miércoles, 18 de junio de 2014

La música del azar

Es la primera vez que leo a Paul Auster (Newark, 1947), autor de prestigio entre la marea de novelistas estadounidenses contemporáneos. Y tenía de él, hasta que leí por entero su novela de 1990 La música del azar (The Music of the Chanche) la impresión de que se trataba de uno de dos clases de escritores angloamericanos de hoy día: o el novelista experimental que estudia al subconsciente de nuestros días a partir del hombrecito encerrado en el cubículo de la desalmada corporación, o bien el escritor que escribe sobre escritores, tan viejos como él, preferiblemente profesores de literatura, casados y listos a complicarse la vida con un sórdido romance con una de sus alumnas, peligrosa aventura que le permite al autor estudiar el subconsciente de nuestros días.

Auster, al menos es mi impresión a partir de esta, una de sus, casi, primeras novelas, es que pertenece la mejor raza de escritor americano: ese que, a partir de la narrativa corriente, entreteje temas sin sacrificar una buena historia. En La música del azar hay una trama simple, lógica; un narrador directo y desapasionado en tercera persona, y dos personajes tan distintos, y bien construidos, como los merece una novela que pretenda ser leída hasta el final.

El azar en la novela está presente desde las primeras páginas:

El tercer día del décimo tercer mes conoció al muchacho que se hacía llamar Jackpot. Fue uno de esos encuentros casuales que parecen surgir de la nada: una ramita que el viento rompe y que de repente aterriza a tus pies. Si hubiera sucedido en cualquier otro momento, puede que Nashe no hubiese abierto la boca. Pero como ya había renunciado, como pensaba que ya no tenía nada que perder, vio en el desconocido un indulto, una última oportunidad de hacer algo por sí mismo antes de que fuera demasiado tarde (p. 7)

“Una cosa lleva a la otra” es la frase de cajón que establece las secuencias narrativas en la vida adulta de Jim Nashe, un bombero a quien le gustan las novelas de Dickens, la poesía de William Blake, y se relaja ya oyendo sinfonías en el estéreo de su coche o incluso interpretándolas en piano. Nashe no ha elegido su empleo por vocación personal, sino que la sugerencia de un pasajero cuando era taxista lo llevó a unirse al departamento de bomberos. Así parece haberlo encontrado todo en su vida, por azar, porque se le ha cruzado en su ruta. Tras separarse de su mujer e hija, Nashe recibe la herencia de su padre recién fallecido, a quien no veía desde que era un niño. Compra un auto y se toma unas largas vacaciones, dedicándose a viajar de un extremo a otro de los Estados Unidos. En su travesía no hay trayectos que desee cubrir ni objetivos que pretenda alcanzar; de hecho evita las ciudades, y no siente otro placer sino al acelerar por las vías solitarias.

Por esa misma desconexión, por ese mismo sentido del dejarse llevar por las cosas tal y como y se van presentando, Nashe decide ayudar a Jack Pozzi. Pozzi es una figura de la carretera: sin familia, sin amigos, quien no busca establecer lazos, o cimentarse un proyecto de vida. Nashe no establece una amistad con este muchacho por la mentalidad similar que parecen compartir. Al enterarse que Pozzi necesita diez mil dólares para entrar en un juego de póquer que le despierta grandes expectativas, decide prestarle el dinero; sus últimos ahorros, de hecho. No se trata tampoco de una desesperada inversión, sino apenas de un recurso para continuar su viaje sin propósito.

Pozzi planea jugar contra un par de millonarios llamados Flower y Stone, seguro que logrará sacarle varios miles. Pero, una vez se desarrolla la partida las cosas no resultan tan fáciles: la pareja de hombres ricos se demuestra más competente con las cartas y pronto Pozzi queda sin dinero. Antes que dejar terminar así el asunto, Nashe apuesta su coche, primero, y luego otros diez mil dólares, que en realidad no tiene, sin conseguir recuperar nada, y sí ganándose una deuda que, junto a Pozzi, deberán pagar trabajando.

El trabajo consiste en levantar un muro de seiscientos metros de largo y cuatro de alto, compuesto por rocas provenientes de un antiguo castillo francés. El trabajo debe tomarles unos cincuenta días, pero ni la tarea resulta tan sencilla, ni el tiempo tan corto.

Apego y abandono parecen marcar esta novela; lo transitorio y lo permanente como una figuración de lo que tenemos y lo que apenas es nuestro en apariencia. El tema y sus personajes dibujan las dos caras de los Estados Unidos: aquellos que buscan un sólido paraíso de posesiones y quienes prefieren un nomadismo constante bajo la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Hay algo también de relato de aventuras en esta novela, que la alejaría un poco de la narrativa existencialista: Jim Nashe, quien ha conseguido hacerse una vida salvando las vidas de otros en los incendios, inicia un recorrido sin mapa hasta toparse con la aventura; encuentra a su compañero, Jack Pozzi, sin dinero y terriblemente herido. Decide darle apoyo a este desventurado y acompañarlo hasta el interior de una mansión que se cerrará sobre ellos como una mazmorra. Tras quedar atrapados, empezará la verdadera lucha de Nashe: contra sus miedos, la soledad, contra la ira, cada vez más explosiva, de su compañero.


La música del azar, Paul Auster, 1990. Anagrama Editorial, traducción de Maribel de Juan.


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