martes, 4 de febrero de 2014

Actualización en poesía

No leo poesía; no tiene nada que ver con mi trabajo. De hecho, no conserva relación alguna con la prosa contemporánea. Alguna vez, por razones tecnológicas —ni el papel, menos la imprenta, existían—, las narraciones debían soltarse en forma de versos, utilizar una métrica fija, y otros recursos mnemotécnicos, a fin de poder trasmitir el discurso sin que se presentara mayor alteridad. De eso hace siglos. La poesía siguió con vida, mientras la prosa ocupaba la atención de los lectores generales, quienes son, innegablemente, el mercado que importa. Con el paso de los siglos, y la masificación del libro, el sistema de expresión de la poesía perdió poder ante artes con mayor impacto y mensaje más directo. Si alguien me pregunta dónde está la poesía hoy, día tendría que señalarle la música: hoy día, salvo la electrónica, el rock progresivo, y quienes intentan, a partir de cuartetos y viejos instrumentos, imitar a las glorias de los siglos pasados, la música es una mezcla de poesía cantada y acompañamiento sonoro. Ciertamente, la mayoría de estas composiciones son formuláicas y patéticas: responden a la sed constante de los mediocres por el tema del amor como promesa de perpetuo gozo, o bien de fuente dulce de dolor ante el abandono o la traición. Algunos se salvan, como Bob Dylan; no engañan a nadie, juegan con el lenguaje y exponen perspectivas de la realidad que alteran, como lentes cóncavos, nuestra idea del mundo alrededor. Algo que la poesía ha dejado de hacer.

No obstante, no veo a los poetas como dinosaurios, desaparecidos siglos antes de nuestro tiempo; ni sus poemas como los huesos ennegrecidos exhibidos en los museos. Aún queda por hacer; sin embargo, nadie se ve obligado a hacerlo, y la creación poética es, cada vez más, un oficio egoísta; otra pista de despegue para el reconocimiento de pares y profanos. Una vez inicié mi carrera en la universidad, me vi rodeado de aprendices de poetas, y un par de mentes talentosas, con la disciplina y humildad para seguir golpeando la roca en espera de conseguir la escultura. La mayoría se limitaba —y se limita, de seguro— a escribir media docena de oraciones, cuanto más abstractas mejor, lugares comunes sobre la rosa, la luna, y emociones. El pathos contaminándolo todo. O la idea es formar belleza a punta de apilar palabras. De cuando en cuando, uno de ellos consigue una sentencia citable, como un titular de prensa, legible con el peso de un aforismo.

Los poemas, por voluntad, parecen carecer de objetivo, de mensaje, de propósito, de todo. Son cuentos a los cuales les han arrebatado su coherencia, son canciones sin ritmo, discursos sin ideas.

El problema, como en el resto de las artes, es la falta de trabajo. Todos aquellos poetas deberían saber
que se requieren tres mil poemas para sacar uno bueno, y condenar el resto al fuego sin hacer de ello un acto espiritual. Estos poetas parecen despreciar, además de la humildad y el sudor, y las miles de páginas rayadas y abortadas, el cinismo, el humor negro, la sátira del presente y la burla a los íconos sacrosantos. Nada. Siguen hablando desde los lugares comunes del gótico y el romanticismo. ¿Cómo consiguen entonces, si son, según mi opinión, tan mediocres, publicar y hacerse conocer? Es fácil, hacen amigos, o mejor, establecen alianzas según la política de rascar una espalda para conseguir que les rasquen la propia. El espacio también puede darlo la red: blogs, páginas de colectivos poéticos, revistas en línea abiertas a solicitudes de desconocidos, etc. Y son estos mismos medios los que se ocupan de montar los recitales de poesía, donde los amigos invitan a sus amigos, y así se aseguran que nadie se quede dormido, hable, bostece o no aplauda cuando el poeta termina su lectura.


El año pasado falleció uno de los colosos de la poesía colombiana, Álvaro Mutis. Este año, el argentino Juan Gelman y el mexicano José Emilio Pacheco han muerto en lo corrido de este corto año. Son nombres grandes, autores de peso, formados en tiempos en que la poesía compartía un lugar en los periódicos junto al cuento y las reseñas culturales. Nada de eso existe hoy, solo la creencia individual del aprendiz sobre su propia grandeza. Mientras el mercado novelístico sigue siendo duro, y exigiendo, si bien no siempre una alta calidad literaria, sí, al menos, una originalidad en las propuestas, los círculos de poesía se forman y juzgan mediante las alianzas, los favoritismos, los apoyos mutuos. Sin crítica, sin rigor en los reseñistas, ni verdaderos propósitos de originalidad en los poetas, lo que queda de este arte terminará por no ser ni siquiera la ornamentación que es hoy día.

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