domingo, 14 de julio de 2013

Unas palabras sobre el affaire Snowden


Y muchos años después la humanidad, o la mayor parte de esta, descubrió el hecho, asolador para muchos, de que los Estados Unidos, la mayor potencia económica y política del mundo, espiaba a otros países. Horrorizados los medios empezaron a trinar y postear en Facebook cómo, con ayuda de satélites y software, ciertos oscuros hombres en algo llamado la CIA, y cierta agencia de poco reconocimiento llamada la NSA, podían, ¡peligro!, escuchar cualquier conversación, ver cualquier correo, leer los detalles de cualquier red social en el mundo.

            Lo que Edward Snowden dijo, ya hace un par de meses, a los medios del mundo, cayó como una patada a la cabeza de una sociedad dormida, inconsciente de estar siendo vigilada. Por primera vez, parece, alzaron la mirada hacia el techo de su cuarto de baño, y notaron la cámara de vigilancia sobre su ducha. Y, en todo el tiempo que lleva corriendo el conocido asunto Snowden, no puedo sino impactarme de la aparente ingenuidad, la visible negligencia, y la patética reacción del mundo ante el espionaje de la familia de la inteligencia estadounidense.

            Primero tenemos al hombre; algunos pasquines y blogs lo llamaron el “espía”, siendo apenas un simple analista. Snowden, producto de las universidades de garaje de esos estados intermedios que rara vez suenan, trabajó como contratista para la CIA y la NSA. Al final de su carrera en inteligencia ganaba, al parecer, bastante bien; su consciencia, empero, le impedía dormir correctamente. Se levantó, partió a Hong Kong y le dijo a The Guardian lo que sabía sobre los programas de vigilancia las agencias de espionaje norteamericanas. El hombre se convierte en un héroe; pero, a diferencia de Julian Assange, Snowden tiene poco interés en convertirse en la imagen de la lucha contra el sobrecontrol de los gobiernos occidentales. Es posible, incluso, que una vez fijada su residencia, su gris silueta de nerd generación Y vaya opacándose, hasta desaparecer. Sin nuevos golpes contra el “imperialismo yanqui” los medios dirigirán su atención a los nuevos escándalos de las celebridades. Porque, habrán de admitirlo, Snowden tiene más de Rebecca Black que de Daniel Ellsberg.

            Ahora el mundo sabe de programas como Tempora y PRISM; los más críticos no han ido al fondo del asunto, sino que se han limitado a quemar banderas de barras y estrellas. Los periodistas han terminado por interesarse más en el viaje de Snowden por el mundo buscando asilo que por el resultado de sus filtraciones. Los gobiernos contrarios a Estados Unidos han repetido sus ya gastados eslóganes, como sacando del cuarto de antigüedades esa camiseta raída de mensaje contestatario. China y Rusia han guardado silencio, ya que sería el colmo de la hipocresía criticar a los americanos por tener una tecnología que ya desearían tener ellos. ¿Pero quién se benefició realmente de estos leaks? En el epílogo del capítulo, ¿qué ha cambiado?

            Un gobierno de derecha inicia una guerra contra el fantasma, o la ilusión óptica del terrorismo: invade naciones, asesina, tortura, desaparece y presiona gobiernos. En la era de las comunicaciones, las líneas de la red de redes son solo una ciudad más para poblar con espías. NSA ha estado a la escucha del mundo desde 1952, cuando aún conseguir una llamada en buena parte del mundo era un problema. Desde la aparición de internet el rastreo, la actividad de hackers e investigadores ha aumentado a ritmo exponencial. Para 1997 una película como Enemy of the State describía cómo un ciudadano podía ser perseguido, localizado, detenido e incluso destruido con el trabajo de cuatro operadores sentados frente a computadores; ECHELON, y su capacidad para intervenir cualquier medio de comunicación, se hizo público en 1999. Para el año 2000 cualquiera apenas interesado en asuntos de inteligencia estaba consciente del declive de las operaciones de campo a favor de la inteligencia de señales: reconocimiento facial con cámaras y satélites, intervención telefónica y de correos, supercomputadoras capaces de descifrar cualquier sistema de encriptación, y demás. Doce años después de iniciada la guerra contra el terrorismo, una lucha que, a nivel doméstico y exterior solo puede ser efectiva si se lleva a cabo un seguimiento de las actividades de potenciales terroristas, y en un mundo donde cada persona lleva un teléfono, por no decir una computadora, en su bolsillo, no puedo creer las miradas de estupefacción, de horror, de sorpresa, de resentimiento, al enterarse de que, sí, Estados Unidos y el Reino Unido, han aumentado su capacidad de vigilancia sobre el mundo.  

            Ellsberg no consiguió detener la guerra en Vietnam, pero sus filtraciones a la prensa permitieron a los estadounidenses saber el grado verdadero de desastre del conflicto. Cuando una sociedad está informada le cuesta menos aplicar cambios a su sistema de gobierno. Snowden no nos ha dicho nada del mundo que se supiera antes, solo un aspecto de la política internacional que el mundo adormilado por realities y concursos de talento no quería reconocer, que las agencia de inteligencia existen, que el espionaje está hoy tan en marcha como lo ha estado siempre, y que ningún gobierno en el mundo puede generar política alguna sin estar informado primero. Los presidentes y ministros en las potencias quieren saber, mientras los súbditos prefieren cambiar el canal, cerrar el diario, o dar clic solo ante el más reciente aprieto económico de alguna celebridad en Hollywood. ¿De quién es la culpa?

            Los gobiernos de la falsa izquierda latinoamericana salieron con los brazos abiertos a ofrecer suelo y seguridad al ex analista de la CIA. Snowden necesita, como todo mortal, un lugar donde estar a salvo, pero la burocracia manda, y el periplo ―al momento de escribir estas líneas― no ha terminado. Tal vez, como los viejos desertores de la época dorada del espionaje, se quede en Rusia y monte un blog. Es posible que termine en América Latina, donde el riesgo de ser capturado y transferido a una corte federal es muy alto. Estos gobiernos han elevado a Snowden a la categoría de refugiado político, de campeón de la libertad, cuando el hombre claramente violó la ley estadounidense, y sus filtraciones no detendrán ningún programa. No me cabe duda, además, que si presidentes como Maduro y Correa tuvieran en sus manos estas plataformas de vigilancia, sería mucho más efectiva su guerra contra opositores políticos, medios y cualquiera que cuestione sus administraciones. El poder solo puede sostenerse mientras gane más control, y negarlo es una completa muestra de hipocresía.

            El 10 de julio la ministra venezolana Iris Varela invitó a los venezolanos a cerrar sus cuentas de Facebook, ya que, según ella, estos usuarios “trabajaban gratis para la CIA”. La falta de comprensión del asunto, en una persona adulta metida en la política, es preocupante: la CIA no tiene millones de empleados sentados leyendo las fruslerías que publica el hombre de a pie en su red social; a nadie le importa esa foto instagrameada de la última fiesta de cumpleaños, ni los comentarios a un meme, o el like a la foto de un gato con cara de estreñido, o emoticones, o estatus, o los millones de movimientos al día que registra la plataforma. A la CIA no le importan las conversaciones entre una estudiante guatemalteca y su novio, o el comentario al video de una llama riéndose, o un patinador tropezándose, de la misma manera que tú, lector, no estás interesado en el millón y medio de páginas impresas que guarda la biblioteca pública, ni en el noventa por ciento del contenido de Wikipedia, o los cientos de documentales y videos educativos disponibles en YouTube. Se necesita mucho para que la información, cualquiera, cobre valor, y entonces debamos ir tras ella. Si, en unas horas, o unos días, o meses, ocurre un atentado terrorista en Detroit o Savannah, posiblemente la única forma de dar con los culpables será barriendo la red en busca de señales, o indicios, fragmentos de comunicación relativa al ataque o discusiones al respecto antes de que el hecho ocurriera. Lo cuestionable sí, será por qué, teniendo a la mano un poder de vigilancia tal, las agencias de la ley no pudieron prevenir el hecho.

            Lo que me ha permitido ver el caso Snowden es que la espada de Damocles sigue ahí, y nadie parece interesado verdaderamente en desmontarla. Las ideas radicales y las amenazas no han desaparecido del mundo, y ningún gobierno, ni republicano ni demócrata estará dispuesto a asumir el precio de haber eliminado un sistema de vigilancia antes de que se repita otro 11 de Septiembre. Lo que sí puede hacerse, en vez de criticar el internet usando la red misma, es asegurarse que, quien esté tras la cámara de vigilancia, sea alguien con la ética suficiente para no abusar de su poder.

            Porque ahí está la gravedad del asunto, apreciado lector. Es el lugar común describir la vigilancia de la CIA, y todo el asunto Snowden como algo “orwelliano”, y ello solo demuestra que la mayor parte de la gente solo tiene una idea general de lo que trata 1984. El horror en esta novela no es solo la vigilancia absoluta del Estado, sino la destrucción del hombre por la doctrina, las mentiras y autoengaños sobre las que se alzan los ideales y los discursos; los enemigos totales, los líderes supremos. No le temo a la vigilancia de la familia de la inteligencia estadounidense, porque, por suerte, el gobierno federal no está, al menos ahora, dirigido por un caudillo popular, de uniforme y discursos de guerra y odio, haciendo gestos teatrales frente a las masas brutas. No temo porque sé que los superordenadores de Fort Meade, Maryland, carecen de odio, doctrina, inclinación política, supersticiones o fanatismo, y porque sé que ninguno de los empleados federales asignados a inteligencia y análisis, en sus estrechos cubículos de Langley, va a perder horas de trabajo leyendo mis correos, conversaciones de Facebook, o siquiera este blog.