lunes, 19 de mayo de 2014

Abadía en un bosque de robles, ahora para Kindle


En 2010 publiqué en le volumen Letras Capitales, mi primera novela Abadía en un bosque de robles. Tras casi cuatro años decidí verla editada, ahora para dispositivos electrónicos, gracias a Amazon Direct Publishing.

Abadía… empecé a tratar uno de los temas más importantes en mi visión como escritor, el poder y como se exhibe en las relaciones jerárquicas; aquí ejemplificadas por ejércitos —alemán y ruso en la Segunda Guerra Mundial—, y la congregación sin nombre de una abadía de monjas, en algún lugar sin nombre de Europa Oriental. ¿Cuáles son las dinámicas, las tensiones y retos que enfrentan estas estructuras jerárquicas, ante la guerra, la muerte y el hambre?

La novela empieza cuando el territorio donde se encuentra la abadía es liberado por las tropas soviéticas con ayuda de partisanos locales. La abadía, ya afectada por el frío y el hambre del invierno, se encuentra desprotegida tras el retiro del ejército alemán, quienes, hasta ese momento, habían provisto a la congregación con alimento, a cambio de algunos favores.

Esta novela breve no pretende tratar a fondo temas como el colaboracionismo o la violación, uno de los crímenes más extendidos y poco tratados durante la Segunda Guerra Mundial. Sino demostrar cómo los sistemas rígidos de control que suponen las organizaciones militares y religiosas usan, al tratar de mantener su imagen y propósitos, aplastan a los individuos de los que estas se componen.

Aquí un extracto de la novela:

Fueron dos largos días. La nieve atacó como nunca el bosque, y los vientos tumbaban robles viejos aquí y allá, provocando al caer unos cavernosos alaridos que ponían a todas en el convento de pie cada cierto tiempo, recordándoles los días de los bombardeos.
De vez en cuando la hermana Agnes se asomaba a las ventanas del frente para ver a los soldados; fumaban y tenían fuego, tenían comida. Durante esos días, el personal del convento se alimentó de tiras de papel de libros hervidas en nieve derretida, condimentadas con restos de sal y pimienta apelmazados en el fondo de los tarros vacíos y las vetas de mugre de los estantes. Eran unas sopas horribles, pero engañaban al estómago.
            Al final de segundo día se acabó el papel: quedaban las biblias, pero nadie se habría atrevido a tocarlas. Tampoco había ya leña, aunque algunos muebles y los marcos de los cuadros sirvieron para alimentar el fuego. Fue después de esos dos días que la hermana Agnes se dirigió a la madre superiora:
            —Hay que hablar con el coronel.
            —Hablar de qué, hermana Agnes.
            —De lo que sea; no podemos morirnos de hambre. Tal vez nos ayude a llegar, con uno de sus vehículos hasta la villa y allí pedir comida. Algo deben darnos.
         —Es una lástima que usted no comprenda la situación y lo vea todo tan fácil. Esos hombres no nos dejarán ir a ningún lado; somos prisioneras. Y aunque fuéramos hasta la villa allí no recibiríamos más que el desprecio de esos campesinos. Nos odian, y por eso han hablado contra nosotras. Entienda, entienda, no hay nada que hacer.
            —¡Tal vez podamos negociar con ellos como negociamos con los alemanes!
       —¡No le permito que me hable así! Ni vuelva a repetir semejante cosa jamás. Ahora márchese a su celda y dedíquese a orar.
            La hermana Agnes se retiró, pero no fue a su celda. A esa hora ya las hermanas y novicias dormían con el estómago vacío. Fue hasta la cocina, olorosa a humedad y a leña quemada, pasó a la bodega de vinos, vacía desde la partida de los alemanes, y salió por la diminuta puerta trasera.

La novela disponible se encuentra aquí: http://www.amazon.com/dp/B00KF3CPN2

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