jueves, 11 de abril de 2013

Sobre filósofos contemporáneos


No sé si así fue en tiempos de Platón o Séneca, pero hoy día resulta complejo ver el papel de la filosofía; al menos fuera del aula de clases. Los egresados de este campo afrontan el riesgo de agregarse a la población cesante si no encuentran plaza en la academia. Y, quienes esto consiguen, terminarán formando a otros filósofos, en un loop sin fin.

La antigua filosofía se fue desarmando en las actuales ciencias, y, en el presente, encuentra pocos temas no tratados aún por otras ramas de las humanidades o las artes. El filósofo, entonces, suele ser alguien entendido en la historia de la filosofía, y las menos veces un intelectual dispuesto a aportar un análisis profundo de las problemáticas y fenómenos del presente.

Pero, por fortuna, los hay. Tal vez hoy día ―puedo estarme equivocando― uno de los principales, si no el principal, exponente de lo que me permitiré llamar “la nueva filosofía” es Slavoj Žižek, el filósofo marxista esloveno, mayormente conocido como crítico cultural. Desde su perspectiva neomarxista, Žižek estudia, y explica, diversos asuntos socioculturales, en términos, lo suficientemente claros, como para llegar a la mayoría de una población desinteresada en el discurso en extremo abstracto y sin objeto, propio de la mayoría de autores de filosofía, desde el siglo XIX. Esta nueva filosofía, más dada a explicar los hechos y percepciones en la realidad cotidiana, conectando materias usualmente desconectadas, ofrece un discurso más interesante y directo, que el nudo de cables ofrecido por pensadores sobrevalorados como Martin Heidegger o Jacques Derrida.

No es el único, claro; sin embargo, ocurre que, filósofos así ―en este mundo donde la celebridad venida a más del reality show ocupa las primeras páginas y titulares más comentados de las páginas web― son motivo de interés de aquellos incapaces de limitarse al ver correr la realidad con la indiferencia del guardia ante el monitor de vigilancia cuya cámara apunta a un estacionamiento vacío. Otro pensador dispuesto a aportar una mirada crítica sobre el mundo actual es Michel Onfray.

Onfray es otro de esos autores en filosofía quienes han dejado el encierro cómodo del campus académico para ejercer su función de pensador social en dirección a las masas. Debates, entrevistas, documentales, y la que es, en mi opinión, una de sus obras más valiosas, la Universidad Popular de Caen; una institución gratuita y abierta la cual no recibe dineros del gobierno y cuyo objetivo es la enseñanza de la filosofía. En Francia no es, a diferencia de lo que enfrentamos aquí en el Nuevo Mundo, una rareza la enseñanza abierta; no obstante, nunca sobra. Es este interés en dirigir el discurso y el conocimiento filosófico a las masas, en mi opinión, el verdadero ethos de la filosofía: generar pensamiento, abrir las mentes al debate y el razonamiento crítico de los hechos y conjuntos abstractos a los cuales nos vemos sometidos.

Tuve el placer de leer por estos días La filosofía feroz; conjunto de textos anarquistas de Onfray publicados en 2004. Aunque en algunos de sus escritos aquí presentes cae en simplificaciones cuestionables, resulta refrescante el estilo directo, sin rodeos ni neologismos sociológicos, con el cual Onfray ataca a sus enemigos convencionales: la religión, el liberalismo (económico), la política exterior de los Estados Unidos y la derecha francesa. Estos artículos no escapan al espíritu de la época: el post 9-11 que disparó todas las doctrinas del miedo y ensanchó el sisma Oriente-Occidente por medio de la lectura simplificadora de los medios. No se olvida tampoco de recordarnos que la base de la caridad religiosa basada en el monoteísmo depende más del miedo a un ser superior y sus castigos en el más allá que la verdadera compasión; la pena de muerte, los programas sociales del gobierno, y más temas.

El producto del saber y del análisis de la filosofía no puede limitarse a formar ensayos académicos dirigidos a las revistas indexadas; tarea actual de muchos graduados en filosofía, profesores de universidad y colegio, sin otro deseo que añadir publicaciones a su currículo a fin de aumentar su salario. No pretendo que la producción escrita filosófica se derrumbe hacia el panfleto politizado, plagado de generalizaciones y sentencias desgastadas, mas el otro extremo, el artículo enrevesado por los neologismos y los extranjerismos, las citas de autores clásicos y contemporáneos que no aportan nada, y los temas rebuscados, consiguen espantar al lector promedio, para quien la filosofía contemporánea no parece distinta a un conjunto de fórmulas presentadas por el físico o el químico para sustentar su descubrimiento.

Aunque este es tema de un escrito más extenso, considero que uno de los peores errores de las ciencias humanas hoy día es intentar ―infructuosamente, para decirlo de una vez― ganarse el respeto de las masas y la academia imitando la complejidad inherente a las ciencias exactas. Esto es imposible.

De acuerdo o en desacuerdo, Onfray me parece un buen ejemplo a seguir.  

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