lunes, 23 de septiembre de 2013

Con el libro electrónico

Hace poco escribí sobre el futuro del libro. Ahora escribiré un par de párrafos sobre el presente del e-reader. He comprado un Kindle Paperwhite. Durante años juré jamás entrar en la corriente del libro digital, siendo este un dispositivo del cual solo veía falencias, la necesidad de la batería, de descargar solo algunos libros y ser, finalmente, otro producto plástico con dieciocho meses de vida antes de ser reemplazado por una versión más eficiente. ¿Qué habla mejor de un lector —me repetí por años— que una atestada biblioteca? Un apartamento, o una gran casa, donde los lomos cubriesen las paredes, los grandes volúmenes las mesas pequeñas y un buen título descansara en la mesa de noche. Si el inventor del libro electrónico se planteó su creación ante la necesidad de llevar más de un libro a la playa, tener a mano más de un libro, además de revistas y documentos, generaría las mismas distracciones por las cuales, algunos, nos alejamos de la computadora.

Tenía así más de una razón para evitarme el gasto generoso de un lector electrónico. Así hubiera querido uno, aquí en Colombia no había forma alguna de comprarlos.  Si bien los primeros modelos de este sistema aparecieron en 2004, hoy día, en este país, los e-readers no están disponibles a la venta en ninguna tienda de tecnología, almacén de cadena, librería, ni negocio de ninguna clase. Debe comprarse por internet, caso opuesto al de las tabletas, hoy disponibles en cualquier tienda de aparatos electrónicos. El escaso interés de los importadores y distribuidores se explica en la falta de lectores. Pocas personas compran más de un libro cada cuatro meses, y pocos son lectores tan compulsivos como para necesitar un sistema abierto a múltiples textos.

Dos características me atrajeron al producto: libros gratis, y luz. Aunque aquí, aún, existen las librerías, las tiendas de libros de segunda mano, y la biblioteca está abierta al préstamo externo, no siempre se pueden adquirir algunos títulos. Los cómics, por ejemplo, en especial el manga, jamás consiguió su anaquel propio en los puestos de revistas, menos en las librerías, donde, hace algunos años, llegó con un pobre surtido, con precios inalcanzables. Gracias a internet es fácil conseguir, por ejemplo, toda la serie Monster de Naoki Urasawa, la cual se lee con toda comodidad en el Kindle. Otros títulos, como Nothing Lasts Forever de Roderick Thorpe, son ese tipo de joyas despreciadas por los “lectores serios”, por completo desconocidas en Latinoamérica, de las cuales, estoy casi seguro, no existen ediciones en español. En cuanto obtuve mi e-reader descargué este título, de cuya premisa nacieron los filmes de Die Hard, y me divertí durante horas leyendo. Ha sido mediante el Kindle que pude, finalmente, leer sobre los crímenes, ya olvidados del misterioso Fantômas en las novelas folletinescas escritas por Marcel Allain y Pierre Souvestre. Y tengo ya otros títulos en mi biblioteca, esperando su lectura:  Battle Royale de Koushun Takami, Hearth of Darkness y The Secret Agent de Joseph Conrad, junto con  La montaña mágica de Thomas Mann, y la series completas de James Bond y Sherlock Holmes. Este dispositivo en particular tiene, como ventaja principal, una luz incorporada, la cual permite leer en un ambiente de total oscuridad, sin esfuerzo de las retinas. Soy de esos lectores que prefieren dedicar una hora o treinta minutos extra de lectura antes de dormir, como un ritual para relajar la mente; y este nuevo e-reader es perfecto para tal necesidad.

El e-reader  es entonces la herramienta para alcanzar las lecturas de otro modo inalcanzables, para llegar, por fin, a darse un tiempo para la lectura de los clásicos, y, al menos en mi caso, despegarme un poco de la computadora, al poder leer documentos en PDF sin depender de las constantes ventanas, de las advertencias de correo, de los mensajes de amigos y los tweets y sus vínculos, llamándome siempre a desatender la lectura.


No terminan aún de establecerse los límites y territorios para el libro digital y el libro analógico. Tal vez nunca las tengamos claras. Encantado como estoy con mi Kindle, con una lista de lectura para los siguientes meses, no pude evitar entrar en una librería muy pequeña, y comprar por muy poco otra novela de espías de Graham Greene, El agente confidencial, y, olvidándome de las demás lecturas, guardar mi e-reader y disfrutar del papel.  

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