domingo, 10 de agosto de 2014

Definiciones y texto abierto

Digamos que me piden una definición de novela; no fijan, para tal definición, unos límites, ni me exigen una correspondencia a las definiciones aportadas por teóricos, autores o siquiera diccionarios. En suma, qué es, para mí, la novela.

Empiezo a partir de lo obvio; un formato literario; un sistema de expresión del arte de las letras. Con ello lo separo de los libros de texto, biografías, compilaciones de escritos y el vasto etcétera. Segundo, es un relato extenso, no fijo a una jerarquía, cuya multiplicidad de temas pueden ser directos, indirectos o subjetivos al lector. Por “relato” establezco que una serie hechos y los personajes que los ponen en marcha o sufren sus consecuencias. Los temas, conceptos e ideas relacionadas, aparecen, tanto de manera implícita como explícita, o bien es el lector mismo —dependiendo de la profundidad de su lectura— quien determina su existencia y la calidad de su tratamiento por parte del autor.

No mucho más. Si vamos a extender la conversación sobre la novela, más nos valdría aceptar ya que hay tantas definiciones de novela como novelas; ergo, cada novela define para sí, a partir de su autor y lector, el ser de la novela.

Bellas palabras; insuficientes para los esbirros de la academia. A estos les desagradan las acepciones de diccionario, cuyos autores han redactado procurando claridad e integralidad. Algo inaceptable; el fenómeno de lo artístico no puede, asumen los academicistas, caer en el vocabulario general: si todos entienden qué es una novela, el misticismo, pilar fundamental de las humanidades, caerá, y los humanistas tendrán que buscarse un empleo de verdad. La filosofía —para citar un ejemplo hecho voz pública— no tiene respuestas, solo preguntas.

Entonces ofrezco una nueva definición de novela; una que satisfaga a la crítica intelectualizada, ahíta de proposiciones incomprensibles:

“La novela es el eje de las aspiraciones en el caudal de la razón posmoderna. Asiste el autor a su verdadera asimilación social, aquella en que el ente leído es uno y el ente lector abre paso a paradigmas de estilo aceptables a la burguesía. Su condición no es preexistente, si de apertura a lo disociado, a lo punible de la mente dudosa, y defiende su situación reinante en la literatura por la deslectura generalizada, la tragedia del poema, la inextendibilidad del relato breve”.

Lo anterior carece totalmente de sentido, por eso resulta tan poco atractivo. La definición mesurada, construida a partir de las palabras correctas, cuyo propósito es la mayor claridad, tiene todas las de perder ante el texto confuso, tejido con aposiciones de términos inconexos, el oxímoron, el símil, y la estúpida política del “texto abierto”.

En dicho “texto abierto”, el autor toma una política en apariencia honesta y bondadosa: no quiere ser una autoridad; para este, afirmar que el agua moja es, o una pérdida de tiempo, al señalar lo obvio, o una forma dogmática de referirse a un elemento, como si establecer una relación entre entidad y un efecto invalidara, u ocultara, a los demás. Así, el texto abierto parece buscar la abstracción, como las obras de arte contemporáneo. En estas, algunos autores buscan que los significados no se agoten en la primera mirada —“oh, qué bonita casa, y qué bello lago”— sino que las formas y combinaciones de colores permitan regresar a la pintura una y otra vez. A ello se le puede sumar el beneficio de la pluralidad: el crítico puede explicar el cuadro, tanto como cualquier transeúnte.

El “texto abierto” invitaría a no quedarse con la primera lectura, a la que podríamos llamar “lectura legal”; piense el lector en las leyes, decretos, edictos y demás, en los cuales no puede haber margen de error, lugar a dudas, o dos lecturas distintas. Es lo que dice ser, y nada más. En el embrollo —empeorado por malos traductores— las conclusiones no empiezan ni terminan. El filósofo, o teórico, ya no es un maestro de pie tras el atrio, sino uno de esos maestros de cine de artes marciales, que se expresa a través de relatos absurdos, o pequeñas metáforas, para abrir la mente de su discípulo, quien terminará partiéndole la cara al villano de la cinta. Y así y así.

Lamento disentir, pero el “texto abierto”, al menos aplicado a la literatura, es inservible, como un destornillador de gelatina. Para hacernos a ideas propias sobra tiempo y páginas en blanco. Yo, o cualquiera con suficientes lecturas y experiencia en escritura, podrá presentar su muy razonable compendio de teorías alrededor e la literatura, el libro, los formatos narrativos o las razones tras la creación. La teoría literaria empezó como un ejercicio de sistematización del saber alrededor de la literatura: qué es, para qué sirve, ¿puede medirse?, ¿podemos llegar a saber qué poema es bueno y cuál no? Con el pasar del tiempo, y la adopción, por parte de las universidades, del estudio crítico a la literatura, los propósitos de la teoría cambiaron. No obstante, mientras algunos, como Ronald Barthes, o Harold Bloom, se dedicaban a las obras, las desarmaban, las medían, las pesaban y empleaban su posición como autoridades para decirnos qué entender por “obra”, “literatura”, “novela”, “género” y demás, otros, Ricoeur, Kristeva, y algunos textos de Derrida, prefieren este sistema de texto abierto; jamás hacer una afirmación clara, sino tan abstrusa que se imposible contradecirla porque, ¿cómo vamos a negar lo que no entendemos? Al cerrar un libro como El texto de la novela se pueden tener tantas nociones distintas sobre el tema que el debate sobre la condición de este formato puede extenderse eternamente.


Sin principio y sin final, parece ser la regla de los estudios literarios. Para suerte de nuestro mundo, las ciencias verdaderas, aquellas que realmente brindan un aporte a la humanidad, como la medicina, la ingeniería u otras, no se andan con chilindrinas ni poesías, su complejidad termina cuando se comprende la anotación matemática y algebraica. De estas, la filosofía contemporánea y la teoría literaria podrían aprender mucho.

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