lunes, 30 de septiembre de 2013

La narrativa de Breaking Bad



Anoche, domingo 29 de septiembre, el mundo entero parecía estar pendiente de la transmisión del último capítulo de una de las series más populares hasta hoy hechas: Breaking Bad. La historia del profesor de química convertido en zar de la anfetamina superó el rango de mera popularidad de otros seriados. No iré tan lejos como para afirmar que la serie de Vince Gillian generó todo un nuevo estilo como X Files, o un grupo de fieles como Star Treck o menos que creó un impacto cultural notable. Sin embargo, nadie que haya visto la serie puede dudar de su notable calidad, y, desde mi perspectiva profesional, quizá es la mejor serie escrita, no solo por las impresionantes actuaciones, la magnífica estética de cada escena, sino por su estructura narrativa, algo poco considerado, incluso en un país con tan larga tradición de relatos televisivos como lo es Estados Unidos.

Otras tantas series han tenido, y tienen, un rango de respeto similar, incluso superior a BB. The Sopranos, Lost, The Wire y, entre las actuales, o recientemente terminadas, Dexter, Game of Thrones y Homeland. Cada una consiguió engendrar su cuota de fieles seguidores, ganar premios, menciones, honores, y producir millones de dólares. Cada una siguió su fórmula: presentar personajes, crear situaciones, y, en términos más generales, sostener a un elenco y una situación durante tantas temporadas como diera la paciencia de los seguidores. X Files es un ejemplo de cómo la falta de control creativo llevó a una serie de culto a perderse en capítulos aburridos, personajes gastados, y bostezos por parte de la audiencia. Cada año las productoras de televisión invierten en publicidad y desarrollo millones de dólares para alcanzar un éxito de televisión, y cada año se cancelan series tras una o dos temporadas. Cuando el dinero sigue fluyendo, como es el caso de The Simpsons (una comedia de situación), las temporadas se siguen produciendo, sin importar que la calidad del producto haya desaparecido del todo.

El concepto general de BB es bastante simple: un hombre bueno a quien las circunstancias deforman. Su planteamiento ya se había llevado  a la televisión: un tipo del común empieza un negocio de drogas para sobrevivir (o una mujer, como Weeds de Jenji Kohan), y el submundo criminal ya había sido bastante visitado por otras series. Bryan Cranston, actor con papeles secundarios en decenas de filmes, era recordado más por su participación en comedias, mientras el resto del elenco salía de otras producciones televisivas sin mayor fama. Los elementos estaban dados para crear una serie atractiva, pero nunca para ser la joya de AMC, como lo han sido Mad Men y The Walking Dead. ¿Qué consiguió, entonces, alejar a BB del promedio y llevarla a su nivel de gloria? Una narrativa impecable.

Para explicar mejor esto tomaré como ejemplo otra serie escrita por Vince Gillian: X Files. Tenemos la premisa: dos agentes del FBI investigan hechos paranormales. Cada capítulo enfrenta a dos investigadores con misterios conectados a fuerzas inexplicables. Bien. Sin embargo, con el progreso de la serie, se descubre una historia subyacente en los relatos de cada capítulo: hay una conspiración oculta del gobierno, la cual involucra tecnología, experimentos, control político, extraterrestres, y profecías apocalípticas. Esta historia, de mayor alcance, mantuvo a los fanáticos pendientes de cada capítulo, mas esta devoción fue debilitada por la salida de los actores principales, y ante esto, la necesidad de un reemplazo y buscar otros medios para continuar con el provechoso negocio.

En BB no hay historias paralelas. A diferencia de las series de antaño, y algunas actuales, donde, al principio de cada capítulo al protagonista o protagonistas se les plantea una situación a resolver antes del fin de la emisión, BB sigue un solo hilo narrativo, por 62 capítulos, sin sobrantes, sin extensiones, ni añadidos; BB es lo más parecido hecho en televisión hasta ahora con una novela clásica.

Aunque es claro que no fue así, BB da la impresión de ser una historia calculada desde el principio, con cada elemento listo a entrar en escena y salir cuando la trama lo exigiera. Calcular algo así es casi imposible, pero, como en una buena historia, todos los elementos estaban dados desde el primer capítulo. Sabemos que Walter White, el protagonista, va a morir de cáncer; con el costo de los tratamientos en Estados Unidos, la única forma que tiene de asegurar un futuro para su familia, una vez esté muerto, es haciendo dinero fácil produciendo drogas. Quizá en la realidad, pero en la ficción nadie puede bailar con el diablo y abandonarlo cuando desee. El espectador tendrá claro que, cada paso que toma Walter para asegurar su plan, cada medida que tome para defender su negocio, su vida y a su familia, traerá consecuencias. ¿Cuánto, se pregunta el televidente, puede Walt sostener la red de mentiras, la clandestinidad del negocio, la lucha contra sus rivales? De haber continuado la fórmula de la primera temporada, Walt habría muerto o terminado en prisión; claramente no es el hombre indicado para enfrentar las presiones y amenazas del mundo de las drogas.

El recurso de Gillian y su equipo fue simple y efectivo: la metamorfosis del personaje. En cinco temporadas no vemos mayores cambios en los demás hombres y mujeres que componen la serie. Hasta los últimos capítulos el ecosistema natural de Walt se mantiene estable: su familia, su hogar. Es a partir del noveno capítulo de la quinta temporada que el mundo de los White empieza a sacudirse hasta el total desmoronamiento. La inteligencia del equipo de escritores consigue dejar, al final de  “Gliding Overall” (S05-E08) a Walter, esposa, hijos y cuñados, en un escenario de felicidad burguesa total: en una bodega se almacena más dinero del que podrían gastar en sus vidas; el negocio de la metanfetamina ha pasado a otra banda, no quedan enemigos y las investigaciones de Hank y la DEA acerca del misterioso Heisenberg han quedado en un punto muerto. Sin cabos sueltos —salvo la preocupación de Lidia por el declive en la calidad del producto y la depresión de Jesse—, la historia pudo haber terminado ahí razonablemente, aunque alterando a los seguidores, y dejando el mensaje subconsciente de que, cuando se ha sabido jugar la partida, el crimen sí paga.  Ahí es cuando aparece el cuaderno; una de las pocas ocasiones en la serie en que los escritores debieron depender totalmente del azar. Los siguientes ocho capítulos, como movimientos de ajedrez, llevan a cada personaje a su destino asignado: los villanos son eliminados, Jesse escapa, satisfecho de estar vivo y libre, pero sin un solo dólar a su favor, Skyler y su familia terminan en una pobreza similar a la que habrían tenido si Walter hubiera gastado los ahorros en la quimioterapia y hubiese muerto trabajando en el auto lavado, aunque sabemos que Gretchen y Elliot Schwartz entregarán los nueve millones restantes a Walter Jr. una vez cumplidos los dieciocho años. También es un final merecido para estos dos; si bien la serie nunca nos cuenta, de manera directa, qué pasó entre esos tres amigos, creadores de Gray Matter, suponemos que los Schwartz son los responsables por la pobreza de Walter, e indirectamente los causantes de toda esta historia.

La muerte de Walter, herido y no asesinado, ni capturado por la policía, si bien resulta algo simple —allí contemplando el laboratorio de los neo-nazis—, es mucho menos importante que la epifanía a la cual llega cuando habla por última vez con su esposa: todo lo que hizo no fue por su familia, sino por él, porque era bueno en ello, y lo disfrutaba, y le hacía sentirse vivo. Cuando, al principio del capítulo final, Walter recuerda su cumpleaños 50, y la fiesta sorpresa donde, por vez primera, aprende sobre el lucrativo negocio de la metanfetamina, lo vemos como un individuo débil, sin carácter, objeto de las burlas de su cuñado —él, no solo un héroe para la comunidad, sino, más importante, de su hijo—. Lo que nos encontramos en la primera temporada es un hombre preocupado por su dignidad y hombría: ha perdido anteriormente la compañía millonaria que ayudó a fundar, perdió, a manos de su amigo, a su novia; su esposa, embarazada, evita sostener relaciones, su hijo no quiere llevar su nombre —prefiere que le llamen Flynn—, sus alumnos se muestran irrespetuosos y desinteresados, y además debe trabajar, de rodillas, lavando coches. Para la mitad de la quinta temporada, solo el nombre Heisenberg es capaz de producir temor y respeto entre el mundo criminal de Nuevo México.

Hay varios temas para estudiar en la historia de BB. Uno de estos aspectos es la importancia dada por Walter White al sentido del honor, casi de una manera anticuada. Su carrera para convertirse en el rey de la metanfetamina va más allá del dinero; aunque produce drogas, asesina y destruye, conserva un sentido del bien y del mal que no está dispuesto a pasar. A diferencia de sus enemigos —Krazy-8, Tuco, Héctor Salamanca, los Primos, Gustavo Fring y los neo-nazis—, Walt no está dispuesto a sacrificar inocentes, ni a sus amigos, menos a su familia, e incluso intenta salvar la vida de Hank, su mayor némesis. En la literatura estamos más acostumbrados al villano absoluto, como Macbeth, indiferente y dispuesto a cualquier cosa por alcanzar y conservar el trono.

Aunque podría debatirse largamente, considero que la mayor referencia literaria —de las múltiples presentes en la serie— de BB no está directamente citada en ningún capítulo: El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, de Robert Louis Stevenson. El doctor Jekyll inventa una poción que lo transforma en un ser monstruoso, y aunque al principio tiene controlada esta parte de su ser, mediante un antídoto, a medida que pasa el tiempo es el desagradable míster Hyde quien toma el control. De forma similar, Walter White crea una segunda vida para resolver los problemas de la primera, y gradualmente se va haciendo dependiente de Heisenberg —mucho más astuto y más fuerte— hasta que este monstruo termina por tomar el control, destruyendo la vida de todos.

Considero que la literatura contemporánea —más aquella sicológica, dramática y personal— debe aprender mucho de series como Breaking Bad: es posible contar una historia compacta, sólida, sin vacíos ni cabos sueltos, sin personajes de cartón para el trasfondo ni protagonistas arquetípicos en el primer plano; ni demonios ni ángeles, ni conspiraciones de sociedades secretas, ni falsas máscaras que se retiran cuando se hace necesario distraer a la audiencia con un sorprendente de la trama. A diferencia de muchas otras, esta fue una serie para ver y volver a ella de nuevo.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Venga le enseño a escribir


Facebook y los enlaces compartidos. Aparece la siguiente “noticia”: “Escritores colombianos lanzan página de escritura virtual”. Un programa de enseñanza de la escritura creativa en línea; una idea poco original, pero la oferta de un buen programa, y gente idónea, reconocida y experimentada, puede ser la fuente de aportes valiosos en un arte que —como todos— nunca se llega a conocer por completo. Doy clic.

Lo que encuentro es un curso de $220.000 pesos, dictado por cuatro personas tan conocidas en el mundo de las letras como yo y el tipo de la esquina que me surte de cigarrillos. Una profesora de colegio, un ingeniero de sistemas, un consultor de mercadeo y un experto en dictar cursos de escritura sin una sola novela en su haber. Un poco como el elenco de  Héroes por azar, pensé. ¿Quién, me pregunté luego, es tan idiota de pagar casi un cuarto de millón de pesos —aún hoy una suma gruesa— por recibir consejos en línea, de un cuarteto de aprendices? Ah, “Siempre habrá pájaros tales, y gansos que de ellos se fían”, escribió Pombo.

La educación es cuestión de fe. Si a usted la sed le quema la garganta irá a la tienda y sacará de su bolsillos el costo de una botella de agua fría, una soda o una cerveza. El intercambio de dinero es aquí claro y ambas partes ganan. ¿Y el conocimiento? La educación como negocio ofrece un área de niebla donde todo puede terminar en opiniones. Si Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Almudena Grandes y Juan Villoro se unieran a dictar un curso de escritura creativa, podrían limitarse a tomar asiento frente a sus pupilos, hablarles en la forma más coloquial de su trabajo diario, las experiencias de su carrera, y resolver algunas dudas del oficio. Todo cuanto caiga en los apuntes de los asistentes podrá o no ser de utilidad. Cuando alguien simplemente se dedica a citar manuales, ofrecer sus opiniones, creer en teorías literarias, y  repetir frases sueltas de autores célebres —compilaciones de estas se consiguen en cualquier librería—, no están ofreciendo nada que un potencial escritor aplicado no pueda encontrar entre internet y la biblioteca local. En otras palabras, el factor humano de la educación solo lo da la experiencia.

Recuerdo hace algunos años, encontrar, con sorpresa y un poco de risa, el siguiente título en la página de opiniones de El Espectador: “Escriba como los maestros”, el autor del texto publicitario, Julio Cesar Londoño; crítico literario, ganador de un concurso de cuento y opinador profesional. Buen lector y redactor competente, suponer que enseñar escribir “como los maestros” puede conseguirse sin ser uno, me pareció apresurado. Y sin embargo no dudó en usar su columna para hacer propaganda; ¿qué pasó? ¿No alcanza el sueldo para pagar las cuotas del carro de la niña porque acaba de entrar a la universidad y además de la matrícula tocaba comprarle un computador porque el que tenía se le dañó un cacharro por dentro y tocó echarlo a la basura? No sé si Londoño sigue con su venta de sabiduría literaria; la columna publicitaria es de 2010, y puede que haya a hoy ganado un premio literario de renombre o le hayan aumentado el sueldo. El plan expuesto en su oferta no es muy distinto al programa de estudios literarios de cualquier universidad: gramática, teoría, poética (i. e. Citas de autores), crítica, narrativa y ensayo, junto con la crónica, que aquí le llama “periodismo literario”, etiqueta que desapruebo, y la cual hincha el pecho de más de un periodista, feliz de sentirse próximo a los laureles del arte. Y todo mucho más breve, claro.

Cualquier afirmación mía será otra piedra tirada al estanque por un aprendiz de escritor. Aun así, sigo confiado en el principio de Gladwell de las 10.000 horas de práctica. Ponerse frente al papel y sudar tinta, cada día, sin esperar recompensa o aplausos. Y leer mucho, y leer de todo. Tristemente, nadie quiere oír hablar de periodos tan largos de silencio, soledad, de indiferencia. De manera similar al aprendizaje de idiomas, el público quiere entrar en el aula de clase, durante unos meses, quizá un año —cuanto puede durar un pasatiempo cotidiano—, y ser un maestro absoluto de la materia.

En defensa de los talleres de escritura, cuando estos son presenciales, y quienes de estos arrastran las riendas son escritores con más de un título publicado en su historial, diré lo siguiente: nada como la revisión y consejos de un escritor experimentado, la lectura honesta de los compañeros, perder el miedo a compartir los escritos, y la camaradería involucrada en el asunto. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

Con el libro electrónico

Hace poco escribí sobre el futuro del libro. Ahora escribiré un par de párrafos sobre el presente del e-reader. He comprado un Kindle Paperwhite. Durante años juré jamás entrar en la corriente del libro digital, siendo este un dispositivo del cual solo veía falencias, la necesidad de la batería, de descargar solo algunos libros y ser, finalmente, otro producto plástico con dieciocho meses de vida antes de ser reemplazado por una versión más eficiente. ¿Qué habla mejor de un lector —me repetí por años— que una atestada biblioteca? Un apartamento, o una gran casa, donde los lomos cubriesen las paredes, los grandes volúmenes las mesas pequeñas y un buen título descansara en la mesa de noche. Si el inventor del libro electrónico se planteó su creación ante la necesidad de llevar más de un libro a la playa, tener a mano más de un libro, además de revistas y documentos, generaría las mismas distracciones por las cuales, algunos, nos alejamos de la computadora.

Tenía así más de una razón para evitarme el gasto generoso de un lector electrónico. Así hubiera querido uno, aquí en Colombia no había forma alguna de comprarlos.  Si bien los primeros modelos de este sistema aparecieron en 2004, hoy día, en este país, los e-readers no están disponibles a la venta en ninguna tienda de tecnología, almacén de cadena, librería, ni negocio de ninguna clase. Debe comprarse por internet, caso opuesto al de las tabletas, hoy disponibles en cualquier tienda de aparatos electrónicos. El escaso interés de los importadores y distribuidores se explica en la falta de lectores. Pocas personas compran más de un libro cada cuatro meses, y pocos son lectores tan compulsivos como para necesitar un sistema abierto a múltiples textos.

Dos características me atrajeron al producto: libros gratis, y luz. Aunque aquí, aún, existen las librerías, las tiendas de libros de segunda mano, y la biblioteca está abierta al préstamo externo, no siempre se pueden adquirir algunos títulos. Los cómics, por ejemplo, en especial el manga, jamás consiguió su anaquel propio en los puestos de revistas, menos en las librerías, donde, hace algunos años, llegó con un pobre surtido, con precios inalcanzables. Gracias a internet es fácil conseguir, por ejemplo, toda la serie Monster de Naoki Urasawa, la cual se lee con toda comodidad en el Kindle. Otros títulos, como Nothing Lasts Forever de Roderick Thorpe, son ese tipo de joyas despreciadas por los “lectores serios”, por completo desconocidas en Latinoamérica, de las cuales, estoy casi seguro, no existen ediciones en español. En cuanto obtuve mi e-reader descargué este título, de cuya premisa nacieron los filmes de Die Hard, y me divertí durante horas leyendo. Ha sido mediante el Kindle que pude, finalmente, leer sobre los crímenes, ya olvidados del misterioso Fantômas en las novelas folletinescas escritas por Marcel Allain y Pierre Souvestre. Y tengo ya otros títulos en mi biblioteca, esperando su lectura:  Battle Royale de Koushun Takami, Hearth of Darkness y The Secret Agent de Joseph Conrad, junto con  La montaña mágica de Thomas Mann, y la series completas de James Bond y Sherlock Holmes. Este dispositivo en particular tiene, como ventaja principal, una luz incorporada, la cual permite leer en un ambiente de total oscuridad, sin esfuerzo de las retinas. Soy de esos lectores que prefieren dedicar una hora o treinta minutos extra de lectura antes de dormir, como un ritual para relajar la mente; y este nuevo e-reader es perfecto para tal necesidad.

El e-reader  es entonces la herramienta para alcanzar las lecturas de otro modo inalcanzables, para llegar, por fin, a darse un tiempo para la lectura de los clásicos, y, al menos en mi caso, despegarme un poco de la computadora, al poder leer documentos en PDF sin depender de las constantes ventanas, de las advertencias de correo, de los mensajes de amigos y los tweets y sus vínculos, llamándome siempre a desatender la lectura.


No terminan aún de establecerse los límites y territorios para el libro digital y el libro analógico. Tal vez nunca las tengamos claras. Encantado como estoy con mi Kindle, con una lista de lectura para los siguientes meses, no pude evitar entrar en una librería muy pequeña, y comprar por muy poco otra novela de espías de Graham Greene, El agente confidencial, y, olvidándome de las demás lecturas, guardar mi e-reader y disfrutar del papel.  

lunes, 2 de septiembre de 2013

Un posible futuro para el libro


Soy, seguramente, un retrógrado, querido lector. Para mí solo hay un libro, y es el de papel con tapas. El libro es un objeto, es físico. Lo demás, medios de acceso a documentos digitales. Para ahorrarme palabras, simplemente diré e-book. ¿Cuál, entonces, es el futuro del libro? Hablan los más esperanzados ―y no por esperanzado tildo a nadie de inocente o ingenuo― de la convivencia, presente y futura, del libro y su pariente plástico. ¿Pero cómo conviven y convivirán? Aquí en Colombia no hay forma de comprar readers: Nook, Kindle y los dispositivos para el mismo uso desarrollados por la Sony y otras empresas, no están disponibles en los almacenes, ni en las librerías; no se podrán encontrar ni aún en las tiendas de lujo de los centros comerciales más refinados. Lectores de e-books sí he visto, ocasionalmente. Un par, con los que pude cruzar palabra al respecto, afirmaron haberlo conseguido, bien fuera del país, durante un viaje, bien, tarjeta de crédito en mano, por la red. Yo mismo he adquirido ya uno de estos aparatos, y estoy en espera de que llegue a mis manos. Con todo, pretendo, solamente afirmar, que la lectura de estos aparatos, por estas tierras, sigue siendo un fenómeno casi singular.
 
Sin embargo, otro tanto lo es la lectura del libro físico. En los medios masivos de transporte acaso uno se topará con lectores de biblias, consumidores de libros de autoayuda, el estudiante con fotocopias y resaltador entre los dientes, y en raras ocasiones el viajero sigue atento un texto de ficción. No se le ven en los parques, no se le ven en las bancas al borde de las calles, ni menos en los restaurantes; ocasionalmente, en un café con ambiente propicio, un lector se le ve concentrado en las páginas impresas. El consumo del libro en Colombia ―tema que ya he mencionado― no es tan abundante, me parece, para atraer a la industria del libro electrónico. ¿Estamos a salvo?
 
Ciertamente, a Amazon y compañía el libro electrónico en Colombia, o Bolivia, les importa muy poco. Como mercados potenciales estarán en una carpeta pendiente, en algún archivador poco frecuentado; más fija está su atención en Europa, Angloamérica, y los países en desarrollo de sur del continente: Argentina, Brasil y Chile. Así, en las ciudades donde, hasta hace poco, tener una librería era un negocio, si bien no de alta rentabilidad como las drogas o la banca, sí conseguía dejar un margen de ingreso mínimo, el interés por adquirir digitalmente las novedades literarias, superventas de todo género y clásicos, terminará por cerrar estos establecimientos, amén de reducir el tamaño de las desgastadas editoriales. Francia tal vez apoyará su fe en la ley para proteger las librerías, pero en los demás países, las leyes del capitalismo dictan siempre apoyar al ganador, sin prestar oído a las víctimas que detrás deje.
 
No he respondido la pregunta del primer párrafo, me temo. ¿Dónde quedarán nuestros amigos de papel? Como en las pandemias, las primeras víctimas serán las mayorías. El superventas desaparecerá, o, al menos, sus tirajes se verán limitados al sistema por demanda. El libro técnico, de uso y abuso, será el siguiente, si no se ha adelantado ya. El clásico reeditado con estudio crítico, prologuista de renombre y notas al pie de página, seguirá llenando las estanterías, debido a que sus lectores somos aún de esa casta que se enorgullece de tener un estante abarrotado de títulos. Aunque incluso estos pueden ser consumidos. Solo imagino imposibles de trasladar al formato digital ―hasta donde este ha llegado― las ediciones en gran formato ―piénsese en las hermosas fotos de Helmut Newton en los descomunales tomos de Taschen―, y lo que se suele denominar como “libro objeto”.
Libros hechos a mano, con material reciclable, de portadas irrepetibles. Libros hechos en diversos tipos de papel, con formas y texturas inusuales. Libros que pueden desarmarse y reordenarse según el deseo del lector de manipular la trama; libros, en fin, que se salen de la convención de ser meros vehículos de palabras, almacenes de ideas y bultos de opiniones.
 
Queda así dispuesto el reto editorial;  el libro impreso ―y quienes de su venta dependen― vivirá mientras a) existan lectores que no pueda, o no quieran leer en formato digital, y b) mientras estos libros ofrezcan características imposibles de obtener en un reader. Hablamos de una visión nueva del libro; de extender su alcance o ampliar sus capacidades, de ampliar todo lo que sabemos sobre los libros.