martes, 27 de agosto de 2013

Y ahora...


 

Ladran los perros, pero la caravana pasa, dice el proverbio árabe. En el caso de la protesta social en Colombia, se agitan las cacerolas y se anegan las calles con gritos, pero los políticos pasan. Nada parece cambiar jamás tras un paro, o una serie de protestas: la policía responde, ante las cámaras, a punta de porra y gas lacrimógeno; fuera de cámaras, con frijoles y plomo. El pueblo grita y la caravana del gobierno pasa. La gente espera, como siempre, un cambio; no lo obtendrán, porque toda protesta tiene líderes, y estos terminan aceptando los tres arreglos que hagan con los negociadores. En el último estadio de toda crisis nadie quiere perder su silla, por lo se termina aceptando algo contrario a perderlo todo.
Foto Colprensa


Cada vez que una marcha recorre la Avenida Séptima, que en las plazas se forman muchedumbres coreando una misma consigna, que las redes sociales se llenan de mensajes a favor de paros y huelgas, lo que lamento es ver el mal funcionamiento del sistema político colombiano. Nadie parece preocuparse por las acciones de esos hombres de traje, allá en el Capitolio, discutiendo, durmiendo, leyendo folio tras folio, o charlando por celular. La preocupación viene cuando la ley está sobre el escritorio del primer mandatario, y este ya alza la pluma para su sanción final: entonces viene la indignación, las invitaciones a protestar, las marchas. El principio de la población representada en los miembros del parlamento es una fantasía en Colombia; y el origen de esta imposibilidad se gesta en la falta de preocupación general al momento de votar; se aplica la x ―cuando no es para el votante mucho esfuerzo desplegar el tarjetón― sobre fulanito y/o sutanita, sin saber quiénes son, o a qué ideologías responde. Así es como la derecha, representada por partidos cristianos, las momias conservadoras, los falsos liberales, y los partidos contaminados hasta el tuétano por el paramilitarismo, ganan escaños. Se gobierna mal o no se gobierna en absoluto, porque quienes votaron son esas personas que andan por la vida con el lema “no me meto en política”, o con la vergonzosa excusa de “yo no entiendo de esas cosas”. Thomas Jefferson ―a quien deberíamos volver más seguido― dijo que la libertad dependía de una constante vigilancia.

Desde que los mastines del gobierno Uribe, presurosos con bandejas de obsequios, como siervos en el palacio del emperador, buscaban afanosamente firmar con Estados Unidos el Tratado de Libre Comercio, quienes de economía algo tienen claro señalaron los riesgos de establecer este acuerdo binacional. El agro, incapaz de competir con el sistema de producción rural mecanizado los yanquis, sufriría terriblemente. El día que una papa sembrada en Arkansas valga menos que una papa sembrada en Boyacá, los campesinos van a tener que comerse su propia cosecha, y partir a vender minutos en las calles. La amenaza del TLC ―para sus potenciales víctimas― fue una nube lejana, separada del presente por las intervenciones de la bancada demócrata, y luego su el ascenso al poder del presidente Obama, no porque este tuviese alguna preocupación por el agro colombiano, sino porque hacer negocios con estados fascistas no es bueno para la imagen corporativa.

Ahora se comparte en Facebook imágenes contra la inminente llegada de Starbucks; se les acusa de vender el mismo café colombiano, más caro que en cualquier otra parte. Quienes afirman esto nunca han almorzado en Napoleón, Il Pomeriggio, o cualquier otro establecimiento de manteles y vinos importados, donde un tinto se añade a una enorme cuenta por la módica suma de siete mil pesos. La crítica se añade al gastado discurso sobre el “imperialismo” yanqui, redactado en computadoras norteamericanas y publicado en plataformas de internet inventadas por estadounidenses. Mi preocupación, de nuevo, es la falta de compresión de la gente sobre el tiempo en que vive; jovencitos y jovencitas, el concepto de nación está agonizando, y, como los imperios europeos antes de la Gran Guerra del 14, terminarán por ser cosa del pasado. Las grandes corporaciones, los conglomerados, los supersistemas dictarán las reglas y establecerán las jerarquías. Monsanto, empresa reconocida por su variada oferta de venenos y productos cancerígenos, ha comprado ya al país en semillas, así que cuando veo a los soldados colombianos, decir que luchan por la soberanía, me dan ganas de reír.

El futuro nunca es bueno o malo. El tiempo se mide entre una alteración de lo establecido y la siguiente. Podemos prepararnos y adaptarnos, o morir con los ojos cerrados, creyendo en el no-tiempo del presente.

 

 

lunes, 19 de agosto de 2013

¿Y qué impide leer?


No me han preguntado; nadie, de hecho, vendrá a hacerlo, y lo sé porque ya hay profesionales dedicados al asunto, y merecedores, por su esfuerzo, de un salario. Hablo del aumento de la lectura, y de los promotores de dicha actividad. Digo que nadie me ha preguntado cómo hacer que la gente ―los niños especialmente― lea más. Como un par de ideas han estado pasando por mi cabeza, a la manera de aves migratorias, he decidido anotarlas aquí, y salvarlas del olvido.

Por demás, dudo que sean útiles a los interesados del tema.

¿Por qué se lee poco? Si usted ―y sería un ejercicio recomendable― se dedica a rastrear las respuestas dadas por escritores, editores, profesores y demás interesados, obtendrá tantas razones como para dejar sentado, no solo la complejidad del problema, sino la imposibilidad de establecer una única y eficiente solución. Se lee, y se deja de leer, por la misma razón: interés. Algo nos obstaculiza el ocuparnos de un libro, o cualquier texto, cuando somos lectores usuales, y nada nos atrae a las palabras escritas cuando no somos lectores constantes. En otras palabras, leer es una cuestión de querer.

Esa es la primera idea; añado la segunda, no vaya yo a perder al apresurado lector de hoy. Una de las principales razones, esta ya de tipo cultural, relacionadas con la falta de lectura ­―no solo en este país, no solo en este presente―, es el desagrado, casi el miedo, de la mayoría de mortales, al silencio. Se odia el ruido, cuando una pulsación constante nos lleva a pensar que un grifo está mal cerrado, que una grieta generó una filtración; es detestable un sonido chirriante, agudo o ronco y muy alto, provisto por alguna máquina, un taladro o una planta eléctrica. El ruido se odia, sí, pero es el silencio el que la gente parece no soportar: se enciende la radio, la televisión, se charla con cualquier en la calle cuando no hay un amigo, conocido o familiar a quien arrastrar a un diálogo. En mi paso por esta vida, recuerdo pocas personas capaces de estar más de treinta minutos en una atmósfera insonorizada. Como si sus pensamientos fueran fantasmas, animados a pasearse por los corredores de una casa a oscuras, las preocupaciones, reales o ficticias, afloran para atormentar: deudas, peleas sin resolver, horribles noticias en la radio, la muerte, allá en el futuro, la enfermedad, ese dolor nuevo en esa parte sana, y así y así.

Pienso que cualquier mortal inteligente da por leída una página en sesenta segundos, de esta manera, una novela de 200 páginas podrá ser consumida en tres horas y veinte minutos. Si tomo en cuenta otros factores, o la simple fatiga, ese tiempo puede extenderse a cuatro o cinco horas. Pocos cuentan con tanto tiempo de silencio. La lectura, más usualmente, se distribuye en periodos de treinta a cuarenta minutos diarios, por lo que la ingesta de un libro se haga entre una y dos semanas. Con cuarenta y ocho semanas al año sería fácil tener una media de, cuando menos, treinta libros anuales. La media en este país ―y es una cifra repetida hasta el hartazgo― es de uno y medio libros.

Si lo que dije anteriormente es cierto, entonces me atrevo a decir que todo lo que haría falta para llegar a esa tasa de consumo lector en un año es gastar media hora al día en leer. Treinta minutos en la cama, al acostarse o al despertar; treinta minutos pasada la hora del almuerzo o treinta minutos de viaje al trabajo o regreso a casa. Treinta minutos sin teléfono celular, sin ruido, sin conversar, sin pensar en las incontables tramas que se tejen a nuestro alrededor para solo concentrarnos en las ficciones de un desconocido. Desgraciadamente, queda el factor anterior para acabar con este sencillo plan de lectura.

Interés. Para leer hay que estar interesado en el contenido del texto. Ocurre, empero, que no todos los textos están en libros, sino que se distribuyen, también, por la red, las revistas y periódicos; y hay algo más: los escritos presentes en estos otros medios, por presiones de una vida cada vez más llena de información, han venido recortándose. Con un título atrayente y menos de mil caracteres, un editor consigue atraer fácilmente a los lectores, quienes entenderán, en los cortos tres párrafos del artículo, quién, cómo, cuándo y dónde ―el por qué deberá rastrearse a textos de mayor extensión―. Un libro no tiene esa ventaja; el título puede ser engañoso, o demasiado abstracto, el tema, referido en la contraportada, resultar muy amplio o en exceso específico. Ni qué decir de una novela; el lector compulsivo desarrolla olfato para las buenas historias, o el conocedor sabe bien qué autores le brindarán las mejores horas de esparcimiento. En uno caso u otro, el interés lo despierta el estar sumergido en una atmósfera de lecturas, desarrollar fascinación por un escritor en particular, o un género novelístico, por el cuento en su forma, o los alcances que llegue a tener en sí la poesía. Un no lector podría quedar encerrado en una librería por horas y no ser capaz de comprar libro alguno, no porque rechace la idea de leer ―cualquiera con algo de cerebro no verá nada complicado en seguir un renglón tras otro―, sino por la física incapacidad de saber qué lectura resulta más aconsejable. El lector corriente, con dinero, aunque se pasee durante un largo rato ojeando títulos, sabrá, casi desde el primer paso adentro, lo que quiere llevarse.

Tiempo, interés. Querer más el silencio, apreciar más la soledad aparente del libro; y una última ayuda, esta vez, desde un punto de vista más general de la cultura: desatar al libro de sus enlaces elitistas.

Hay gente estúpida, lo suficiente, para hacer afirmaciones como “la moda no es para todo el mundo”, cuando es “todo el mundo” quien da forma a las tendencias. Así mismo, parece haber personas, entre lectores y no lectores, con la concepción en mente de que la literatura es un plato demasiado refinado para las mayorías. Habrá por ahí, sin duda, hombres y mujeres orgullosos de ser los únicos lectores en una sala de espera, un autobús o una banca del parque; alzan la mirada y sonríen en su interior, ya que en su rostro está trazada la raya profunda de la molestia: el aparente “¿cómo es posible que yo sea el único que lee?” es un interno “soy el único educado, culto e ilustrado que lee”. No. Leer no es ningún gran reto, y si bien algunos textos ―pienso en esos poetas adorados por la crítica; ciertas novelas o cuentos demasiado posmodernos― demandan un mayor conocimiento del lenguaje, concentración en los detalles minúsculos de la trama, o guiños culturales, ignorados por los no iniciados, la lectura de la mayoría de textos de ficción y casi la totalidad del material abierto, disponible en revistas, libros y la red, exige atención, apenas tanta como los diálogos en un seriado televisivo, o las explicaciones de un profesor en cualquier tipo de clase. Pero nadie podrá afirmar que se le ha puesto, entre él y la literatura, una barrera de tipo cultural, educativo o social. Las bibliotecas, la mayoría, son públicas; en las calles, textos de ficción están disponibles a bajos precios.

Y aprovecho esta energía que me llena para hablar del tema, en mencionar otra, tal vez última, falsedad inventada para limitar el acceso de algunos a la lectura, o quizá una forma de autoengaño para evitar el trabajo de abrir un libro y dedicarle unas horas de silencio y distancia con el mundo: el “aporte”.

“Solo leo libros que me aporten algo”, ¿suena familiar? Debería. Es el argumento de escape de muchos malos lectores que desean posar como devoradores de libros. Nunca van a la librería, no distinguen entre un autor y otro, la fascinación mayoritaria por determinado título les es indiferente, y la literatura clásica es solo, para ellos, otra asignatura de la escuela. Eso sí, jamás aceptarían que leen poco, y que han comprado, durante toda su vida, dos libros. Son esos sujetos quienes cargan un arrugado título de Osho, u otro farsante de su calaña. Algunos prefieren títulos clásicos del pensamiento universal: Rousseau, Engels, o textos fragmentarios recogidos de Sartre. Abren el libro, pasan dos páginas, y luego se entregan a meditar en lo ocurrido en el reality que siguen; el propósito del volumen, entonces, no es otro que demostrarse cercanos a esa supuesta secta secreta de lectores universales. Te presentan alguien así: cuando la conversación se inclina por el lado de los pasatiempos, y tú dices “me gusta leer”, él, o ella, te preguntarán qué lees; das algunos títulos, ese género que casi atiborra tu biblioteca, o los dos o tres autores quienes, en los últimos años, han ocupado tu mente. Entonces el falso lector responde que, por supuesto, él también lee mucho; su interés, es (ejem), sin embargo, la filosofía ―y no dejan de manosear un ejemplar pirata de Aristóteles―, o que, en  los últimos años, han buscado conectarse más con su parte espiritual; y leen Osho. Uno alza las cejas, no lo puede evitar; en respuesta, este empedernido lector de una sola obra, señala el mal del siglo: la falta de lectores y lo poco “cultos” que son los que sí leen. Peor que un no lector ―piensan ellos, y tienen el morro de decirlo en voz alta―, son los consumidores de superventas; sagas de magos, tierras medias, sexo y masoquismo, vampiros, todo apesta para él, salvo los tres libros que lleva leyendo desde los doce años. Y a esta especie añadamos la categoría de los relectores de las llamadas “obras de culto”, esas que, pese a ser longsellers, resisten, en la mente de algunos, como textos solo conocidos por la selecta élite del buen gusto: Rayuela, Que viva la música!, Opio en las nubes, El lobo estepario, etcétera.

Leer no debe verse como una actividad única de los educados, los ilustrados, las gentes de buena cuna, egresados de colegios o universidades prestigiosas, entretenimiento de los muy cultivados o complejo pasatiempo de las clases altas. Leer es fácil, accesible, de bajo costo y muy provechoso. Solo exige tiempo, espacio y material, y oh, gusto.