viernes, 30 de mayo de 2014

Y los intelectuales… (2)

Durante los últimos días estuve leyendo, sin proponerme siquiera a terminarlo, La civilización del espectáculo, ensayo en forma de libro del premio Nobel Mario Vargas Llosa. La premisa está en las primeras páginas y, al avanzar, descubre uno que no hay ningún nivel de profundización en el argumento: vivimos en tiempos de decadencia; afirmación sostenida por muchos desde la época de Augusto César. Vargas Llosa se muestra en desacuerdo con la idea, ampliamente aceptada entre las  humanidades pero poco inserta en la sociedad, de que la cultura es la suma de todas expresiones humanas,  y no simplemente el conjunto de las artes y expresiones folklóricas. El fútbol, por ejemplo, no es un verdadero arte —los fanáticos del balón pie dirán lo contrario, claro— pero sí un elemento activo de la cultura, no solo de ciertos países, sino global: representa el espíritu humano de la competencia, el trabajo en equipo, el esfuerzo físico; su práctica se ha extendido a todo el mundo sin alterar sus reglas básicas. La cultura, puedo ya señalar aquí, no se limita a lo que las academias e instituciones gubernamentales sostengan es, sino que son diversas prácticas que van, desde lo local hasta lo universal.

Vargas Llosa, como dije, no lo ve de esta manera; su mentalidad conservadora sigue estableciendo un muro entre la “alta cultura” y la cultura de masas, la ordinaria. Shakira / Mozart; realilties / Shakespeare; Harry Potter / El Quijote, y así y así. Para Vargas Llosa vivimos en tiempos oscuros, donde la gente ya casi no lee, o lee basura —súper ventas—, ve mala televisión, pésimas películas, y de las noticias no se entera sino de la vida de las celebridades.

Lugares comunes y frases hechas. No negaré la vasta educación del escritor peruano, su aporte a la literatura latinoamericana, su labor de décadas como profesor en diversas universidades, ensayista de peso, siempre con una o dos palabras que decir sobre el mundo actual. Por desgracia, su ensayo no despega de lo ya dicho, y peor, de un fenómeno sicológico que posiblemente no tiene nombre y si lo tiene no lo sé: el síndrome del fin del tiempo. Wikipedia registra casi un centenar de fechas para el Apocalipsis dadas desde el 360 a. C. Aquí seguimos. Creer que se está al borde del abismo, temer ser los últimos de nuestra especie —y el secreto orgullo que eso nos despierta— hace creer a algunos que su vida estará marcada por algo relevante. Quienes no se apegan a tan lóbrega esperanza se limitan, en ciertos casos, a señalar la descomposición “moral y cultural” que los rodea, o tempora o mores, como signo innegable del fin de una época.

Tristemente, o felizmente, no hay épocas. Solo los neorrománticos como Vargas Llosa —mentalidades de derecha— pueden creer en que hubo un mundo mejor, ahora arrasado por el libertinaje nihilista, el caos anarquista, la pérdida de valores causada por el liberalismo rampante. Es una forma de simplificar el presente y justificar que en este no tenga ya presencia aquello de lo que se siente tan orgulloso. No hubo ese mundo mejor, jamás. Es cierto que hoy día, son pocos los que leen por entretenimiento, pero se debe recordar que, también antes del cine y la televisión, no eran muchos quienes pudiesen leer, menos gastar dinero en libros. Que la así llamada “música clásica” hoy es disfrutada por —como reza el emblema de la emisora HJCK— una “inmensa minoría”, pero no es verdad que Vivaldi o Mozart dirigieran orquestas frente a grupos tan masivos como los que hoy asisten a los conciertos.

Y debo decir aún más: los versos de Carmina Burana, llenos de humor verde y satírico, se cantaban en las tabernas del siglo XI. Las obras de Shakespeare se interpretaban ante un público compuesto por artesanos, vendedores y demás clases trabajadoras de Londres. Las novelas de Víctor Hugo, Balzac, Dumas y otros, eran el gancho para asegurar las ventas de periódicos en la Francia del XIX. Los grandes de las artes, cuyo trabajo hoy algunos etiquetan como “gran cultura”, o peor “cultura de élites” estaban dirigidas, en su tiempo, a las masas.

¿Y hoy? El burdo izquierdismo de derechas sigue afirmando que las artes están en manos de una élite distanciada del pueblo; y derechistas como Vargas Llosa sugieren que, simplemente, ya nadie aprecia las grandes artes. No negaré que pocos pueden pagarse un tiquete para ver ópera, mas quienes gozan de este espectáculo están tanto en las clases medias como en las altas, y hacen lo posible por, cuando sea, ver La Traviata en DVD. Las ferias del libro en América Latina siguen vendiendo millares de ejemplares, tanto de textos contemporáneos como clásicos. Interpretes como Valentina Lisitsa se han convertido en fenómenos de internet —con 140,769 seguidores de su canal en YouTube—, Shakespeare se sigue interpretando en todo el mundo y, mientras escribo esto, están en producción más de diez películas basadas en las obras del bardo.

La producción de arte tampoco ha muerto: un novelista como Murakami, cuyas novelas siempre son bien recibidas por la crítica, es capaz de vender millones de copias. El cine de autor no venderá tanto como el de las grandes productoras, pero los buenos directores hoy día consiguen más fácil que sus obras trasciendan las fronteras y ganen seguidores. Más difícil la tienen las artes plásticas; aunque una exposición itinerante consigue formar largas filas, el empeño de muchos “artistas” en hacer montajes sin más sentido que sustentaciones académicas ha alejado a la gente de las galerías. Y, en últimas, ¿acaso cada libro del propio Vargas Llosa no consigue agotar cinco o más ediciones?

La otra crítica fundamental de Vargas Llosa es el amarillismo de los medios; la frivolidad de las
noticias, la necesidad de satisfacción fácil del entretenimiento por encima de la comprensión verdadera de los hechos políticos y sociales; la razón tras esto es la mega masificación de la información. En esto aporto también mi firma, y señalo la culpa tanto en los dueños de los medios como en sus receptores mismos. La prensa sensacionalista no es un invento nuevo; ni siquiera podemos suponer que Hearst lo concibió. Tampoco es un fenómeno fácil de explicar. Son los países más desarrollados donde la prensa amarillista —y sus equivalentes en la radio y la televisión— tienen mayores ventas. La vida de las celebridades, por otra parte, es un recurso fácil para disparar el interés de las masas: la vida de los otros nos permite escapar a la nuestra, establecer similitudes y abrirnos esperanzas. Esto no lo trata Vargas Llosa; simplemente estamos en un tiempo de decadencia.
 
Si ha llegado hasta aquí, lector, se preguntará qué tiene esto que ver con la discusión que venía hilando desde un post anterior acerca de los intelectuales. Vargas Llosa es reconocido como uno —recuérdese las tres características del intelectual: a) aporte al tema que trata, b) amplitud de temáticas y c) canales de expresión—, pero su libro La civilización del espectáculo falla al caer en las generalizaciones, al partir de una perspectiva moralista, neorromanticista y conservadora, cuyo mensaje implícito es que la pérdida de los valores burgueses ha sido responsabilidad de las buenas intenciones de democratización de la cultura.

Un fenómeno como la cultura contemporánea, en relación a su pasado, no se puede explicar en las 200 páginas de un ensayo. De hecho, el ensayo no es la forma correcta para abarcar un tema si se quiere ser verdaderamente analítico; sociólogos, antropólogos, filósofos y demás analistas sociales están mejor equipados para explicarnos por qué Fifty Shades of Gray venda más que El sueño del celta, o que la opinión de Bono sobre el cambio climático reciba más atención que la de algún investigador de la universidad de Maryland.

La pregunta con la que deseo dejar al lector es esta: en un mundo de especialistas, y con cada vez más páginas web dedicadas a temas específicos, ¿dónde quedan esos intelectuales, tan enterados de todo, pero al parecer incapaces de profundizar en algo?

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