jueves, 14 de agosto de 2014

Sobre el arte

En su libro-ensayo La société Macdo, el filósofo Georges Kamt describe la base militar norteamericana como el paraíso futuro de las sociedades occidentales. Bases no creadas por el gobierno estadounidense con propósitos políticos, sino establecida por particulares patrocinados por las grandes corporaciones. En la base, el hombre está sometido a un multidiscurso que le impide salir, como en una moderna visión del mito de la caverna, salvo que en esta el hombre no está encadenado a una pared, sino suficientemente satisfecho que, dejar la base, le supondría a la muerte. Particularmente interesante es el capítulo dedicado al arte, el cual Kamt identifica como uno de los tres núcleos —o el plurinúcleo— del multidiscurso.

Este texto, integrado a La société Macdo, fue originalmente un discurso dado por Kamt, en 1996, ante el XI Congreso Internacional de Arte, en Munich.

Vivimos en tiempos nostálgicos. Se nos presenta un discurso de la interioridad y pretendemos perdernos allí para reinventar nuestra identidad burguesa, como lectores de lo moderno y aspirantes al vínculo metasocial. No compramos arte, somos comprados por los artesanos de la nada y sus agentes comercializadores: el tren de la empatía empieza por la adquisición de nuestro tiquete. El disco, el libro, la visita al museo; el concierto, el folleto del concierto, el recuerdo físico y demostrable para los vigías del tren, i. e. nosotros, los otros, todos. El artista modélico ofrece la nostalgia en el discurso romanticista, la novela del amor o la infancia perdida, el registro musical celebrando los veinticinco años del fin de una banda o la muerte de un pianista. Vivimos en tiempos nostálgicos porque el súper discurso es de hilos delgados, quebradizos, instantáneos, de un solo uso y por tanto tememos pisarlos; volvamos a la confianza del hogar materno y nuestros libritos infantiles. Pagamos por el pasado como si fuera nuevo.

Vivimos también en el tiempo de la hamburguesa. El adquiriente del ente intercambiable determina el valor sobre la autosatisfacción y el goce potencial. Pero su respuesta nunca se asocia al artículo atómico; hacen falta estratos y combinación. Cuando como hamburguesa pago por gramos de carne, pan, lechuga, tomate, queso —más grasa repugnante que verdadera leche—, y pepinillos. Me marginalizaría si tomo el producto en la mano y lo consumo solo, de pie, ante todos. Sería un espectáculo. Sigo la regla del microritual: ordeno soda y papas fritas. ¿Quién decreta irrompible la alianza del agua carbonatada y el tubérculo hervido en grasa? Hago un llamado a los hombres, y no me responden; el valor del conjunto es inferior a los artículos por separado. Es una ganga, pero yo no como hamburguesas, jamás.

Vamos más al fondo. Mencioné ya autosatisfacción y goce potencial. Hablo de leer el yo-ente y distinguirlo del yo-multiente. Entre la masa de los individualistas el primero describe mi relación con los patrones y el segundo al primero a partir de los patrones. Pregúntate si tienes dudas: ¿es mala la comida chatarra? ¿o malo yo al comerla? Ya nos grita el anuncio brillante el deber del multiente ante la sed y el hambre en el agitado mundo donde nos dan menos de media hora de almuerzo: goce potencial. Regresas al escritorio satisfecho; estas salvo, por favor prosigue tu vida de mierda. O bien, como porque me da la gana, contra mi salud, la recomendación médica, la protesta de los ambientalistas, definiciones de belleza, lo in. Completo el banquete con helado de avellanas; cago satisfecho, autosatisfecho. El yo-ente desayuna con malteada. El yo-ente escucha a las Spice-girls antes que a Bach. Sigamos leyendo nuestras salas de conciertos, libros y galerías tras determinar a los dos formas de entidad.

Nostalgia y hamburguesas, Happy Days. El título del seriado cómico es revelador. Queremos vivir en el paralelismo real de nuestro tiempo según la reconfiguración del pasado extinto.  A los alemanes les debemos el slogan. Mientras la promesa de la arbitrariedad compuesta parece satisfacer al yo-ente bien adoctrinado, la oveja negra pide más tramas en su chal: aquí las teorías del folletín. El arma no es un arma; mejor, la gladio romana no es una gladio romana, es un falo. El rojo en la bufanda no es un artículo de vestuario, sino el arma del capitalismo —Coca-Cola—, o del comunismo. ¿Dónde quede nuestro arte? El yo-ente y el yo-multiente no son un reto para las máquinas de pornografía, ni para el personal del McDonalds, ni para los ideólogos. Ya has aceptado el uniforme y el gafete con tus datos, ya has aceptado todo. Tu lectura puede variar, mas se requiere una uniformización mayoritaria para girar la manivela revolucionaria. Con eso cuentan ideólogos y productores de hamburguesas. Ni siquiera temen al cambio del disco, si el clarín da paso a la viola; el instrumento absorbe las propiedades de su antecesor una vez ha ocupado su lugar.

Un padre golpea la puerta del cuarto de su hijo. Piénsese en esa magnífica película de Rostellini La puerta. El chico oye música rock, el himno de la revuelta para el yo-multiente. Apaga ese ruido, dice el padre. Es música, dice el chico. Ven y te muestro qué es música, majadero. Y obliga al chico a sentarse frente al tocacintas y oír a Beethoven o cualquier otro etiquetado como clásico. El chico crece, el multiente se apropia del rock. El chico tiene un hijo, o pongamos una hija, y una mañana sube al cuarto de la chica: por favor apaga ese ruido satánico, dice el padre. Es música, dice la chica. Esa mierda de Madonna no es música, dice el padre y la lleva a la sala, pone el reproductor de discos compactos y la hace oír a los Stones. El objeto no es su propiedad hasta no haber absorbido los jugos de su predecesor. No es posible determinar objetos y funciones como factores cautivos; porque la cautividad haría imposible la movilidad del objeto, esto es la no función; y si la rueda no se mueve no es rueda. ¿Estoy diciendo que todo el arte es relativo a ser arte?, sí. Y esto es aterrador. Que la Gioconda esté en el Louvre ante una fila interminable de turistas la hace menos arte que la porquería de lienzo que compraste la semana pasada en la galería más exclusiva de Londres. Y por qué… Le preguntas a un chico y si la Gioconda es arte, te dice que claro, por eso está en el museo. Bueno, la bacinica de Napoleón II también está en el museo. (No recuerdo cuál). ¿Te dice algo la bacinica? Duchamp entró y colgó un orinal en la galería, ergo es arte. Arte es propiedad y propiedad no es un factor cautivo, digamos que progresa; y su sola limitante es la aparición en el discurso artístico. Si tú no apareces en Who is who no eres nadie… diría uno. Compraste arte, esa porquería de lienzo es arte, porque no es otra cosa. Y anótenlo bien; no puedes orinar en el orinal de Duchamp, es herejía, eres un filisteo por no distinguir las propiedades del objeto. Dices que los Beatles no es clásico y te rompen la cara.

Determinada la función del ello nos queda preguntarnos por su asociación al multidiscurso. Claramente no puede ser una función menor. Establezcamos: no es reproductiva, pero incide; no es formativa, pero incide; no es rectora, pero incide. Incide en tantas partes del cuerpo celular de la sociedad que no nos queda otro lugar para asignarlo sino al núcleo —ya determinado como tripartita—. En el plurinúcleo el arte nos facilita las respuestas: cómo nos vestimos, cómo nos separamos de la chusma, cómo nos individualizamos. Y ahí gana su eterna valía el discurso artístico, ahí prevalece su función y libertad.

Esto nos presenta una aparente contradicción: el yo-ente gana su valía social por medio de la acumulación de artes favorecidas —las “favoritas”—. Y así mismo, quien ha etiquetado al arte es el yo-multiente. ¿No pondría a uno entre el otro y anularía su condición individual? Es un problema fascinante. Y nos exige volver a la conceptualización pura del yo-ente, a ver si entre sus reglas alguna le permite violar el cerco, la trampa.

La unidad corporal es la semilla, y las experiencias los nutrientes. El yo-ente, formado, consciente, puede sobrepasar el límite, y, ya lo dijimos, esto ocurre siempre con la violación del otro. Así que podemos pensar por un instante, en el mero juego de lo teórico, la posible violación del otro, y otros, del yo-ente. Y la clave que asegura nuestra pequeña teoría es la segunda propiedad del arte: la autosatisfacción. No en el arte, porque este carece de apéndices biológicos, sino en la aceptación del nicho. Tú escuchas, realmente escuchas, comprendes, a Berlioz, la pintura de Rembrandt, los poemas de Dickinson, eres culto, bienvenido, pasa y sírvete una copa. Ya estás en el club, te has separado de la chusma. Has escrito tu individualidad y solo has tenido que firmar un contrato. Aceptas a Bach como tu guía, eres uno de los nuestros, por tanto no eres uno de ellos, y ellos son mayoría, tenlo en cuenta, por tanto eres distinto, diferente, especial.

Por eso no se puede escapar de las máquinas de la pornografía. El más libre de los hombres pintaría los cuadros con los que decora su hogar; escribe los relatos que le entretienen; compone, interpreta y goza con su propia música. Es algo que Damian Plenoski nos plantea ya en El iglú de sal. No sé si ustedes lo recuerdan, pero Plenoski cita en su obra, al menos en esa obra en particular, los poemas de Emil Dâs,  y este tiene un relato en verso muy bello, en el cual un hombre siente tanta hambre que se devora a sí mismo hasta desaparecer. Diríamos que los pornógrafos nos facilitan el trabajo de masturbarnos usando siempre la imaginación. Así que el paso lógico no es la creación de arte sino su goce. Es posible crear para mí, pero tan satisfactorio como enamorarme de mí mismo. El mismo Plenoski añade una nota trágica a todo esto; nos dice, o dice este hombre de pie en su soledad terrible, dice “hace falta el crítico”. Es devastador. Allí de hecho se suicida. Y es notable, más aún, la necesidad del opuesto y del opuesto como autoridad. Ese crítico justifica el esfuerzo; ya con él la obra es aceptable. Dijo hace muchos años un comediante, famoso en el cine, que la obra literaria más grande de la historia ya había sido escrita pero que por desgracia no la leyó nadie. Suficiente con que la varita mágica del crítico convierta al muñeco de madera en un niño. En sí Pinocho es la mayor metáfora del arte. Eso es bien sabido.

Una preocupación de los mercaderes del arte es el irresoluble problema de la falta de mercado. Como ya dije, la solución no está en el autoarte. Ni siquiera en un posible arte fuera de los recorridos canales del mercado. Compras un tomate a tu vecino, el dueño de una pequeña huerta, o se lo compras al supermercado. No importa; si te sientes mejor ayudas a tu vecino pero lo conviertes simplemente en una versión reducida del supermercado. Es impensable el divorcio entre arte y mercado salvo que una de las propiedades intrínsecas en uno u otro mueran: el arte pasa a ser ornamentación, o el mercado se transforma en intermediario entre artista y comprador. Las teorías económicas, y especialmente el marxismo nos hablarán del tema por días. La pregunta, empero, se mantiene; no la planteó ninguno de ustedes, simplemente está allí por la misma razón que yo estoy aquí hoy: quieren sacar al arte del sistema de la base militar. Y ustedes consideran que eso ensalza al arte. De otra forma el arte prevalece como hamburguesa o como tótem nostálgico. Qué oprobio. Mi sugerencia es que lo dejen ser. Ya hemos explorado los tornillos del juguete y nos hemos dado cuenta de que es inservible para otra cosa; como discurso abierto tiene muy pocas reglas, no importa cuán difícil siga siendo su absorción por parte de la sociedad en general, carece de matemática. La misma palabra “arte” traiciona su origen, y se nos es vendida como concepto atómico: es arte, ergo no puedo usarlo para lavarme los dientes, o, como ya dije, hacer pis en él.

Su argumento ontológico, si se fijan bien, traiciona el propósito mismo de la consigna que he venido a replicar: si afirmo que el ello es por no ser otra cosa, ni cumplir función otra que ser, cualquier entidad —y por ello, alármense, el yo-ente— podría considerarse arte. Otros lo han demostrado: apilan ladrillos en el museo y lo presentan como obra. Solo le falta algo, un público y un crítico. Evidentemente también el contexto físico; y ya tenemos origen, escenario, mediador, y finalmente receptor del discurso, quien en su actuar ha aceptado ofrecer una respuesta, esto es dar algo por lo recibido,  y ya tenemos un comercio. Me parece que con ello nos quedamos sin salidas. Eso es todo.



domingo, 10 de agosto de 2014

Definiciones y texto abierto

Digamos que me piden una definición de novela; no fijan, para tal definición, unos límites, ni me exigen una correspondencia a las definiciones aportadas por teóricos, autores o siquiera diccionarios. En suma, qué es, para mí, la novela.

Empiezo a partir de lo obvio; un formato literario; un sistema de expresión del arte de las letras. Con ello lo separo de los libros de texto, biografías, compilaciones de escritos y el vasto etcétera. Segundo, es un relato extenso, no fijo a una jerarquía, cuya multiplicidad de temas pueden ser directos, indirectos o subjetivos al lector. Por “relato” establezco que una serie hechos y los personajes que los ponen en marcha o sufren sus consecuencias. Los temas, conceptos e ideas relacionadas, aparecen, tanto de manera implícita como explícita, o bien es el lector mismo —dependiendo de la profundidad de su lectura— quien determina su existencia y la calidad de su tratamiento por parte del autor.

No mucho más. Si vamos a extender la conversación sobre la novela, más nos valdría aceptar ya que hay tantas definiciones de novela como novelas; ergo, cada novela define para sí, a partir de su autor y lector, el ser de la novela.

Bellas palabras; insuficientes para los esbirros de la academia. A estos les desagradan las acepciones de diccionario, cuyos autores han redactado procurando claridad e integralidad. Algo inaceptable; el fenómeno de lo artístico no puede, asumen los academicistas, caer en el vocabulario general: si todos entienden qué es una novela, el misticismo, pilar fundamental de las humanidades, caerá, y los humanistas tendrán que buscarse un empleo de verdad. La filosofía —para citar un ejemplo hecho voz pública— no tiene respuestas, solo preguntas.

Entonces ofrezco una nueva definición de novela; una que satisfaga a la crítica intelectualizada, ahíta de proposiciones incomprensibles:

“La novela es el eje de las aspiraciones en el caudal de la razón posmoderna. Asiste el autor a su verdadera asimilación social, aquella en que el ente leído es uno y el ente lector abre paso a paradigmas de estilo aceptables a la burguesía. Su condición no es preexistente, si de apertura a lo disociado, a lo punible de la mente dudosa, y defiende su situación reinante en la literatura por la deslectura generalizada, la tragedia del poema, la inextendibilidad del relato breve”.

Lo anterior carece totalmente de sentido, por eso resulta tan poco atractivo. La definición mesurada, construida a partir de las palabras correctas, cuyo propósito es la mayor claridad, tiene todas las de perder ante el texto confuso, tejido con aposiciones de términos inconexos, el oxímoron, el símil, y la estúpida política del “texto abierto”.

En dicho “texto abierto”, el autor toma una política en apariencia honesta y bondadosa: no quiere ser una autoridad; para este, afirmar que el agua moja es, o una pérdida de tiempo, al señalar lo obvio, o una forma dogmática de referirse a un elemento, como si establecer una relación entre entidad y un efecto invalidara, u ocultara, a los demás. Así, el texto abierto parece buscar la abstracción, como las obras de arte contemporáneo. En estas, algunos autores buscan que los significados no se agoten en la primera mirada —“oh, qué bonita casa, y qué bello lago”— sino que las formas y combinaciones de colores permitan regresar a la pintura una y otra vez. A ello se le puede sumar el beneficio de la pluralidad: el crítico puede explicar el cuadro, tanto como cualquier transeúnte.

El “texto abierto” invitaría a no quedarse con la primera lectura, a la que podríamos llamar “lectura legal”; piense el lector en las leyes, decretos, edictos y demás, en los cuales no puede haber margen de error, lugar a dudas, o dos lecturas distintas. Es lo que dice ser, y nada más. En el embrollo —empeorado por malos traductores— las conclusiones no empiezan ni terminan. El filósofo, o teórico, ya no es un maestro de pie tras el atrio, sino uno de esos maestros de cine de artes marciales, que se expresa a través de relatos absurdos, o pequeñas metáforas, para abrir la mente de su discípulo, quien terminará partiéndole la cara al villano de la cinta. Y así y así.

Lamento disentir, pero el “texto abierto”, al menos aplicado a la literatura, es inservible, como un destornillador de gelatina. Para hacernos a ideas propias sobra tiempo y páginas en blanco. Yo, o cualquiera con suficientes lecturas y experiencia en escritura, podrá presentar su muy razonable compendio de teorías alrededor e la literatura, el libro, los formatos narrativos o las razones tras la creación. La teoría literaria empezó como un ejercicio de sistematización del saber alrededor de la literatura: qué es, para qué sirve, ¿puede medirse?, ¿podemos llegar a saber qué poema es bueno y cuál no? Con el pasar del tiempo, y la adopción, por parte de las universidades, del estudio crítico a la literatura, los propósitos de la teoría cambiaron. No obstante, mientras algunos, como Ronald Barthes, o Harold Bloom, se dedicaban a las obras, las desarmaban, las medían, las pesaban y empleaban su posición como autoridades para decirnos qué entender por “obra”, “literatura”, “novela”, “género” y demás, otros, Ricoeur, Kristeva, y algunos textos de Derrida, prefieren este sistema de texto abierto; jamás hacer una afirmación clara, sino tan abstrusa que se imposible contradecirla porque, ¿cómo vamos a negar lo que no entendemos? Al cerrar un libro como El texto de la novela se pueden tener tantas nociones distintas sobre el tema que el debate sobre la condición de este formato puede extenderse eternamente.


Sin principio y sin final, parece ser la regla de los estudios literarios. Para suerte de nuestro mundo, las ciencias verdaderas, aquellas que realmente brindan un aporte a la humanidad, como la medicina, la ingeniería u otras, no se andan con chilindrinas ni poesías, su complejidad termina cuando se comprende la anotación matemática y algebraica. De estas, la filosofía contemporánea y la teoría literaria podrían aprender mucho.