miércoles, 2 de octubre de 2013

Tom Clancy 1947 - 2013


Odiábamos y queríamos a Tom Clancy. Sus lectores, y no lectores. Para la mayoría, era solo un nombre en el listado de más vendidos de New York Times; para otros, un referente de la literatura popular estadounidense; otros más enterados, lo juzgaban de ser el portavoz pseudoliterario de la derecha americana, y para nosotros, quienes de jóvenes nos deleitamos con sus historias de conspiraciones y guerras ficticias, Clancy era magnífica máquina de narrar.

Originario de Maryland, su tierra, la cual solo dejó ocasionalmente por motivos de viaje, este vendedor de seguros se hizo rico y famoso después de que la Naval Institute Press —esencialmente una organización de veteranos del servicio naval— publicara su novela de suspenso sobre la deserción del comandante más premiado de la flota soviética. The Hunt for Red October ha vendido millones de ejemplares alrededor del mundo, se le considera un clásico en su género e inspiró una de las mejores películas de submarinos, protagonizada Alec Baldwin y Sean Connery. Desde entonces (1984), Clancy siguió haciendo fortuna con una fórmula de intriga, política y detalles técnicos sobre armas, equipo y el funcionamiento del mundo de la inteligencia y las fuerzas armadas.

A Red October siguió Red Storm Rising, poco conocida trama de suspenso y submarinos. Tras haber presentado en su primera novela al personaje de Jack Ryan, un modesto analista de inteligencia devenido en héroe, Clancy abordó directamente el tema del espionaje en The Cardinal of the Kremlin. Fue la primera de sus novelas que leí y quedé asombrado por su habilidad para crear una compleja situación a partir de distintos escenarios en desarrollo paralelo: la lucha afgana contra la invasión soviética, el espionaje dentro de la Rusia soviética, y el desarrollo del proyecto Guerra de las Galaxias, en una base secreta del desierto de Nevada. Al haber entrado ya tarde al juego dominado por ases como Forsyth, le Carré y Deighton —la Unión Soviética colapsaba para todos, menos para Reagan—, Clancy puso a un lado la Guerra Fría y buscó amenazas un poco más al sur: su siguiente éxito,  Clear and Present Danger  se ocupa de la guerra contra las drogas; una suerte de Pablo Escobar —aquí “Escobedo”— no se limita con matar policías y jueces, sino que acaba con el propio director del FBI en visita a Bogotá, mientras que en Patriot Games —cronológicamente anterior a  Red October—, Ryan se convierte en la presa de un grupo terrorista irlandés. Más adelante Clancy regresaría en el tiempo para contar una historia sobre su otro personaje más conocido: John Clark. Este ex miembro de los Seals es ahora agente de campo de la CIA, pero la novela se concentra en la operación de venganza de Clark contra la mafia de las drogas local.

Sin Unión Soviética, Clancy debió, como los neoconservadores, inventar enemigos y guerras inexistentes: The Sum of All Fears, Debt of Honor, Executive Orders y The Bear and the Dragon planteaban escenarios de guerras, entre Japón y Estados Unidos —causada por, ¡oh no!, el desarme nuclear completo de los americanos—, Rusia y China, atentados con armas biológicas a EEUU y demás.

En este punto no era más que una máquina de hacer billetes. Si bien continuó usando a su personajeRainbow Six la última de sus novelas que leí antes de aburrirme por completo. Rainbow salió al mercado con el juego del mismo nombre, y desde entonces ha habido diecisiete juegos basados en esta franquicia, la cual, junto a las series Ghost Recon y Splinter Cell, han dejado el nombre de Clancy como uno de los mayores referentes contemporáneos en la industria de los videojuegos.
favorito, Jack Ryan —y luego al hijo de este— como protagonistas, Clancy expandió su imperio comercial hacia los videojuegos. Un contrato de varios millones de dólares lo llevó a crear

Resulta admirable su capacidad de crear historias. No solo creó el largo universo alrededor de Jack Ryan, creo series de novelas como Net Force —escrita por Steve Perry— y Net Force Explores —por Diane Duane, Mark Cerashi, Bill McCay, Mel Odom, John Helfers y Russel Davis—, así como Op-Center, creada por Clancy, junto al siquiatra Steve Pieczenik, y escrita por Jeff Rovin.  Entre su bibliografía se deben recordar también sus guías detalladas sobre submarinos, helicópteros, aviones caza y equipos de fuerzas especiales.

Republicano, miembro de la NRA, amigo de Ronald Reagan, Clancy no dejó de exhibir su visión política a través de sus novelas: los rusos eran esencialmente malos, junto a los vietnamitas, los norcoreanos, los chinos, los terroristas árabes… los americanos liberales, los manifestantes contra la guerra en Vietnam, los nativos estadounidenses, e incluso los ecologistas y científicos tramaban planes contra la paz mundial. Debo añadir que parte de esta postura se debe a la trama simplificada de sus novelas: como género desarrolló una fórmula de tensión y situaciones apocalípticas, las cuales se resolvían de manera mucho menos ingeniosa que en las aventuras contadas por Frederick Forsyth, sin jamás plantear juicios de ética o poner a contra luz la moral de las decisiones políticas de Estados Unidos.

El éxito de Clancy, dirán algunos, partió de crear literatura barata para un público poco culto. Podría ser. Sin embargo, debe recordarse que él no fue el primero en utilizar la política, las conspiraciones, las amenazas terroristas y militares como argumento para una novela. Autores dedicados a establecer tramas alrededor del Pentágono, la CIA y el Congreso; la amenaza China o Rusa, atentados terroristas musulmanes, y operaciones encubiertas en países tropicales, se venden de forma masiva sin salir del mercado local. Con centenares de traducciones por todo el mundo, Tom Clancy se hizo a parte e hizo su propio prestigio. 

No hay comentarios: