domingo, 29 de noviembre de 2015

Spectre

Entre los múltiples peligros que corre cualquier obra, entre su concepción, original e ingeniosa, y su entrega a los espectadores, ya plagada de fallos, o libre de errores, está, en nuestro mundo moderno, la influencia del mercado. Cada día, principalmente en la Angloamérica, y un poco menos en Europa, los editores miran las obras en producción y se preguntan qué será necesario hacer para asegurar las ventas de ese libro, si es posible, a un nivel de suceso superventas. Otros, esos sin criterio literario, o al menos el refinamiento que existe en las mentes de quienes esperan distribuir material de lectura con cierta calidad, van a la fija, se plantean una estrategia de mercado a partir de las tendencias de ventas, encuentran a los autores, o rebuscan entre los manuscritos abandonados, y llenan las librerías con la imitación de Harry Potter, Crepúsculo, 50 sombras de Gray o Los juegos del hambre. Y estoy hablando aquí de una industria que factura apenas unos millones de dólares al año, nada comparable con la opulenta maquinaria del cine. Con cada vez más patentes por cada desarrollo de efectos visuales, cada vez más usados; estrellas más jóvenes, más guapas, más costosas; sindicatos de escritores y utileros más difíciles, la reproducción de películas en línea, la piratería y la baja en la asistencia a salas, un productor debe considerar muchas cosas antes de firmar el pesado cheque que pondrá una nueva cinta en salas.
            Estas dificultades se hacen visibles en el actual panorama de estrenos y próximos estrenos: refritos, secuelas, adaptaciones de superventas; Stallone y Schwarzenegger no han podido abandonar a los personajes que les dieron fama, casi treinta años atrás, y en algún lugar de Hollywood, casi lo puedo jurar, un grupo de escritores masca sus lápices mientras estudia una pila de cómics, en busca de un superhéroe que levante el precio de las acciones. En tan gris panorama, en el cual cada nuevo próximo estreno genera, no siempre claro, una mueca de decepción y un “Hollywood ha muerto”, una saga tan confiable como James Bond, debe ser oro en polvo para la industria.
            Nadie espera ver el fin de Bond. Tras 24 películas otras 26 podrían seguir sin caer en el ridículo riso en que cayó Terminator. Bond probó ser capaz de sobrevivir a la novelas originales que le dieron vida; pudo dejar atrás el escenario de la Guerra Fría —porque, para ser justos, los guionistas siempre lo evitaron, enfrentando a Bond contra oscuros magnates y dementes poderosos, mas nunca contra el KGB—, y si bien desde Dr. No hasta Spectre se han visto toda suerte de altibajos en términos de calidad, la condición de ser parte del universo Bond, ha hecho de cada película una ocasión para asistir a la sala.
            Sin embargo, al igual que la entrega de los Premios Oscar, los productores de las cintas sobre el 007 temen una respuestas fría por parte de los seguidores del agente secreto, una falta de interés por la demás audiencias, o críticas negativas que condenen a una millonaria inversión al conteo de la vergüenza. Pero ¿qué tan difícil es poner a un mismo nivel calidad cinematográfica, el respeto debido a la tradición Bond y la necesidad de hacer dinero? Aunque Eon Productions no espera que ninguna de las películas del 007 sea equiparada a una obra de Fellino o Bergman, sí procuran —al menos en las producciones más recientes— evitar el ridículo y el absurdo del cine de acción más básico de Van Damme o Steven Seagal. Saben bien que toda película sobre James Bond hace parte de una tradición, y que no es solo el nombre o un par de frases conocidas harán que los seguidores acepten la nueva entrega. Finalmente, está el reto, cada dos años, de llevar a la pantalla algo que genere tanta expectativa e ingresos como la anterior.
            ¿Lo consiguieron de nuevo esta vez? Hace poco entré a una sala de cine para ver Spectre, vigésimo cuarta entrega de las aventuras de James Bond, y la cuarta en la era de Daniel Craig. Sam Mendes regresó a dirigir esta nueva cinta, tras su éxito con Skyfall, y el resto de los personajes recurrentes (M., Q, Miss Moneypenny) siguen, interpretados, respectivamente por  Ralph Fiennes, Ben Whishaw y Naomie Harris. Christoph Waltz sigue disfrutando su popularidad en Hollywood interpretando al villano, y las chicas Bond fueron esta vez la diva italiana Monica Bellucci, y la dulce Léa Seydoux, cuyas formas deben estar aún muy frescas en la mente de los cinéfilos que la vieron en La vie d’Adèle. La cinta es más larga que cualquiera de sus predecesoras —cerca de dos horas y media—, el tránsito entre locaciones resulta algo agotador, la música de la secuencia de créditos es horrible, mas en suma es una cinta entretenida y respetuosa con su género.
            Spectre empieza un tiempo indeterminado después de los eventos de Skyfall. Siguiendo una nota póstuma de M, Bond se encuentra en una misión de seguimiento en México, donde termina eliminando a un asesino llamado Marco Sciarra; de este, Bond recupera un anillo con una misteriosa inscripción, la figura de un pulpo. De vuelta a Londres, Bond es castigado por llevar a cabo el golpe de México sin autorización y es puesto en vacaciones forzosas. Siguiendo la pista del fallecido Sciarra, Bond encuentra a su viuda, Lucía (la, todavía hermosa, Monica Bellucci), quien lo conduce al salón de reuniones de una poderosa y misteriosa organización que parece conocer bien al agente del MI6. Lo que siguen son persecuciones, romance, tiroteos y escenas de tortura.
            Como es ya sabido por los seguidores de Bond, esta película significa el regreso de la organización Spectre (o la Dirección Especial para el Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión), y de su supremo jefe Ernst Stavro Blofeld, esta vez interpretado por Christoph Waltz. Spectre, creada por Ian Fleming con el objetivo de conservar las aventuras de Bond fuera del ámbito totalmente político, aparece en el cine en la primera película del 007, Dr. No (1962), y continúa apareciendo regularmente en la franquicia, salvo en las ocasiones en que Bond enfrenta a algún villano independiente. Spectre es la unión de una mafia global con el concepto de la sociedad secreta, con sus reuniones en grandes salones y un sistema jerárquico tipo Corea del Norte donde todos temen ser asesinados si no cumplen su deber.
            Así, ya bien entrado el siglo XXI, Bond vuelve a los temas y conceptos de su época dorada: el villano, el maquiavélico plan de dominación mundial y el servicio secreto en oficinas de muebles clásicos. Justo cuanto los puristas fanáticos de Bond exigían tras el giro modernizador de las últimas tres entregas. En 2002 la franquicia había llegado a un punto desgarrador de desgaste con Die Another Day: pésimo argumento, situaciones ridículas y efectos visuales lamentables. James Bond cumplía cincuenta años y ahora era objeto del ridículo; era una sátira de sí mismo, del género y, tras la aparición de The Bourne Identity, estaba claro que las audiencias necesitaban algo más de seriedad, incluso en el mundo del cine de acción.
            Con Casino Royale —primera novela de Fleming— se decidió empezar de cero, en más de un sentido. Se rompió con la introducción del cañón, desaparecían Q y Monney, Bond sangra, se despeina y le importa un comino si su vodka Martini es agitado o revuelto. La recepción fue muy positiva; los enemigos de Craig aceptaron a este “Bond rubio”, y quedó claro que aún podían sacarse buenas historias a partir del agente secreto más famoso del mundo. Quantum of Solace  aparece en 2008; al no estar basado en una novela —apenas el título proviene de uno de los relatos cortos de Fleming— los creadores de la cinta decidieron introducir más escenas de acción, aunque la trama carecía de profundidad, y no faltó quienes lamentaran que, entre Bond y la chica, esta vez, no había sino apenas un simple beso. En 2012 Sam Mendes toma el control y lleva a la pantalla una de las entregas más taquilleras y con mejor recepción de la crítica. La historia rompe con muchos paradigmas —M (Judy Dench) termina ocupando el lugar de la chica Bond—, nos es revelado parte del pasado de Bond, en un relato mucho más sencillo, realista, con una magnífica interpretación de Javier Bardem.
            Spectre tuvo una enorme campaña de expectativa; Mendes continuaría en la dirección, y el elenco contaría con una serie notable de grandes actores. Sin embargo, mientras en Skyfall los guionistas Neal Purvis, Robert Wade y John Logan alteraron totalmente la fórmula, en esta nueva película se ha regresado a la tradición: tras la secuencia del cañón Bond empieza en una misión, dejando a un lado a una bella chica; regresa al cuartel general, donde M lo reprocha por sus acciones, es suspendido; Bond hace uso de sus recursos, y alguna ayuda de Q, enfrenta al villano, hay una persecución, un monstruoso secuaz casi indestructible, aparece una bella mujer, sigue algunas pistas, logra evadir a la muerte, alcanza la guarida del villano y termina destruyéndola. La acción no se detiene ahí, y hay algunos giros interesantes al final.
            Mendes y los productores de Eon consiguieron entregar una película de acción de buena factura; constante en su ritmo narrativo, con una excelente calidad de imagen, aprovechando la variedad de los escenarios, y pagando tributo a la historia del legendario agente secreto, sin caer en invenciones ridículas, o efectos visuales propios de videojuego. Ante este tipo de nuevas películas, ni los críticos más acérrimos se atreven a sugerir el final, o el anacronismo, de las películas de Bond. Sin duda estas continuarán como las de cualquier otro género, y mientras haya un sentido de respeto, tanto por los fanáticos como por las grandes audiencias, cada entrega será tan buena como las que hemos visto desde 2006.

            

domingo, 15 de noviembre de 2015

Rey, dama, valet

Vladimir Nabokov presenta una condición rara en el diagrama literario universal; es uno de los escritores estadounidenses más grandes del siglo XX, con una estatura que rivaliza con Hemingway, Faulkner y Capote, y es al mismo tiempo uno de los escritores rusos más importantes de su tiempo. Si bien la Rusia del siglo pasado no consigue hacer la menor sombra a lo que fue durante el siglo diecinueve, Nabokov llegó a ser uno de sus autores más relevantes. Estas son las dos edades del cazador de mariposas: los años rusos y los años americanos. Los primeros empiezan con Mashenka (1926) y terminan con El hechicero (1939), siendo esta, en más de un sentido, el borrador de Lolita. Tras cruzar el Atlántico, huyendo de la guerra, Nabokov abandona su amada lengua rusa, para usar un profesional inglés, empezando con La verdadera vida de Sebastián Knight (1941), terminando con El original de Laura, cuyos fragmentos finales debió escribir en 1977, para ser póstumamente publicados en 2008.
            Rey, dama, valet es la segunda novela de Nabokov, y se desarrolla en la Alemania que el autor ruso conoció antes del inicio del ascenso de los nazis. La historia, básicamente un triángulo amoroso con resultado trágico: Martha, la joven esposa de Kurt Dreyer, un comerciante berlinés, se siente muy atraída por Franz, el sobrino de aquel, un muchacho de provincias recién llegado a la capital alemana. Aburrida de la vida conyugal, inicia una aventura con el joven, y conforme avanza la relación la idea de deshacerse de su esposo le atrae al punto de poner en marcha un plan para asesinarlo.
             El lenguaje del original ruso, traducido por Dimitri Nabokov, y de ahí vertido al español en que leí la novela, no permite vislumbrar esa prosa de la cual el autor estaba tan orgulloso. Se trata sí, de una obra de juventud, y le puedo reprochar ciertos rasgos, como la narración omnisciente que permite al lector leer los pensamientos de los tres personajes en juego. La dama se nos presenta como una mujer manipuladora, el rey como un hombre disociado de la realidad de su hogar, y el valet como un pusilánime sin otra razón para su actuar que satisfacer el deseo que le genera la esposa de su tío.
            Durante la lectura no pude evitar pensar en Kafka; y no solo por el nombre del joven amante. Novelas como El ojo y La defensa ofrecen una construcción kafkiana, una influencia visible en la descripción de las pensiones donde habitan sus protagonistas, las calles oscuras de la Europa entre guerras, la burocrática y deshumanizada condición de los hombres que se ven entregados al arbitrio de la trama. Dreyer es el regente supremo del mundo al cual ingresa Franz; la ciudad, el empleo, la posibilidad de iniciar una vida adulta en el mundo de los negocios, son los sueños que se ven quebrantados cuando la bella Martha decide hacerlo suyo. Aunque Dreyer ya no consigue el favor conyugal de su esposa, ni su amor o siquiera su cariño, y acaso débilmente algún respeto, son sus propósitos comerciales los que consiguen mantener a flote el pequeño paraíso que gobierna. Su esposa envidia la felicidad burguesa, y está dispuesta a desmontar el escenario de perfección en que ella misma se ha sumergido. Ha evitado antes la infidelidad solo por miedo a perder las ventajas de su posición social. Al sentir el paso del tiempo, y ante la presencia de Franz, decide consumar su deseo de libertad, sin el riesgo de perder sus privilegios económicos.
            Como fanático relector de Lolita, no dejo de apreciar las conexiones temáticas entre esta novela escrita en ruso y la obra maestra por la que es bien conocido el buen Vladimir. La obsesión por algo o alguien; por unas condiciones de vida distintas, por ser otro o ser el otro. Franz desea ser su tío, contar con el dinero y el respeto de la sociedad, Martha desea ser una mujer joven y libre, y solo Dreyer parece satisfecho. También es posible encontrar al hombre mecánico, tema tan kafkiano como nabokoviano; para modernizar su negocio, Dreyer invierte en unos novedosos autómatas, capaces de desfilar las prendas que se venden en el almacén. Franz, cuyo valor puede cumplir los intereses de ambas partes —su tío un heredero, su tía un amante, un nuevo esposo, más acorde a la edad que ella siente—, se transforma en una pieza del juego, y aunque sea sobre él quien recaiga el foco narrativo la mayor parte del relato, no cabe duda que los verdaderos protagonistas de la trama son la pareja de esposos.

            Novelas como Rey, dama, valet corresponden a un tiempo en que Nabokov, no solo trabajaba en su lengua materna, sino que se entretenía tejiendo historias sobre pequeños conflictos cuyo desarrollo ocurre entre callejones y residencias; estas tragedias y luchas de seres corrientes resultan casi lo opuesto a los mundos y retos estéticos que construye el novelista en lengua inglesa. El lector apenas tiene una visión del Berlín de Nabokov, mientras que en Lolita el escenario se extiende por la totalidad de los Estados Unidos, y en Ada o el ardor la historia se encarga, nada menos, que de un mundo entero. Queda preguntarse si la vida de estudiante, de refugiado y de pobreza del cazador de mariposas en Europa, y la existencia más holgada del mismo, entre América y Suiza, son la razón de esta diferencia conceptual.

martes, 22 de septiembre de 2015

La esfera de acero


Escribir no es fácil. Tiempo atrás me preguntaba en otro post sobre qué era escribir bien, y lo cierto es que no he dejado de preguntarme qué es buena escritura, no, como podrá creer quien escuche por primera vez la pregunta, qué es una buena novela, o un buen cuento. Sabemos bien qué es: un texto con cierto formato que satisface a su lector. Las calificaciones o descalificaciones a novelas sobre distopías y vampiros adolescentes, o sobre cuentos de terror, son material de trabajo de críticos y académicos, que en nada interesan al hombre o la mujer quienes, en la fila del supermercado, deciden llevar esa novela, de trama atractiva, disponible entre las revistas de noticias y chismes. No. Saquemos por un momento el producto de su empaque. Vertamos la bebida soda e ignoremos la marca y a su creador para evitar los prejuicios. ¿Qué es la buena escritura?

Me temo que al hacer esta pregunta, así, en esas condiciones, esté exigiendo saber algo como la composición del universo —¿qué es el todo?—. Y no pretendo saber de qué está hecho todo, así la respuesta fuera nada más “herrumbre y polvo de estrellas”. La escritura es una acción intervenida por múltiples factores, así como la lectura. La mente del emisor y la del receptor están mediadas por el mismo texto, mas la interpretación puede verse alterada por toda suerte de razones y elementos, incluida la fuente empleada en la publicación, si es que el escrito no está hecho a mano. Me gustaría decir que la buena escritura es eficiente, porque eficiencia es la justificación de los productos de consumo: una bebida refrescante, un analgésico que debilita el dolor, un colchón cómodo. Siendo así la mayor parte de los textos dispuestos en nuestro mundo cotidiano son ejemplos de buena escritura. Pero no son literatura.

¿Qué hacer? El texto literario no se limita a un propósito, sino que afecta —como debe hacerlo el verdadero arte— en múltiples niveles. Las libertades del arte, por demás, dificultan nuestra intención de establecer un parámetro de qué es la buena escritura —a lo demás, a la expresión por escrito con una intención puramente comunicativa, lo llamaremos redacción—. Y hay algo más. Aunque un autor siga a cabalidad los principios de claridad, concisión y gramática correcta, factores como técnica discursiva o habilidad narrativa, pueden estar fuera de su alcance. Con esto último en mente, eliminemos el factor argumental en nuestro análisis de lo que es la buena escritura. Muchos han disfrutado las más entretenidas historias sin que estas fueran dueñas de una prosa cuidada. Los relatos de detectives, o las tramas de suspenso político no esperan deslumbrar al lector con párrafos ribeteados de poesía; esto podría incluso ser una distracción y ralentizar el desarrollo de la historia.

Una posible salida a nuestra incógnita es pensar en la individualidad del lector. No siendo un objetivista, admito que cada persona construye sus preferencias con respecto a lo que es una buena escritura literaria, y que estos gustos mismos se irán alterando con el paso de los años, las lecturas continuas, y su variedad. Es innegable que el arte se construye a partes iguales, entre la mente del artista y la de su espectador, mas son los públicos formados —en este caso específico los lectores más ávidos— quienes tengan la palabra ante la pregunta de si un texto vale o no la pena.
Una atracción por cierto elitismo —que nos persigue a todos y todos ejercemos de una manera u otra— lleva a que los lectores de “ficción literaria” desprecien de tajo la ficción de género y los superventas, así que la búsqueda por la buena escritura se vería restringida por el prejuicio si solo contáramos con la palabra de los “lectores serios”. ¿Dónde encontrar entonces la buena escritura? Tal vez en delimitar la pregunta correcta demos un gran paso adelante. ¿Dónde?

Posiblemente en la oración. El conjunto de palabras con un sentido concreto es uno de los múltiplos del texto, sea literario narrativo, lírico, o simplemente argumentativo, caso de la crónica y el ensayo. Siendo así, ¿qué hace una buena oración? Pues la buena oración es, para ponerlo de este punto en adelante en un sentido metafórico que facilite la visualización, una esfera de acero.

Primero, su sentido es completo, redondo, sin apéndices que la hagan incompleta, y en sus 360 grados su peso se encuentra perfectamente distribuido. Se ha pulido perfectamente; no hay sobre su superficie ninguna laceración o desgaste que detenga la vista y distraiga del todo. A pesar de su sencillez es pesada, no está hecha para cargarse en el bolsillo, sino que merece un lugar especial en casa como elemento ornamental. Por último, en ella se reflejan muchas cosas. Una buena oración no se limita, entonces, a añadir información necesaria para la comprensión del relato por parte del lector. Una oración como “María salió y cruzó la calle”, aunque esté correctamente redactada, no tiene peso, ni belleza, es incompleta y totalmente olvidable. Tampoco está suficientemente pulida; su autor necesitaba narrar el desplazamiento de un personaje, aunque dicha acción no fuera necesaria, y usó dos verbos cuando uno de estos sobra —María no habría podido cruzar la calle sin salir de donde estuviera—. No vemos nada en esa oración, ni un donde o un cuando; si nada trascendente ocurre entre el salir y el cruzar la calle por qué nos entregas, oh escritor, esta información; por qué nos quitas el tiempo y nos entregas esta roca.


Existen novelas sin argumento, sin conflicto; historias que empiezan in medias res y prosiguen hasta un punto indeterminado en que se ha puesto punto final. Y no obstante, pese a la ausencia de los tres actos, de puntos de giro o de un clímax, son buenas novelas. La narrativa es importante, pero una prosa legible, de largo aliento, lo es también. Tomarse el tiempo, y tener la capacidad para pulir cada oración hasta que esta sea perfectamente redonda y brille como un espejo, sin perder su peso, tiene que ser el deber de todo escritor interesado en ir más allá de la redacción de narrativa en prosa.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Malgré une photo

Hay una historia que he de haber escuchado un centenar de veces. Un hombre aparece en una playa española, ahogado y, tras la revisión rutinaria de la policía, encuentran en él documentos sobre las operaciones de invasión británicas de las próximas semanas. Alertados los alemanes, alteran su disposición defensiva, con lo cual caen en una trampa creada por el MI6. Entre millones de muertos, solo algunos llegan a cobrar relevancia en la historia.

Aylan Kurdi, el niño de tres años cuyo cadáver bocabajo en una playa turca ha llevado a muchos a la consternación, es solo uno de las decenas de muertos que ha cobrado la ola de refugiados e inmigrantes que se ha volcado sobre Europa y las américas durante los últimos dos años. La revista The Atlantic presenta los siguientes números:

El número de inmigrantes que han cruzado las fronteras europeas este año: 340.000. Siria —en medio de una sangrienta guerra civil— es la mayor fuente de inmigrantes. El conflicto ha generado 4 millones de refugiados. De estos, 1.9 millones están en Turquía, 1.1 millones están en Líbano, 629,245 en Jordania, 1.500 en Estados Unidos, y cero en los estados del Golfo, incluyendo Arabia Saudita”.

Refugiados somalíes se ahogan en el Mar Rojo. Otros, sudaneses, mueren intentando alcanzar Italia. No hay fotos de niños varados en una playa, ergo el impacto es menor; la indignación se limita a un comentario en Facebook bajo la noticia que aparece entre los resultados del partido de fútbol y las peor vestidas de los premios musicales. Y esa indignación no es otra cosa que no parecer fríos e indiferentes ante las tragedias mundiales, de otra manera seremos considerados inhumanos frente a nuestros congéneres. Nada cambiará por retwittear la foto de Aylan Kurdi, añadiendo un “qué horror”. En suma, nada se consigue por demostrar un impacto emocional más allá de sentir que cumplimos nuestro deber cultural ante la tribu, como occidentales modernos y humanistas. Algunos, claro, no se limitan a expresar su dolor cívico; hay que encontrar culpables. Como no están tan enterados del asunto, y acaso tienen dos o tres referencias geográficas, apuntarán su alegato contra los Estados Unidos, o Europa, o Alemania. Estados Unidos —según la falsa izquierda de cafetín universitario— es la culpable de todo bajo el cielo; Europa —por la que soñarían pasearse y autorretratarse junto a sus museos y plazas— tiene su cuota de culpabilidad, por ser rica, capitalista, mayoritariamente blanca, y socia militar de los bellacos gringos.

Hecha la tarea de compartir la foto del niño ahogado, señalar que Estados Unidos es el causante de esto —Canadá tendrá también su responsabilidad por no prever que al no concederle asilo a la familia de Aylan este terminaría falleciendo—, los intelectuales de red social se sentirán mejor al reforzar ante sus círculos sociales su posición humanista. El resto de las situaciones referentes a los conflictos de Próximo Oriente les tendrá sin cuidado, hasta que la próxima foto impactante les dé alcance.

Hacia el final de La guerra de los mundos, Wells, o su narrador, afirma que la muerte de ningún hombre (humano) es en vano. Eso nos gustaría, más es incorrecto. Toda especie animal afronta sus millares de muertos, y al final del día, cuando la tendencia en redes sociales deje de ser el pequeño Aylan Kurdi, ni la situación en Siria, ni la crisis humanitaria por los refugiados, ni el mercado de valores, ni la geopolítica, se verán afectadas por su cadáver ahogado. Entre tanto, Le Monde ha debido pedir disculpas por dejar que una publicidad de Gucci —en que una modelo yace sobre una playa— quedase en la misma página de la foto de Kurdi. De nuevo, el presidente sirio Bashar Al-Assad no cesará su guerra de terror, ni las bandas de señores de la guerra que combaten a su gobierno dejarán las armas. La corriente de refugiados seguirá fluyendo, con su costo de ahogados, mas debemos ser nosotros, políticamente educados occidentales, quienes asumamos el costo moral por el fascismo, el guerrerismo, el nacionalismo y la criminalidad religiosa del resto del mundo. Ni Rusia, ni China, potencias económicas y militares, dejarán de enviar armas a la región; tampoco cambiarán sus políticas ante el copie-y-pegue masivo de la foto del pequeño Aylan; ni recibirán a un solo refugiado.