dinero por ello”.

La mañana siguiente, dijo, estará de vuelta a su escritorio, donde trabaja siete días a la semana. Comenzará otra novela, aunque todo lo que puede decir sobre ella es que estará vagamente basada en un relato de Joseph Conrad, uno al que quisiera pasar a los términos del espionaje. Me ha contado que sigue el mensaje que sus hijos han puesto en un poste que cuelga de su oficina: "Keep Calm and le Carré On" (Mantén la calma y sigue a lo le Carré".

 
El artículo original, disponible en la web del New York Times, aquí.
 

 

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