lunes, 2 de septiembre de 2013

Un posible futuro para el libro


Soy, seguramente, un retrógrado, querido lector. Para mí solo hay un libro, y es el de papel con tapas. El libro es un objeto, es físico. Lo demás, medios de acceso a documentos digitales. Para ahorrarme palabras, simplemente diré e-book. ¿Cuál, entonces, es el futuro del libro? Hablan los más esperanzados ―y no por esperanzado tildo a nadie de inocente o ingenuo― de la convivencia, presente y futura, del libro y su pariente plástico. ¿Pero cómo conviven y convivirán? Aquí en Colombia no hay forma de comprar readers: Nook, Kindle y los dispositivos para el mismo uso desarrollados por la Sony y otras empresas, no están disponibles en los almacenes, ni en las librerías; no se podrán encontrar ni aún en las tiendas de lujo de los centros comerciales más refinados. Lectores de e-books sí he visto, ocasionalmente. Un par, con los que pude cruzar palabra al respecto, afirmaron haberlo conseguido, bien fuera del país, durante un viaje, bien, tarjeta de crédito en mano, por la red. Yo mismo he adquirido ya uno de estos aparatos, y estoy en espera de que llegue a mis manos. Con todo, pretendo, solamente afirmar, que la lectura de estos aparatos, por estas tierras, sigue siendo un fenómeno casi singular.
 
Sin embargo, otro tanto lo es la lectura del libro físico. En los medios masivos de transporte acaso uno se topará con lectores de biblias, consumidores de libros de autoayuda, el estudiante con fotocopias y resaltador entre los dientes, y en raras ocasiones el viajero sigue atento un texto de ficción. No se le ven en los parques, no se le ven en las bancas al borde de las calles, ni menos en los restaurantes; ocasionalmente, en un café con ambiente propicio, un lector se le ve concentrado en las páginas impresas. El consumo del libro en Colombia ―tema que ya he mencionado― no es tan abundante, me parece, para atraer a la industria del libro electrónico. ¿Estamos a salvo?
 
Ciertamente, a Amazon y compañía el libro electrónico en Colombia, o Bolivia, les importa muy poco. Como mercados potenciales estarán en una carpeta pendiente, en algún archivador poco frecuentado; más fija está su atención en Europa, Angloamérica, y los países en desarrollo de sur del continente: Argentina, Brasil y Chile. Así, en las ciudades donde, hasta hace poco, tener una librería era un negocio, si bien no de alta rentabilidad como las drogas o la banca, sí conseguía dejar un margen de ingreso mínimo, el interés por adquirir digitalmente las novedades literarias, superventas de todo género y clásicos, terminará por cerrar estos establecimientos, amén de reducir el tamaño de las desgastadas editoriales. Francia tal vez apoyará su fe en la ley para proteger las librerías, pero en los demás países, las leyes del capitalismo dictan siempre apoyar al ganador, sin prestar oído a las víctimas que detrás deje.
 
No he respondido la pregunta del primer párrafo, me temo. ¿Dónde quedarán nuestros amigos de papel? Como en las pandemias, las primeras víctimas serán las mayorías. El superventas desaparecerá, o, al menos, sus tirajes se verán limitados al sistema por demanda. El libro técnico, de uso y abuso, será el siguiente, si no se ha adelantado ya. El clásico reeditado con estudio crítico, prologuista de renombre y notas al pie de página, seguirá llenando las estanterías, debido a que sus lectores somos aún de esa casta que se enorgullece de tener un estante abarrotado de títulos. Aunque incluso estos pueden ser consumidos. Solo imagino imposibles de trasladar al formato digital ―hasta donde este ha llegado― las ediciones en gran formato ―piénsese en las hermosas fotos de Helmut Newton en los descomunales tomos de Taschen―, y lo que se suele denominar como “libro objeto”.
Libros hechos a mano, con material reciclable, de portadas irrepetibles. Libros hechos en diversos tipos de papel, con formas y texturas inusuales. Libros que pueden desarmarse y reordenarse según el deseo del lector de manipular la trama; libros, en fin, que se salen de la convención de ser meros vehículos de palabras, almacenes de ideas y bultos de opiniones.
 
Queda así dispuesto el reto editorial;  el libro impreso ―y quienes de su venta dependen― vivirá mientras a) existan lectores que no pueda, o no quieran leer en formato digital, y b) mientras estos libros ofrezcan características imposibles de obtener en un reader. Hablamos de una visión nueva del libro; de extender su alcance o ampliar sus capacidades, de ampliar todo lo que sabemos sobre los libros.

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