jueves, 30 de enero de 2014

Intentar cosas nuevas

¿Qué le pasó a la literatura colombiana? No tienen ustedes, lectores, la impresión, tal vez generada por algunos fantasmas o malas interpretaciones, de que, hace algunos años, diez, o más, la literatura nacional estaba representada por una camada de autores, que sin ser genios, sí podían conseguir ganar algunos premios literarios importantes, y, lo que es más importante, arrastrar lectores a las librerías. Ese boom del milenio, representado por Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Jorge Franco, Nahum Montt, Ricardo Silva, Antonio Ungar y otros ahora fuera de mi memoria, pareció germinar sobre la tierra esterilizada tras muchos años de esperar que el impacto de García Márquez y Mutis concediese fama y honores a los herederos colombianos del Boom —Salom Becerra, Álvarez Gardeazábal, Soto Aparicio—. Su éxito, moderado, consiguió ventas sobresalientes entre mediados de los años noventa y primera década del presente siglo. Y nada más.

Al parecer ha habido intentos por ensamblar a otra selección Colombia de escritores, —o escritoras; ojalá ex actrices o periodistas de SoHo—, sin, hasta el presente ningún éxito. Por ahora, la antorcha del triunfo literario, respaldado por las salemas de la crítica internacional, está en el fuerte brazo de Juan Gabriel Vásquez. Otros, sobre cuya figura cayó el reflector de los lectores de ultramar, como Evelio Rosero, dejaron de llamar la atención, como esos niños genios del piano, o el timbal, cuya ternura dio apenas para una nota al final del noticiero. Y, por último, nos quedan los Tomás Gonzáles, y las Piedad Bonnett, los Fernando Vallejo; tesoros del patrimonio nacional, que fuera de las fronteras solo son reconocidos por sectores educados, y a quienes, aquí en Colombia, nadie se atreve a criticar —al menos, tratándose de Vallejo, en su calidad literaria.

Lo importante no deberían ser los nombres, sino las obras: no quedan en mi memoria títulos para catalogar como superventas latinoamericanos.

Al revisar las reseñas y las propuestas de la literatura nacional, se responde al por qué, no ha emergido otra estrella de renombre mundial, capaz de alcanzar los titulares y las entrevistas en países con mercados literarios fuertes. Falta de historias, falta de profundidad.

En Colombia, una novela como Perdida de Gillian Flynn, la trilogía de Erica James, o cualquier otra sensación temporal, consigue agotar copias en las librerías. Evidentemente, trabajos así son publicitados con fuerza, los medios se llenan de reseñas a favor, y la gente, cada vez más conectada a internet, oye hablar de esos fenómenos en páginas web dedicadas a literatura. Las razones, entonces, para elegir, al momento de acudir a la librería, una novela nacional, suelen ser el buen nombre conseguido por los escritores. Nada más. Se agotan las dos, o tres, primeras ediciones de Temporal, los pocos reseñistas que quedan alaban la obra, y nadie se preocupa por si hay, o no, alguna progresión artística en el trabajo de Gonzáles. No, simplemente, lo que salga de su mente es oro puro.

¿Qué nos quedan? Autoficciones, o novelas sobre la coyuntura —usualmente thrillers—, o investigaciones de dos años sobre algún episodio histórico, nacional o universal, cuyo producto final son trescientas páginas con pase garantizado al olvido. Nadie parece esforzarse en otra cosa que en plantearse una buena estrategia de medios, esto es, una zona de confort a la cual puedan ir sus lectores a buscarlos. Tienen un lenguaje cuidadoso, y por cuidadoso quiero decir conservador: jamás se esfuerzan en jugar con las palabras, por aplicar ritmo, fuerza, o darle a sus narradores la energía de un tirano o la verbosidad de una bruja. Oh no. Años de corregir y reescribir les han enseñado a no confundir al lector, y dejarle la tarea intelectual para los posibles abismos de sentido ofrecidos en la obra como un todo: ¿recuerdan esa escena en que un niño abre un baúl y está vacío? Es una metáfora que relaciona a Freud, la Muerte y algún desfalco en el Seguro Social. Naturalmente, si usted como lector solo ve a un niño abrir un baúl vacío, es un idiota. De eso se trata la literatura contemporánea colombiana, y posiblemente también universal: aparentes historias simples, redactas con el vocabulario de un periodista económico, dramas de familia y Zeitgeist, o bien algún momento doloroso en el pasado de la nación: el incendio del edificio Avianca, la muerte de Andrés Escobar, el reinado arreglado por los narcos, lo que sea.

¿Cuál fue el último escritor que intentó mezclar filosofía y narración? ¿Qué autores de ciencia ficción colombiana han alcanzado la lista de más vendidos? ¿Se ha publicado alguna saga detectivesca colombiana, sin pretensiones de comedia o capítulos ridículos que la destinen a las mesas de saldo? Una parte de la problemática se debe, sin duda, a la falta de confianza de los editores: en una economía tan frágil, jugar a lo seguro significa desoír otros tipos de literatura; y la consigna para llamar la atención se basa en un sola palabra, nombre. Una reina de belleza, hoy día, tiene más posibilidades de publicar una novela, que alguno de los cientos de profesores de escritura creativa, quienes por sí mismos estarían dispuestos a vender el hígado por un tiraje de mil ejemplares y un lanzamiento con copa de vino en algún auditorio mediano de la Feria del Libro. Si la reina no es capaz de poner dos oraciones juntas —ojo, no porque sea una reina de belleza, sino porque el mortal promedio ahí afuera carece del intelecto para poner dos oraciones juntas—, se le asignará algún redactor a sueldo para ayudarle a conquistar sus sueños literarios. Para cualquier editor, una escritora con medidas perfectas y sonrisa letal es un sueño hecho realidad; la gente comprará su novela, así sea una completa estupidez.

La otra parte de la culpa recae en los escritores mismos.  Cuando dan al blanco con un título, rara vez se arriesgan a producir algo distinto a lo ya hecho. Y es comprensible. Todos aquí recordamos el caso de El otoño del patriarca: tras la publicación de Cien años de soledad, el impacto de esta novela fue tal, que, como bien lo dijo García Márquez en una entrevista, el público se quedó esperando algo del mismo estilo. Cuidado: no de la misma calidad, sino otra gran novela total. Al aparecer El otoño, la decepción se corporeizó en fracaso, aunque hoy día sea posiblemente una de las novelas más estudiadas del buen Gabo. Joan Rowlling hizo una de las fortunas más grandes del Reino Unido a partir de una saga de libros para niños; su posterior incursión a la literatura “para adultos”, Una vacante inesperada atrajo más la curiosidad que las ventas, y si bien no se le puede considerar un fracaso, las iniciales J.K.R seguirán siendo un sinónimo de Harry Potter, por mucho tiempo más.

Añadiré otro caso. En 2005 Oveja Negra sacó al mercado la primera edición de Sin tetas no hay
paraíso, novela de Gustavo Bolívar cuya trama es bien conocida. La cantidad de reimpresiones es envidiable; y luego la fama internacional, producto, no de la calidad literaria del escritor, director y activista político girardoteño, sino de las adaptaciones a la televisión y el cine. Historias sobre prostitución y fiestas de la mafia, cuya cultura siempre ha atraído a las clases medias y bajas —las altas ya viven el sueño—, modelos reclutadas como actrices, en escenas de cama o junto a una piscina, aseguraron una franquicia televisiva exitosa. Estoy casi seguro que el comprometido escritor Bolívar esperaba hacer de su texto una denuncia contra la cultura del dinero fácil, las redes de prostitución, el hundimiento ético y moral de las pequeñas ciudades, y, especialmente, la consificación de la mujer. Mas, tras el éxito del seriado, la telenovela, la película, la versión española de la telenovela basada en la película basada en la serie basada en el libro, se vino un incremento de las solicitudes de aumento de busto; empezaron los implantes de caucho, las inyecciones de aceite de cocina en los glúteos, las clínicas operadas en apartamentos y casas abandonadas, las peluqueras devenidas en cirujanas plásticas, y demás. En 2007, Bolívar publicó El suicidario de Monte Venir, intento sin éxito de resucitar el realismo mágico colombiano, pero cuyo éxito no alcanzó los niveles de Sin tetas…, entre otras razones, por el cierre de Editorial Norma, y que aquella se leyó como una novela de denuncia, con características de reportaje, mientras que El suicidario…, pese sus elementos eróticos, no resultaba una obra relativa al espíritu del momento.


Debemos tomar riesgos, intentar cosas nuevas. Más allá de un simple salto de fe al vacío, se trata de ver la carrera artística sin un objetivo final; así es: eso de proponerse alcanzar un éxito para, como decía la canción “pegar en la radio, para ganar mi primer millón”, debe ser tarea de los comerciantes, no de los artistas. Estos deben ver su trabajo como una progresión, con pequeñas metas, y saltos evolutivos. Pasar del periodo de influencia a la visión local, y de esta a la universalidad. Si los escritores colombianos no empiezan a ver sus proyectos de novela, como algo más que una muestra de sus capacidades narrativas, y no empiezan a jugar con los géneros, a inocular filosofía y aumentar el alcance de sus palabras, no esperen ver otra obra catapultada al panteón de los clásicos, donde, hasta ahora, solo hay una, ya muy deshojada, copia de Cien años de soledad, cada vez más ilegible.

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