viernes, 30 de mayo de 2014

Barba azul

Amélie Nothomb escribe una novela por año; error, escribe dos o tres novelas por año y elige la mejor para publicarla. Amélie Nothomb escribe a mano, transcribe y corrige mucho; sus historias tienen la precisión de un cuento, funcionan mediante frases precisas y pulidas como estacas, y son capaces de abordar la multiplicidad temática que define a una buena novela. Meter la mayor información en el menor número de palabras, esa parece ser su consigna. Como una autora que no está limitada, ni interesada, por las dinámicas del mercado, puede experimentar con motivos, meterse en cualquier historia, volver a sus recuerdos personales o contarnos situaciones en las que las relaciones humanas se ponen en tensión, ya ocurran en Tokio, París o en el desierto de Nevada.

Barba azul; el título nos conduce al instante al relato de Charles Perrault: el horrible caballero con mansión y riquezas que asesina a todas sus esposas. En el presente, el castillo se ha trasladado a un palacete del distrito séptimo de París, y el noble es ahora encarnado por un aristócrata español, muy orgulloso de serlo, llamado Elimirio Nibal y Mílcar. Soltero y poco atractivo, su única forma de conocer mujeres es poner en alquiler uno de los cuartos de su casa. La novela empieza cuando una joven e inteligente joven belga, Saturnine, consigue hacerse al cuarto de alquiler. Don Elimirio entonces empieza su cortejo, aunque aclara que no desea casarse, ni parece interesado en sostener una verdadera relación íntima. Como el caballero del cuento, este español ha tenido otras inquilinas en la casa, todas han desaparecido, y al llegar se le advierte a Saturnine que, por ninguna razón, debe entrar en el cuarto de la puerta negra, cuyo contenido es secreto.

Los temas del cuento clásico, sobre la incurable impertinencia de algunas mujeres, y el precio a pagar por las fortunas caídas del cielo, se dejan a un lado en la novela, para presentarnos una relación basada en la percepción del arte, la belleza, y claro, la curiosidad. A pesar de la indiferencia inicial de Saturnine a la riqueza, el lujo y la personalidad del casero, es el inexplicable comportamiento de este, la singularidad del mundo de aquel hombre que ha pasado más de veinte años encerrado en su casa.

En sus últimas novelas, Amélie Nothomb se ha alejado, como personaje, de sus relatos. Mientras en Una forma de vida Nothomb se presenta como un personaje secundario, que enlaza una serie de cartas a fin de contarnos la historia de un soldado americano abatido por el sobrepeso, y en Matar al padre apenas aparece para dar una introducción a la obra, en esta, su novela más reciente traducida al español, está por completo fuera del escenario —salvo por la fascinación que Saturnine demuestra por la champaña, y su origen belga, no es posible establecer otra relación con la autora—.

En cuanto a estructura, Nothomb nos da un espacio reducido, un ambiente limitado por el cual se desplazan los personajes, algo muy próximo al teatro; por lo mismo, los diálogos dominan la narración, y en ellos, en el juego constante entre el moderno barba azul y la princesa contemporánea se baten, se construye toda una red de sentidos que alcanzan casi los campos de la filosofía.


Barba azul, Amélie Nothomb. Traducción de Sergi Pàmies; Anagrama 2014

Y los intelectuales… (2)

Durante los últimos días estuve leyendo, sin proponerme siquiera a terminarlo, La civilización del espectáculo, ensayo en forma de libro del premio Nobel Mario Vargas Llosa. La premisa está en las primeras páginas y, al avanzar, descubre uno que no hay ningún nivel de profundización en el argumento: vivimos en tiempos de decadencia; afirmación sostenida por muchos desde la época de Augusto César. Vargas Llosa se muestra en desacuerdo con la idea, ampliamente aceptada entre las  humanidades pero poco inserta en la sociedad, de que la cultura es la suma de todas expresiones humanas,  y no simplemente el conjunto de las artes y expresiones folklóricas. El fútbol, por ejemplo, no es un verdadero arte —los fanáticos del balón pie dirán lo contrario, claro— pero sí un elemento activo de la cultura, no solo de ciertos países, sino global: representa el espíritu humano de la competencia, el trabajo en equipo, el esfuerzo físico; su práctica se ha extendido a todo el mundo sin alterar sus reglas básicas. La cultura, puedo ya señalar aquí, no se limita a lo que las academias e instituciones gubernamentales sostengan es, sino que son diversas prácticas que van, desde lo local hasta lo universal.

Vargas Llosa, como dije, no lo ve de esta manera; su mentalidad conservadora sigue estableciendo un muro entre la “alta cultura” y la cultura de masas, la ordinaria. Shakira / Mozart; realilties / Shakespeare; Harry Potter / El Quijote, y así y así. Para Vargas Llosa vivimos en tiempos oscuros, donde la gente ya casi no lee, o lee basura —súper ventas—, ve mala televisión, pésimas películas, y de las noticias no se entera sino de la vida de las celebridades.

Lugares comunes y frases hechas. No negaré la vasta educación del escritor peruano, su aporte a la literatura latinoamericana, su labor de décadas como profesor en diversas universidades, ensayista de peso, siempre con una o dos palabras que decir sobre el mundo actual. Por desgracia, su ensayo no despega de lo ya dicho, y peor, de un fenómeno sicológico que posiblemente no tiene nombre y si lo tiene no lo sé: el síndrome del fin del tiempo. Wikipedia registra casi un centenar de fechas para el Apocalipsis dadas desde el 360 a. C. Aquí seguimos. Creer que se está al borde del abismo, temer ser los últimos de nuestra especie —y el secreto orgullo que eso nos despierta— hace creer a algunos que su vida estará marcada por algo relevante. Quienes no se apegan a tan lóbrega esperanza se limitan, en ciertos casos, a señalar la descomposición “moral y cultural” que los rodea, o tempora o mores, como signo innegable del fin de una época.

Tristemente, o felizmente, no hay épocas. Solo los neorrománticos como Vargas Llosa —mentalidades de derecha— pueden creer en que hubo un mundo mejor, ahora arrasado por el libertinaje nihilista, el caos anarquista, la pérdida de valores causada por el liberalismo rampante. Es una forma de simplificar el presente y justificar que en este no tenga ya presencia aquello de lo que se siente tan orgulloso. No hubo ese mundo mejor, jamás. Es cierto que hoy día, son pocos los que leen por entretenimiento, pero se debe recordar que, también antes del cine y la televisión, no eran muchos quienes pudiesen leer, menos gastar dinero en libros. Que la así llamada “música clásica” hoy es disfrutada por —como reza el emblema de la emisora HJCK— una “inmensa minoría”, pero no es verdad que Vivaldi o Mozart dirigieran orquestas frente a grupos tan masivos como los que hoy asisten a los conciertos.

Y debo decir aún más: los versos de Carmina Burana, llenos de humor verde y satírico, se cantaban en las tabernas del siglo XI. Las obras de Shakespeare se interpretaban ante un público compuesto por artesanos, vendedores y demás clases trabajadoras de Londres. Las novelas de Víctor Hugo, Balzac, Dumas y otros, eran el gancho para asegurar las ventas de periódicos en la Francia del XIX. Los grandes de las artes, cuyo trabajo hoy algunos etiquetan como “gran cultura”, o peor “cultura de élites” estaban dirigidas, en su tiempo, a las masas.

¿Y hoy? El burdo izquierdismo de derechas sigue afirmando que las artes están en manos de una élite distanciada del pueblo; y derechistas como Vargas Llosa sugieren que, simplemente, ya nadie aprecia las grandes artes. No negaré que pocos pueden pagarse un tiquete para ver ópera, mas quienes gozan de este espectáculo están tanto en las clases medias como en las altas, y hacen lo posible por, cuando sea, ver La Traviata en DVD. Las ferias del libro en América Latina siguen vendiendo millares de ejemplares, tanto de textos contemporáneos como clásicos. Interpretes como Valentina Lisitsa se han convertido en fenómenos de internet —con 140,769 seguidores de su canal en YouTube—, Shakespeare se sigue interpretando en todo el mundo y, mientras escribo esto, están en producción más de diez películas basadas en las obras del bardo.

La producción de arte tampoco ha muerto: un novelista como Murakami, cuyas novelas siempre son bien recibidas por la crítica, es capaz de vender millones de copias. El cine de autor no venderá tanto como el de las grandes productoras, pero los buenos directores hoy día consiguen más fácil que sus obras trasciendan las fronteras y ganen seguidores. Más difícil la tienen las artes plásticas; aunque una exposición itinerante consigue formar largas filas, el empeño de muchos “artistas” en hacer montajes sin más sentido que sustentaciones académicas ha alejado a la gente de las galerías. Y, en últimas, ¿acaso cada libro del propio Vargas Llosa no consigue agotar cinco o más ediciones?

La otra crítica fundamental de Vargas Llosa es el amarillismo de los medios; la frivolidad de las
noticias, la necesidad de satisfacción fácil del entretenimiento por encima de la comprensión verdadera de los hechos políticos y sociales; la razón tras esto es la mega masificación de la información. En esto aporto también mi firma, y señalo la culpa tanto en los dueños de los medios como en sus receptores mismos. La prensa sensacionalista no es un invento nuevo; ni siquiera podemos suponer que Hearst lo concibió. Tampoco es un fenómeno fácil de explicar. Son los países más desarrollados donde la prensa amarillista —y sus equivalentes en la radio y la televisión— tienen mayores ventas. La vida de las celebridades, por otra parte, es un recurso fácil para disparar el interés de las masas: la vida de los otros nos permite escapar a la nuestra, establecer similitudes y abrirnos esperanzas. Esto no lo trata Vargas Llosa; simplemente estamos en un tiempo de decadencia.
 
Si ha llegado hasta aquí, lector, se preguntará qué tiene esto que ver con la discusión que venía hilando desde un post anterior acerca de los intelectuales. Vargas Llosa es reconocido como uno —recuérdese las tres características del intelectual: a) aporte al tema que trata, b) amplitud de temáticas y c) canales de expresión—, pero su libro La civilización del espectáculo falla al caer en las generalizaciones, al partir de una perspectiva moralista, neorromanticista y conservadora, cuyo mensaje implícito es que la pérdida de los valores burgueses ha sido responsabilidad de las buenas intenciones de democratización de la cultura.

Un fenómeno como la cultura contemporánea, en relación a su pasado, no se puede explicar en las 200 páginas de un ensayo. De hecho, el ensayo no es la forma correcta para abarcar un tema si se quiere ser verdaderamente analítico; sociólogos, antropólogos, filósofos y demás analistas sociales están mejor equipados para explicarnos por qué Fifty Shades of Gray venda más que El sueño del celta, o que la opinión de Bono sobre el cambio climático reciba más atención que la de algún investigador de la universidad de Maryland.

La pregunta con la que deseo dejar al lector es esta: en un mundo de especialistas, y con cada vez más páginas web dedicadas a temas específicos, ¿dónde quedan esos intelectuales, tan enterados de todo, pero al parecer incapaces de profundizar en algo?

miércoles, 28 de mayo de 2014

Una verdad delicada

Antes de morir, Tom Clancy ya era un autor crepuscular; sus últimas novelas eran el trabajo de redactores a sueldo, y el nombre tras The Hunt for the Red October estaba más asociado a video juegos, que a libros. El fin de la Guerra Fría lo obligó a plantearse escenarios de confrontación en el nuevo mapa político, usar el tema del terrorismo, y mezclarlo con conspiraciones cada vez más repetitivas o ridículas —como ambientalistas tramando extinguir a toda la humanidad—. Frederick Forsyth ha venido sucumbiendo de manera similar: de su magnífica novela The Day of the Jackal a la lamentable Cobra hay una carrera de desgaste, y el intento de Forsyth de salir del género, con su novela The Phantom of Manhattan, no obtuvo resultado, aunque consiguió dos títulos aceptables, más tarde, con Avenger y The Afghan, pese a que las estructuras, personajes e incluso los diálogos parezcan reciclados de obras anteriores. Para un autor de “alta literatura”, la escritura representa un reto en ascenso; se espera de él cada vez textos de mayor reto técnico, evolucionar en su estilo e integrar nuevos elementos temáticos; debe estar siempre rompiendo la crisálida de su zona de confort. No ocurre así para los autores de súper ventas; la literatura popular está para complacer a la masa lectora con afectos por cierto género, tipo de personajes, estructura de relato, convenciones sobre finales, y demás. Los lectores de Simenon o Chandler se habrían horrorizado ante narrativas metafísicas, textos de vanguardia o retos a la comprensión. Esto no los hace escritores mediocres; fieles a un estilo y técnica, entregaron a sus lectores obras que aún hoy se reeditan.

¿Y qué hay de John le Carré? Trazar en él una curva evolutiva en su estilo es algo más complicado. Empezó por el suspenso clásico de muertos y pistas, para saltar —libre de sus deberes ante el SIS— a la novela de espionaje. Muy pronto, con The Spy Who Came in From the Cold, le Carré ganó la popularidad suficiente para permitirle vivir de escribir libros —única definición de un escritor exitoso—. Después de The Looking Glass War y The Naïve and Sentimental Lover —novela del todo personal, alejada del thriller de espías—, le Carré ofrece relatos más complejos; olvida el gancho eficiente de establecer el peligro en las primeras páginas y prefiere que nos sumerjamos en el ecosistema de sus personajes, y así conocerlos antes de verlos enfrentar los retos de la situación.

Le Carré no es fácil. Si la literatura masiva es, usualmente, criticada por su superficialidad temática, su falta de trabajo de la palabra, el mecánico funcionamiento de los personajes y la premoderna separación entre bueno y malo, le Carré consigue introducir en el género todo lo opuesto: sus temas van más allá del misterio y el peligro, los secretos de Estado o las amenazas de guerra. Desde The Spy Who Came… (1963) hay una mirada crítica, y muy fuerte, al sistema de inteligencia. Mientras otros, más conservadores, alaban al espionaje como la última línea de defensa contra la barbarie, le Carré prefirió ser el Kafka del género: sus novelas están llenas de archivadores, oscuras casas donde giran magnetófonos, hombres anónimos esperando en coches, tristes heroínas y hombres que, como Josef K, no dejan de encontrarse con callejones sin salida, misterios y puertas cerradas. Con los años su prosa juega más con el lenguaje de lo conveniente para un autor dispuesto a llegar a la gran masa lectora; no hay fórmulas retóricas aunque tampoco está totalmente desligado de cierta poesía, cierto cuidado en la construcción de los ambientes:

La estrecha calle gris, habitada por montones de gatos, contaba con un par de pequeños hôtels de passe. Por algún motivo, era un sitio de singular quietud. El almacén, un comercio de artículos perecederos, permanecía abierto durante las vacaciones. El calor, mezclado con los humos de los escapes que la escasa brisa no disipaba, se elevó hasta ella como el que surge del hueco de un ascensor, pero sus rasgos eslavos no reflejaron la menor incomodidad por ello. (La gente de Smiley; traducción de Horacio González Trejo)

En la narrativa de le Carré no hay un enemigo; no hay un villano megalomaniaco al servicio de los soviéticos, como los pintaba Fleming, ni los terroristas o agentes rebeldes decididos a iniciar el Apocalipsis por su cuenta. Ese “mal” no tiene un rostro definido; no es alemán, ni ruso, ni árabe o palestino.  Los dilemas y enfrentamientos que nos presenta se desarrollan tras las puertas cerradas de los directores, los jefes de operación, los controladores de agentes y las salas de interrogatorio. Y es especialmente allí donde le Carré construye la masa que sustenta la mayoría de sus historias. George Smiley, su héroe principal, no es un dinámico agente de campo, o siquiera un aventurero analista de inteligencia; Smiley nos es descrito como bajo, algo obeso, con grandes y gruesas gafas —aunque en versión cinematográfica y televisiva se nos ha enseñado como un alto y elegante caballero—; todo su poder reside en su capacidad detectivezca para conectar datos y practicar interrogatorios; es allí donde vemos desarrollarse principalmente las tramas de le Carré: en estos diálogos donde se desata el entramado de las operaciones de campo, caen las máscaras de los más duros y sale a la superficie bondad y maldad en dosis similares.

Tras The Secret Pilgrim (1990) Smiley se retira y le Carré se ve obligado a buscar sus tramas en los nuevos conflictos de la globalización: violación del derecho internacional, juegos diplomáticos, vendedores de armas, los dramas de África y la guerra contra el terrorismo. Al igual que el gran juego de la Guerra Fría, la visión de le Carré sobre la lucha contra Al-Queda y grupos afines no sigue el camino trillado del fanático fundamentalista, la bomba, y la lucha contra el tiempo para detenerlos. Le Carré sabe que este nuevo conflicto no ha sido sino la excusa del neoconservatismo estadounidense para reavivar el desteñido patriotismo, justificar gastos en defensa, alimentar a empresas de mercenarios y armamentos, así como reescribir los contratos imperialistas con sus aliados en todo el mundo.

Algunas de sus últimas novelas A Most Wanted Man y A Delicated Truth, parten de la lucha antiterrorista post 11 de Septiembre para demostrarnos que muy poco ha cambiado; las agencias siguen en su labor de proteger y sostener las agendas políticas y la imagen comercial de sus países, mientras que el discurso guerrerista les permite violar todas las reglas de la diplomacia o el derecho.

En Una verdad delicada (A Delicated Truth) el solo concepto de la agencia de inteligencia, sus espías y operaciones, parece ser cosa del pasado. Ya no tenemos al “Circus”, apodo dado por le Carré al Secret Intelligence Service. No hay verdaderos agentes de campo, ni analistas, ni cuarteles generales; el negocio de la inteligencia ha caído en manos del Foreign Office, entidades privadas, mercenarios e intermediarios con poco interés por la verdad, y mucho por hacer dinero. El patriotismo ha muerto; la defensa del Reino y la Corona es solo un eslogan empresarial. En ese ambiente de cinismo generalizado, encontramos a nuestro héroe Toby Bell.

Joven diplomático, soltero y honesto, Bell se ha preocupado por hacer su trabajo entre un destino y el siguiente, aunque esto le cueste constantes reasignaciones. Cuando es finalmente asignado como asistente de Giles Oakley, descubre que este se ha involucrado con una operación antiterrorista llamada Fauna, llevada a cabo por mercenarios estadounidenses, agentes británicos, y la coordinación de una organización privada de Texas llamada Efectos Éticos. Al no conseguir confirmación oficial de dicha misión, o entender siquiera de qué trata, Bell decide poner el asunto en el olvido y seguir adelante con su carrera.

Pasan tres años, en un pueblo de Cornwalles, Kit Probyn, recién jubilado del Foreign Office se ha instalado con su esposa a fin de disfrutar el retiro. Durante una feria local, aparece un conocido de su pasado: Jeb Owens, un antiguo miembro de las Fuerzas Especiales británicas, a quien Probyn conoció durante el desarrollo de la misteriosa operación Fauna, cuyo objetivo era la captura de un vendedor de armas asociado al terrorismo islámico. Pero el asunto no terminó como se esperaba, sino con la muerte de dos civiles. Tras revelarle esto, Owens muere; un supuesto suicidio. Probyn se decide a investigar qué hay realmente tras la operación Fauna, y en su búsqueda encuentra a Toby Bell, quien a pesar de los años no ha podido sacarse el tema de la cabeza.

Al igual que en The Constant Gardener, tenemos al hombre de principios enfrentándose al mundo corrupto. El mal no se puede representar ya como un gobierno, como un ejército, o en la figura del gran villano en una isla secreta. Corrupción política, capitalismo desbocado y una creciente despreocupación de gobiernos y las grandes compañías ante el costo humano de sus acciones, esos son los fantasmas conspirando en el suspenso de le Carré. Y, como nos tiene acostumbrado el autor, aun cuando la trama alcanza su punto final no hay una verdadera victoria, o redención; el espíritu de fracaso es el mejor reflejo del constante de la situación que vivimos, donde los malos parecen siempre derrotar las mejores intenciones de quienes intentan conseguir algún cambio.


Para autores más conservadores del género de espías, como para los Estados Unidos, el fin de la guerra fría significó acabar con el mito del bien contra el mal, y la justificación de los crímenes en defensa de ese supuesto bien. Para John le Carré (David Cornwell) ese mal está repartido, no entre nosotros y ellos, Este y Oeste, capitalismo y comunismo, sino en el delicado y complejo razonamiento ético que nos separa a todos del mal inhumano tan constante durante toda nuestra historia.

sábado, 24 de mayo de 2014

Y los intelectuales… (1)

Una pregunta a la que debemos volver cada cierto tiempo, a fin de refrescar el aire estancado de las conversaciones: ¿dónde están los intelectuales? Pregunta de cajón, un cliché tal vez, es una preocupación seria para los intelectuales mismos, y debería ser motivo de búsqueda para el resto de la población de un país; sino ellos, ¿quiénes nos darán las medidas de este territorio donde estamos ahora? ¿Quién nos dirá cuál es el espíritu del momento?

Tal vez en los medios, tal vez en las universidades, tal vez en las artes. O ninguna de las opciones anteriores…

La pregunta, es obvio, exige, antes, determinar qué es un intelectual; y, al no aclararlo antes, fallan quienes plantean la interrogante ante la falta de otros temas en una entrevista, columna de opinión o blog (plop!). Un intelectual es quien trabaja con el intelecto. Punto, pero punto y coma; muchas personas caben en esta categoría, desde los estrategas de mercadeo hasta los jefes del crimen organizado; directores técnicos de equipos de fútbol, profesores universitarios, un largo y casi interminable etcétera. No son estos a quienes la gente dirige la mirada cuando se les pide señalar a los intelectuales; pensamos, más bien, en los filósofos, los escritores, algunos periodistas, y profesionales de las humanidades. A veces introducimos en la categoría a los políticos en retiro, a esas personas dedicadas por años a la labor cultural, e incluso a quienes, con formaciones tan variadas como la ingeniería o la teología, se ocupan constantemente de tratar, ya sea en televisión, radio, internet o prensa escrita, asuntos diversos, dependiendo la importancia coyuntural de estos.

No es, por tanto, posible crear un parámetro fijo sobre el intelectual. “El intelectual habla”, dirá usted, lector; se expresa, nos informa. Está ahí, como dije más arriba, dándonos luces sobre el presente. Si los intelectuales ocupan un lugar en los medios, ¿son todos los columnistas de los medios intelectuales? No, claro; tendríamos que poner también en ello a esas personas  cuya tarea semanal en el diario es comentar el buen o mal estado del fútbol nacional, la vida de las celebridades, o los tratamientos de moda para superar el sobrepeso.  ¿Hay —sería la pregunta indicada— intelectuales en los medios masivos?

Hablaré ahora de Colombia. Autores de prestigio —los sin prestigio también están. Son varios—, como Héctor Abad, como Juan Gabriel Vásquez, como Piedad Bonnett, tienen sus columnas de opinión: hablan, tanto de literatura como de política o cualquier otro asunto por ahí flotando como tendencia. No veo filósofos, ni sociólogos, tampoco antropólogos de prestigio con textos de ochocientas palabras. Hay, para mí, un inconveniente con los escritores al ser tomados como intelectuales.

Un escritor es un artista, como el fotógrafo el cineasta y demás. El artista se expresa a través del arte, y digo esto tan propio de una cartilla escolar para recordarles que, una columna de opinión, no es arte. El texto de carácter personal sobre un tema contemporáneo se acerca más al periodismo —hay una lectura y tratamiento de uno o varios hechos— que a la expresión artística. El columnista —cuando está regido por cierta ética— ofrece su punto de vista y explica sus razones basado en argumentos. El discurso, así, está regido por el propósito, mientras que la obra artística se ofrece con múltiples propósitos. Si Héctor Abad no está siendo escritor cuando redacta y publica sus columnas simplemente está siendo Héctor Abad, hombre de formación, experiencia y visión clara sobre el panorama, pero, salvo que sus opiniones traten de literatura, no puede considerarse como un experto cuyas ideas en torno a cierta problemática puedan ser tomadas la opinión de un experto. Con esto no pretendo deslegitimar las palabras de Abad, sino aclarar que, para efectos prácticos, sus columnas son los comentarios de un hombre cuyo oficio es producir ficción.

Nos acercamos a la imagen del intelectual con la figura de Susan Sontag. A pesar de su trabajo como
autora de ficción, la autora estadounidense es más conocida por su libros sobre la tortura, el Sida, la fotografía y la crítica cultural. Tal vez —empiezo por aquí a formular hipótesis a fin de responder la pregunta inicial— si le asignamos la etiqueta de “intelectual” es porque nos es imposible acomodarla en cualquier otra gaveta. Llamarla “escritora” no sería suficiente. Su trabajo abarca diversos campos, y para haberlo conseguido debió, tanto investigar, como reflexionar por extenso sobre la información recabada a fin de ofrecer ideas nuevas. Ahí, me parece, empezamos a acercarnos al hecho fundamental.

Reflexión y aportes al debate, al estudio del tema; generar ideas nuevas, siempre, por supuesto, sostenidas tanto por la lógica como por la evidencia comprobable, hasta donde esto es posible. Por este mismo meandro parecen estar perdiéndose los intelectuales…

Lo que se conoce como “hombre renacentista” —también aplicable a mujeres— es el individuo capaz de ocuparse de más de un campo de las artes, el saber, o ambas, sobresaliendo en cada área de la que se ocupa. Músico y matemático, tal vez pintor y poeta, filósofo político, gastrónomo y cineasta… ¿cuántas personas podemos recordar con habilidades en más de un campo? Pienso en José Pablo Feinmann; fuera de Argentina es mejor conocido por sus cursos de filosofía en televisión; tiene una trayectoria importante en este campo, así como en escritos sobre política y cultura argentina; trece novelas, catorce guiones para cine y dos guiones para teatro. Dichas tareas se conectan, diría uno, pero, cada día, parece ser apenas lo que uno puede esperar.

¿Es Feinmann un intelectual? Habría que buscar en sus textos si estos plantean un verdadero aporte a la ciencia del pensar, a los temas que estudia, o siquiera a la literatura argentina. Quizá, no sé. Como sea ya podemos fijar aquí una línea sobre uno de los deberes del intelectual expresarse, hacer conocer lo que dice o piensa. De nada nos sirve que un hombre formado en todas las áreas del saber, entendido en ciencias varias, experto en artes e historia, permanezca mudo en su cómodo apartamento —estoy pensando en el personaje de Frederick, en Hannah and Her Sisters, interpretado por Max von Sydow—. Si es así da igual que no exista. La marca sustenta el hecho. Feinmann se expresa, opina en programas, da conferencias, y no se quedó en discutir sobre la Argentina de Perón, o la vida de Evita, sino que ha tratado también sobre cine, literatura y otros temas. Una mente abierta a pensar sobre más de un tema.

En este punto ya puedo señalarles tres rasgos notables en lo que debemos buscar con el intelectual: 1) aporta al tema partiendo de la reflexión; 2) no se limita a un solo campo de las ciencias o las artes; 3) tiene un canal de expresión.


Debo poner pausa aquí, hasta otra entrega. Y dejar una pregunta: ¿quién cumple estas características en Colombia?