miércoles, 12 de febrero de 2014

De nuevo sobre el libro electrónico

Hace poco tuve una especie de revelación: el mayor temor humano no es a la muerte, sino a la soledad. No solo me refiero al temor, creciente con la edad, de terminar nuestros días en un estrecho cuarto en un asilo de ancianos, olvidados por parientes y amigos, cuidados, apenas, por el intolerante personal de la residencia. Sino también el miedo a no ser recordados cuando se hace la lista de invitados a esa fiesta de la cual estamos enterados; ser ignorados por completo en medio de la conversación; o empezar a buscar actividades de grupo, y terminar participando en clubes del libro, o speed dates solo para no sentir que pasamos demasiado tiempo de la semana sin hablar con alguien más. Es la razón principal para traer de vuelta a esos que juraron irse por un largo tiempo, es el motivo de un porcentaje considerable de suicidios, locura, etcétera.

En la era anterior a la revolución tecnológica, el homo sapiens, sediento de contacto humano, debía usar mecanismos como el teléfono, las cartas, o las visitas. Este sistema de relacionamiento demandaba tiempo, energía, dinero y especialmente contar con una familia, un grupo de conocidos, amigos, asociados, pareja o lo que fuera. Alguien ahí, alguien real. Y estaba, por supuesto, el esfuerzo de entablar la dinámica del reconocimiento mutuo: de hacerse visible al otro y ser aceptado, o lamentablemente rechazado. Ahora, con la tecnología, buena parte del proceso se ha simplificado: entramos a un grupo de interés, ponemos los datos que deseamos hacer públicos en la red social, y los contactos van emergiendo, sin mucha presión, como las hierbas en cualquier montón de tierra.

Mientras los negocios y, con ello, los empleos van requiriendo mayor uso de los computadores, el tiempo frente a la pantalla es cada día mayor y las relaciones en el mundo real se ven, así mismo, cada vez más obligadas a representarse en la virtualidad mediante las redes sociales. Y esto ha generado cierto fenómeno sicológico —que cualquier sicólogo podrá explicar mejor—: la necesidad de réplica.

Al entrar en la red social —cualquiera— buscamos información sobre el mundo, y en especial sobre nuestra red de contactos. Estos proveen información y esto nos permite estar al tanto de sus vidas, sin la tediosa tarea de ir preguntando a cada uno si, por ejemplo, terminó bien o mal esa cita a ciegas, o si el proyecto presentado a esa feroz junta directiva resultó un éxito o un fracaso más a una lamentable lista de derrotas. A esto respondemos aportando actualizaciones sobre nuestra vida; y aquí lo más importante, esperamos respuesta. Esperamos réplica. Un like, un comentario, son maneras de confirmar la recepción del mensaje, y una manera de enterarnos del interés de otros por nuestros movimientos. El sistema no podría solo limitarse a las actualizaciones sobre nuestra vida; en el muro de Facebook o en el microblog Twitter ponemos canciones, imágenes, noticias, música, o simples comentarios surgidos en un, rara vez brillante, momento de reflexión. Siempre esperamos la réplica; necesitamos saber que esa suma de opiniones, esa revelación sobre nuestros gustos particulares, ha sido visibilizada por otros.

Esa, empiezo a pensar, será una de las garantías comerciales más fuertes del libro electrónico. La
capacidad de compartir todas las instancias de la lectura. Con acceso a la red, un aparato, ya sea un e-reader de tinta electrónica —Kindle, por ejemplo— o cualquier modalidad de tableta, permite al lector desde hacer pública su lectura de un libro, como señalar su nivel de avance, citar en su perfil fragmentos jugosos, compartir opiniones en páginas como Goodreads, marcar el título como “ya leído”, aplicar un juicio con un número de estrellas, y al final, si tiene el tiempo y algo de estilo, hacer toda una reseña.

Siempre vi la singularidad del acto de leer como una de las razones principales para generar tanto rechazo en las mayorías. Ir a cine, ver una película en casa, asistir a cualquier otro tipo de evento, ver los deportes, bailar… es posible, y, para muchos, necesario compartir esas formas de entretenimiento, dada su capacidad de generar o fortalecer lazos: una película es buena o mala, la pieza teatral tiene sus cualidades y defectos, ese actor era pésimo, pero la actriz salvaba la escena, apoyamos a un equipo o estamos a favor de despedir al técnico y a ese lamentable bateador. Demostrar una preferencia deja ver nuestra identidad, nos hace diferente a otros y a la vez nos otorga la simpatía de algunos con preferencias similares.

Las computadoras, en principio ingenios monumentales, y los teléfonos, otrora aparatos fijos y sometidos al cable, se han personalizado, y unificado en pequeños dispositivos de bolsillo. Que un diseño práctico y económico como el libro haya empezado a tener una contraparte digital parece algo innecesario, salvo para solucionar pequeñas necesidades como el tamaño de los libros, o la posibilidad de cargar toda una biblioteca en algo más liviano que una revista convencional. El aporte verdadero es introducir la actividad de la lectura en el ámbito de nuestras relaciones sociales; leer no ha sido, en época alguna, algo popular, y cuando alguien se descubre como lector constante se distingue hasta ganarse el rótulo de “persona culta”. Hacer que nuestros conocidos se enteren de nuestras preferencias de libros también revela cualidades por las cuales queremos ser reconocidos.

No aumenta el número de lectores, tampoco la cantidad de libros por persona al año. Los libros descargados ilegalmente —adjetivo este todavía en discusión— no constituyen evidencia contable de lectura; ¿por qué lo digo? Porque cuando se ha descargado algo gratis es fácil ignorarlo, o limitarse a leer las primeras páginas, obviando el resto. Cuando se paga, al menos, sigue existiendo el compromiso natural de justificar el pago por el entretenimiento ofrecido por la novela o el libro de cuentos. Sí, empero, parece aumentar el esnobismo del leer. Este, siempre un placer privado, limitado a nuestro cuarto, a la soledad del viaje en metro, o avión, a la bañera o incluso al retrete, se ha venido transformando en un motivo para confirmar nuestro nivel intelectual y cultural, con el cual esperamos ganarnos la satisfacción de algunos “me gusta” en Facebook.

Posiblemente toda esta es una mala lectura del fenómeno, y solo estamos asistiendo al desmoronamiento de la intimidad. Cada día más teléfonos inteligentes aparecen en usuarios cada vez más jóvenes. Hoy día no resultaría raro si un niño de siete años ha compartido más fotos entre más personas que sus padres cuando tenían el doble de su edad. ¿Cuánto puede pasar antes de tener conectado Twitter a nuestros cerebros, y documentar cada pensamiento digno, a nuestro juicio, de ser subrayado? Las redes sociales, a fin de ganar mayor tráfico —siendo este su verdadero negocio y no inmiscuirse en los asuntos de los don nadie— presentan nuevas preguntas: ¿qué haces ahora?, ¿qué escuchas?, ¿qué lees?, ¿dónde estás? Y los usuarios, a fin de convertirse en constantes en la consciencia ajena, están felices de proporcionar esa información. La lectura simplemente no podía escapar a eso.


Los dejo con una última reflexión: la narrativa empezó como una actividad de grupo; alguien en la manada, por unos motivos u otros, contaba una serie de hechos, ficticios, reales, o una mezcla de los dos. Hasta la expansión de la cultura del libro, las historias de los pueblos y las acciones remarcables estaba en manos de narradores orales, trovadores y símiles. Y estos necesitaban un público. Hoy día leemos a partir de la unidad del libro, pero algunos están interesados en hacer a otros partícipes de su experiencia. Desde esta posibilidad de abrir el espacio de la lectura como actividad de grupo los estudios literarios podrían comenzar a preguntarse por la refracción de dicha dinámica en la literatura misma; a más grupos de lectores, compuestos por más usuarios, a más comentarios, a más fragmentos subrayados y compartidos, a mejores reseñas o más calificaciones negativas la impresión del texto en el lector se ve alterada, y ante ello, tanto editores como autores podrían, de manera consciente o inconsciente, alterar sus estilos, sus estéticas, o preferir unos autores por otros.

sábado, 8 de febrero de 2014

El alcatraz disponible en Amazon

Ya está disponible en Amazon mi novela El alcatraz, en su edición para Kindle. 

En una mezcla de Bildungsroman y relato de espionaje, esta novela recorre el tema del miedo a la soledad, la necesidad del reconocimiento y el peligro inherente en los sueños de convertirse en terribles pesadillas. Julián, un joven con aspiraciones de poeta y desarrollar una carrera en París, viaja a Francia y se instala en una de las últimas grandes mansiones del siglo XIX, para trabajar como empleado de la poderosa familia Lorraine von Habsburg.

Eventualmente algo aparece para bloquear sus planes: cierto grupo está interesado en averiguar los secretos del pasado de la familia von Habsburg, en especial del patriarca de la familia, el duque de Lorraine, y sus posibles vínculos con la alta jerarquía de la Alemania nazi. Para esto, Julián se presenta como el agente ideal, más aún cuando este empieza a involucrarse cada vez más con la familia, y en especial con el duque.

Dispuesto a develar los secretos de la poderosa familia, Julián queda atrapado en un juego de lealtades, más aún cuando empieza un romance con una de las herederas principales del clan. Como en cualquier novela de espionaje, todas las mentiras son verdades a medias, y con el paso de los capítulos el no tomar las decisiones correctas lo puede llevar a elegir el bando perdedor.

martes, 4 de febrero de 2014

Actualización en poesía

No leo poesía; no tiene nada que ver con mi trabajo. De hecho, no conserva relación alguna con la prosa contemporánea. Alguna vez, por razones tecnológicas —ni el papel, menos la imprenta, existían—, las narraciones debían soltarse en forma de versos, utilizar una métrica fija, y otros recursos mnemotécnicos, a fin de poder trasmitir el discurso sin que se presentara mayor alteridad. De eso hace siglos. La poesía siguió con vida, mientras la prosa ocupaba la atención de los lectores generales, quienes son, innegablemente, el mercado que importa. Con el paso de los siglos, y la masificación del libro, el sistema de expresión de la poesía perdió poder ante artes con mayor impacto y mensaje más directo. Si alguien me pregunta dónde está la poesía hoy, día tendría que señalarle la música: hoy día, salvo la electrónica, el rock progresivo, y quienes intentan, a partir de cuartetos y viejos instrumentos, imitar a las glorias de los siglos pasados, la música es una mezcla de poesía cantada y acompañamiento sonoro. Ciertamente, la mayoría de estas composiciones son formuláicas y patéticas: responden a la sed constante de los mediocres por el tema del amor como promesa de perpetuo gozo, o bien de fuente dulce de dolor ante el abandono o la traición. Algunos se salvan, como Bob Dylan; no engañan a nadie, juegan con el lenguaje y exponen perspectivas de la realidad que alteran, como lentes cóncavos, nuestra idea del mundo alrededor. Algo que la poesía ha dejado de hacer.

No obstante, no veo a los poetas como dinosaurios, desaparecidos siglos antes de nuestro tiempo; ni sus poemas como los huesos ennegrecidos exhibidos en los museos. Aún queda por hacer; sin embargo, nadie se ve obligado a hacerlo, y la creación poética es, cada vez más, un oficio egoísta; otra pista de despegue para el reconocimiento de pares y profanos. Una vez inicié mi carrera en la universidad, me vi rodeado de aprendices de poetas, y un par de mentes talentosas, con la disciplina y humildad para seguir golpeando la roca en espera de conseguir la escultura. La mayoría se limitaba —y se limita, de seguro— a escribir media docena de oraciones, cuanto más abstractas mejor, lugares comunes sobre la rosa, la luna, y emociones. El pathos contaminándolo todo. O la idea es formar belleza a punta de apilar palabras. De cuando en cuando, uno de ellos consigue una sentencia citable, como un titular de prensa, legible con el peso de un aforismo.

Los poemas, por voluntad, parecen carecer de objetivo, de mensaje, de propósito, de todo. Son cuentos a los cuales les han arrebatado su coherencia, son canciones sin ritmo, discursos sin ideas.

El problema, como en el resto de las artes, es la falta de trabajo. Todos aquellos poetas deberían saber
que se requieren tres mil poemas para sacar uno bueno, y condenar el resto al fuego sin hacer de ello un acto espiritual. Estos poetas parecen despreciar, además de la humildad y el sudor, y las miles de páginas rayadas y abortadas, el cinismo, el humor negro, la sátira del presente y la burla a los íconos sacrosantos. Nada. Siguen hablando desde los lugares comunes del gótico y el romanticismo. ¿Cómo consiguen entonces, si son, según mi opinión, tan mediocres, publicar y hacerse conocer? Es fácil, hacen amigos, o mejor, establecen alianzas según la política de rascar una espalda para conseguir que les rasquen la propia. El espacio también puede darlo la red: blogs, páginas de colectivos poéticos, revistas en línea abiertas a solicitudes de desconocidos, etc. Y son estos mismos medios los que se ocupan de montar los recitales de poesía, donde los amigos invitan a sus amigos, y así se aseguran que nadie se quede dormido, hable, bostece o no aplauda cuando el poeta termina su lectura.


El año pasado falleció uno de los colosos de la poesía colombiana, Álvaro Mutis. Este año, el argentino Juan Gelman y el mexicano José Emilio Pacheco han muerto en lo corrido de este corto año. Son nombres grandes, autores de peso, formados en tiempos en que la poesía compartía un lugar en los periódicos junto al cuento y las reseñas culturales. Nada de eso existe hoy, solo la creencia individual del aprendiz sobre su propia grandeza. Mientras el mercado novelístico sigue siendo duro, y exigiendo, si bien no siempre una alta calidad literaria, sí, al menos, una originalidad en las propuestas, los círculos de poesía se forman y juzgan mediante las alianzas, los favoritismos, los apoyos mutuos. Sin crítica, sin rigor en los reseñistas, ni verdaderos propósitos de originalidad en los poetas, lo que queda de este arte terminará por no ser ni siquiera la ornamentación que es hoy día.