lunes, 27 de enero de 2014

Matar al padre

Adoramos a Amélie Nothomb (Bruselas, 1967). Nosotros, sus lectores; quienes nos hemos aficionado a su estilo, y para quienes, la aparición de un nuevo título en su larga bibliografía, es un acontecimiento: esperamos con ansia su llegada a la estantería, y, durante la lectura, dejarnos sorprender. A diferencia de otras autoras, capaces de poner, cada año, y por la misma fecha un título distinto, pero pendientes siempre de las corrientes de mercado —sí, estoy hablando de Isabel Allende—, Amélie no pierde su visión, no sacrifica su ritmo minimalista y moderno, mientras pone en papel nuevas historias, alternando los temas de su obra novelística.

De sus novelas autobiográficas, y grandes relatos espejo sobre el absurdo contemporáneo y la barbarie histórica —Ácido sulfúrico—, Amélie ha pasado a argumentos menos personales, narraciones más cortas, aplicándoles, sin embargo, su particular visión: El viaje de invierno (2009) mezclaba una historia de amor con la amenaza del terrorismo; en Una forma de vida (2010), la obesidad mórbida como otro de los peligros a las que se exponía el ejército estadounidense en Irak. Y en Matar al padre, los eternos conflictos entre padres e hijos, con el desierto de Nevada como escenario.

Joe Whip, hijo del clásico hogar disfuncional, con una madre ansiosa de encontrar pareja antes de caer en la vejez, desea convertirse en un gran mago. Tras dejar su casa, a los quince años, su casa de los suburbios, y establecerse en plena ciudad de Reno, empieza a trabajar en bares, haciendo trucos de cartas para conseguir su sustento. Su verdadera formación como mago empieza cuando consigue que Norman Terence se convierta en su profesor. Terence no vive solo; tiene como compañera a Christina, una hermosa y delgada fire dancer, una acróbata del fuego, dedicada a practicar sus rutinas, durante todo el año, para el Burning Man. La relación entre Joe y Norman pasa por los estadios comunes del trato entre pupilos y maestros: la sed de conocimiento, el propósito de superar al profesor —como profesional y como hombre—, y el enfrentamiento fruto de la natural rebeldía del adolescente Joe.

El punto central del relato es el viaje a Burning Man; a esta utopía de un mes de duración en Black
Rock Desert, Nevada. Una especie de gran festival hippy-electrónico donde abunda el LSD, los tatuajes, y claro, los espectáculos con fuego. Christina, la bella malabarista, se convierte en la obsesión de Joe; no hay para él —ni siquiera en esa atmósfera de libertad sexual— otra mujer con la cual quiera yacer que no sea la novia de su maestro de magia.

En entrevistas, Amélie Nothomb aparece como una encantadora dama belga, llena de sentido del humor; en Matar al padre es dura con sus personajes: nos revela los pensamientos de estos pero no regala situaciones para que nuestro corazón se incline hacia alguno de ellos. Observamos este triángulo amoroso y seguimos su desarrollo esperando el round final de la contienda; pero incluso ahí Amélie, consciente de esa necesidad del lector, es capaz de introducir un giro para mostrarnos que, incluso en el hogar de un par de magos, la vida tiene conclusiones bastante prosaicas. Esto sin traicionar el mundo presentado por el relato: a pesar de las palabras, de los muy breves diálogos, de los engaños, propios del ilusionismo y el mundo de los jugadores de cartas, no se trata de una historia superficial. Amélie no necesita ponernos a leer largos párrafos dostoievskianos para pretender una dimensión sicológica o filosófica en su narrativa; prefiere limitarse a los hechos, darnos los puntos básicos y dejarnos construir el mapa de las conflictivas relaciones. Como toda novela breve, los recursos del cuento sirven para no dejarnos distraer por temas paralelos: el ácido lisérgico, la metafísica de la magia o el sexo. La complejidad en los relatos de Amélie parte de la simplicidad de sus elementos.

Matar al padre, Amélie Nothomb. Anagrama 2012, 132 pp.


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