lunes, 23 de junio de 2014

De libros pesados

Dice el lugar común: la lectura debe ser un placer, no un deber. Y añaden otros: es un derecho del lector abandonar un libro si no lo satisface. Dada mi condición de profesional en estudios literarios, y escritor, debo realizar algunas lecturas aun cuando no me satisfacen, y debo llegar hasta la última página incluso si cada párrafo me ha resultado un viaje tortuoso. En el momento en que escribo esto estoy por abandonar la lectura de La broma infinita, reputada novela de David Foster Wallace; con mil páginas de texto y cien de notas —y no se trata de una edición crítica—, la novela se me presenta como una montaña sin rutas abiertas, totalmente vertical, demasiado alta y, en últimas… leer no debe ser tampoco un desafío de sufrimiento.

Compré el título tras años de acoso del internet: a cada tanto, las páginas que sigo mencionaban, citaban, o subían información referente al fallecido Foster Wallace —Nueva York 1962, Claermont, CA, 2008—. Una especie de niño prodigio de las letras con aspecto de estrella de rock. La revista Time consideró a Infinte Jest como una de las cien mejores novelas del siglo, ¿es así? Lo que he encontrado es un estilo fragmentado, una forma caótica de manejar los diálogos, un completo desinterés por el ritmo narrativo o el estilo en prosa; Foster Wallace apiñó oraciones como quien amontona fruta en el supermercado. Si se encadena a un mono a una máquina de escribir, y se le provee algún estímulo mientras golpee las teclas, es posible que, entre las miles de letras dispuestas al azar, en alguna parte se formen palabras, incluso frases. Esa parece ser la técnica seguida por el autor: escritura automática, seguir escribiendo bajo la hipergrafía, hasta completar esas mil páginas. Posiblemente más adelante mejore.

Esta novela me presenta otro problema: su tamaño; aún para ser una edición en rústica el libro es tan grande y pesado como una biblia de iglesia. Soy de esas personas acostumbradas a cargar el libro que leo a todas partes y leer a cada oportunidad, entre viajes en autobús y minutos perdidos en salas de espera. Cargar La broma infinita y tratar de leerla, de pie, mientras viajo en el bus, resulta incómodo. Cada vez que veo ese enorme bloque de papel esperando entre mis libros pienso en las tediosas tareas que implican esfuerzos monumentales. ¿Qué puedo esperar de una novela sin trama, sin personajes, enrevesada, lenta y de tal extensión? Tal vez me haría el mismo bien leer la guía telefónica, la cual, de hecho, tiene menos páginas y es más directa en sus propósitos.

Hace tiempo en un ensayo escribí que un cuento de noventa páginas, o acaso más de quince, como los de Alice Munro, era un fracaso del estilo y un desconocimiento del formato. Me llovieron las airadas respuestas, en especial por hablar mal de Munro. El cuento trata un tema, para esto emplea una narración, y esta debe tener el número exacto de elementos narrativos para dar a entender al lector su propósito. Una extensión excesiva demuestra incapacidad para la redacción, la edición, o simple falta de tema. Ahora, la novela trata de muchos temas; puede haber uno principal y otros secundarios, o varios principales seguidos de una miríada de temáticas de segundo o tercer nivel, organizados como los bailarines en una coreografía. Solo que, si esto es cierto, una novela puede llegar a tener una número infinito de páginas; un escritor podría empezar a publicar un tomo por años durante toda su vida, dejando un texto incompleto de cientos de miles de páginas. En busca del tiempo perdido se acerca a ello; su prosa, su ritmo, el rico vocabulario, la sensibilidad en el manejo de los temas y la calidad de sus descripciones han salvado su trabajo para la posteridad. ¿Ocurrirá así con La broma infinita? ¿No se trata solo de una gran broma del autor? Presentar por novela solo una pila de redacciones apenas atadas por un grupo de personajes…

Comienzo a pensar que uno de los males del siglo anterior, heredados del XIX, y capaces de resistir —como la difteria y el cólera— hasta nuestros días, es el síndrome de la “gran novela”, el adjetivo “gran” refiriendo sí, un poco al contenido, pero mucho más al tamaño. La tapa dura, el título o el nombre del autor en grandes caracteres. Se desprecia la novela en rústica, de pocas páginas; en la iconografía popular vemos esta clase de objetos asociados a niños, secretarias, amas de casa o empleados de bajo nivel; el pesado volumen de densa prosa se asocia con el docto hombre de letras, el culto millonario en sus horas de ocio, en bata púrpura junto a la chimenea. No es que todas las novelas voluminosas se ganen de inmediato el respeto de los lectores como se ganan el miedo de otros presos los reos de gran tamaño. I’m Charlotte Simmons de Tom Wolfe obtuvo una fría acogida —le ayudó poco los elogios del entonces presidente Bush—, mientras que muy pocos se toman en serio Atlas Shrugged, novela fundamental en la obra de Ayn Rand, vista hoy más como un interminable panfleto libertario que como una obra de profundidad literaria. Sin embargo, la novela breve no ha conseguido ganar el respeto de editores y lectores; Estrella distante de Bolaño no alcanzará las cuotas de popularidad de su desmedida 2666. En un ensayo sobre Raymond Carver, Alessandro Baricco escribió “Si uno construye buques petroleros no les revisa los tornillos. Pero si hace relojes, sí. Carver era un relojero”. Las últimas décadas, la invasión de la tecnología en nuestras vidas, la necesidad cada vez más compulsiva de estar informados, las avalanchas mismas de información y lecturas, deberían habernos enseñado a valorar más la prosa breve, bien planeada y meticulosamente escrita, y dejar para el pasado aquellos petroleros de la novela y sus pilotos, más interesados en atascar a los lectores con pilas y pilas de páginas, donde solo se enumeran nombres y acciones, verdaderos diccionarios de lo inexistente.

En este momento no sé si valdrá la pena seguir leyendo La broma infinita; si pasan las páginas y sigo sin ver más que arena y torbellinos de palabras terminaré por arrojar el libro a la basura, o usarlo para encender un asado. Ya les estaré contando.


miércoles, 18 de junio de 2014

La música del azar

Es la primera vez que leo a Paul Auster (Newark, 1947), autor de prestigio entre la marea de novelistas estadounidenses contemporáneos. Y tenía de él, hasta que leí por entero su novela de 1990 La música del azar (The Music of the Chanche) la impresión de que se trataba de uno de dos clases de escritores angloamericanos de hoy día: o el novelista experimental que estudia al subconsciente de nuestros días a partir del hombrecito encerrado en el cubículo de la desalmada corporación, o bien el escritor que escribe sobre escritores, tan viejos como él, preferiblemente profesores de literatura, casados y listos a complicarse la vida con un sórdido romance con una de sus alumnas, peligrosa aventura que le permite al autor estudiar el subconsciente de nuestros días.

Auster, al menos es mi impresión a partir de esta, una de sus, casi, primeras novelas, es que pertenece la mejor raza de escritor americano: ese que, a partir de la narrativa corriente, entreteje temas sin sacrificar una buena historia. En La música del azar hay una trama simple, lógica; un narrador directo y desapasionado en tercera persona, y dos personajes tan distintos, y bien construidos, como los merece una novela que pretenda ser leída hasta el final.

El azar en la novela está presente desde las primeras páginas:

El tercer día del décimo tercer mes conoció al muchacho que se hacía llamar Jackpot. Fue uno de esos encuentros casuales que parecen surgir de la nada: una ramita que el viento rompe y que de repente aterriza a tus pies. Si hubiera sucedido en cualquier otro momento, puede que Nashe no hubiese abierto la boca. Pero como ya había renunciado, como pensaba que ya no tenía nada que perder, vio en el desconocido un indulto, una última oportunidad de hacer algo por sí mismo antes de que fuera demasiado tarde (p. 7)

“Una cosa lleva a la otra” es la frase de cajón que establece las secuencias narrativas en la vida adulta de Jim Nashe, un bombero a quien le gustan las novelas de Dickens, la poesía de William Blake, y se relaja ya oyendo sinfonías en el estéreo de su coche o incluso interpretándolas en piano. Nashe no ha elegido su empleo por vocación personal, sino que la sugerencia de un pasajero cuando era taxista lo llevó a unirse al departamento de bomberos. Así parece haberlo encontrado todo en su vida, por azar, porque se le ha cruzado en su ruta. Tras separarse de su mujer e hija, Nashe recibe la herencia de su padre recién fallecido, a quien no veía desde que era un niño. Compra un auto y se toma unas largas vacaciones, dedicándose a viajar de un extremo a otro de los Estados Unidos. En su travesía no hay trayectos que desee cubrir ni objetivos que pretenda alcanzar; de hecho evita las ciudades, y no siente otro placer sino al acelerar por las vías solitarias.

Por esa misma desconexión, por ese mismo sentido del dejarse llevar por las cosas tal y como y se van presentando, Nashe decide ayudar a Jack Pozzi. Pozzi es una figura de la carretera: sin familia, sin amigos, quien no busca establecer lazos, o cimentarse un proyecto de vida. Nashe no establece una amistad con este muchacho por la mentalidad similar que parecen compartir. Al enterarse que Pozzi necesita diez mil dólares para entrar en un juego de póquer que le despierta grandes expectativas, decide prestarle el dinero; sus últimos ahorros, de hecho. No se trata tampoco de una desesperada inversión, sino apenas de un recurso para continuar su viaje sin propósito.

Pozzi planea jugar contra un par de millonarios llamados Flower y Stone, seguro que logrará sacarle varios miles. Pero, una vez se desarrolla la partida las cosas no resultan tan fáciles: la pareja de hombres ricos se demuestra más competente con las cartas y pronto Pozzi queda sin dinero. Antes que dejar terminar así el asunto, Nashe apuesta su coche, primero, y luego otros diez mil dólares, que en realidad no tiene, sin conseguir recuperar nada, y sí ganándose una deuda que, junto a Pozzi, deberán pagar trabajando.

El trabajo consiste en levantar un muro de seiscientos metros de largo y cuatro de alto, compuesto por rocas provenientes de un antiguo castillo francés. El trabajo debe tomarles unos cincuenta días, pero ni la tarea resulta tan sencilla, ni el tiempo tan corto.

Apego y abandono parecen marcar esta novela; lo transitorio y lo permanente como una figuración de lo que tenemos y lo que apenas es nuestro en apariencia. El tema y sus personajes dibujan las dos caras de los Estados Unidos: aquellos que buscan un sólido paraíso de posesiones y quienes prefieren un nomadismo constante bajo la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Hay algo también de relato de aventuras en esta novela, que la alejaría un poco de la narrativa existencialista: Jim Nashe, quien ha conseguido hacerse una vida salvando las vidas de otros en los incendios, inicia un recorrido sin mapa hasta toparse con la aventura; encuentra a su compañero, Jack Pozzi, sin dinero y terriblemente herido. Decide darle apoyo a este desventurado y acompañarlo hasta el interior de una mansión que se cerrará sobre ellos como una mazmorra. Tras quedar atrapados, empezará la verdadera lucha de Nashe: contra sus miedos, la soledad, contra la ira, cada vez más explosiva, de su compañero.


La música del azar, Paul Auster, 1990. Anagrama Editorial, traducción de Maribel de Juan.