sábado, 28 de marzo de 2015

Volver a escribir

Tan difícil como perder un hábito es ganar uno. Alguien paga la cuota al gimnasio, otro compra lienzos y óleos, uno más habrá que pague, con cuotas, sudor y preocupación, un violín de cuestionable calidad. Aprender un hobby es aprender, en primera medida, a hacerlo parte de nuestra vida. El cigarrillo, la masturbación, el beber, ocupan, para algunos, tan poco tiempo que, entre una acción cotidiana y otra, encuentran la fisura para realizarlos. Escribir no permite esto. Acaso, entre redacción y correcciones, escribir permita vivir. Hacemos una pausa para dormir, otra para comer y con molestia nos separamos del papel para satisfacer urgencias del cuerpo.

¿Por qué ocupa tanto tiempo el escribir? ¿No me queda suficiente tiempo entre el despertar y el café que tomo antes de ir al trabajo? Qué hay de esas horas silenciosas entre la cama y la mesa de noche. Como el ejercicio físico, el cuerpo debe estar preparado; se debe empezar por poco, con ejercicios simples, progresar cada día a mayores retos, así como encontrar el lugar adecuado, y tener un espacio en la agenda que nos permita darnos un descanso y una ducha al terminar la jornada.

Hay mujeres que dedican unas horas a la semana —entre pasear al perrito y comprarse una ensalada ligera en el supermercado— en ir al gimnasio. Los resultados no se ven sino en esos momentos en que, amigas y otros conocidos, se toman con ellas en plena calle, sorprendidos de verlas en vulgares sudaderas. Otras las hay que, casi establecidas entre las máquinas de ejercicio y la música electrónica, practican rutinas hasta esculpir sus cuerpos para el Instagram.

No hay escritores domingueros. El escritor escribe. Pocos pueden llegar a ganar lo suficiente para no hacer otra cosa que, día a día, ocho horas al día, escribir. Pero menos los hay que, como Amélie Nothomb, escriba cuatro horas al día desde las cuatro de la mañana, so pena que sus cuerpos empiecen a convulsionar. Habrá uno o dos Dostoievskis que padecen hipergrafía, cuyo legado no será otro que inteligibles testimonios de demencia.

He pasado meses sin escribir; dos tal vez tres. Para mí es grave. Escribir es lo que me define; el movimiento se demuestra andando, y para un escritor profesional pasar los días sin poner algo en el papel lo elimina, lo resta, le quita la capa de superhéroe y lo devuelve a la mundanidad. Los reyes no guardan corona y cetro para entregarse a las labores del campo, la venta de utensilios o vigilar un puente, e incluso así no serían otra cosa que un regente disfrazado. Hacer es ser. Escribo esto para darme ánimos, recordarme la importancia de entregarle una hora, cada día, a completar esa novela, cuento o aun apuntes a cualquier proyecto, a los apuntes de un diario o los diálogos que, inspirados por una conversación escuchada a medias, me darán, un día, para completar alguna tragedia.


He intentado recuperar el tiempo perdido, mas dar un clavado sobre la marea de letras puestas ya hace meses y cuya corriente encuentro desconocida, repercute en un distanciamiento más extenso de la escritura. Partiré de cero. Empezaré a escribir otra novela —nunca volveré al cuento— tramando primero sus detalles, dibujando su estructura y estableciendo su lógica. Veremos que deparan tantos planes.

1 comentario:

Punto Hispano Red Bloguera dijo...

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