lunes, 8 de abril de 2013

Memorias de un periodista


Soy, lo saben, poco amigo, si acaso no reacio, hacia la autoficción; mi interés en las biografías es poco, y casi nulo en las autobiografías. No obstante, las memorias pueden ser un material grato de lectura, amén de un depósito de observaciones interesantes. Distinto al ejercicio histórico, archivístico, de las biografías, apilando hechos sobre hechos, entre fechas y datos, las memorias buscan los picos relevantes del pasado, y pasan el análisis del autor con el criterio formado tras el paso del tiempo.

Como muchos, conocí a Christopher Hitchens por sus numerosos debates disponibles en YouTube. La mayor parte de estos dedicado a la defensa del ateísmo. A diferencia de otro ateo famoso, Richard Dawkins, Hitchens no era un científico, sino un periodista. Esto, tal vez, fue la causa por la cual Hitchens fue un polemista tan feroz. En la portada de su libro de memorias Hitch 22 ―Debate, 2011―, es visible la cita de Dawkins: “Si te invitan a un debate con Christopher Hitchens, no vayas”.

Hitch, como lo llamaban sus amigos ―detestaba ser llamado “Chris”―, nació en 1949 en Inglaterra, hijo de un oficial de la Armada. Su vida terminaría como nacionalizado estadounidense en 2011, tras ganar fama como enemigo de las religiones monoteístas, de la derecha ultraconservadora, de la “extrema izquierda”, del ex presidente Clinton ―y esposa―, así como de los cómicos y petulantes creacionistas.

Su ateísmo comprometido no se refleja en sus memorias; brilla lejano como una ciudad vecina, pero poco interesante, y deja ver su verdadera pasión: los viajes, el periodismo, y el trabajo intelectual. Con Orwell, Jefferson y Thomas Paine como santos patrones, Hitchens estudió filosofía y ciencias políticas en Cambridge y Oxford. Se enganchó en la causa socialista y participó en manifestaciones y protestas, recibiendo macanazos y prisión. Viajó por Cuba y Europa del Este, desencantándose en cada parada del discurso comunista, en vez de caer, como algunos pelmazos, en el lado opuesto de los ideales. Por el contrario, Hitchens desarrolló una mentalidad crítica, virtud de un auténtico intelectual, con la que consiguió ver errores y logros, sin dejarse enceguecer por banderas y eslóganes.

En Hitch 22 no solo hace cuenta de sus viajes; abre un capítulo especial para su amigos más cercanos: el poeta y crítico James Fenton ―a quien le dedica el libro―, Martin Amis, Salman Rushdie y, a pesar de las discusiones y diferencias, Edward Said. Hitchens ocupa otro capítulo a analizar el conflicto palestino israelí, no solo desde la perspectiva del periodista informado del asunto sino del intelectual de ancestros judíos, opuesto al sionismo, y con amigos en ambos lados del conflicto.

Hitchens, a diferencia de algunos otros pensadores, no pasó sus días encerrado entre bibliotecas o pontificando desde el atrio de una gran universidad. Recorrió el mundo y estrechó manos, amigas y enemigas, desde el dictador Videla hasta Chavez, líderes de la derecha estadounidense, comandantes de la resistencia kurda en Irak, autores de la talla de Noam Chomsky y Susan Sontag ―amigos cercanos―, Ian McEwan, Saul Bellow, Borges ­―cuya enorme admiración deja ver en algunos párrafos.  

Estas memorias no deberían ser solo un buen ejemplo a seguir para los que se plantean el reto de dedicarse al trabajo intelectual, sino también a los periodistas: en esta era, en que las facultades producen “comunicadores”, sin más capacidad en su oficio que para copiar y pegar los reportes de las agencias de noticias, bien valdría la pena ver el trabajo de este autor, capaz de separar sus ideas políticas del estricto trabajo periodístico, siempre consciente de la importancia de este. Para Hitchens ―y así lo señala en sus memorias― el periodismo no es una carrera, sino una pasión; un oficio que demanda tiempo, olfato e interés por rastrear hasta los mínimos detalles de una historia.

Si resulta algo incómoda es su defensa de la guerra de Irak y de la camarilla neoconservadora tras la absurda invasión. Pese a su enorme desprecio por Reagan ―cuyo gobierno contó con el mismo equipo de neoconservadores que George W. Bush: Paul Wolfowitz,  Donald Rumsfeld, William Kristol―, Hitchens se convirtió en el único intelectual de la izquierda para quien la invasión de Irak estaba completamente justificada. Incluso un hecho como la inexistencia de las armas de destrucción masiva es apenas un hecho paralelo a la importante tarea que, para Hitch, era acabar con Sadam Hussein.
 
Tengo una imagen de Christopher Hitchens en mi mente: la de sus mejores debates, corpulento, sonrosado y corpulento, dispuesto a liquidar a cualquiera que se mostrara demasiado atrevido en su contra durante un debate. Su estado fue degenerando rápidamente a causa del tratamiento contra el cáncer. Este hombre tenía más de sesenta años, y su carrera de trotamundos se desarrolló durante cuatro décadas, cubriendo aquella parte del historia en que el mundo pareció correr más rápido. Una clase de periodista que hoy día parece, salvo por algunos casos contados, haber desaparecido.

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