martes, 21 de enero de 2014

A releer a Orwell

Un día como hoy, hace sesenta y cuatro años, falleció Eric Arthur Blair, conocido mundialmente por su nombre de pluma, George Orwell. Periodista, ensayista y novelista, es recordado, mayoritariamente, por ser el autor de la distopica novela, 1984, una de las obras en prosa más importantes del siglo XX, si bien no entre las más leídas, porque, aceptémoslo, más gente usa el adjetivo “orwelliano”, o compara a instituciones, gobiernos y personas con el “Gran Hermano”, que la que ha leído la famosa Nineteen Eighty-Four.

Por lo mismo, al parecer, hay más fanáticos de Orwell que lectores de sus ensayos, de Homenaje a Cataluña o Que no muera la aspidistra. No he venido a mostrarme aquí como un profundo conocedor de la obra del señor Blair, sino a tratar, en breve, un solo punto, hoy, en el aniversario de su fallecimiento.

Volvamos a su novela más conocida, la continuamente reimpresa y mencionada 1984. Publicada un año antes de su muerte, describe, empleando, por momentos, las herramientas de la ciencia ficción, el mundo bajo el peso del totalitarismo. Sin embargo, esto es lo primero que se olvida; en sus últimas declaraciones al mundo, Edward Snowden habla de la supervigilancia de la inteligencia estadounidense como algo ya descrito por Orwell en 1984. Un lugar común: hace unos años, un diagrama de las cámaras de seguridad dispuestas en calles de Londres, cercanas al lugar de residencia de Orwell, se hizo viral, mientras se describía este sistema como la aproximación a la distopía descrita por el autor inglés. Nadie, sin embargo, parece preocuparse por el resto del argumento de la novela: la falta de privacidad en el estado de Oceanía es solo una de las muchas características que el texto comparte con nuestra contemporaneidad, y los posibles futuros que nos esperan:

La formación de bloques de países —en 1984 Eurasia, Oceania y Estasia— mediante el incremento de alianzas económicas, imposición o aceptación de acuerdos bilaterales de exportaciones, así como lealtades políticas. Así, en años pasados vimos al presidente Álvaro Uribe declarar que Colombia apoyaba totalmente la invasión estadounidense a Irak; o al fallecido Hugo Chavez, dando la mano a uno de los presidentes más represivos en la historia de Irán, o firmando acuerdos con Corea del Norte. Alianzas non-sanctas, basadas en el principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

El gran hermano, o el gran líder, el gran presidente, o el gran camarada, el supremo comandante o lo
que sea. Siempre un último y supremo jefe, cuya lealtad se trata de imponer en todos sus súbditos, y cuya existencia supera su condición humana, a un estado de semidiozasgo. Desde 1949, a hoy, no hemos sido capaces de reducir a los jefes del ejecutivo a su simple condición de empleados públicos; de administradores a sueldo, asignados a una silla bien paga en un enorme edificio burocrático, solo por que son capaces de demostrar una comprensión de las necesidades de sus pueblos, y las rutas a seguir para solucionarlas.

Y por cada Gran Hermano —quien realmente no “nos observa”, sino que es un simple instrumento de represión sicológica, aceptado como una verdad por quienes, en el fondo, admiten como correcto el estado y funcionamiento de las cosas— hay un Emmanuel Goldestein. Un enemigo, una fuerza del mal a quien se debe dirigir todo el odio y toda la culpa. Nuestros Dos Minutos de Odio no los ejercemos en un teatro, sino en blogs, páginas web, videos en YouTube. Los Goldstein de ahora son el Capitalismo, los Iluminati, los Masones, el Club Bilderberg, Al-Queda, los supuestos planes socialistas de Obama, musulmanes, el presidente de turno, Justin Bieber, Israel, la NSA, sionismo, inmigración, y cualquier cosa que se replique en Twitter o Facebook con un hashtag asignado.

Mientras en 1984 los pequeños son enviados a grupos como “los espías” —bandas de exploradores dedicados a señalar la presencia de traidores o criminales de pensamiento—, los niños de hoy son enviados a campamentos cristianos, donde se les enseña a ser “soldados de Jesucristo”, madrazas donde el único libro es el Corán, y cualquier otra escuela donde el adoctrinamiento esté asegurado tras un cheque de los padres.

Guerras interminables que no producen nada más allá de dinero para los vendedores de armas —“Oceanía siempre estuvo en guerra con Eurasia; Oceanía siempre fue aliado de Estasia”—; discursos guerreristas de jefes tribales, presidentes y primeros ministros. “Guerra es paz” para los líderes de Israel, para Hamas, para Kim Jong-un y Bashar al-Assad.

“La libertad es esclavitud”, también, para los patrioteros, los comunitaristas, los líderes religiosos, y seguidores, los grandes partidos, y todos aquellos que consideran que el individuo debe estar al completo servicio de la comunidad a la que pertenecen. En Francia, mujeres musulmanas amenazan suicidarse si se les prohíbe llevar su velo tradicional, y en India, políticos musulmanes consideran que, si una mujer no lleva cubierto todo el cuerpo, merece ser violada.

Y nada de esto sería posible sin que las mayorías no se dejaran llevar por el rasgo general de las cosas, por la silueta que dibujan en la distancia, por lo que otros dicen, de manera general, abreviada. “La ignorancia es fuerza” para aquellos dedicados a pontificar sobre asuntos de los cuales nunca han leído más allá de un tweet. Con toda confianza, sujetos como Rush Limbaugh, Glenn Beck pontifican en la radio y televisión a partir de sus opiniones, las cuales no tienen mayor fundamento que una breve reflexión y una larga cadena de prejuicios. “La ignorancia es fuerza” para conducir rebaños de personas poco educadas a destruir una embajada, debido a las caricaturas en un periódico, o a un grupo de desocupados a vitorear que “God hates fags”.

En Venezuela, con la peor crisis económica de su historia reciente, el presidente crea el Ministerio de la Suprema Felicidad —¿Un Ministerio del Amor?— mientras bloquea páginas sobre el dólar paralelo. En China no existe el Twitter, en Corea del Norte ni siquiera hay internet, salvo para los miembros del partido. En 1984 vemos al Ministerio de la Verdad censurar y corregir las noticias del pasado para que ajusten a las informaciones del presente, de la misma manera que los políticos en Washington negaron la existencia de torturas en Abu-Ghraib, o los militares colombianos las ejecuciones sumarias de los sobrevivientes del Palacio de Justicia.


En un mundo donde, cada vez más, estamos enseñando nuestra cara en fotos y videos, ponemos nuestro pensamiento en tweets y estados de Facebook, aplicamos nuestras opiniones en blogs y páginas de comentarios; en esta realidad, donde cada vez más nos exponemos libremente, la vigilancia del gran hermano, o los miles de grandes hermanos, es, en mi opinión, menos peligrosa que las demás fallas del mundo, señaladas por Orwell en su estupenda novela.

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