viernes, 5 de septiembre de 2014

If this is the truth, where does it end?

Vuelven las corridas de toros a Bogotá, pese a que sus ciudadanos se mostraron a favor de la prohibición de este bárbaro espectáculo. El cierre de la plaza de toros La Santamaría se convirtió en uno de los logros de la administración de Gustavo Petro que incluso sus detractores reconocieron. Pronto un grupo de amigos del toreo, ganaderos y demás pandillas dedicadas a sacar provecho del show empezaron a mover abogados, mítines, publicidad y lo que viniera para conseguir de nuevo seguir ejerciendo su negocio. Finalmente, la Corte Constitucional, el martes 2 de septiembre de este año, falló una tutela a favor de la “fiesta brava”, bajo el argumento del “derecho a la libre expresión artística”.

No fue cuestión de los empleos que la decisión del alcalde eliminó. Tampoco la reivindicación del derecho a realizar un espectáculo tan asentado en la tradición del país —ya que las corridas no están ni han estado prohibidas en Bogotá. Simplemente no pueden realizarse en La Santamaría—… Sino el “derecho a la expresión artística”. Por tanto, el toreo, según sentencia de la Corte, es un arte.

En cuanto vi la noticia el asunto estalló en mi cabeza como debió estallar en las mentes de muchas mujeres abusadas sexualmente las palabras del representante Todd Akin acerca de la “violación legítima”. No solo me opongo al toreo por hacer de la tortura de un animal un espectáculo, sino que me irrita hasta las vértebras que alguien pueda considerar el rito taurino una expresión artística.

Antonio Caballero, defensor de la “fiesta brava”, sostiene que en ella, al menos, el toro muere peleando; que se trata de una “fiesta”, de una gran celebración donde al animal se le permite una muerte llena de valentía. El hecho de que matador y toro no se enfrenten en igualdad de condiciones —el hombre tiene razonamiento, sabe por qué está ahí, posee armas, apoyo por parte de banderilleros, picador y hasta médicos, mientras que el animal solo se tiene a sí mismo— no le preocupa a Caballero, tampoco que, si seguimos con la lógica de justificar el maltrato a favor del “placer de los demás”, estaríamos justificando la pornografía infantil, o también las masacres colectivas —por ejemplo, nada de malo en los bombardeos de Israel sobre territorios palestinos: finalmente estos mueren en la pelea, con valentía y bravura—. Pero de nuevo, este planteamiento, aunque grotesco, no me resulta nuevo ni tan perturbador como la sentencia de la corte: el toreo es arte.

Caballero afirma también que los detractores de la tauromaquia “no saben de qué hablan”, como si clavarle banderillas, pica y espada a una res requiriera años de estudio, o un nivel superior de intelecto para disfrutarlo. Tal vez es así. Tal vez tampoco podemos comprender el gran bien que le hizo a la humanidad el gobierno alemán del Partido Nacionalsocialista ejecutando a tantas millones de personas; simplemente no lo comprendemos. Aquello no fue una masacre programada, sino una “fiesta” en que millones de judíos, homosexuales, opositores del gobierno, gitanos y discapacitados físicos y mentales fueron sacrificados para el placer de algunos, o para reducir la población mundial, o tal vez para incrementar el consumo de la carne de cerdo, o mejorar las ventas de gas nervioso, y ayudar así a la economía europea. Simplemente no lo entendemos.

¿Comprenden lo que digo? Antonio Caballero ni es nazi, ni justifica la violación de menores, tampoco está a favor de la violencia en general y, quien lea semana a semana sus columnas, se dará cuenta de su posición liberal contra muchos de los vicios de la derecha radical. Sin embargo, si la expresada en su columna “¡Ay, los toritos!” es su lógica, ¿hasta dónde va esta? Si esta es la verdad, ¿dónde termina? Mi preocupación con la sentencia de la Corte va más allá de si Bogotá cae de nuevo en la vergüenza mundial de permitir la tortura como entretenimiento; la gente vota por corruptos, se embrutece con alcohol, ve la peor televisión, no lee, es racista, homofóbica, mira con desprecio a quienes tienen menos, roban con una mano y se persignan con la otra así que… considerar el toreo una “fiesta” debería parecerme tan natural como los aplausos respetuosos que muchos emitían cuando Carlos Castaño daba entrevistas en televisión justificando su actuar. En el país donde Pablo Escobar es héroe, ver a un toro arrastrándose bajo el correr de su propia sangre es una fiesta, una celebración, motivo de placer y risas. Así que, de qué me indigno; hace mucho debí irme de aquí.

Sin embargo, como escritor, la sentencia me abofetea cruelmente. Mi trabajo —torpe e inmaduro, sí— y el de todos los escritores, el oficio de Botero, el de Andrea Echeverry, Carlos Vives, Víctor Gaviria, Gabriel García Márquez, Beatriz González, Alejandro Obregón, los Gaiteros de San Jacinto, Piedad Bonnett, Mauro Franco y otros narradores orales, cantadoras, escultores, fotógrafos, pintores, músicos, bailarines y demás es comparable, o mejor, está en el mismo saco, de esos hombres que en traje de luces, con movimientos robóticos, van desangrando a un toro hasta que este cae agotado y adolorido, asfixiado por su propio plasma. Así lo ha sentenciado la corte.

¿Y qué es arte? Preguntará alguien. Por desgracia no hay una, sino incontables respuestas que pueden ir del diccionario de la RAE hasta las incontables teorías que han aparecido durante los últimos tres mil años. Cada artista tiene su propia respuesta, y en buena medida es su obra una afirmación sobre lo que es el arte mismo. Mi posición es simple: arte es la composición estética que expresa una perspectiva subjetiva sobre un concepto o conceptos objetivos. Por “composición estética” me refiero a un producto —objeto, artefacto— cuyos elementos están dispuestos para cumplir su propósito o propósitos, esto es la expresión refractiva de conceptos dispuestos en el mundo. La novela cuenta una historia, y mediante ella el escritor trata diferentes temas dejando así una reflexión en el lector. La obra plástica, la composición musical, la danza, el cine, la arquitectura y hasta la moda. Hay un reflejo de nuestro mundo en todo ello; aprendemos a ver en las obras sus patrones ocultos, nuestros defectos y virtudes. Para ello la obra debe cumplir una serie de reglas:

a) debe ser receptible —y me perdonarán el burdo neologismo posmoderno—, i. e., debe poder ser recibido como arte por el espectador, lector, oyente, etc.;
b) debe ser un todo en sí, apreciable en la forma como está creado y dispuesto;
c) debe tener un discurso abierto y alterable; en otras palabras, no estar limitado a una sola interpretación; es plurisignificativo;
d) debe ser único, y
e) debe ser creado con el propósito de ser arte.

Un ejemplo, la obra cinematográfica. La película se crea con el propósito de ser apreciada como arte (e), se imprime y se distribuye para su apreciación (a), sus elementos están todos presentes entre el inicio y el final (b), aunque posee un argumento y unos temas explícitos, permite el análisis y diversas interpretaciones (c), y finalmente, aunque sea una adaptación, y de ella se hagan nuevas versiones, esta película, por ser hecha en un momento único e irrepetible y tener características propias, esta película es única (d).

Podrían haber otras reglas; lo cierto es que la única regla verdadera debería ser que “arte” es lo que por ello puede ser tomado. Mas, de ser así, todo sería arte, ergo nada lo sería.

¿Entra el toreo en las reglas mencionadas? Podemos decir que, como espectáculo abierto al público, difundido por medios de comunicación cumple con la regla (a). ¿Es un todo en sí? No, porque no es un objeto, sino una puesta en escena, una dinámica que involucra ciertas circunstancias las cuales pueden determinar, a juicio de los entendidos, si la corrida es buena, regular o mala; tampoco es, ni un discurso abierto —afirmaciones explícitas en su contenido— ni alterable; una corrida no tiene significación alguna, y más allá del impacto visual —que a los fanáticos acostumbrados no les emocionará ya— no hay en su exposición componentes que busquen causar un efecto como, por ejemplo, ciertas notas bajas en una sinfonía; mucho menos hay espacio para generar la reflexión propia de la literatura o el cine; nadie puede decir que la corrida de ayer en la tarde tiene estos o aquellos significados. Las corridas sí son únicas, y a un mismo tiempo, iguales entre sí: el torero, uniformado, repite una serie de movimientos rituales, el toro muere o le es perdonada la vida, banderilleros, picador y hasta los gritos del público. Incluso un partido de fútbol, por la condición de sus jugadores —un clásico—, el estatus del juego —la final de la Copa Mundo— o el número de tantos, puede ser mucho más especial que cualquier corrida de toros de las millares que han de haberse ejecutado —se destacarán en la memoria del fanático aquellas corridas en las que cierta celebridad del toreo perdió la vida—. Y finalmente, ¿se plantea cada jornada de toreo como una obra de arte? Toreros, novilleros y todo el mundo involucrado en esto dirá que sí; que cada corrida puede ser equivalente a un poema de William Blake, un aria de Puccini, una película de Bergman o hasta el techo de la Capilla Sixtina. La diferencia es que, entre “Hamlet” o la Novena Sinfonía y cualquiera de las corridas llevadas a cabo por Cesar Rincón en su larga carrera, las dos primeras obras han causado un gran impacto a la cultura universal, y serán recordadas durante siglos, mientras que los pasos, la estocada y las tandas de Rincón no le importan sino a quienes las vieron y participaron en ellas, y esto, a escala humana, equivale a nadie.

No, el toreo no es un arte. O podría serlo, si nos salimos del círculo que he trazado y donde apenas me han cabido las llamadas “bellas artes”. ¿Qué hay del performance? Se realiza una sola vez, en vivo, tiene un impacto en su público y su significado es impreciso. En 2007, el “artista” costarricense Guillermo Vargas ató a un perro dentro de la galería Códice, en Managua, como parte de su obra Eres lo que lees; el animal permaneció ahí hasta morir de hambre. Su punto, al parecer vengar la muerte de otro artista, o exponer, “la hipocresía de la gente”, o explorar la muerte o lo que se haya pasado por su cabeza para justificar un acto de crueldad. Ya que en ello parece haberse convertido el arte en los últimos treinta años, justificaciones; palabrerío posmoderno sobre una grieta, una ventana rota, un aviso de neón, la tipografía de Coca Cola para escribir “Colombia”, y demás; facilismo, el camino más breve, la táctica simplista de llamar la atención. En este mundo actual donde para ser artista no faltan sino las ganas, tal vez la Corte Constitucional está en lo correcto, y en próximos días los bogotanos podremos ver el regreso de otras formas de arte como las peleas de perros, el Circo Hermanos Gasca o la incineración de las mascotas de los habitantes de la calle por parte de la policía.

Nota añadida: mientras terminaba de escribir este texto, encuentro en la página web de El Espectador la siguiente cita del ganadero Gonzalo Sanz de Santamaría: “Así como las costumbres de las poblaciones afro o los derechos de la comunidad LGBTI merecen ser respetados, nuestro derecho a seguir con esta tradición ahora está siendo reconocido”. Con esto está todo dicho… la élite que vergonzosamente pregona el racismo, y considera —Biblia en mano— la homosexualidad una abominación, exige sus derechos de “minoría” con gustos sádicos.


jueves, 14 de agosto de 2014

Sobre el arte

En su libro-ensayo La société Macdo, el filósofo Georges Kamt describe la base militar norteamericana como el paraíso futuro de las sociedades occidentales. Bases no creadas por el gobierno estadounidense con propósitos políticos, sino establecida por particulares patrocinados por las grandes corporaciones. En la base, el hombre está sometido a un multidiscurso que le impide salir, como en una moderna visión del mito de la caverna, salvo que en esta el hombre no está encadenado a una pared, sino suficientemente satisfecho que, dejar la base, le supondría a la muerte. Particularmente interesante es el capítulo dedicado al arte, el cual Kamt identifica como uno de los tres núcleos —o el plurinúcleo— del multidiscurso.

Este texto, integrado a La société Macdo, fue originalmente un discurso dado por Kamt, en 1996, ante el XI Congreso Internacional de Arte, en Munich.

Vivimos en tiempos nostálgicos. Se nos presenta un discurso de la interioridad y pretendemos perdernos allí para reinventar nuestra identidad burguesa, como lectores de lo moderno y aspirantes al vínculo metasocial. No compramos arte, somos comprados por los artesanos de la nada y sus agentes comercializadores: el tren de la empatía empieza por la adquisición de nuestro tiquete. El disco, el libro, la visita al museo; el concierto, el folleto del concierto, el recuerdo físico y demostrable para los vigías del tren, i. e. nosotros, los otros, todos. El artista modélico ofrece la nostalgia en el discurso romanticista, la novela del amor o la infancia perdida, el registro musical celebrando los veinticinco años del fin de una banda o la muerte de un pianista. Vivimos en tiempos nostálgicos porque el súper discurso es de hilos delgados, quebradizos, instantáneos, de un solo uso y por tanto tememos pisarlos; volvamos a la confianza del hogar materno y nuestros libritos infantiles. Pagamos por el pasado como si fuera nuevo.

Vivimos también en el tiempo de la hamburguesa. El adquiriente del ente intercambiable determina el valor sobre la autosatisfacción y el goce potencial. Pero su respuesta nunca se asocia al artículo atómico; hacen falta estratos y combinación. Cuando como hamburguesa pago por gramos de carne, pan, lechuga, tomate, queso —más grasa repugnante que verdadera leche—, y pepinillos. Me marginalizaría si tomo el producto en la mano y lo consumo solo, de pie, ante todos. Sería un espectáculo. Sigo la regla del microritual: ordeno soda y papas fritas. ¿Quién decreta irrompible la alianza del agua carbonatada y el tubérculo hervido en grasa? Hago un llamado a los hombres, y no me responden; el valor del conjunto es inferior a los artículos por separado. Es una ganga, pero yo no como hamburguesas, jamás.

Vamos más al fondo. Mencioné ya autosatisfacción y goce potencial. Hablo de leer el yo-ente y distinguirlo del yo-multiente. Entre la masa de los individualistas el primero describe mi relación con los patrones y el segundo al primero a partir de los patrones. Pregúntate si tienes dudas: ¿es mala la comida chatarra? ¿o malo yo al comerla? Ya nos grita el anuncio brillante el deber del multiente ante la sed y el hambre en el agitado mundo donde nos dan menos de media hora de almuerzo: goce potencial. Regresas al escritorio satisfecho; estas salvo, por favor prosigue tu vida de mierda. O bien, como porque me da la gana, contra mi salud, la recomendación médica, la protesta de los ambientalistas, definiciones de belleza, lo in. Completo el banquete con helado de avellanas; cago satisfecho, autosatisfecho. El yo-ente desayuna con malteada. El yo-ente escucha a las Spice-girls antes que a Bach. Sigamos leyendo nuestras salas de conciertos, libros y galerías tras determinar a los dos formas de entidad.

Nostalgia y hamburguesas, Happy Days. El título del seriado cómico es revelador. Queremos vivir en el paralelismo real de nuestro tiempo según la reconfiguración del pasado extinto.  A los alemanes les debemos el slogan. Mientras la promesa de la arbitrariedad compuesta parece satisfacer al yo-ente bien adoctrinado, la oveja negra pide más tramas en su chal: aquí las teorías del folletín. El arma no es un arma; mejor, la gladio romana no es una gladio romana, es un falo. El rojo en la bufanda no es un artículo de vestuario, sino el arma del capitalismo —Coca-Cola—, o del comunismo. ¿Dónde quede nuestro arte? El yo-ente y el yo-multiente no son un reto para las máquinas de pornografía, ni para el personal del McDonalds, ni para los ideólogos. Ya has aceptado el uniforme y el gafete con tus datos, ya has aceptado todo. Tu lectura puede variar, mas se requiere una uniformización mayoritaria para girar la manivela revolucionaria. Con eso cuentan ideólogos y productores de hamburguesas. Ni siquiera temen al cambio del disco, si el clarín da paso a la viola; el instrumento absorbe las propiedades de su antecesor una vez ha ocupado su lugar.

Un padre golpea la puerta del cuarto de su hijo. Piénsese en esa magnífica película de Rostellini La puerta. El chico oye música rock, el himno de la revuelta para el yo-multiente. Apaga ese ruido, dice el padre. Es música, dice el chico. Ven y te muestro qué es música, majadero. Y obliga al chico a sentarse frente al tocacintas y oír a Beethoven o cualquier otro etiquetado como clásico. El chico crece, el multiente se apropia del rock. El chico tiene un hijo, o pongamos una hija, y una mañana sube al cuarto de la chica: por favor apaga ese ruido satánico, dice el padre. Es música, dice la chica. Esa mierda de Madonna no es música, dice el padre y la lleva a la sala, pone el reproductor de discos compactos y la hace oír a los Stones. El objeto no es su propiedad hasta no haber absorbido los jugos de su predecesor. No es posible determinar objetos y funciones como factores cautivos; porque la cautividad haría imposible la movilidad del objeto, esto es la no función; y si la rueda no se mueve no es rueda. ¿Estoy diciendo que todo el arte es relativo a ser arte?, sí. Y esto es aterrador. Que la Gioconda esté en el Louvre ante una fila interminable de turistas la hace menos arte que la porquería de lienzo que compraste la semana pasada en la galería más exclusiva de Londres. Y por qué… Le preguntas a un chico y si la Gioconda es arte, te dice que claro, por eso está en el museo. Bueno, la bacinica de Napoleón II también está en el museo. (No recuerdo cuál). ¿Te dice algo la bacinica? Duchamp entró y colgó un orinal en la galería, ergo es arte. Arte es propiedad y propiedad no es un factor cautivo, digamos que progresa; y su sola limitante es la aparición en el discurso artístico. Si tú no apareces en Who is who no eres nadie… diría uno. Compraste arte, esa porquería de lienzo es arte, porque no es otra cosa. Y anótenlo bien; no puedes orinar en el orinal de Duchamp, es herejía, eres un filisteo por no distinguir las propiedades del objeto. Dices que los Beatles no es clásico y te rompen la cara.

Determinada la función del ello nos queda preguntarnos por su asociación al multidiscurso. Claramente no puede ser una función menor. Establezcamos: no es reproductiva, pero incide; no es formativa, pero incide; no es rectora, pero incide. Incide en tantas partes del cuerpo celular de la sociedad que no nos queda otro lugar para asignarlo sino al núcleo —ya determinado como tripartita—. En el plurinúcleo el arte nos facilita las respuestas: cómo nos vestimos, cómo nos separamos de la chusma, cómo nos individualizamos. Y ahí gana su eterna valía el discurso artístico, ahí prevalece su función y libertad.

Esto nos presenta una aparente contradicción: el yo-ente gana su valía social por medio de la acumulación de artes favorecidas —las “favoritas”—. Y así mismo, quien ha etiquetado al arte es el yo-multiente. ¿No pondría a uno entre el otro y anularía su condición individual? Es un problema fascinante. Y nos exige volver a la conceptualización pura del yo-ente, a ver si entre sus reglas alguna le permite violar el cerco, la trampa.

La unidad corporal es la semilla, y las experiencias los nutrientes. El yo-ente, formado, consciente, puede sobrepasar el límite, y, ya lo dijimos, esto ocurre siempre con la violación del otro. Así que podemos pensar por un instante, en el mero juego de lo teórico, la posible violación del otro, y otros, del yo-ente. Y la clave que asegura nuestra pequeña teoría es la segunda propiedad del arte: la autosatisfacción. No en el arte, porque este carece de apéndices biológicos, sino en la aceptación del nicho. Tú escuchas, realmente escuchas, comprendes, a Berlioz, la pintura de Rembrandt, los poemas de Dickinson, eres culto, bienvenido, pasa y sírvete una copa. Ya estás en el club, te has separado de la chusma. Has escrito tu individualidad y solo has tenido que firmar un contrato. Aceptas a Bach como tu guía, eres uno de los nuestros, por tanto no eres uno de ellos, y ellos son mayoría, tenlo en cuenta, por tanto eres distinto, diferente, especial.

Por eso no se puede escapar de las máquinas de la pornografía. El más libre de los hombres pintaría los cuadros con los que decora su hogar; escribe los relatos que le entretienen; compone, interpreta y goza con su propia música. Es algo que Damian Plenoski nos plantea ya en El iglú de sal. No sé si ustedes lo recuerdan, pero Plenoski cita en su obra, al menos en esa obra en particular, los poemas de Emil Dâs,  y este tiene un relato en verso muy bello, en el cual un hombre siente tanta hambre que se devora a sí mismo hasta desaparecer. Diríamos que los pornógrafos nos facilitan el trabajo de masturbarnos usando siempre la imaginación. Así que el paso lógico no es la creación de arte sino su goce. Es posible crear para mí, pero tan satisfactorio como enamorarme de mí mismo. El mismo Plenoski añade una nota trágica a todo esto; nos dice, o dice este hombre de pie en su soledad terrible, dice “hace falta el crítico”. Es devastador. Allí de hecho se suicida. Y es notable, más aún, la necesidad del opuesto y del opuesto como autoridad. Ese crítico justifica el esfuerzo; ya con él la obra es aceptable. Dijo hace muchos años un comediante, famoso en el cine, que la obra literaria más grande de la historia ya había sido escrita pero que por desgracia no la leyó nadie. Suficiente con que la varita mágica del crítico convierta al muñeco de madera en un niño. En sí Pinocho es la mayor metáfora del arte. Eso es bien sabido.

Una preocupación de los mercaderes del arte es el irresoluble problema de la falta de mercado. Como ya dije, la solución no está en el autoarte. Ni siquiera en un posible arte fuera de los recorridos canales del mercado. Compras un tomate a tu vecino, el dueño de una pequeña huerta, o se lo compras al supermercado. No importa; si te sientes mejor ayudas a tu vecino pero lo conviertes simplemente en una versión reducida del supermercado. Es impensable el divorcio entre arte y mercado salvo que una de las propiedades intrínsecas en uno u otro mueran: el arte pasa a ser ornamentación, o el mercado se transforma en intermediario entre artista y comprador. Las teorías económicas, y especialmente el marxismo nos hablarán del tema por días. La pregunta, empero, se mantiene; no la planteó ninguno de ustedes, simplemente está allí por la misma razón que yo estoy aquí hoy: quieren sacar al arte del sistema de la base militar. Y ustedes consideran que eso ensalza al arte. De otra forma el arte prevalece como hamburguesa o como tótem nostálgico. Qué oprobio. Mi sugerencia es que lo dejen ser. Ya hemos explorado los tornillos del juguete y nos hemos dado cuenta de que es inservible para otra cosa; como discurso abierto tiene muy pocas reglas, no importa cuán difícil siga siendo su absorción por parte de la sociedad en general, carece de matemática. La misma palabra “arte” traiciona su origen, y se nos es vendida como concepto atómico: es arte, ergo no puedo usarlo para lavarme los dientes, o, como ya dije, hacer pis en él.

Su argumento ontológico, si se fijan bien, traiciona el propósito mismo de la consigna que he venido a replicar: si afirmo que el ello es por no ser otra cosa, ni cumplir función otra que ser, cualquier entidad —y por ello, alármense, el yo-ente— podría considerarse arte. Otros lo han demostrado: apilan ladrillos en el museo y lo presentan como obra. Solo le falta algo, un público y un crítico. Evidentemente también el contexto físico; y ya tenemos origen, escenario, mediador, y finalmente receptor del discurso, quien en su actuar ha aceptado ofrecer una respuesta, esto es dar algo por lo recibido,  y ya tenemos un comercio. Me parece que con ello nos quedamos sin salidas. Eso es todo.



domingo, 10 de agosto de 2014

Definiciones y texto abierto

Digamos que me piden una definición de novela; no fijan, para tal definición, unos límites, ni me exigen una correspondencia a las definiciones aportadas por teóricos, autores o siquiera diccionarios. En suma, qué es, para mí, la novela.

Empiezo a partir de lo obvio; un formato literario; un sistema de expresión del arte de las letras. Con ello lo separo de los libros de texto, biografías, compilaciones de escritos y el vasto etcétera. Segundo, es un relato extenso, no fijo a una jerarquía, cuya multiplicidad de temas pueden ser directos, indirectos o subjetivos al lector. Por “relato” establezco que una serie hechos y los personajes que los ponen en marcha o sufren sus consecuencias. Los temas, conceptos e ideas relacionadas, aparecen, tanto de manera implícita como explícita, o bien es el lector mismo —dependiendo de la profundidad de su lectura— quien determina su existencia y la calidad de su tratamiento por parte del autor.

No mucho más. Si vamos a extender la conversación sobre la novela, más nos valdría aceptar ya que hay tantas definiciones de novela como novelas; ergo, cada novela define para sí, a partir de su autor y lector, el ser de la novela.

Bellas palabras; insuficientes para los esbirros de la academia. A estos les desagradan las acepciones de diccionario, cuyos autores han redactado procurando claridad e integralidad. Algo inaceptable; el fenómeno de lo artístico no puede, asumen los academicistas, caer en el vocabulario general: si todos entienden qué es una novela, el misticismo, pilar fundamental de las humanidades, caerá, y los humanistas tendrán que buscarse un empleo de verdad. La filosofía —para citar un ejemplo hecho voz pública— no tiene respuestas, solo preguntas.

Entonces ofrezco una nueva definición de novela; una que satisfaga a la crítica intelectualizada, ahíta de proposiciones incomprensibles:

“La novela es el eje de las aspiraciones en el caudal de la razón posmoderna. Asiste el autor a su verdadera asimilación social, aquella en que el ente leído es uno y el ente lector abre paso a paradigmas de estilo aceptables a la burguesía. Su condición no es preexistente, si de apertura a lo disociado, a lo punible de la mente dudosa, y defiende su situación reinante en la literatura por la deslectura generalizada, la tragedia del poema, la inextendibilidad del relato breve”.

Lo anterior carece totalmente de sentido, por eso resulta tan poco atractivo. La definición mesurada, construida a partir de las palabras correctas, cuyo propósito es la mayor claridad, tiene todas las de perder ante el texto confuso, tejido con aposiciones de términos inconexos, el oxímoron, el símil, y la estúpida política del “texto abierto”.

En dicho “texto abierto”, el autor toma una política en apariencia honesta y bondadosa: no quiere ser una autoridad; para este, afirmar que el agua moja es, o una pérdida de tiempo, al señalar lo obvio, o una forma dogmática de referirse a un elemento, como si establecer una relación entre entidad y un efecto invalidara, u ocultara, a los demás. Así, el texto abierto parece buscar la abstracción, como las obras de arte contemporáneo. En estas, algunos autores buscan que los significados no se agoten en la primera mirada —“oh, qué bonita casa, y qué bello lago”— sino que las formas y combinaciones de colores permitan regresar a la pintura una y otra vez. A ello se le puede sumar el beneficio de la pluralidad: el crítico puede explicar el cuadro, tanto como cualquier transeúnte.

El “texto abierto” invitaría a no quedarse con la primera lectura, a la que podríamos llamar “lectura legal”; piense el lector en las leyes, decretos, edictos y demás, en los cuales no puede haber margen de error, lugar a dudas, o dos lecturas distintas. Es lo que dice ser, y nada más. En el embrollo —empeorado por malos traductores— las conclusiones no empiezan ni terminan. El filósofo, o teórico, ya no es un maestro de pie tras el atrio, sino uno de esos maestros de cine de artes marciales, que se expresa a través de relatos absurdos, o pequeñas metáforas, para abrir la mente de su discípulo, quien terminará partiéndole la cara al villano de la cinta. Y así y así.

Lamento disentir, pero el “texto abierto”, al menos aplicado a la literatura, es inservible, como un destornillador de gelatina. Para hacernos a ideas propias sobra tiempo y páginas en blanco. Yo, o cualquiera con suficientes lecturas y experiencia en escritura, podrá presentar su muy razonable compendio de teorías alrededor e la literatura, el libro, los formatos narrativos o las razones tras la creación. La teoría literaria empezó como un ejercicio de sistematización del saber alrededor de la literatura: qué es, para qué sirve, ¿puede medirse?, ¿podemos llegar a saber qué poema es bueno y cuál no? Con el pasar del tiempo, y la adopción, por parte de las universidades, del estudio crítico a la literatura, los propósitos de la teoría cambiaron. No obstante, mientras algunos, como Ronald Barthes, o Harold Bloom, se dedicaban a las obras, las desarmaban, las medían, las pesaban y empleaban su posición como autoridades para decirnos qué entender por “obra”, “literatura”, “novela”, “género” y demás, otros, Ricoeur, Kristeva, y algunos textos de Derrida, prefieren este sistema de texto abierto; jamás hacer una afirmación clara, sino tan abstrusa que se imposible contradecirla porque, ¿cómo vamos a negar lo que no entendemos? Al cerrar un libro como El texto de la novela se pueden tener tantas nociones distintas sobre el tema que el debate sobre la condición de este formato puede extenderse eternamente.


Sin principio y sin final, parece ser la regla de los estudios literarios. Para suerte de nuestro mundo, las ciencias verdaderas, aquellas que realmente brindan un aporte a la humanidad, como la medicina, la ingeniería u otras, no se andan con chilindrinas ni poesías, su complejidad termina cuando se comprende la anotación matemática y algebraica. De estas, la filosofía contemporánea y la teoría literaria podrían aprender mucho.

lunes, 23 de junio de 2014

De libros pesados

Dice el lugar común: la lectura debe ser un placer, no un deber. Y añaden otros: es un derecho del lector abandonar un libro si no lo satisface. Dada mi condición de profesional en estudios literarios, y escritor, debo realizar algunas lecturas aun cuando no me satisfacen, y debo llegar hasta la última página incluso si cada párrafo me ha resultado un viaje tortuoso. En el momento en que escribo esto estoy por abandonar la lectura de La broma infinita, reputada novela de David Foster Wallace; con mil páginas de texto y cien de notas —y no se trata de una edición crítica—, la novela se me presenta como una montaña sin rutas abiertas, totalmente vertical, demasiado alta y, en últimas… leer no debe ser tampoco un desafío de sufrimiento.

Compré el título tras años de acoso del internet: a cada tanto, las páginas que sigo mencionaban, citaban, o subían información referente al fallecido Foster Wallace —Nueva York 1962, Claermont, CA, 2008—. Una especie de niño prodigio de las letras con aspecto de estrella de rock. La revista Time consideró a Infinte Jest como una de las cien mejores novelas del siglo, ¿es así? Lo que he encontrado es un estilo fragmentado, una forma caótica de manejar los diálogos, un completo desinterés por el ritmo narrativo o el estilo en prosa; Foster Wallace apiñó oraciones como quien amontona fruta en el supermercado. Si se encadena a un mono a una máquina de escribir, y se le provee algún estímulo mientras golpee las teclas, es posible que, entre las miles de letras dispuestas al azar, en alguna parte se formen palabras, incluso frases. Esa parece ser la técnica seguida por el autor: escritura automática, seguir escribiendo bajo la hipergrafía, hasta completar esas mil páginas. Posiblemente más adelante mejore.

Esta novela me presenta otro problema: su tamaño; aún para ser una edición en rústica el libro es tan grande y pesado como una biblia de iglesia. Soy de esas personas acostumbradas a cargar el libro que leo a todas partes y leer a cada oportunidad, entre viajes en autobús y minutos perdidos en salas de espera. Cargar La broma infinita y tratar de leerla, de pie, mientras viajo en el bus, resulta incómodo. Cada vez que veo ese enorme bloque de papel esperando entre mis libros pienso en las tediosas tareas que implican esfuerzos monumentales. ¿Qué puedo esperar de una novela sin trama, sin personajes, enrevesada, lenta y de tal extensión? Tal vez me haría el mismo bien leer la guía telefónica, la cual, de hecho, tiene menos páginas y es más directa en sus propósitos.

Hace tiempo en un ensayo escribí que un cuento de noventa páginas, o acaso más de quince, como los de Alice Munro, era un fracaso del estilo y un desconocimiento del formato. Me llovieron las airadas respuestas, en especial por hablar mal de Munro. El cuento trata un tema, para esto emplea una narración, y esta debe tener el número exacto de elementos narrativos para dar a entender al lector su propósito. Una extensión excesiva demuestra incapacidad para la redacción, la edición, o simple falta de tema. Ahora, la novela trata de muchos temas; puede haber uno principal y otros secundarios, o varios principales seguidos de una miríada de temáticas de segundo o tercer nivel, organizados como los bailarines en una coreografía. Solo que, si esto es cierto, una novela puede llegar a tener una número infinito de páginas; un escritor podría empezar a publicar un tomo por años durante toda su vida, dejando un texto incompleto de cientos de miles de páginas. En busca del tiempo perdido se acerca a ello; su prosa, su ritmo, el rico vocabulario, la sensibilidad en el manejo de los temas y la calidad de sus descripciones han salvado su trabajo para la posteridad. ¿Ocurrirá así con La broma infinita? ¿No se trata solo de una gran broma del autor? Presentar por novela solo una pila de redacciones apenas atadas por un grupo de personajes…

Comienzo a pensar que uno de los males del siglo anterior, heredados del XIX, y capaces de resistir —como la difteria y el cólera— hasta nuestros días, es el síndrome de la “gran novela”, el adjetivo “gran” refiriendo sí, un poco al contenido, pero mucho más al tamaño. La tapa dura, el título o el nombre del autor en grandes caracteres. Se desprecia la novela en rústica, de pocas páginas; en la iconografía popular vemos esta clase de objetos asociados a niños, secretarias, amas de casa o empleados de bajo nivel; el pesado volumen de densa prosa se asocia con el docto hombre de letras, el culto millonario en sus horas de ocio, en bata púrpura junto a la chimenea. No es que todas las novelas voluminosas se ganen de inmediato el respeto de los lectores como se ganan el miedo de otros presos los reos de gran tamaño. I’m Charlotte Simmons de Tom Wolfe obtuvo una fría acogida —le ayudó poco los elogios del entonces presidente Bush—, mientras que muy pocos se toman en serio Atlas Shrugged, novela fundamental en la obra de Ayn Rand, vista hoy más como un interminable panfleto libertario que como una obra de profundidad literaria. Sin embargo, la novela breve no ha conseguido ganar el respeto de editores y lectores; Estrella distante de Bolaño no alcanzará las cuotas de popularidad de su desmedida 2666. En un ensayo sobre Raymond Carver, Alessandro Baricco escribió “Si uno construye buques petroleros no les revisa los tornillos. Pero si hace relojes, sí. Carver era un relojero”. Las últimas décadas, la invasión de la tecnología en nuestras vidas, la necesidad cada vez más compulsiva de estar informados, las avalanchas mismas de información y lecturas, deberían habernos enseñado a valorar más la prosa breve, bien planeada y meticulosamente escrita, y dejar para el pasado aquellos petroleros de la novela y sus pilotos, más interesados en atascar a los lectores con pilas y pilas de páginas, donde solo se enumeran nombres y acciones, verdaderos diccionarios de lo inexistente.

En este momento no sé si valdrá la pena seguir leyendo La broma infinita; si pasan las páginas y sigo sin ver más que arena y torbellinos de palabras terminaré por arrojar el libro a la basura, o usarlo para encender un asado. Ya les estaré contando.