miércoles, 28 de mayo de 2014

Una verdad delicada

Antes de morir, Tom Clancy ya era un autor crepuscular; sus últimas novelas eran el trabajo de redactores a sueldo, y el nombre tras The Hunt for the Red October estaba más asociado a video juegos, que a libros. El fin de la Guerra Fría lo obligó a plantearse escenarios de confrontación en el nuevo mapa político, usar el tema del terrorismo, y mezclarlo con conspiraciones cada vez más repetitivas o ridículas —como ambientalistas tramando extinguir a toda la humanidad—. Frederick Forsyth ha venido sucumbiendo de manera similar: de su magnífica novela The Day of the Jackal a la lamentable Cobra hay una carrera de desgaste, y el intento de Forsyth de salir del género, con su novela The Phantom of Manhattan, no obtuvo resultado, aunque consiguió dos títulos aceptables, más tarde, con Avenger y The Afghan, pese a que las estructuras, personajes e incluso los diálogos parezcan reciclados de obras anteriores. Para un autor de “alta literatura”, la escritura representa un reto en ascenso; se espera de él cada vez textos de mayor reto técnico, evolucionar en su estilo e integrar nuevos elementos temáticos; debe estar siempre rompiendo la crisálida de su zona de confort. No ocurre así para los autores de súper ventas; la literatura popular está para complacer a la masa lectora con afectos por cierto género, tipo de personajes, estructura de relato, convenciones sobre finales, y demás. Los lectores de Simenon o Chandler se habrían horrorizado ante narrativas metafísicas, textos de vanguardia o retos a la comprensión. Esto no los hace escritores mediocres; fieles a un estilo y técnica, entregaron a sus lectores obras que aún hoy se reeditan.

¿Y qué hay de John le Carré? Trazar en él una curva evolutiva en su estilo es algo más complicado. Empezó por el suspenso clásico de muertos y pistas, para saltar —libre de sus deberes ante el SIS— a la novela de espionaje. Muy pronto, con The Spy Who Came in From the Cold, le Carré ganó la popularidad suficiente para permitirle vivir de escribir libros —única definición de un escritor exitoso—. Después de The Looking Glass War y The Naïve and Sentimental Lover —novela del todo personal, alejada del thriller de espías—, le Carré ofrece relatos más complejos; olvida el gancho eficiente de establecer el peligro en las primeras páginas y prefiere que nos sumerjamos en el ecosistema de sus personajes, y así conocerlos antes de verlos enfrentar los retos de la situación.

Le Carré no es fácil. Si la literatura masiva es, usualmente, criticada por su superficialidad temática, su falta de trabajo de la palabra, el mecánico funcionamiento de los personajes y la premoderna separación entre bueno y malo, le Carré consigue introducir en el género todo lo opuesto: sus temas van más allá del misterio y el peligro, los secretos de Estado o las amenazas de guerra. Desde The Spy Who Came… (1963) hay una mirada crítica, y muy fuerte, al sistema de inteligencia. Mientras otros, más conservadores, alaban al espionaje como la última línea de defensa contra la barbarie, le Carré prefirió ser el Kafka del género: sus novelas están llenas de archivadores, oscuras casas donde giran magnetófonos, hombres anónimos esperando en coches, tristes heroínas y hombres que, como Josef K, no dejan de encontrarse con callejones sin salida, misterios y puertas cerradas. Con los años su prosa juega más con el lenguaje de lo conveniente para un autor dispuesto a llegar a la gran masa lectora; no hay fórmulas retóricas aunque tampoco está totalmente desligado de cierta poesía, cierto cuidado en la construcción de los ambientes:

La estrecha calle gris, habitada por montones de gatos, contaba con un par de pequeños hôtels de passe. Por algún motivo, era un sitio de singular quietud. El almacén, un comercio de artículos perecederos, permanecía abierto durante las vacaciones. El calor, mezclado con los humos de los escapes que la escasa brisa no disipaba, se elevó hasta ella como el que surge del hueco de un ascensor, pero sus rasgos eslavos no reflejaron la menor incomodidad por ello. (La gente de Smiley; traducción de Horacio González Trejo)

En la narrativa de le Carré no hay un enemigo; no hay un villano megalomaniaco al servicio de los soviéticos, como los pintaba Fleming, ni los terroristas o agentes rebeldes decididos a iniciar el Apocalipsis por su cuenta. Ese “mal” no tiene un rostro definido; no es alemán, ni ruso, ni árabe o palestino.  Los dilemas y enfrentamientos que nos presenta se desarrollan tras las puertas cerradas de los directores, los jefes de operación, los controladores de agentes y las salas de interrogatorio. Y es especialmente allí donde le Carré construye la masa que sustenta la mayoría de sus historias. George Smiley, su héroe principal, no es un dinámico agente de campo, o siquiera un aventurero analista de inteligencia; Smiley nos es descrito como bajo, algo obeso, con grandes y gruesas gafas —aunque en versión cinematográfica y televisiva se nos ha enseñado como un alto y elegante caballero—; todo su poder reside en su capacidad detectivezca para conectar datos y practicar interrogatorios; es allí donde vemos desarrollarse principalmente las tramas de le Carré: en estos diálogos donde se desata el entramado de las operaciones de campo, caen las máscaras de los más duros y sale a la superficie bondad y maldad en dosis similares.

Tras The Secret Pilgrim (1990) Smiley se retira y le Carré se ve obligado a buscar sus tramas en los nuevos conflictos de la globalización: violación del derecho internacional, juegos diplomáticos, vendedores de armas, los dramas de África y la guerra contra el terrorismo. Al igual que el gran juego de la Guerra Fría, la visión de le Carré sobre la lucha contra Al-Queda y grupos afines no sigue el camino trillado del fanático fundamentalista, la bomba, y la lucha contra el tiempo para detenerlos. Le Carré sabe que este nuevo conflicto no ha sido sino la excusa del neoconservatismo estadounidense para reavivar el desteñido patriotismo, justificar gastos en defensa, alimentar a empresas de mercenarios y armamentos, así como reescribir los contratos imperialistas con sus aliados en todo el mundo.

Algunas de sus últimas novelas A Most Wanted Man y A Delicated Truth, parten de la lucha antiterrorista post 11 de Septiembre para demostrarnos que muy poco ha cambiado; las agencias siguen en su labor de proteger y sostener las agendas políticas y la imagen comercial de sus países, mientras que el discurso guerrerista les permite violar todas las reglas de la diplomacia o el derecho.

En Una verdad delicada (A Delicated Truth) el solo concepto de la agencia de inteligencia, sus espías y operaciones, parece ser cosa del pasado. Ya no tenemos al “Circus”, apodo dado por le Carré al Secret Intelligence Service. No hay verdaderos agentes de campo, ni analistas, ni cuarteles generales; el negocio de la inteligencia ha caído en manos del Foreign Office, entidades privadas, mercenarios e intermediarios con poco interés por la verdad, y mucho por hacer dinero. El patriotismo ha muerto; la defensa del Reino y la Corona es solo un eslogan empresarial. En ese ambiente de cinismo generalizado, encontramos a nuestro héroe Toby Bell.

Joven diplomático, soltero y honesto, Bell se ha preocupado por hacer su trabajo entre un destino y el siguiente, aunque esto le cueste constantes reasignaciones. Cuando es finalmente asignado como asistente de Giles Oakley, descubre que este se ha involucrado con una operación antiterrorista llamada Fauna, llevada a cabo por mercenarios estadounidenses, agentes británicos, y la coordinación de una organización privada de Texas llamada Efectos Éticos. Al no conseguir confirmación oficial de dicha misión, o entender siquiera de qué trata, Bell decide poner el asunto en el olvido y seguir adelante con su carrera.

Pasan tres años, en un pueblo de Cornwalles, Kit Probyn, recién jubilado del Foreign Office se ha instalado con su esposa a fin de disfrutar el retiro. Durante una feria local, aparece un conocido de su pasado: Jeb Owens, un antiguo miembro de las Fuerzas Especiales británicas, a quien Probyn conoció durante el desarrollo de la misteriosa operación Fauna, cuyo objetivo era la captura de un vendedor de armas asociado al terrorismo islámico. Pero el asunto no terminó como se esperaba, sino con la muerte de dos civiles. Tras revelarle esto, Owens muere; un supuesto suicidio. Probyn se decide a investigar qué hay realmente tras la operación Fauna, y en su búsqueda encuentra a Toby Bell, quien a pesar de los años no ha podido sacarse el tema de la cabeza.

Al igual que en The Constant Gardener, tenemos al hombre de principios enfrentándose al mundo corrupto. El mal no se puede representar ya como un gobierno, como un ejército, o en la figura del gran villano en una isla secreta. Corrupción política, capitalismo desbocado y una creciente despreocupación de gobiernos y las grandes compañías ante el costo humano de sus acciones, esos son los fantasmas conspirando en el suspenso de le Carré. Y, como nos tiene acostumbrado el autor, aun cuando la trama alcanza su punto final no hay una verdadera victoria, o redención; el espíritu de fracaso es el mejor reflejo del constante de la situación que vivimos, donde los malos parecen siempre derrotar las mejores intenciones de quienes intentan conseguir algún cambio.


Para autores más conservadores del género de espías, como para los Estados Unidos, el fin de la guerra fría significó acabar con el mito del bien contra el mal, y la justificación de los crímenes en defensa de ese supuesto bien. Para John le Carré (David Cornwell) ese mal está repartido, no entre nosotros y ellos, Este y Oeste, capitalismo y comunismo, sino en el delicado y complejo razonamiento ético que nos separa a todos del mal inhumano tan constante durante toda nuestra historia.

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