viernes, 5 de septiembre de 2014

If this is the truth, where does it end?

Vuelven las corridas de toros a Bogotá, pese a que sus ciudadanos se mostraron a favor de la prohibición de este bárbaro espectáculo. El cierre de la plaza de toros La Santamaría se convirtió en uno de los logros de la administración de Gustavo Petro que incluso sus detractores reconocieron. Pronto un grupo de amigos del toreo, ganaderos y demás pandillas dedicadas a sacar provecho del show empezaron a mover abogados, mítines, publicidad y lo que viniera para conseguir de nuevo seguir ejerciendo su negocio. Finalmente, la Corte Constitucional, el martes 2 de septiembre de este año, falló una tutela a favor de la “fiesta brava”, bajo el argumento del “derecho a la libre expresión artística”.

No fue cuestión de los empleos que la decisión del alcalde eliminó. Tampoco la reivindicación del derecho a realizar un espectáculo tan asentado en la tradición del país —ya que las corridas no están ni han estado prohibidas en Bogotá. Simplemente no pueden realizarse en La Santamaría—… Sino el “derecho a la expresión artística”. Por tanto, el toreo, según sentencia de la Corte, es un arte.

En cuanto vi la noticia el asunto estalló en mi cabeza como debió estallar en las mentes de muchas mujeres abusadas sexualmente las palabras del representante Todd Akin acerca de la “violación legítima”. No solo me opongo al toreo por hacer de la tortura de un animal un espectáculo, sino que me irrita hasta las vértebras que alguien pueda considerar el rito taurino una expresión artística.

Antonio Caballero, defensor de la “fiesta brava”, sostiene que en ella, al menos, el toro muere peleando; que se trata de una “fiesta”, de una gran celebración donde al animal se le permite una muerte llena de valentía. El hecho de que matador y toro no se enfrenten en igualdad de condiciones —el hombre tiene razonamiento, sabe por qué está ahí, posee armas, apoyo por parte de banderilleros, picador y hasta médicos, mientras que el animal solo se tiene a sí mismo— no le preocupa a Caballero, tampoco que, si seguimos con la lógica de justificar el maltrato a favor del “placer de los demás”, estaríamos justificando la pornografía infantil, o también las masacres colectivas —por ejemplo, nada de malo en los bombardeos de Israel sobre territorios palestinos: finalmente estos mueren en la pelea, con valentía y bravura—. Pero de nuevo, este planteamiento, aunque grotesco, no me resulta nuevo ni tan perturbador como la sentencia de la corte: el toreo es arte.

Caballero afirma también que los detractores de la tauromaquia “no saben de qué hablan”, como si clavarle banderillas, pica y espada a una res requiriera años de estudio, o un nivel superior de intelecto para disfrutarlo. Tal vez es así. Tal vez tampoco podemos comprender el gran bien que le hizo a la humanidad el gobierno alemán del Partido Nacionalsocialista ejecutando a tantas millones de personas; simplemente no lo comprendemos. Aquello no fue una masacre programada, sino una “fiesta” en que millones de judíos, homosexuales, opositores del gobierno, gitanos y discapacitados físicos y mentales fueron sacrificados para el placer de algunos, o para reducir la población mundial, o tal vez para incrementar el consumo de la carne de cerdo, o mejorar las ventas de gas nervioso, y ayudar así a la economía europea. Simplemente no lo entendemos.

¿Comprenden lo que digo? Antonio Caballero ni es nazi, ni justifica la violación de menores, tampoco está a favor de la violencia en general y, quien lea semana a semana sus columnas, se dará cuenta de su posición liberal contra muchos de los vicios de la derecha radical. Sin embargo, si la expresada en su columna “¡Ay, los toritos!” es su lógica, ¿hasta dónde va esta? Si esta es la verdad, ¿dónde termina? Mi preocupación con la sentencia de la Corte va más allá de si Bogotá cae de nuevo en la vergüenza mundial de permitir la tortura como entretenimiento; la gente vota por corruptos, se embrutece con alcohol, ve la peor televisión, no lee, es racista, homofóbica, mira con desprecio a quienes tienen menos, roban con una mano y se persignan con la otra así que… considerar el toreo una “fiesta” debería parecerme tan natural como los aplausos respetuosos que muchos emitían cuando Carlos Castaño daba entrevistas en televisión justificando su actuar. En el país donde Pablo Escobar es héroe, ver a un toro arrastrándose bajo el correr de su propia sangre es una fiesta, una celebración, motivo de placer y risas. Así que, de qué me indigno; hace mucho debí irme de aquí.

Sin embargo, como escritor, la sentencia me abofetea cruelmente. Mi trabajo —torpe e inmaduro, sí— y el de todos los escritores, el oficio de Botero, el de Andrea Echeverry, Carlos Vives, Víctor Gaviria, Gabriel García Márquez, Beatriz González, Alejandro Obregón, los Gaiteros de San Jacinto, Piedad Bonnett, Mauro Franco y otros narradores orales, cantadoras, escultores, fotógrafos, pintores, músicos, bailarines y demás es comparable, o mejor, está en el mismo saco, de esos hombres que en traje de luces, con movimientos robóticos, van desangrando a un toro hasta que este cae agotado y adolorido, asfixiado por su propio plasma. Así lo ha sentenciado la corte.

¿Y qué es arte? Preguntará alguien. Por desgracia no hay una, sino incontables respuestas que pueden ir del diccionario de la RAE hasta las incontables teorías que han aparecido durante los últimos tres mil años. Cada artista tiene su propia respuesta, y en buena medida es su obra una afirmación sobre lo que es el arte mismo. Mi posición es simple: arte es la composición estética que expresa una perspectiva subjetiva sobre un concepto o conceptos objetivos. Por “composición estética” me refiero a un producto —objeto, artefacto— cuyos elementos están dispuestos para cumplir su propósito o propósitos, esto es la expresión refractiva de conceptos dispuestos en el mundo. La novela cuenta una historia, y mediante ella el escritor trata diferentes temas dejando así una reflexión en el lector. La obra plástica, la composición musical, la danza, el cine, la arquitectura y hasta la moda. Hay un reflejo de nuestro mundo en todo ello; aprendemos a ver en las obras sus patrones ocultos, nuestros defectos y virtudes. Para ello la obra debe cumplir una serie de reglas:

a) debe ser receptible —y me perdonarán el burdo neologismo posmoderno—, i. e., debe poder ser recibido como arte por el espectador, lector, oyente, etc.;
b) debe ser un todo en sí, apreciable en la forma como está creado y dispuesto;
c) debe tener un discurso abierto y alterable; en otras palabras, no estar limitado a una sola interpretación; es plurisignificativo;
d) debe ser único, y
e) debe ser creado con el propósito de ser arte.

Un ejemplo, la obra cinematográfica. La película se crea con el propósito de ser apreciada como arte (e), se imprime y se distribuye para su apreciación (a), sus elementos están todos presentes entre el inicio y el final (b), aunque posee un argumento y unos temas explícitos, permite el análisis y diversas interpretaciones (c), y finalmente, aunque sea una adaptación, y de ella se hagan nuevas versiones, esta película, por ser hecha en un momento único e irrepetible y tener características propias, esta película es única (d).

Podrían haber otras reglas; lo cierto es que la única regla verdadera debería ser que “arte” es lo que por ello puede ser tomado. Mas, de ser así, todo sería arte, ergo nada lo sería.

¿Entra el toreo en las reglas mencionadas? Podemos decir que, como espectáculo abierto al público, difundido por medios de comunicación cumple con la regla (a). ¿Es un todo en sí? No, porque no es un objeto, sino una puesta en escena, una dinámica que involucra ciertas circunstancias las cuales pueden determinar, a juicio de los entendidos, si la corrida es buena, regular o mala; tampoco es, ni un discurso abierto —afirmaciones explícitas en su contenido— ni alterable; una corrida no tiene significación alguna, y más allá del impacto visual —que a los fanáticos acostumbrados no les emocionará ya— no hay en su exposición componentes que busquen causar un efecto como, por ejemplo, ciertas notas bajas en una sinfonía; mucho menos hay espacio para generar la reflexión propia de la literatura o el cine; nadie puede decir que la corrida de ayer en la tarde tiene estos o aquellos significados. Las corridas sí son únicas, y a un mismo tiempo, iguales entre sí: el torero, uniformado, repite una serie de movimientos rituales, el toro muere o le es perdonada la vida, banderilleros, picador y hasta los gritos del público. Incluso un partido de fútbol, por la condición de sus jugadores —un clásico—, el estatus del juego —la final de la Copa Mundo— o el número de tantos, puede ser mucho más especial que cualquier corrida de toros de las millares que han de haberse ejecutado —se destacarán en la memoria del fanático aquellas corridas en las que cierta celebridad del toreo perdió la vida—. Y finalmente, ¿se plantea cada jornada de toreo como una obra de arte? Toreros, novilleros y todo el mundo involucrado en esto dirá que sí; que cada corrida puede ser equivalente a un poema de William Blake, un aria de Puccini, una película de Bergman o hasta el techo de la Capilla Sixtina. La diferencia es que, entre “Hamlet” o la Novena Sinfonía y cualquiera de las corridas llevadas a cabo por Cesar Rincón en su larga carrera, las dos primeras obras han causado un gran impacto a la cultura universal, y serán recordadas durante siglos, mientras que los pasos, la estocada y las tandas de Rincón no le importan sino a quienes las vieron y participaron en ellas, y esto, a escala humana, equivale a nadie.

No, el toreo no es un arte. O podría serlo, si nos salimos del círculo que he trazado y donde apenas me han cabido las llamadas “bellas artes”. ¿Qué hay del performance? Se realiza una sola vez, en vivo, tiene un impacto en su público y su significado es impreciso. En 2007, el “artista” costarricense Guillermo Vargas ató a un perro dentro de la galería Códice, en Managua, como parte de su obra Eres lo que lees; el animal permaneció ahí hasta morir de hambre. Su punto, al parecer vengar la muerte de otro artista, o exponer, “la hipocresía de la gente”, o explorar la muerte o lo que se haya pasado por su cabeza para justificar un acto de crueldad. Ya que en ello parece haberse convertido el arte en los últimos treinta años, justificaciones; palabrerío posmoderno sobre una grieta, una ventana rota, un aviso de neón, la tipografía de Coca Cola para escribir “Colombia”, y demás; facilismo, el camino más breve, la táctica simplista de llamar la atención. En este mundo actual donde para ser artista no faltan sino las ganas, tal vez la Corte Constitucional está en lo correcto, y en próximos días los bogotanos podremos ver el regreso de otras formas de arte como las peleas de perros, el Circo Hermanos Gasca o la incineración de las mascotas de los habitantes de la calle por parte de la policía.

Nota añadida: mientras terminaba de escribir este texto, encuentro en la página web de El Espectador la siguiente cita del ganadero Gonzalo Sanz de Santamaría: “Así como las costumbres de las poblaciones afro o los derechos de la comunidad LGBTI merecen ser respetados, nuestro derecho a seguir con esta tradición ahora está siendo reconocido”. Con esto está todo dicho… la élite que vergonzosamente pregona el racismo, y considera —Biblia en mano— la homosexualidad una abominación, exige sus derechos de “minoría” con gustos sádicos.