sábado, 24 de mayo de 2014

Y los intelectuales… (1)

Una pregunta a la que debemos volver cada cierto tiempo, a fin de refrescar el aire estancado de las conversaciones: ¿dónde están los intelectuales? Pregunta de cajón, un cliché tal vez, es una preocupación seria para los intelectuales mismos, y debería ser motivo de búsqueda para el resto de la población de un país; sino ellos, ¿quiénes nos darán las medidas de este territorio donde estamos ahora? ¿Quién nos dirá cuál es el espíritu del momento?

Tal vez en los medios, tal vez en las universidades, tal vez en las artes. O ninguna de las opciones anteriores…

La pregunta, es obvio, exige, antes, determinar qué es un intelectual; y, al no aclararlo antes, fallan quienes plantean la interrogante ante la falta de otros temas en una entrevista, columna de opinión o blog (plop!). Un intelectual es quien trabaja con el intelecto. Punto, pero punto y coma; muchas personas caben en esta categoría, desde los estrategas de mercadeo hasta los jefes del crimen organizado; directores técnicos de equipos de fútbol, profesores universitarios, un largo y casi interminable etcétera. No son estos a quienes la gente dirige la mirada cuando se les pide señalar a los intelectuales; pensamos, más bien, en los filósofos, los escritores, algunos periodistas, y profesionales de las humanidades. A veces introducimos en la categoría a los políticos en retiro, a esas personas dedicadas por años a la labor cultural, e incluso a quienes, con formaciones tan variadas como la ingeniería o la teología, se ocupan constantemente de tratar, ya sea en televisión, radio, internet o prensa escrita, asuntos diversos, dependiendo la importancia coyuntural de estos.

No es, por tanto, posible crear un parámetro fijo sobre el intelectual. “El intelectual habla”, dirá usted, lector; se expresa, nos informa. Está ahí, como dije más arriba, dándonos luces sobre el presente. Si los intelectuales ocupan un lugar en los medios, ¿son todos los columnistas de los medios intelectuales? No, claro; tendríamos que poner también en ello a esas personas  cuya tarea semanal en el diario es comentar el buen o mal estado del fútbol nacional, la vida de las celebridades, o los tratamientos de moda para superar el sobrepeso.  ¿Hay —sería la pregunta indicada— intelectuales en los medios masivos?

Hablaré ahora de Colombia. Autores de prestigio —los sin prestigio también están. Son varios—, como Héctor Abad, como Juan Gabriel Vásquez, como Piedad Bonnett, tienen sus columnas de opinión: hablan, tanto de literatura como de política o cualquier otro asunto por ahí flotando como tendencia. No veo filósofos, ni sociólogos, tampoco antropólogos de prestigio con textos de ochocientas palabras. Hay, para mí, un inconveniente con los escritores al ser tomados como intelectuales.

Un escritor es un artista, como el fotógrafo el cineasta y demás. El artista se expresa a través del arte, y digo esto tan propio de una cartilla escolar para recordarles que, una columna de opinión, no es arte. El texto de carácter personal sobre un tema contemporáneo se acerca más al periodismo —hay una lectura y tratamiento de uno o varios hechos— que a la expresión artística. El columnista —cuando está regido por cierta ética— ofrece su punto de vista y explica sus razones basado en argumentos. El discurso, así, está regido por el propósito, mientras que la obra artística se ofrece con múltiples propósitos. Si Héctor Abad no está siendo escritor cuando redacta y publica sus columnas simplemente está siendo Héctor Abad, hombre de formación, experiencia y visión clara sobre el panorama, pero, salvo que sus opiniones traten de literatura, no puede considerarse como un experto cuyas ideas en torno a cierta problemática puedan ser tomadas la opinión de un experto. Con esto no pretendo deslegitimar las palabras de Abad, sino aclarar que, para efectos prácticos, sus columnas son los comentarios de un hombre cuyo oficio es producir ficción.

Nos acercamos a la imagen del intelectual con la figura de Susan Sontag. A pesar de su trabajo como
autora de ficción, la autora estadounidense es más conocida por su libros sobre la tortura, el Sida, la fotografía y la crítica cultural. Tal vez —empiezo por aquí a formular hipótesis a fin de responder la pregunta inicial— si le asignamos la etiqueta de “intelectual” es porque nos es imposible acomodarla en cualquier otra gaveta. Llamarla “escritora” no sería suficiente. Su trabajo abarca diversos campos, y para haberlo conseguido debió, tanto investigar, como reflexionar por extenso sobre la información recabada a fin de ofrecer ideas nuevas. Ahí, me parece, empezamos a acercarnos al hecho fundamental.

Reflexión y aportes al debate, al estudio del tema; generar ideas nuevas, siempre, por supuesto, sostenidas tanto por la lógica como por la evidencia comprobable, hasta donde esto es posible. Por este mismo meandro parecen estar perdiéndose los intelectuales…

Lo que se conoce como “hombre renacentista” —también aplicable a mujeres— es el individuo capaz de ocuparse de más de un campo de las artes, el saber, o ambas, sobresaliendo en cada área de la que se ocupa. Músico y matemático, tal vez pintor y poeta, filósofo político, gastrónomo y cineasta… ¿cuántas personas podemos recordar con habilidades en más de un campo? Pienso en José Pablo Feinmann; fuera de Argentina es mejor conocido por sus cursos de filosofía en televisión; tiene una trayectoria importante en este campo, así como en escritos sobre política y cultura argentina; trece novelas, catorce guiones para cine y dos guiones para teatro. Dichas tareas se conectan, diría uno, pero, cada día, parece ser apenas lo que uno puede esperar.

¿Es Feinmann un intelectual? Habría que buscar en sus textos si estos plantean un verdadero aporte a la ciencia del pensar, a los temas que estudia, o siquiera a la literatura argentina. Quizá, no sé. Como sea ya podemos fijar aquí una línea sobre uno de los deberes del intelectual expresarse, hacer conocer lo que dice o piensa. De nada nos sirve que un hombre formado en todas las áreas del saber, entendido en ciencias varias, experto en artes e historia, permanezca mudo en su cómodo apartamento —estoy pensando en el personaje de Frederick, en Hannah and Her Sisters, interpretado por Max von Sydow—. Si es así da igual que no exista. La marca sustenta el hecho. Feinmann se expresa, opina en programas, da conferencias, y no se quedó en discutir sobre la Argentina de Perón, o la vida de Evita, sino que ha tratado también sobre cine, literatura y otros temas. Una mente abierta a pensar sobre más de un tema.

En este punto ya puedo señalarles tres rasgos notables en lo que debemos buscar con el intelectual: 1) aporta al tema partiendo de la reflexión; 2) no se limita a un solo campo de las ciencias o las artes; 3) tiene un canal de expresión.


Debo poner pausa aquí, hasta otra entrega. Y dejar una pregunta: ¿quién cumple estas características en Colombia?

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