viernes, 27 de septiembre de 2013

Venga le enseño a escribir


Facebook y los enlaces compartidos. Aparece la siguiente “noticia”: “Escritores colombianos lanzan página de escritura virtual”. Un programa de enseñanza de la escritura creativa en línea; una idea poco original, pero la oferta de un buen programa, y gente idónea, reconocida y experimentada, puede ser la fuente de aportes valiosos en un arte que —como todos— nunca se llega a conocer por completo. Doy clic.

Lo que encuentro es un curso de $220.000 pesos, dictado por cuatro personas tan conocidas en el mundo de las letras como yo y el tipo de la esquina que me surte de cigarrillos. Una profesora de colegio, un ingeniero de sistemas, un consultor de mercadeo y un experto en dictar cursos de escritura sin una sola novela en su haber. Un poco como el elenco de  Héroes por azar, pensé. ¿Quién, me pregunté luego, es tan idiota de pagar casi un cuarto de millón de pesos —aún hoy una suma gruesa— por recibir consejos en línea, de un cuarteto de aprendices? Ah, “Siempre habrá pájaros tales, y gansos que de ellos se fían”, escribió Pombo.

La educación es cuestión de fe. Si a usted la sed le quema la garganta irá a la tienda y sacará de su bolsillos el costo de una botella de agua fría, una soda o una cerveza. El intercambio de dinero es aquí claro y ambas partes ganan. ¿Y el conocimiento? La educación como negocio ofrece un área de niebla donde todo puede terminar en opiniones. Si Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Almudena Grandes y Juan Villoro se unieran a dictar un curso de escritura creativa, podrían limitarse a tomar asiento frente a sus pupilos, hablarles en la forma más coloquial de su trabajo diario, las experiencias de su carrera, y resolver algunas dudas del oficio. Todo cuanto caiga en los apuntes de los asistentes podrá o no ser de utilidad. Cuando alguien simplemente se dedica a citar manuales, ofrecer sus opiniones, creer en teorías literarias, y  repetir frases sueltas de autores célebres —compilaciones de estas se consiguen en cualquier librería—, no están ofreciendo nada que un potencial escritor aplicado no pueda encontrar entre internet y la biblioteca local. En otras palabras, el factor humano de la educación solo lo da la experiencia.

Recuerdo hace algunos años, encontrar, con sorpresa y un poco de risa, el siguiente título en la página de opiniones de El Espectador: “Escriba como los maestros”, el autor del texto publicitario, Julio Cesar Londoño; crítico literario, ganador de un concurso de cuento y opinador profesional. Buen lector y redactor competente, suponer que enseñar escribir “como los maestros” puede conseguirse sin ser uno, me pareció apresurado. Y sin embargo no dudó en usar su columna para hacer propaganda; ¿qué pasó? ¿No alcanza el sueldo para pagar las cuotas del carro de la niña porque acaba de entrar a la universidad y además de la matrícula tocaba comprarle un computador porque el que tenía se le dañó un cacharro por dentro y tocó echarlo a la basura? No sé si Londoño sigue con su venta de sabiduría literaria; la columna publicitaria es de 2010, y puede que haya a hoy ganado un premio literario de renombre o le hayan aumentado el sueldo. El plan expuesto en su oferta no es muy distinto al programa de estudios literarios de cualquier universidad: gramática, teoría, poética (i. e. Citas de autores), crítica, narrativa y ensayo, junto con la crónica, que aquí le llama “periodismo literario”, etiqueta que desapruebo, y la cual hincha el pecho de más de un periodista, feliz de sentirse próximo a los laureles del arte. Y todo mucho más breve, claro.

Cualquier afirmación mía será otra piedra tirada al estanque por un aprendiz de escritor. Aun así, sigo confiado en el principio de Gladwell de las 10.000 horas de práctica. Ponerse frente al papel y sudar tinta, cada día, sin esperar recompensa o aplausos. Y leer mucho, y leer de todo. Tristemente, nadie quiere oír hablar de periodos tan largos de silencio, soledad, de indiferencia. De manera similar al aprendizaje de idiomas, el público quiere entrar en el aula de clase, durante unos meses, quizá un año —cuanto puede durar un pasatiempo cotidiano—, y ser un maestro absoluto de la materia.

En defensa de los talleres de escritura, cuando estos son presenciales, y quienes de estos arrastran las riendas son escritores con más de un título publicado en su historial, diré lo siguiente: nada como la revisión y consejos de un escritor experimentado, la lectura honesta de los compañeros, perder el miedo a compartir los escritos, y la camaradería involucrada en el asunto. 

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