lunes, 13 de enero de 2014

Espías y televisión


Apenas sobrevivió dos semanas. The Assets, miniserie de la cadena ABC, acerca de las actividades del traidor Aldrich Ames, no consiguió despertar el nivel de atención esperado en su debut, y, tras su segunda semana, los productores decidieron no seguir adelante, y darle espacio a cualquier otro producto, con mayores posibilidades —como Killer Women (sí, versión yanqui de Mujeres asesinas)—. Tras el éxito de Homeland y la aceptación y buenas críticas de The Americans, el suspenso de espionaje parecía ser, todavía, un espacio atractivo para el público. Ofrecía, con respecto a estos competidores, así como otras series dedicadas a tratar el tema con mayores libertades, la posibilidad de explicar, en detalle, y con un toque de drama, el escándalo más grave de penetración en la inteligencia estadounidense.

¿Cuáles pudieron ser las razones para este fracaso? Las ignoro. Por regla, solo las series llegan a ser canceladas, y pocas, si alguna, son sacadas del aire antes de haber transmitido toda su primera (y última) temporada. The Assets tenía solo doce capítulos, diez de los cuales permanecerán en la oscuridad, salvo que la ABC decida sacar al mercado un conjunto de DVDs con todo el material; algo que resulta dudoso. Al parecer ya pocos recuerdan el caso Ames, o la falta de una estrella reconocida en el reparto, pudieron ser razones para no atraer televidentes. Algunos blogs y páginas señalan la poca publicidad dedicada a la miniserie, y, en un mundo congestionado de nuevos productos televisivos, esta falla resulta fatal.

The Assets, tristemente, era una serie aceptable. Sus escritores se basaron en Circle of Treason: A CIA account of Traitor Aldrich Ames, las memorias de la oficial de contrainteligencia Sandra Grimes, quien trabajó junto a Ames, y fue quien terminó por capturarlo. Aunque la historia es bien conocida, y los televidentes saben, desde el tráiler, que el protagonista es un topo al servicio del KGB, el ritmo de la narración, los momentos de suspenso, y los procedimientos de las operaciones conseguían darle fundamento al programa.

Sus errores fueron múltiples, y por ello dudo que, de haber sido transmitida por entero, hubiese llegado ganar alguna popularidad: el Ames de ficción se parece demasiado al nervioso y torpe Walter White de Breaking Bad —mala estrategia—; los capítulos iniciales están ambientados en los años ochenta, y salvo algunos televisores con imágenes del presidente Reagan, nada nos indica en qué tiempo nos encontramos; la atmósfera de tensión generada por las políticas neoconservadoras de la Casa Blanca, las armas nucleares, Irán y demás crisis en Medio Oriente, Latinoamérica y sus guerras civiles, e incluso la cultura, la moda y demás signos de aquel tiempo están por completo ausentes. Consideraré que los productores consideraron alejarse, lo más posible, del espíritu retro inspirado por Mad Men, y enfocar al televidente en contar una historia de no ficción. Una buena idea, salvo por la inevitable, al parecer, caída hacia drama familiar, propio de toda la televisión estadounidense: la condición de espía de Grimes, protagonista de The Assets, apenas consigue sostener un equilibrio con su papel de madre y esposa. Un lugar común como no hay otro.

Aún nos falta por ver un buen seriado de espías durante la Guerra Fría —The Company, miniserie de TNT, transmitida en 2007, sería un buen ejemplo—. De hecho, nos faltan aún por ver mejores series de espionaje. Sin embargo, y hay que admitirlo, esto se debe a diversas razones:

a) Originalidad: Covert Affairs, Burn Notice, Human Target o Alias en su momento, han repetido hasta el agotamiento el formato de la agencia ultra secreta y el agente de campo sensual, indestructible y astuto, capaz de resolver una crisis de seguridad nacional en cuarenta y cinco minutos. ¿A alguien se le ocurren ideas mejores? Es posible; las calles de Los Ángeles están congestionadas de autos y escritores sin empleo. Mas, ¿qué tan dispuestos están a arriesgarse las compañías productoras ante una serie sobre espías de planteamiento original?

b) Costos: la naturaleza del espionaje, cuando no se emplea contra el crimen doméstico, es el adquirir información exacta, sobre los secretos de otras naciones. Así, las operaciones de campo —fuente proteínica para deliciosas situaciones de acción y suspenso—, por ende, se desarrollan en otros países. Filmar en Europa, Asia, y no digamos ya Medio Oriente, o incluso América Latina, implica unos costos casi imposibles de pagar con las ganancias que produce una serie —y, estas, debo decirlo, hacen toneladas de dinero.

c) Tecnología: el reciente escándalo sobre la capacidad de vigilancia de las agencias secretas de Estados Unidos deja ver también el estado actual de los programas de inteligencia. La época de las cámaras Minox IIIs, con las cuales los agentes fotografiaban heliografías de armas y aviones secretas, pasó hace ya décadas. Incluso las operaciones de asesinato, prohibidas a la CIA por cuenta del Congreso, y revividas en la locura de la “Guerra contra el Terror”, ya no cuentan con oscuros sujetos de abrigo y pistolas con silenciador, sino que se llevan a cabo con los monstruosos drones. Con cada vez menor factor humano implicado en las operaciones, es difícil concebir historias sobre héroes y villanos.

d) Verosimilitud: el éxito de James Bond se basó en varios aspectos, y el principal fue en hacer de las operaciones de inteligencia algo emocionante. Fuera de la ficción, el espionaje es un mundo tétrico, burocrático, gris, donde reina el síndrome crónico de cubículo, y en el cual, la mayor fortaleza, es una paciencia inacabable.  Quien revise la historia de los servicios de inteligencia descubrirá pasajes llenos de aventura, riesgo y dinámicas de acción propias de una buena película. Pero en tiempo de paz esto rara vez ocurre, y, cuando sucede, las consecuencias suelen ser escándalos con grandes titulares y despidos.

Para reiterar el punto anterior, quiero que el lector piense en dos películas del año pasado: Argo y Zero Dark Thirty (ZDT). La primera ganó mejores comentarios; se alabó su dirección, actuaciones y guión. La segunda obtuvo, también, su cuota de reconocimientos, sin llegar a ser muchos, y sin poder, estos, ocultar la mancha dejada por las escenas de tortura. Para ser más claro, Argo fue mucho más popular que ZDT. Las razones son obvias, y por ello dejaré fuera del análisis los contextos históricos de ambas producciones —revolución iraní por un lado, guerra contra el terrorismo por el otro—, o los objetivos tras ambas operaciones —un rescate y una cacería—.

Sin esas características, nos enfrentamos a dos tipos de operación: una corta, llevada a cabo por un solo agente, para salvar de la soga a un grupo de estadounidenses. Documentos, falsos, infiltración, y toda la fachada digna de un heist film. La otra larga: casi diez años; basada en entrevistas y análisis de datos, llevados a cabo por un grupo de agentes variables, los cuales entraron y salieron con el paso de los años.

Ambas películas están basadas en hechos reales. Sus protagonistas viven. Sin embargo, para conseguir una película emocionante, los guionistas de Argo introdujeron situaciones imaginadas. Antonio Méndez entró en Irán y al día siguiente dejaba el país, junto a los diplomáticos, sin encontrar mayor problema que las demoras en el vuelo por causa de averías técnicas.

Aunque no puedo dar fe de ello, la cacería descrita en ZDT está mucho más cercana a describir lo que pudo ser la búsqueda y ejecución de Osama bin Laden. Son años de cotejar registros, de escuchar conversaciones, de analizar patrones, de ver las mismas caras sospechosas clavadas contra el corcho en el extremo de la sala, y esperar que la dirección de Servicios Clandestinos, o los políticos mismos, no cancelen el proyecto ante la falta de logros demostrables. Cualquier periodista, científico o policía, dedicado a la investigación, conocerá el sabor amargo de pasar meses, o años, en espera de un dato nuevo, una oportunidad única, o un elemento no visto con anterioridad, clave para dar un, muy pequeño, paso adelante en la operación.

Ese es el mundo de los espías, mucho más cercano a The Wire que a MacGyver.

Pocos están dispuestos a ver esto. En 2001, The Agency consiguió acercarse a la realidad dentro de la CIA; sin embargo, la mirada del pueblo estadounidense sobre sus agencias de inteligencia cambió con el 11 de Septiembre, y sus productores decidieron cancelar el programa. En los últimos años, Homeland ha sido la serie sobre espionaje con mejor reputación, aunque su premisa resulte casi absurda —operaciones de la Compañía en suelo estadounidense—, y tenga ese tedioso color de los dramas televisados sobre veteranos de Afganistán e Irak —tipo Army Wives—. The Americans, pese a su trama original, y su producción cuidadosa, prefiere mantenerse en el terreno del drama familiar, mientras la trama de secretos y espionaje construyen el trasfondo.


Tal vez no es posible crear una buena serie de espías sin traicionar la verosimilitud, sin caer en tramas relacionadas con complots internacionales, sin bellas espías o ridículos artefactos.

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